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Zundel

February 2009 - Posts

  • 28/02/09. Mauricio Zundel, según Michel Fromaget.

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    Michel Fromaget es un intelectual como pocos, ya que es licenciado en sociología, coronado con un D.E.S. en ciencias económicas, doctor en psicología (social), y por fin, Doctor de Estado en Letras y Ciencias Humanas (1).

     

    Según la Ediciones Romanas...

    E.R. ¿Puede usted presentar a nuestros lectores la persona de Mauricio Zundel, a quien usted hace con frecuencia referencia en sus ensayos?

    M.F. : ¡Zundel! ¡Me encanta que lo mencione! Porque descubrir a Zundel, cosa que me sucedió bien tarde, sólo en 2005, fue para mí un acontecimiento intelectual de una importancia excepcional. ¿Cómo expresarlo? A excepción de las obras de N. Berdaiev, las de K. G. Dürkheim y V. E. Frankl, yo no encontraba entre los pensadores de los tiempos modernos a nadie que me ayudara a comprender mejor la famosa distinción entre lo psíquico y lo espiritual, el alma y el espíritu, y especialmente el "segundo nacimiento", metamorfosis decisiva por la que el hombre pasa de la condición psíquica a la condición espiritual, y que es la raíz, como usted sabe, de la antropología ternaria.

    Entonces hasta 2005, para comprender mejor la distinción del alma y el espíritu, así como el acontecimiento interior que la actualiza, si quería permanecer en el marco de la tradición occidental, yo no tenía otros recursos que referirme al Evangelio, a San Pablo, o a los Padres de la Iglesia de los primeros siglos. Pero descubrí en Zundel (1897-1975), un pensador de notable sabiduría y de gran ciencia, un pensador cuya antropología se basa enteramente en la distinción-oposición del hombre natural/espiritual, alguien que sabe hablar de ella y explicarla de manera brillante, como sólo puede hacerlo el que tiene de ella una experiencia auténtica y durable.

    Es además notable que en muchos puntos Zundel se parece mucho a los Padres de la Iglesia. Ese hecho me impacta siempre leyéndolo: uno siente la misma lucidez, la misma fuerza, la misma intransigencia, el mismo amor de la verdad. Zundel ve, y dice lo que ve. Y ve que el hombre no existe (o existe muy poco) y que está todavía por venir. ¡Sí! No sólo ve eso claramente, sino que lo dice muy claramente. Pero evidentemente, eso es totalmente intolerable a nuestros contemporáneos, tan imbuidos de sí mismos.

    ¡Zundel es también un sacerdote que agradece a Jesucristo por "habernos liberado de Dios"! Se comprende que haya sido firmemente rechazado tanto por la jerarquía como por la mayoría de los cristianos de nuestra época, totalmente incapaces de aceptar un lenguaje tan viril. Tal es la razón por la cual Zundel pasó su vida prácticamente en exilio, como predicador itinerante, siempre en la ruta.

    Pablo VI, que conoció a Zundel mucho antes de ser Papa, lo consideraba como un genio espiritual fulgurante. Yo no conocí personalmente a Zundel, pero leyéndolo eso es lo que siento. Se trata de un hombre de envergadura inmensa. Sacerdote, poeta, predicador, escritor místico, guía espiritual, esteta, filósofo,… Zundel era todo eso, y más todavía.

    Pero, claro está, como sucede con frecuencia con los hombres de ese temple, no se puede abordar sin precauciones el pensamiento del Maestro. Me parece que los dos libros, Yo es Otro y el Himno a la alegría, escritos por Mauricio Zundel al fin de su vida, serán para muchos una excelente introducción a su obra.

     

    Obras de Michel Fromaget:

    • Essais sur l’ipséité et les métamorphoses de l’idée de mort, (tesis de III cycle, Universidad de Caen, 1977, 435 p.)
    • Individuation et idée de mort. Essai d’anthropologie de l’imaginaire, (tesis de doctorado de Estado, Universidad de París V, 1981, 903 p.)
    • « Corps Ame Esprit » Introduction à l’anthropologie ternaire, (París, Albin Michel, Question De, 1991, 383 p.)
    • Le symbolisme des Quatre Vivants, (Paris, Editions du Félin, 1992, 203 p.)
    • L’homme tridimensionnel, (Paris, Albin Michel, Question De, 1996, 250 p.)
    • "Corps, Ame, Esprit". Introduction à l’anthropologie ternaire, (Bruxelles, Editions Edifie, 1999, 2ème édition, deux volumes, 265 p. et 240 p.)
    • Dix essais sur la conception anthropologique « Corps, Ame, Esprit », (Paris, L’Harmattan, 2000, 240 p.)
    • Majestas Domini. Les Quatre Vivants de l’Apocalypse dans l’art, (Turnhout, Brépols Publishers, 2003, 12 ill. n/b, 31 ill.c., 105 p.)
    • Naître et mourir. Anthropologie spirituelle et accompagnement des mourants, (Paris, F.X. de Guibert, 2006, 250 p.)
    • Modernité et Désarroi ou l’âme privée d’esprit, (Grenoble, Le Mercure Dauphinois, 2007, 20 p.)
    • Eros, Philia, Agape. Nouveaux essais d’anthropologie spirituelle, (Paris, Editions Romaines, 2008)

     

    (1) Diferentes diplomas superiores franceses.

  • 27/02/09. La divinidad de Jesucristo.

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    (Reflexiones de P. Debains)

    El primer principio, sin el cual no se puede entender bien el a-b-c de la divinidad de Jesucristo, es que Dios desea encarnarse en todo hombre tanto como en Jesucristo, pero sólo en Jesucristo es perfecta la encarnación divina.

    El proyecto divino y eterno al crear y redimir al hombre es que llegue a ser como en igualdad perfecta con el Dios que lo crea y lo salva, y eso se realiza primero, e inclusive únicamente, en Jesucristo después de su paso al Padre mediante la Pasión, la Resurrección, la Ascensión y la sesión a la derecha del Padre, y a causa de ella. Ese efecto infinitamente provechoso para el hombre pudo ser retroactivo y por eso, desde su origen en María, podemos llamar "Dios" la humanidad infinitamente santa de Jesucristo, aunque siga siendo eternamente una criatura, incapaz por lo mismo de la igualdad con Dios. Los Apóstoles y los contemporáneos de Jesús no pudieron entonces "ver" a Dios en Jesucristo.

    Sobre todo, no habría que imaginarse la humanidad de Jesucristo hecha Dios así no más, como si eso le hubiera sucedido desde su origen en María, como una especie de efecto mágico supremo. No es así. Por eso los contemporáneos de Jesús no verán su humanidad sino como una humanidad ordinaria, excepto el pecado. ¡Aparentemente, nada lo distinguirá de un hombre ordinario, tanto que los nazarenos creyeron que se había enloquecido cuando comenzó su ministerio.

    El 2° principio es que "Dios es puro interior", incapaz como tal de ninguna exterioridad, y la divinización perfecta de Jesucristo no podrá pues realizarse y manifestarse sino en su interior, en su espíritu, "en acuerdo" perfecto siempre con el Espíritu de Dios.

    La humanidad de Cristo no es ni será jamás Dios, aún cuando esté sentada a la derecha del Padre, y por eso en igualdad con el Padre. De ahí se deduce que el sacramento de la Eucaristía no contiene a Dios, sino que es el sacramento de la humanidad resucitada, subida a los cielos, el sacramento del Cuerpo de Cristo en estado de perfecta ofrenda, y se nos da para la construcción de su cuerpo místico en su unidad, la Iglesia, para que también ella esté sentada a la derecha de Dios, como en perfecta igualdad con Él. La importancia de esa unidad es significada muy claramente por Jesús después de la institución de la Eucaristía y justo antes de entrar en la Pasión. La oración por la unidad terminará el discurso después de la Cena.

    Es ciertamente un grave error de las liturgias el hacernos cantar después de la consagración "Ahí está Dios", porque no hay ni puede haber presencia local alguna de Jesucristo en la tierra, ni en el cielo, ni en la Eucaristía. Sólo las especies eucarísticas, el pan y el vino consagrados, tienen presencia local.

    Este error, como otras inteligibilidades, es muy grave, porque es ocasión de un culto idolátrico de Jesucristo "cosificándolo" así en la Eucaristía.

    Es extremadamente importante y urgente reformar en muchos cristianos la conciencia común de la divinidad de Jesucristo y de la Eucaristía por la muy importante razón de que tal manera de "ver" las cosas es la causa más profunda del ateísmo, o al menos del rechazo de Jesucristo y del cristianismo anclado aún en la mente de muchos pensadores contemporáneos.

    Nuestro Dios, el Dios de Jesucristo, quiere encarnarse en cada uno de nosotros, y lo que manifestará mejor que la encarnación se está realizando en cada uno será el grado de nuestra desapropiación a semejanza e imagen de la perfecta desapropiación de cada persona divina en la Trinidad, desapropiación que es eternamente constitutiva y constructiva de la Trinidad divina.

    Y es desde la infancia cuando los niños catequizados deben aprender la importancia de esa desapropiación. Hay que enseñarles, o mejor hacerles descubrir lo más pronto posible la interioridad para que aprendan que está habitada por el Dios de Jesucristo, que jamás están solos, que pueden aprender a dialogar con esa presencia interior, única capaz de hacer surgir en ellos hombres auténticamente hombres.

    Zundel nos dijo también (ver texto del 22 de febrero) que la noción corriente de la divinidad..., la de la inmensa mayoría de cristianos y en general de todos los creyentes, los lleva a ver en Dios al gran propietario, el gran rico que todo lo puede…" Esta afirmación, cuando lo pensamos bien, es asombrosa: es asombroso que sea aún así 2000 años  después de la venida de Jesucristo, porque eso significa que la evangelización, incluyendo la nueva noción de la divinidad con la característica esencial y fundamental que constituye eternamente a Dios, la de la pobreza, está todavía apenas comenzando! Es asombroso constatar con Zundel que todos los filósofos ateos, con Nietzsche a la cabeza, y no solo ellos sino la mayoría de los padres conciliares de Vaticano 2, no sabían de qué, o mejor de quién estaban hablando al hablar de Dios, ¡pues no hablaban nunca del Dios interior!

    Y volvemos entonces al Dios interior, el único Dios verdadero, el Dios puro interior, el Dios que puede parecer no existir en modo alguno fuera de la interioridad del hombre, el Dios en el cual toda la creación es interior, porque no puede tener ninguna exterioridad.

    Pero hay que añadir en seguida que muchos cristianos, muchos santos, a lo largo de la historia de la Iglesia, vivieron esa pobreza divina sin haberla formulado jamás como lo hará Zundel, y eso es lo esencial. San Francisco de Asís es el ejemplo más evidente.

    Hoy ciertamente es más urgente que nunca un conocimiento del Dios pobre, revelado en y por la humanidad de Cristo, para que la humanidad contemporánea conozca a Jesucristo bajo su verdadero rostro y aprenda a imitarlo como de una manera nueva.

    Es importante subrayar (ver texto del 23 de febrero) que "nadie puede ofenderse con ese Dios", e igualmente importante que las bases más sólidas del ateísmo contemporáneo, e inclusive de todo ateísmo consecuente, son seriamente quebrantadas por ese Dios, porque suponen siempre el no descubrimiento, la no experiencia del único Dios verdadero que es "puro interior".

    ¡Jamás ha existido un dios exterior al hombre! Sólo existe el Dios interior al hombre, y existe eternamente.

     

  • 26/02/09. Para entrar en el misterio de Jesús hay que recordar primero que Dios está dentro de nosotros.

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    2ª parte de la 3a conferencia de La Rochette en septiembre 1963.

    Bajó del cielo, subió a los cielos: estas palabras ya no pueden ser comprendidas sino como parábolas o figuras.

    "¿Cómo imaginar que Dios haya caminado en la tierra, que Dios se haya realmente disfrazado de obrero en Nazaret y que, al mirarlo y mostrarlo se hubiera podido decir de tal hombre: es el creador del mundo? Ahí hay algo tan enorme, que supera tanto el sentido común, que la mayoría de los historiadores rehúsan absolutamente dejarse convencer de que se puede llegar a aceptar, por la mera historia, la enormidad de que Dios se paseó sobre la tierra y que Lo hubieran podido mostrar bajo forma humana como creador del mundo.

    Podemos hacer más concreta la dificultad recordando que hay actualmente en Francia un hombre llamado George Roux que se presenta – o se presentaba hace unos años – como el Cristo de hoy, diciendo: "El Cristo de Nazaret era el Cristo de su tiempo, y yo soy el Cristo de nuestro tiempo". Parece que ahora se hace llamar Dios padre, pero da lo mismo: es un hombre que se presenta como Dios.

    Naturalmente los cristianos fieles alzan los hombros viendo en todo eso una locura. Es sin embargo el mismo problema el que tenemos que afrontar: ¿Cómo admitir que un hombre que parecía totalmente semejante a los demás, sea Dios si en Nazaret jamás hizo impresión, tanto que cuando se manifiesta por primera vez en la sinagoga la gente está estupefacta, no comprende, se escandaliza observando que es simplemente el hijo del carpintero?

    Es claro que el problema se plantearía de manera completamente diferente se hubiera tenido cuidado de definir primero el Dios de que se habla. Es bien evidente que si Dios corresponde al primer motor de Aristóteles o a la esfera de Parménides, la Encarnación es absolutamente incomprensible.

    Para entrar en el misterio de Jesús hay que recordar primero que Dios está dentro de nosotros. Lo sabemos por Jesús en su diálogo con la samaritana. Dios no habita detrás de las estrellas. Para la cosmología actual, no hay ni arriba ni abajo y es absolutamente incomprensible poner a Dios en un cielo situado en la cumbre del universo.

    Los apóstoles podían tener esa visión porque en su época la cosmología imaginaba el mundo constituido de ocho esferas incluidas unas en otras y encima de las cuales se encontraba el empíreo que era la morada de la divinidad. Los apóstoles y sus contemporáneos podían pues imaginar que el cielo estaba encima y los infiernos debajo de la tierra concebida como una especie de galleta plana puesta sobre el océano. Para nosotros, hombres de nuestra época, es absolutamente imposible localizar el cielo en alguna parte.

    Afortunadamente Jesús nos enseñó a descubrirlo dentro de nosotros, ya que "el cielo es el alma del justo" y que el único santuario de la divinidad es precisamente el hombre mismo. Así nos ahorramos el imaginar que Dios haya bajado del cielo, aunque el Credo, heredero de una cosmología antigua, siga diciendo que Cristo bajó del cielo y subió al cielo. No podemos entender esas palabras sino como parábolas o figuras que indican la condescendencia de Dios para con nosotros, pero evidentemente no se trata de que imaginemos que Dios haya bajado el cielo porque el cielo es Él, y debemos descubrirlo en lo más íntimo de nosotros. Dios está dentro de nosotros. Dios está siempre con nosotros. Siempre está ahí. ¡Somos nosotros los que no estamos! San Agustín nos lo enseñó: "¡Hermosura siempre antigua y siempre nueva, demasiado tarde te amé! Y sin embargo, Tú estabas dentro de mí, pero yo estaba afuera. Corría tras las hermosuras que Tú hiciste y que sin Ti no existirían. Tú estabas siempre conmigo, pero yo no estaba contigo".

    Dios no tiene que bajar del cielo ni que venir a nosotros puesto que está ahí ya desde siempre. Eso nos permite inmediatamente considerar que el misterio de Jesús no introduce ningún cambio en la Divinidad y es esencial subrayarlo. Además, Santo Tomás comienza por ahí el "Tratado de la Encarnación". Comienza como siempre la cuestión, planteando objeciones, y piensa: "La Encarnación no es posible porque no es eterna. Habiéndose producido en el tiempo, si es que tuvo lugar, introduciría un cambio en Dios. Pero eso es absolutamente imposible. Entonces, la Encarnación misma es imposible".

    Y Santo Tomás responde: "La Encarnación no introduce ningún cambio en la inmutabilidad de Dios. La Encarnación consiste en que Dios se unió a la criatura de manera nueva, o mejor, dice él corrigiéndose muy afortunadamente, la Encarnación consiste en que Dios unió a Sí mismo una criatura de manera nueva. Entonces todo el cambio se sitúa por parte de la criatura". El cambio está pues por parte de la humanidad de Nuestro Señor y en modo alguno por el lado de la divinidad". (Continuará)

     

  • 25/02/09. La divinidad de Jesucristo

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    Cierto subordinacionismo fue inevitable en el Nuevo Testamento.

    1ª parte de la 3ª conferencia de M. Zundel a las oblatas benedictinas de la Rochette en septiembre de 1963. Esta conferencia, muy larga, cerca de 20 páginas, es tan importante como la precedente, de la cual emana.

    "Nada es más difícil que hablar del misterio de Cristo, porque ningún tema ha sido más maltratado por los cristianos. Hay varias razones para ello, la primera de las cuales es que el misterio de Jesús podía difícilmente ser planteado en la perspectiva del monoteísmo unitario que era el del Antiguo Testamento. Como el monoteísmo unitario era la base de la fe de Israel, era casi inevitable que la presentación de Jesús pareciera añadir al Dios único y unitario, único y solitario del Antiguo Testamento como una especie de nuevo Dios, algo inferior al primero, sometido al primero, obediente al primero, enviado por el primero, sacrificado por el primero, y ofrecido en inmolación al primero.

    Eso es lo que encontramos además en el Nuevo Testamento escrito por convertidos del judaísmo que fueron educados en el monoteísmo unitario y que tuvieron todas las dificultades del mundo para poner el misterio de Jesús en armonía con ese monoteísmo solitario. Por eso encontramos con tanta frecuencia en el Nuevo Testamento cierto acento de subordinación del Hijo al Padre, que no es evidentemente intencional en los autores sagrados y que desaparece en la formulación del dogma tal como la realizaron los grandes concilios, el "consustancial" de Nicea vuelve a poner todo en su lugar, evita el subordinacionismo, como las definiciones de Calcedonia distingue de manera inconfundible en Jesús la naturaleza humana y la divina.

    Es cierto que era extremamente difícil para los apóstoles, no de vivir el misterio de Jesús, lo vivían ciertamente mucho más plenamente que nosotros, pero de expresarlo porque las categorías mentales no contenían, tradicionalmente, la Trinidad.

    La revelación de la Trinidad la recibieron ellos de Jesús y entraron en ella ciertamente con todo el fervor de su fe, con toda la luz que recibieron en Pentecostés, con todo el ardor para testimoniar hasta el martirio. Pero de todas las hesitaciones del pensamiento para precisar el misterio de Jesús queda una especie de equívoco que flota hasta el día de hoy en la expresión del misterio. Podemos decir que muchos cristianos son materialmente heréticos porque no conciben el misterio de Jesús en su verdadera luz o, por lo menos, lo expresan en fórmulas llenas de equívocos.

    Por otra parte, hay que decir que el Señor mismo, por hablar a hombres de los que necesitaba hacerse escuchar si no comprender, no podía precipitar la revelación de la Trinidad y dejó siempre en cierta ambigüedad la noción de Hijo de Dios, que debe ser percibida en el Nuevo Testamento a través de varias etapas.

    Si abren el Evangelio de San Juan, ven inmediatamente en el primer capítulo que Natanael saluda a Jesús como el Mesías y el Hijo de Dios. Si comparamos esta pedagogía con la de los Sinópticos (es decir Marcos, Lucas y Mateo), si observamos la importancia que los sinópticos dan a la Confesión de Cesarea, si la Confesión de Cesarea parece algo único a los ojos de los apóstoles, como una revelación sensacional que solicita de parte de Jesús la investidura de Pedro: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia", es plenamente evidente que Natanael no pudo reconocer en Jesús al Mesías e Hijo de Dios desde el primer momento en el sentido de la Confesión de Cesarea.

    La expresión "Hijo de Dios" es ambigua porque en la tradición judía designa una función. Del rey podían decir que era mesías e hijo de Dios. Del pueblo de Israel se podía decir que era mesías e hijo de Dios. De los Jueces se podía decir que eran Elohim, dioses, como lo vemos en el salmo 81. La expresión "hijo de Dios" no tiene en absoluto necesariamente, ni en la mente de los auditores, ni bajo la pluma de los autores sagrados, el sentido que le damos nosotros a partir de la fe de las confesiones conciliares, y cuando Jesús se deja llamar Hijo de Dios – más que darse ese nombre, porque el título que Él se da es más bien el de "el hijo del hombre" –, si Jesús acepta ese título, es dejando que en la mente de sus auditores se vuelva un problema que sólo tomará todo su significado, su solución definitiva, a la luz de Pentecostés.

    Por eso los escritos del Nuevo Testamento, tomados en sí mismos, no serían suficientes para introducirnos en el misterio de Jesús si la tradición eclesial, expresada por los grandes concilios no afirmara la consustancialidad, es decir la igualdad perfecta de las tres Personas divinas, la imposibilidad radical de someter la una a la otra y de atribuir a una de ellas una operación distinta de las de las demás.

    El misterio de Jesús, en su ambigüedad, se convirtió en presa de los exegetas e historiadores que han tentado de demostrar la divinidad de Jesucristo por medio de los documentos del Nuevo Testamento, apoyándose sobre las afirmaciones de Jesús o sobre los milagros realizados por Él, en testimonio de la verdad de Su Palabra. Nada es más arriesgado, nada más ambiguo una vez más, a menos que definamos primero, rigurosamente, de qué Dios estamos hablando.

    Ustedes recuerdan cómo, por lo menos desde fines del siglo 18, para no ir más lejos, el racionalismo, especialmente en Alemania, trató de vaciar el Nuevo Testamento, y la Biblia en general, de todo contenido sobrenatural para llegar a la exégesis de fines del siglo 19, en un Harnack o en un Augusto Sabatier, a ver en Jesús simplemente un gran hombre de Dios, un gran inspirado que nos inicia a la paternidad de Dios que lo cubre a Él como a todos los hombres, pero rehusándole necesariamente una situación sobrenatural.

    Si los exegetas, que querían ser cristianos y estaban inclusive dedicados a un ministerio pastoral llegaron a eso, uno se imagina lo que podían pensar los racionalistas puros que se presentaban como no creyentes. A sus ojos la historia de Jesús es una mitología que debe explicarse, como todas las mitologías, ya por las tradiciones difusas en el género humano, ya por los fundamentos de la psicología, que no cesan de inventar mitos y de crearse ídolos.

    Es muy evidente que la formulación común de la divinidad de Jesucristo da lugar a malentendidos casi insuperables". (Continuará)

     

  • 24/02/09. Nuestra inteligencia debe desplegarse bajo esta claridad.

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    Final de la 2a conferencia de La Rochette en septiembre 1963.

    En estas perspectivas, todo ha cambiado, el conocimiento de sí mismo, el conocimiento del mundo, la fecundidad y el desinterés de la vida del espíritu, la pureza y el carácter inmaculado de la generación interior sin la cual no podemos llegar al gozo del conocimiento.

    Toda la grandeza y toda la modestia, la síntesis perfecta de una humildad clarividente y de una grandeza enteramente despegada de sí misma, todo eso se da en el hogar primitivo que es el corazón de la divinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

    Es pues necesario que alimentemos la mente con esa Presencia adorable, que la inteligencia se despliegue bajo esa claridad y que la vida de las virtudes, la caridad como la humildad, parta en nosotros de una referencia a la Pobreza de Dios.

    Dios es Dios porque no tiene nada. Dios es el gran pobre cuya única bienaventuranza está en darse. Por eso no nos propone nada menos que transformarnos en Él y alcanzar la grandeza a que no llegaremos jamás plenamente porque jamás seremos suficientemente pobres, suficientemente despojados para ser la Pobreza en persona.

    Descansemos en esta visión siguiendo al Pobrecillo de Asís, el cual, de grado en grado, de experiencia en experiencia, después de haber querido llenar el mundo con sus hazañas, después de haber cortejado la gloria, después de haber buscado hacer entrar su nombre en la historia, después de soñar con todas las victorias que ofrecería a la princesa más hermosa del mundo, descubre por fin que la grandeza es la Dama Pobreza y que la Dama Pobreza, finalmente, es sólo el símbolo del Rostro de Dios impreso en nuestros corazones donde respira el Eterno Amor en el eterno Despojamiento". (Fin de la 2ª conferencia).

     

  • 23/02/09. Jesús nos introduce en un mundo nuevo, en un mundo maravilloso de grandeza y belleza.

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    4ª parte de la 2ª conferencia de La Rochette en septiembre 1963.

    Nadie puede ser ofendido por ese Dios.

    ¿Qué es el bien? Es importante expresar el misterio adorable y único de la Trinidad conservando toda su pureza y desconfiando de las aproximaciones teológicas… Nadie puede ser ofendido por un Dios arrodillado…

    "En la perspectiva de San Pablo a los corintios, y él la recibe esencialmente de Jesucristo, el bien es alguien por amar. El bien es cuando estamos en estado de amor y de ofrenda, cuando hacemos de todo nuestro ser una oblación, un presente y un regalo. No hay otro bien porque Dios no se alimenta con el sacrificio de toros, no necesita ver sangre de víctimas. Dios es todo amor. Es sólo amor, sólo tiene relación con nosotros por medio del amor y sólo podemos llegar a Él por medio de nuestro amor.

    No hay otro bien que ese y por eso toda virtud es tributaria de la caridad, y por eso todas las virtudes tienen alma, tienen sentido en la caridad que es también una referencia a la Trinidad.

    Es un mundo nuevo en el que Jesús nos introduce cuando nos confía el supremo secreto de la Trinidad. Nos establece en una especie de igualdad con Dios, igualdad que no hace daño a su majestad de Dios ni a la humildad del hombre porque esas categorías ya no tienen sentido.

    Para el amor hay una sola competencia, la de amar, amar cada vez más, amar más, amar en un despojamiento cada vez más grande y en una pureza cada vez más radical. Por parte de Dios, claro está, todas esas cualidades se realizan eternamente, y nosotros estamos llamados a desarrollarlas en nosotros a fin de que nuestro amor y el de Dios no constituyan sino una respiración única e indivisible.

    Es un mundo nuevo, un mundo maravilloso, un mundo de grandeza y belleza, de dignidad, un mundo en que somos libres, un mundo que excluye el miedo porque como lo dice San Juan en su primera epístola, "el perfecto amor excluye el temor".

    Sin duda nunca existió otro Dios que ese pero los hombres no lo habían reconocido porque estaban demasiado pegados a sí mismos como para poder siquiera concebir la idea de una personalidad que estuviera constituida únicamente por una relación, por una relación con el otro, por una mirada hacia el otro, por un total despojamiento, una total desapropiación de sí mismo.

    Pero si este misterio es adorable, si es único, si es fuente de toda luz y de toda libertad, si es misterio que no limita la inteligencia sino que la libera haciendo brotar constantemente en ella una nueva fuente de luz y de amor, es importante expresarlo conservando toda su pureza.

    Es necesario evitar lo más posible decir: Dios "tiene" un Hijo porque ahí precisamente es donde nos prestamos a la objeción del Corán. En verdad Dios "es" Hijo lo mismo que "es" Padre, porque no existe primero un Dios que se dé un hijo. Dios existe eternamente bajo la forma y en el don trinitario. Dios es eternamente esta comunicación: no hay Padre sin Hijo, no hay paternidad sin filiación. Dios "es" Padre y "es" Hijo, y de cierto modo, ¡Dios no tiene ni hijo ni padre! Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, en la pluralidad relativa (de relaciones) en que se expresa un despojamiento eterno.

    Hay que desconfiar igualmente de las aproximaciones teológicas que han constituido una verdadera catástrofe. Se ha dicho demasiado que el Padre es Creador, el Hijo Redentor y el Espíritu Santo santificador. Estas imágenes por medio de las cuales se ha querido expresar las procesiones divinas falsean su idea. Aquí también la comparación con la familia es aclaradora. No hay matrimonio sin reciprocidad nupcial. La esposa como tal no existe sin el esposo, ni el esposo sin la esposa. Sin los hijos, los padres no existen como padres, y el hijo como tal no existe sin los padres. Ninguna persona divina puede hacer nada por sí misma. Entre ellas todo es rigurosamente común. La divinidad no tiene relación con su ser sino comunicándolo. Son las tres personas divinas las que crean, redimen y santifican. Ninguna de ellas puede hacer nada por sí sola, ya que está constituida únicamente, total y eternamente, por la desapropiación que es la comunicación consustancial de la divinidad. Actúan siempre de concierto, sin que haya un átomo de operación que no sea común a las tres Personas. Esto es de gran importancia no sólo para el misterio de la Santísima Trinidad sino también para el misterio de Cristo.

    Parece que el mundo de hoy, impaciente del yugo, rebelado contra toda dependencia, deseoso de que cada uno sea fuente y origen, el mundo quiere divinizar al hombre – y con razón – parece que este mundo debe estar más preparado que otro a comprender que el verdadero Dios no puede ser sino ese Dios, el Dios que se revela en Jesucristo, el Dios infinitamente despojado, el Dios que es Dios porque no tiene nada, el Dios que viene a nosotros únicamente como amor, y que suscita en nosotros el amor que responde a su amor en una igualdad nupcial.

    Nadie puede ser ofendido, nadie puede sentirse disminuido si aprende que Dios, concebido además como Presencia interior a nosotros y que está presente desde siempre, que ese Dios es Dios porque no tiene nada. Nadie puede ser ofendido por un Dios arrodillado, por un Dios que se propone sin jamás imponerse.

    La Trinidad revelada por Jesucristo nos da la inteligencia del gesto del Lavatorio de los pies. Si Jesús está de rodillas, si introduce en el mundo una nueva escala de valores, la apoya precisamente en el corazón de la Trinidad.

    Porque Dios es ese Dios, la única grandeza es darse. Sólo podíamos saberlo por medio de Cristo. Si los hombres se equivocaron generalmente, y si seguimos equivocándonos, nosotros que escapamos casi siempre a la verdadera inspiración del Evangelio, es porque para comprender que la grandeza es únicamente generosidad, es necesario vivir este secreto como lo vive Jesús y sacar su luz en el corazón de la Divinidad.

    Sólo podíamos saberlo por medio de Cristo. Si los hombres se equivocaron generalmente, y si seguimos equivocándonos nosotros que escapamos casi siempre a la verdadera inspiración del Evangelio, es que, para comprender que la grandeza es únicamente generosidad, es necesario vivir este secreto como lo vive Jesús y sacar su luz en el corazón de la divinidad. No se puede comparar un monoteísmo solitario con un monoteísmo trinitario.

    El carácter incomparable del Evangelio es que aunque nos manifiesta a Dios como un Dios único, lo revela igualmente como un Dios que no es solitario: Dios es único pero no solitario. Esta distinción es capital, y caracteriza el monoteísmo cristiano que no es una monarquía. Si Dios fuera dominación, ¿qué podría significar? ¡Sería mejor concebir una república de dioses! ¡Se harían la guerra mutuamente y nos dejarían tranquilos! Pero justamente, para Dios no se trata  de monarquía, no se trata de absolutismo.

    El monoteísmo cristiano es la unidad del amor, la unidad de la caridad, la unidad del don, en el seno de una pluralidad relativa que funda la eterna comunicación.

    Por ahí es como tiene sentido la humildad. ¡La humildad no consiste en rebajarse, en despreciarse, en ponerse por el suelo, en anonadarse, sino simplemente en no mirarse para admirarse! Porque en la admiración es como descubrimos toda la luz y toda la verdad, porque en la admiración se alimenta el amor, porque en la admiración alcanza la existencia todas sus dimensiones. La humildad está primero en el corazón de la divinidad ya que cada Persona divina es toda entera, únicamente, una mirada hacia el Otro". (Continuará)

    (1) El sitio "elan-en-trinité", remplazado por "mauricezundel.net" cumple 4 años. El primer texto fue puesto en la red el 23 de febrero de 2005.

     

  • 22/02/09. El Dios con quien tenemos que contraer un matrimonio de amor.

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    3ª parte de la 2ª conferencia de La Rochette en septiembre 1963.

    "La vida de una familia es la imagen más elocuente y conmovedora de la Trinidad. Esa vida en tres personas, el padre, la madre y el hijo, es una sola vida en tres personas, un solo amor en tres personas, una sola felicidad en tres personas, hecha precisamente de que cada uno es una mirada hacia el otro, y que aparece inmediatamente como imposeíble. El Padre no puede monopolizar la vida de familia, ni la madre puede apropiársela, ni el hijo hacerse su centro, sin destruirla. Es una vida que sólo puede subsistir y durar en estado de comunicación. Por poco que uno de los tres se la quiera apropiar, atenta contra ella y concurre a destruirla.

    La vida divina, que es Trinidad, es imposeíble. Dios es por excelencia el imposedente y el imposeíble, Él es la antiposesión como también el antinarciso. Él es Dios justamente en razón de esa desapropiación.

    El testimonio de San Francisco brota aquí de su fuente. San Francisco de Asís es precisamente el cristiano que hizo la experiencia de la Trinidad – sin darse cuenta además. La pobreza se hizo para él el centro mismo de su adoración en un grado supremo. Es absolutamente inconcebible que San Francisco haya abrazado la pobreza con tanta pasión, que la considerara como su novia y esposa, que le haya dado el título de "la Dama Pobreza" en eco a todas las lecturas de novelas de caballería que habían iluminado su juventud, es imposible que San Francisco diera a la pobreza semejante lugar, un lugar único, que es el mismo que el lugar de Dios, sin que la pobreza fuera para él el mismo Dios.

    Es la razón por la cual ese hombre, único en la historia cristiana, sin ser absolutamente teólogo, es el más grande doctor de la Iglesia. Sin saberlo, con toda la sinceridad de su ignorancia de los libros santos, de los libros universitarios, en su ingenuidad, él fue quien pudo ir hasta el final de la imagen de la Dama Pobreza, es decir, de la identidad entre la Trinidad y la pobreza.

    Se comprende entonces que la primera bienaventuranza sea la de la pobreza: "¡Bienaventurados los que tienen un alma de pobres porque de ellos es el reino de los cielos!" La bienaventuranza de la pobreza es la bienaventuranza de Dios.

    ¡Dios no es el gran propietario dueño de todo! Dios es el más grande pobre, ¡el que no tiene nada! De ahí salta a la vista la diferencia inmensa entre la noción corriente de la divinidad, la del Islam, la del judaísmo actual – no del judaísmo de antes de Jesucristo que era un movimiento hacia él –, la de la inmensa mayoría de cristianos y en general de todos los creyentes que se dicen tales y que ven en Dios el gran propietario, el gran rico que lo puede todo, al cual nada puede conmover porque está tan bien asegurado con sus riquezas, el que nos domina con todo su poder, el que nos deja caer parsimoniosamente las migajas de su mesa y nos pide ferozmente cuentas del uso que hagamos de ellas, y el verdadero Dios.

    El verdadero Dios, el Dios cristiano, el Dios que se revela en Jesucristo es un Dios que perdió todo eternamente, y por eso no puede perder nada. Él lo dio todo, eternamente, y no podría dar más, porque su don es Él mismo en su personalismo, fundado sólo en la caridad.

    Ese Dios, tan diferente del Dios concebido por los hombres, inclusive por los profetas del Antiguo Testamento, el Dios del que sólo Cristo da testimonio porque es el único que lo vive de manera única, el Dios que nos libera de la pesadilla de un Dios que limita, de un Dios que amenaza, de un Dios que castiga, de un Dios que desvaloriza la existencia. Poner fin a esa concepción, es poner fin a todos nuestros terrores, a toda servidumbre, a todo lo que hace de Dios una caricatura, un ídolo, y del hombre un esclavo y un mendigo.

    Ahora ya no se trata de ver en Dios al dueño al que le estamos sometidos, sino el Dios con quien tenemos que contraer un matrimonio de amor. Estamos aquí en una reciprocidad nupcial donde lo único que cuenta es el amor. Además, ¿cómo comprender el himno a la caridad del capítulo 13 de la primera epístola a los corintios, sino frente a ese Dios? Si en ese cántico incomparable que es el cántico por excelencia del Nuevo Testamento, San Pablo puede hablar de los milagros como algo banal y despreciable comparado con la caridad, si San Pablo puede hablar de la ciencia y de las lenguas de los ángeles y de los hombres como algo insignificante, y de la profecía misma, si San Pablo puede dar todos sus bienes a los pobres y entregar su cuerpo a las llamas, y que todo eso sea vano sin la caridad, es porque el bien es en adelante un bien nupcial, un bien que no puede ser realizado sino por el don de sí mismo.

    Salta a la vista, ¿verdad?, que en una familia lo que cuenta es el amor. No basta con hacer que todo brille en la casa, mantenerla con escrupulosa perfección, aun si algunos puedan desearlo, lo que constituye la casa es la fidelidad de la esposa. Si la mujer es adúltera, aunque la casa brille con todas sus luces, se ha derrumbado, está en ruinas, porque la casa es el amor. A una sirvienta no se le pide que ponga su corazón, no se le pide que se comprometa personalmente en su trabajo, sino simplemente que el trabajo esté bien hecho, y si está bien hecho, se le paga su salario y uno queda en paz.

    Si la sirvienta se convierte en esposa, y ese es el cambio que Jesús realiza en la humanidad, nos hace pasar del régimen de la sirvienta al de la esposa, como dice San Pablo a los gálatas, si la sirvienta se convierte en esposa, lo esencial ya no es el trabajo sino la presencia. El trabajo se convierte en adelante en presencia. Toda la casa respira en esa presencia, los muebles se impregnan de ella y hasta los trastos de la cocina testimonian. Lo vemos bien en una casa mortuoria donde ya no hay sino cosas, muebles: nada ha cambiado, pero la casa está muerta porque vivía de la presencia". (Continuará)

     

  • 21/02/09. ... Una visión increíblemente rica de la fecundidad y de la virginidad de la vida del espíritu.

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    2a parte de la 2a conferencia de La Rochette en septiembre 1963.

    "La Trinidad es el modelo de la caridad perfecta, como dice el P. Garrigou-Lagrange en su libro "Dios, su existencia, su naturaleza" (4ª ed. 1923, p. 510): "¿Dónde encontrar ahí el más mínimo egoísmo? El yo no es sino relación subsistente con el amado, no se apropia nada. El Padre da al Hijo toda su naturaleza, el Padre y el Hijo la comunican al Espíritu Santo. El Padre no se distingue del Hijo sino por su relación de paternidad, el Hijo no se distingue del Padre sino por su relación de filiación y lo mismo que los distingue los une poniéndolos en relación esencial el uno con el otro. El Espíritu Santo no difiere de las dos primeras personas sino porque procede de ellas. Aparte de las oposiciones de relaciones mutuas, todo es común e indivisible. El Padre no tiene en particular sino su paternidad, que es relación subsistente con el Hijo, el Hijo no tiene en particular sino su filiación, el Espíritu Santo, sólo su procesión.

    ¿Dónde encontrar ahí el más mínimo egoísmo? Todo el egoísmo del Padre está en dar su naturaleza infinitamente perfecta al Hijo, reteniendo para sí sólo su relación de paternidad por la cual una vez más está en relación esencial con el Hijo. Todo el egoísmo del Hijo y del Espíritu Santo está en relacionarse el uno con el otro y con el Padre de quien proceden. Las tres personas divinas esencialmente relativas una a la otra constituyen el ejemplo eminente de la vida de caridad. Cada una puede decir a cada una: "Todo lo mío es tuyo, y todo lo tuyo es mío" (Juan 17, 10). No se puede decir más explícitamente que la vida divina es una desapropiación, que el yo divino se constituye como desapropiación.

    Vamos a ver inmediatamente cómo esa vida de eterna comunión nos introduce en el mundo del conocimiento en una profundidad inagotable. Podemos hacer una constatación fácil con una imagen como parábola: ¡uno jamás puede verse en un espejo! Un espejo puede ser útil, e inclusive indispensable para arreglarse, pero en el espejo no encontraremos la revelación de nosotros mismos. En un espejo no podemos vernos orar, ni podemos vernos comprender. La vida profunda, mediante la cual nos transformamos, es una vida que se realiza en una mirada hacia otro. A partir del momento en que la mirada se vuelve hacia sí mismo, toda admiración se vuelve imposible. Cuando admiramos, no nos miramos. Cuando oramos, estamos vueltos hacia Otro. Cuando amamos de verdad, estamos enraizados en la intimidad de un ser amado.

    Es absolutamente imposible verse en un espejo de otra manera que como una caricatura, si buscamos ver ahí el secreto. La vida profunda escapa al reflejo del espejo, no puede ser conocida sino en otro y para él.

    Cuando uno se olvida por estar ante un paisaje encantador, o ante una obra de arte que nos corta el soplo, o ante un pensamiento que nos ilumina, o ante la sonrisa de un niño que nos conmueve, uno se siente existir, e inclusive en esos momentos es cuando la existencia toma todo su relieve, pero uno lo siente tanto más fuertemente cuanto que el acontecimiento nos desvía justamente de nosotros mismos. Es porque no nos miramos por lo que podemos vernos real y espiritualmente al mirar al otro y perdernos en él. Ese es el milagro del conocimiento auténtico: llegamos a nosotros mismos mirando a otro y perdiéndonos en él. En ese movimiento de liberación en que salimos de nosotros mismos, en que estamos suspendidos de otro, experimentamos todo el valor y todo el poder de la existencia. ¡Ahí estamos no como una mercancía arrojada sobre un muelle de estación sino delante de un interlocutor! Estamos en diálogo, y nuestra presencia se realiza como don, como presente, como regalo, como ofrenda que le da toda su grandeza. Ese conocimiento es al mismo tiempo un nacimiento ya que, como nos lo hizo sentir San Agustín, en esa mirada hacia el otro nacemos a nosotros mismos.

    Sucede algo análogo en el conocimiento del mundo. El sabio no conoce el mundo cuando puede meterlo en el bolsillo, cuando puede desmontarlo como un movimiento de relojería, sino cuando el mundo es para él objeto de admiración.

    Einstein lo dijo magníficamente: "El hombre que ha perdido la capacidad de admirar y de sentir respeto es como si estuviera muerto". Para él, el verdadero mundo es el mundo salido de su amor, un mundo en que todo es verdad, un mundo en que todo es luz, un mundo en que todo es interior, un mundo en que todo es libertad. Porque el sabio no se siente obligado por el universo, se dedica a conocer, a re-escuchar, a re-crear, y entonces está colmado. La mayor recompensa para él es el gozo de conocer, conocer sin fin, gozo siempre nuevo que no cesa de suscitar en él un mundo nuevo, un mundo con el cual dialoga, un mundo que finalmente ofrece al mismo tiempo que se ofrece.

    El conocimiento es un nacimiento, y eso es lo que afirma la fecundidad, la grandeza y la santidad de la vida del espíritu. La vida del espíritu es tan importante que sin ella no podríamos jamás ser hombres, sin ella no habría conocimiento válido. Si el mundo es tan rico para nosotros, es importante encontrar en Dios una riqueza infinitamente más grande.

    ¿Qué nos dice precisamente la experiencia trinitaria sino que el conocimiento en Dios es una generación? ¡En Dios hay un nacimiento eterno como es eterna la comunicación! En Dios hay una fecundidad infinita sin la cual la vida divina sería impensable.

    Aquí percibimos bien el juego admirable de las relaciones internas, de las relaciones intra-divinas. Comprendemos que, como nosotros, Dios tampoco se conoce mirándose sino mirando al otro. El Padre es una mirada hacia el Hijo, como el Hijo es una mirada hacia el Padre. El conocimiento de Dios no está replegado sobre sí mismo en un narcisismo infinito, sino que es eternamente una mirada hacia el otro, sin reserva, sin retorno sobre sí mismo.

    Nosotros podemos – y Dios sabe si lo hacemos – recaer constantemente de la admiración que nos libera de nosotros a la complacencia que nos ata a nosotros mismos. Lo uno lleva a lo otro. Con frecuencia el movimiento de admiración en que alcanzamos la grandeza y en que nos perdemos de vista es el que nos lleva a la complacencia en nosotros mismos. Nos felicitamos de tal éxito, nos admiramos de haber sabido admirar tan bien y destruimos así el fruto de la admiración porque en vez de permaneces liberados en el movimiento hacia el otro, nos apegamos de nuevo a nuestro viejo yo biológico y propietario.

    En Dios eso no es posible. Esa posición de repliegue está totalmente excluida en la divinidad. En Dios el desapego es total, perfecto, eterno, porque justamente, en Dios el yo se constituye como pura desapropiación. El conocimiento en Dios no puede jamás pegarse a sí mismo porque está suspendido entre dos relaciones de paternidad y filiación. El Padre es sólo comunicación total con el Hijo; el Hijo es sólo esa restitución total al Padre. Cada persona es absolutamente incapaz de una acción que le sea propia porque lo que la constituye es la desapropiación radical. En Dios el conocimiento es virginal, como fecundo, porque es sin repliegue, puro don, pura caridad. En Dios el conocimiento es eterna pobreza, como el amor además que brota en Dios de la desapropiación entre el Padre y el Hijo por una parte, y el Espíritu Santo por otra. El Padre y el Hijo aspiran hacia el Espíritu que re-spira hacia el Padre y el Hijo toda la luz y todo el amor que constituyen la vida espiritual en su fuente infinita.

    Hay pues ahí una visión increíblemente rica sobre la fecundidad, sobre la virginidad de la vida del espíritu, sobre su despojamiento, sobre su carácter inmaculado, sobre su naturaleza de don y de amor. Los bienes del espíritu no se pueden poseer". (Continuará)

     

  • 20/02/09. Cristo nos enseña a conocer a Dios de manera totalmente nueva…

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    Comienzo de la 2ª conferencia La Rochette en septiembre 1963. La Trinidad.

     Encontramos en la vida de la Trinidad la expresión auténtica de las relaciones de Dios en sí mismo y de Dios con el hombre

    "Cristo nos trae una verdadera revolución. Solo Cristo pudo proponernos la solución del problema que somos. Por Él aprendemos a poder ser hombres.

    El resplandor de Cristo es universal, Su presencia se manifiesta por doquiera, tanto antes de su aparición en el tiempo como después, porque Cristo nos trae una experiencia única de Dios. Es preciso decir "experiencia" porque el conocimiento de Dios está siempre ligado a la experiencia que hacemos de Él. Todo lo que podemos saber aquí abajo toma necesariamente la forma de una experiencia humana. El conocimiento se manifiesta siempre a través de un acontecimiento que se realiza en nosotros.

    Sólo Cristo tiene verdadera experiencia de Dios ya que Cristo logró conciliar los inconciliables, unir la grandeza suprema con la suprema humildad. Cristo nos enseña a conocer a Dios de una manera totalmente nueva porque Él vive en la Trinidad, nos introduce en la Trinidad que es el término del Reino que constituye el tesoro supremo del Evangelio.

    La Trinidad no es evidente ya que en el Antiguo Testamento no se habla de ella. No es evidente ya que los que hablan de ella están muy lejos de comprender su significado. La Trinidad constituye una paradoja tal que el Islam, para tomar un ejemplo de inmensa importancia, polemiza enérgicamente contra ella.

    En el Corán encontramos varias veces esta frase: "Dios no engendra ni es engendrado". Bajo esta forma muy breve está el argumento decisivo del Corán contra la Trinidad. En ella aparece con evidencia que para el Islam la Trinidad constituye una negación del monoteísmo, compromete el monoteísmo porque al introducir varios términos en la divinidad introduce en realidad varios dioses, y el Corán tiene un término particularmente decisivo para designar a los cristianos: son "asociadotes", asocian a Dios alguien que no es Dios; son culpables, renegados, infieles, idólatras.

    El Corán tiene ciertamente un respeto muy sincero hacia Jesús a quien considera como uno de los grandes profetas, y hacia María, su Madre, la Virgen María, pero ese respeto es tan indiscutible como es firme su posición anti-trinitaria. Por eso, algunos sabios cristianos, islamistas distinguidos, ven en el monoteísmo del Islam la afirmación más masiva, más perfecta, más monolítica de los monoteísmos, olvidando la posición del judaísmo actual que no es menos anti-trinitario que el Islam. ¿Qué pensar de esas posiciones?

    Es muy evidente que si el Profeta del Islam e inclusive el judaísmo de hoy se oponen a la afirmación trinitaria es porque no la entienden. Mahoma, siendo camellero, había tenido ocasión de viajar mucho en una época en que se escribía poco, y tuvo centenares de veces ocasión de conversar con interlocutores cristianos o judíos. Retuvo lo que le podían enseñar ellos sobre su religión, y con mayor frecuencia la conocían muy imperfectamente. El profeta del Islam oyó hablar de la Trinidad a través de testimonios cristianos muy insuficientes, como también colectó de labios de sus interlocutores judíos alusiones bíblicas con frecuencia deformadas. Los que lo informaron sobre la Trinidad fueron entonces cristianos que no habían comprendido nada y que se limitaron a enunciar los términos de Padre, Hijo y Espíritu Santo, sin reconocer en la Trinidad la fuente incomparable de la vida espiritual más elevada.

    Si nos referimos a las palabras de San Gregorio Magno: "El amor debe tender hacia otro para poder ser caridad", tenemos inmediatamente la impresión de que la Trinidad está esencialmente unida a la caridad. Por una parte, si para poder ser caridad debe tender hacia otro, y por otra parte, si Dios es caridad, la caridad en Dios como en nosotros debe poder tender hacia otro. Y como en Dios la caridad es eterna y no depende de la nuestra, es necesario en cierto modo que haya Otro en Dios hacia el cual se ordene y se comunique su caridad. Esa es seguramente la diferencia esencial entre Dios y nosotros: nosotros no podemos llegar a la caridad sino a través de Él, sólo en Él podemos llegar a ser nosotros mismos, mientras que Dios es eternamente Él por sí mismo. Él no necesita de nadie para ser Él mismo, porque Él mismo es caridad, porque Él es amor, porque en Él hay necesariamente alguien a quien darse.

    Bajo este aspecto ya esencial aparece inmediatamente que si no fuera Trinidad Dios sería impensable ya que, si no fuera en cierto modo una pluralidad relativa (de relaciones) no habría otro en Él a quien darse y no podría sino tornar en torno a sí mismo, gozarse a sí mismo, admirarse, en un narcisismo horrible y monstruoso.

    Ya bajo este aspecto, la Trinidad nos libera de una horrible pesadilla porque, si Dios no fuera caridad no habría ninguna relación entre la santidad humana y la santidad divina. Para nosotros es inconcebible que la caridad no sea completamente dada. Para nosotros, la virtud se realiza en el amor. Si Dios no fuera caridad, no habría ninguna especie de analogía entre la santidad humana y la santidad divina, no se hablaría de la Santidad de Dios del exterior, no podríamos verlo sino radicalmente separado de nosotros, y finalmente, Dios aparecería como una dominación rigurosa, que nos dominaría con su exterioridad, y finalmente, no tendría ninguna relación con nosotros a no ser por su poder. Al contrario, si Dios es caridad comprendemos que nuestra santidad está en la misma línea que la Suya, que va en la misma dirección, que consiste en Dios como en nosotros, en cierta evacuación de sí mismo que abre un espacio al otro en quien se consuma el amor.

    Bastaría pues recordar el acto de fe de la primera epístola de San Juan (4, 16): "Pero nosotros conocimos el Amor de Dios hacia nosotros y creímos", para que el amor nos tome y para que encontremos en la vida de la Trinidad como la expresión auténtica de las relaciones de Dios en Sí mismo y de Dios con el hombre". (Continuará)

     

  • 19/02/09. Dios es el gran pobre...

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    2ª conferencia de La Rochette en septiembre 1963.

    Doy en seguida la página más sorprendente.

    "La felicidad de la pobreza es la de Dios. ¡Dios no es el gran propietario que posee todo! Dios es el más pobre, el que no posee nada. De ahí salta a la vista la diferencia inmensa entre la noción corriente de la divinidad, la del islam, la del judaísmo actual…, la de la inmensa mayoría de los cristianos y en general de todos los creyentes que se dicen tales y ven en Dios al gran propietario, el gran rico que puede todo, al que nada puede conmover porque está tan seguro de sus riquezas, al que nos domina con su potencia, nos deja caer parsimoniosamente las migajas de su mesa y nos pide ferozmente cuentas del uso que hagamos de ellas, Y el verdadero Dios, el Dios cristiano, el Dios que se revela en Jesucristo. Es un Dios que perdió todo eternamente, ¡y entonces no puede perder nada! Todo lo dio eternamente y no podría dar más porque el don Lo constituye a Él mismo en su personalismo fundado únicamente en la caridad".

    ¡Entonces la inmensa mayoría de los creyentes, los cristianos y los demás, verían en Dios un personaje que no existe y que jamás existió! No sé si nos hemos dado cuenta lo suficiente de la enormidad de esta afirmación: todo el mundo se equivocaría sobre el modo de ser del único Dios verdadero, ¡y la mayoría permanecería en ese error hasta el fin de sus días! Y ese error persistiría en la Iglesia, en nosotros, aún hoy en la mayoría de nuestros contemporáneos cristianos. Un remedio a esa carencia puede encontrarse en una nueva oración oficial de la Iglesia.

    Creo que hoy podemos legítimamente aspirar a una nueva oración oficial de la Iglesia en que el Dios del Antiguo Testamento no ocupe ya el lugar preeminente que tiene en la recitación de los salmos de David. Conservando su importancia, el Dios del Antiguo Testamento dejará el lugar al Dios de Jesucristo: se recitarán, se cantarán los salmos ya no solo de David, sino del hijo de David, Jesucristo, salmos por componer en los próximos decenios, en monasterios, por nacer o ya existentes. Las largas bendiciones de San Pablo, ya recitadas en la oración oficial de la Iglesia tendrán entonces un lugar preponderante.

    El nuevo salterio nos acostumbrará a vivir a Jesucristo, a vivir al "verdadero Dios, el Dios cristiano, el Dios que se revela en Jesucristo". Tendrá dos características: primero, contener en cierto modo, y en la oración oficial de la Iglesia, al menos la savia de la enseñanza del Nuevo Testamento y del desarrollo del dogma que siguió a lo largo de los siglos.

    Y la segunda característica igualmente importante será la de integrar en la alabanza del Señor todos los descubrimientos hechos en nuestro mundo sobre todo desde hace unos decenios. Son numerosos y de todo género. Hemos conocido, y no hemos terminado, como una especie de explosión de invenciones en todos los terrenos, que hacen que el hombre del siglo 21 viva o al menos esté llamado a vivir de una manera totalmente extranjera a los contemporáneos de Jesucristo durante su paso hacia el Padre en medio de nosotros.

    Los nuevos salmos rezarán y cantarán el Dios de Jesucristo, el Dios pobre, el Dios que jamás guardó nada para sí mismo, ese Dios capaz sólo de dar y de darse, y que fue hasta dar al Hijo de Dios para salvación y felicidad de la humanidad entera.

    ¡Con el tiempo, no será integrada solamente toda la savia del Nuevo Testamento, sino también la totalidad de la mística cristiana, siempre antigua y siempre nueva! Evidentemente, Mauricio Zundel tendrá en ella un lugar importante.

    La alabanza del Señor no terminará nunca. Hasta el fin de los tiempos podremos dar sin cesar nuevas expresiones, vitalizantes de toda la Iglesia, pero sin olvidar las antiguas. Ciento cincuenta salmos no serán suficientes. Se necesitará mucho tiempo para eso, pero el Espíritu de Dios sabe esperar (1).

    "¡Bendito sea para siempre el Dios de Nuestro Señor Jesucristo! ¡Bendito sea para siempre el Padre de toda bondad y de todo don, que al darnos al Hijo nos da todo, todo lo que tiene, todo lo que es!

    ¡Bendito sea el Padre de Jesucristo y nuestro Padre, autor y creador, con el Hijo, de este mundo lleno de las maravillas inauditas que podemos conocer actualmente!

    ¡Bendito sea eternamente y por siempre el Hijo que se hace uno de nosotros para darnos el poder ser uno de la Trinidad divina, sin añadir nada, evidentemente, a las tres personas divinas, pero viviendo plenamente en el Hijo y en cada una de ellas!

    ¡Bendito sea el Espíritu Santo, a la obra y en "operación" permanente de la generación de Dios en el mundo, y que lo está cubriendo desde el comienzo!

    ¡Bendita sea por siempre la Trinidad divina que, al hacerse hombre en Jesús, sufriendo y resucitando, se convierte en nuestro medio de vida y de felicidad!

    ¡Bendito sea ese Dios maravilloso, gran pobre que no tiene nada, gran pobre que da todo y se revela admirablemente en Jesucristo que nace en la mayor pobreza y muere en la Cruz en un despojamiento absoluto!

    ¡Bendito sea ese gran pobre que va hasta dar inclusive sus vestidos, que se distribuyen los que lo crucificaron! ¡Jamás pudo ir tan lejos el don de la pobreza absoluta de Dios!

    ¡Bendita sea la Iglesia de Jesucristo, cuerpo místico de la perfecta esposa, e igualdad con Él, en la cual todo hombre tiene su puesto y su felicidad para mayor honra y felicidad de Dios mismo!

    Nota (1). La Iglesia de mañana dará libertad y facultad en los nuevos monasterios de vivir la nueva alabanza divina, para que con el uso, esas expresiones, antes de hacerse universales, sean en cierto modo "pulidas", cinceladas, hasta llegar a una forma plenamente satisfactoria reconocida por la Iglesia.

     

  • 18/02/09. La grandeza humana cambió de aspecto.

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    3ª parte de la 1ª conferencia de La Rochette en septiembre 1963.

    "La libertad es exactamente el poder de darse. Ningún filósofo ha logrado una definición adecuada porque los filósofos no han visto que el sentido de la libertad consiste no en una elección arbitraria sino en tomarse todo entero para la ofrenda. La existencia humana tomada en su originalidad propia, es una ofrenda, un don, y la libertad se realiza en el encuentro con el otro.

    Toda la grandeza humana es interior. Lo que importa a la humanidad es que cada uno pueda ser creador de un valor interior, el cual es el único bien común verdadero. Toda la riqueza del hombre está en el hombre, a condición de darse a la Presencia que lo habita. Nuestro Señor mismo se arrodilló ante la grandeza humana. Ordenó todo el Evangelio hacia esa grandeza. Se puede decir que Jesús nos devuelve al hombre – porque amar a Dios debe ser evidente – y el juicio último será sobre las necesidades materiales del prójimo: "Tuve hambre y me disteis de comer…" El Evangelio está pues centrado en el hombre porque el hombre es el Reino de Dios.

    ¡Los enemigos de Cristo no comprendieron que el Reino de Dios es el hombre! Y sus y amigos no lo entendieron sino en el fuego de Pentecostés. El Templo fue destruido, porque el verdadero santuario de Dios es el hombre. Para forzar a los discípulos a escoger, la noche del Jueves Santo, Jesús les lava los pies. Gesto escandaloso que provoca primero el rechazo de Pedro, pero que condensa el mensaje de Jesucristo: el Reino de Dios es el hombre. Ese Reino es insondable porque sólo el hombre puede tomar la iniciativa del don al que está llamado. Dios no puede violar la libertad ya que Él es el que la suscita y la hace inviolable. Jesús, Dios, de rodillas ante sus apóstoles, es la tentativa superior para despertar la fuente que debe brotar hasta la vida eterna.

    En su muerte atroz, Jesús paga el precio de nuestra libertad: la Cruz significa que a los ojos del Señor Jesús nuestra libertad tiene valor infinito. Él muere para que ella nazca por fin en el diálogo de amor en que se realizará. Nadie como Jesús tuvo la pasión por el hombre, nadie ha situado al hombre más alto que Jesús, nadie como Jesús ha pagado el precio de la dignidad humana. Cristo introdujo una nueva escala de valores: en el lavatorio de los pies, inauguró la transmutación de valores y el mundo cristiano todavía no se ha dado cuenta. Si Jesús nos da esa lección de grandeza, es porque la grandeza ha cambiado de aspecto. Ya no consiste en dominar, sino en servir.

    En las estatuas colosales de los faraones como la de Ramsés II, el faraón divinizado aparece como dominador. El pueblo no cuenta para nada, es el faraón el que hace la historia porque su grandeza consiste en dominar, en mirar de arriba hacia una humanidad abajo, que él desprecia y pisotea; exige homenajes de esa humanidad, la cual por otra parte está dispuesta a echarse al suelo ante él. Con demasiada frecuencia hemos hecho de Dios un faraón, revestido de corzos y diamantes. Todo eso se derrumba en el Lavatorio de los pies. La verdadera grandeza es la generosidad, es darse. El más grande es el más generoso, el que va hasta el final del don de sí mismo y en este orden no existe la rivalidad. A la escala de valores de la dominación, Jesús le sustituye la de la generosidad que consiste en un intercambio nupcial, intercambio de amor, en que el lazo está fundado de parte y parte sobre un "sí" entero y libre, porque "os he desposado con un esposo único, como virgen pura para presentarle a Cristo" (2 Co. XI, 2). El lavatorio de los pies realiza una síntesis única de la grandeza y la humildad.

    "Si Dios existe, el hombre es nada", dice Sartre, porque los que se dicen creyentes le dan lugar para pensarlo. Pero Jesús desea apasionadamente la grandeza del hombre, grandeza de generosidad y de amor en que nos liberamos del yo propietario para llegar al yo oblativo, pura ofrenda.

    Con título más justo que el comunismo, nosotros podemos reivindicar la grandeza humana. Para que cada uno de nosotros no sea un número impersonal, para que nuestra vida cuente y sea reconocida como tal, Jesús nos confió este secreto: que la grandeza está en la generosidad. Lo que saca de la prefabricación al hombre es el amor que lo arranca de sí mismo para hacerlo don. La Presencia divina se hace eficaz, brilla, gracias al "sí" que se le da cuando ella ya está ahí. Es una liberación inmensa porque en adelante Dios es una experiencia que coincide con el encuentro consigo mismo. Descubrir a Dios y descubrir el verdadero yo son el mismo acontecimiento. El hombre llega a sí mismo al descubrir a Dios.

    Aquí hay una valorización incomparable de la vida. "El Cielo es el alma del justo", dice San Gregorio. El Cielo es aquí, ahora (1). Toda la vida cotidiana, todos los gestos humanos del trabajo, del esfuerzo,… son transfigurados, divinizados, adquieren un valor infinito y una importancia eterna. No podríamos admirar demasiado esa solución cristiana que no emana de un filósofo o de un sabio, sino de la autenticidad en el don de sí mismo, de la generosidad infinita que es Jesús mismo.

    Para hacerse hombre, hay que entrar en diálogo con Dios. En la intimidad del amor se hace perceptible la música callada que es el Dios Vivo. El hombre se constituye en su grandeza en una mirada hacia el Otro; perdería su valor pensando en sí mismo. Volvamos a descubrir la grandeza que tenemos que realizar para ser fermento de liberación hacia todos nuestros hermanos humanos. Tenemos que hacer fructificar ese secreto maravilloso para comunicar esa grandeza a todos los que – muy afortunadamente – están siendo trabajados por el deseo de grandeza, grandeza de dimisión, de amor y de generosidad.

    San León, en un sermón de Navidad, decía: "¡Reconoce, oh cristiano, tu dignidad! Tú eres participante de la naturaleza divina. No vuelvas pues a tus antiguas manchas viviendo de manera indigna de tu raza. Recuerda de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. Recuerda que fuiste arrancado al poder de las tinieblas. Fuiste transferido al Reino de la Luz que es el Reino de Dios. Por el sacramento del bautismo, te hiciste templo del Espíritu Santo. No hagas huir con tus acciones depravadas un huésped de tanta calidad y no te pongas bajo la dominación del demonio, porque el precio de tu rescate es la sangre de Cristo…"

    Debemos escuchar ese llamado a la grandeza y la dignidad porque es esencial para la humanidad de hoy. Si fuimos educados en una mentalidad que atribuye a Dios una falsa grandeza y cree engrandecerlo por un falso anonadamiento del hombre, tenemos que comprender nuestra verdadera grandeza que glorifica a Dios.

    Que nuestra vida comience de nuevo para difundir la buena nueva del Evangelio, a fin de que todo hombre escuche el llamado a la verdadera grandeza, constituida por el don de sí mismo! Es el bien común de todos los hombres que no pueden unirse sino en la medida en que todos saben que están enraizados en la misma Presencia de vida y de amor". (Fin de la 1ª conferencia)

  • 17/02/09. La solución cristiana está dentro de nosotros.

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    2ª parte de la 1ª conferencia del retiro de la Rochette en septiembre de 1963.

    Habría que leer una y otra vez todos estos pensamientos inéditos aún para la mayoría, inclusive en la Iglesia, los que publicamos hoy y los días siguientes, aunque hayan sido tema de un libro. ¡La Iglesia parece con frecuencia no tener conciencia alguna de su importancia! El ateísmo, el rechazo de Ese Dios, como nos lo presenta Zundel, parece entonces impensable e imposible. Jamás el hombre verdadero y primero Dios, el único Dios verdadero, no aparecieron tan nobles y tan grandes. Todo el retiro continuará bajo esta inspiración que parece infinitamente fructuosa.

    La existencia humana, captada en su originalidad propia, es una ofrenda...

    Retoma: "El Evangelio… ilumina de manera única el problema del hombre. Es inclusive el único que lo aclara perfectamente y lo resuelve. Un retiro debe hacernos tomar conciencia de nuestra vocación creadora para trabajar por realizarla con total generosidad".

    Continuación: "¿Qué fue lo que hizo de Juan 23 un gran hombre incomparable, y de su muerte un duelo universal? ¿Porqué los soviéticos y los cubanos, los ateos y los no cristianos se conmovieron tanto? ¿Porqué Paris-Match pudo poner como titular: "La muerte del Papa querido"? Simplemente porque Juan 23 se presentó como un hombre entre los hombres, se presentó no como jefe de la Iglesia o como católico sino como un hombre que, olvidándose a sí mismo, miraba a los demás. Por eso lo quisieron con un amor incondicional y lo lloraron con tanta sinceridad. Su actitud, su vida generosa, la calidad de su corazón estaban en la línea de la universalidad del género humano. Su bondad no hacía discriminaciones y cada uno se sentía conmovido y ennoblecido por él.

    Cuando el testimonio cristiano va a la raíz del ser, abraza al hombre tal como es, en el respeto y el amor, es inmediatamente comprendido. Hay que comprender todo el problema humano para conversar con todos los hermanos humanos. Vamos pues a tratar de volver a pensar el Evangelio para llegar al hombre precisamente en toda su humanidad. No estamos aquí para el bien de nuestras almas, sino para los demás.

    El ecumenismo no es la "unión de los cristianos" sino la unión de todos los hombres porque el cristiano es el que toma a cargo toda la humanidad. Así escucharemos al Señor para romper los marcos estrechos de nuestro pensamiento y escuchar su Evangelio, eterno en su origen pero actual en su expresión.

    La solución cristiana es la única solución al problema del hombre, no lo decimos porque somos cristianos sino porque sólo Cristo tocó a lo más profundo del hombre dándole una grandeza infinita en la humildad total.

    El ejemplo más luminoso de la solución cristiana nos lo da San Agustín en un marco incomparable. Leemos en sus Confesiones cómo el proceso de su vida y de su pensamiento es en él despliegue de la gracia de Dios que lo arrojó al amor. En unas palabras de simplicidad incomparable, que no tienen nada de convencional, expresa él lo esencial: "Tarde te amé, Belleza tan antigua y tan nueva. ¡Tarde te amé! ¿¡Cómo!? Tú estabas dentro de mí, pero yo estaba afuera, y afuera te buscaba, corriendo en mi fealdad tras la belleza de tus criaturas. Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo. Retenido lejos de ti por esas cosas que no existirían si no existieran en ti. Tú me llamaste, y tu grito forzó mi sordera. Tú brillaste y tu esplendor echó afuera mi ceguera. Tú exhalaste tu perfume, yo lo respiré y heme aquí suspirando por ti. Tomé tu gusto y tengo hambre y sed de ti. Me tocaste y quedé lleno de ardor por la paz que tú das" (Confesiones, Libro X, 38).

    Toda conversión es como un paso de afuera a dentro. Hasta la conversión, Agustín había vivido afuera y Dios lo introdujo en la intimidad, iluminó su alma y le hizo sentir su dignidad. Había sido sólo esclavo de su cuerpo, un pedazo del universo. ¡Era sólo el resultado de sus instintos, un ser prefabricado! Y toma ahora conciencia de su dignidad, del hecho de estar llamado a ser fuente, origen, creador, por haber entrado en diálogo con una Presencia que lo colma. Esa Presencia hace brotar en él una fuente de vida desconocida y llega a ser él mismo en vez de ser un resultado. Creía ser él mismo, encantándose con palabras, y de repente comprende que la verdadera vida está en otra parte. A través de la Presencia que lo colma, lo ilumina, lo libera, se convierte en el "yo" auténtico que hace de él un creador. La solución cristiana está pues dentro de nosotros.

    Si rehusamos ser objeto, instrumento, máquina, es porque nuestra acción, para ser nuestra, debe brotar de nosotros, debemos ser sus iniciadores. Es un interior metafísico que quiere decir independencia respecto de toda contaminación que nos convertiría en cosas, en objetos. Ese interior es un poder de iniciativa, una exigencia creadora que no puede manifestarse sino en diálogo con Alguien que está presente desde siempre esperando en silencio y que podemos sentir cuando nos encontramos con Él.

    Si el hombre está llamado a ser creador, no es volviéndose sobre sí mismo en un esfuerzo titánico que lo llevaría a la locura, sino en el abandono del amor. El hombre no vive solo. Su soledad está habitada y es fecunda en la medida en que se convierte en un diálogo que hace del hombre un valor, un diálogo de luz y de amor que suscita por su sola presencia un fermento de libertad. Los santos, que son los verdaderos grandes hombres, son liberados de sí mismos y tienen la posibilidad de liberarnos de nosotros.

    La grandeza del cristiano está adentro. ¡No será construyendo represas, fábricas gigantescas – aunque eso sea digno de admiración – como haremos hombres! El hombre nace cuando ya no debe nada a su condicionamiento exterior. La conversión de san Agustín, que es el tipo de toda conversión, supone una purificación radical que es una ofrenda total. Lo que se opone a la grandeza humana es que estamos aferrados a un yo prefabricado que no es nosotros. Somos estériles como Narciso que se arroja al lago para alcanzar su belleza cuya imagen vio más bella que nunca.

    Lo que salva a Agustín – y lo que nos salvará – es que descubre en lo más íntimo de sí mismo a Alguien a quien darse. Se da en una purificación que llega hasta las raíces de su ser, descubre una presencia de amor y de generosidad, descubre "la música callada" de que habla San Juan de la Cruz, la cual ofrece un espacio infinito a su liberación". (Continuará).

     

  • 16/02/09. El Evangelio aclara de manera única el problema del hombre.

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    El segundo retiro predicado por M. Zundel a las oblatas benedictinas de La Rochette en septiembre 1963 fue tema de un libro "Admiración y Pobreza". La retranscripción que presentamos ahora no viene del libro sino de policopias muy anteriores a su publicación. Ya publicamos en este sitio la última conferencia de este retiro, (sobre la alegría cristiana), entre el 22 y el 25/08/06, así como también ciertos extractos a veces muy cortos.

    1ª parte de la 1ª conferencia del retiro predicado en La Rochette en septiembre 1963.

     Un retiro debe hacernos tomar conciencia de nuestra vocación creadora.

    "Somos seres humanos y tenemos que plantearnos problemas humanos. Hay un solo problema que muchos no se plantean, y es precisamente el de la vocación humana. Lo sugiere la frasecita de Camus: "El hombre es la única criatura que rehúsa ser lo que es". Eso nos hace sentir la situación del hombre en el universo, situación absolutamente particular, única.

    Nacimos sin haberlo querido, no escogimos los padres, ni el país, ni la raza, ni la época, ni el sexo, ni la religión. Todo eso nos lo pusieron en la cuna y nos lo impusieron. El hombre es ante todo un ser prefabricado tanto en su ser físico con su energía nerviosa, su circulación sanguínea, etc. como en su ser moral, físico, psíquico, afectivo. Cuando comenzamos a tomar conciencia de nosotros mismos, teníamos una cantidad de cosas impuestas desde antes del nacimiento, e impulsos, impresiones de la pequeña infancia que no se pueden borrar.

    Nos arrojaron a la existencia como un paquete que se arroja sobre un muelle de la estación con una etiqueta, un número, y desde este punto de vista, estamos en el mismo caso que todos los animales, vegetales, minerales, y todos los elementos del universo. Pero esos elementos sufren la vida, son prisioneros de su biología. El hombre, en cambio, toma conciencia un día de su existencia y puede interrogarse sobre su vida, cuestionarla, deponerla, rehusarla, juzgarla. Lo que hace el misterio del hombre, su condición única, es que no puede contentarse con la vida prefabricada que se le da. Su biología está abierta, no puede permanecer irresponsable.

    Prefabricado, el hombre tiene sin embargo que elegir, asumir una responsabilidad, añadir a lo que recibe por nacimiento, algo que no es todavía y que el nacimiento no puede darle. Debe hacerse hombre, diferente del que es.

    El hombre se define a partir de lo que no tiene por nacimiento. Él mismo debe crear todo lo que hace de él un hombre. La espiritualidad se define, se comprueba, se experimenta a partir del punto en que descubrimos que no podemos quedarnos en el estado que tenemos por nacimiento sino que tenemos que pasar por el nuevo nacimiento de que habla Jesús a Nicodemo.

    Podemos discutir indefinidamente sobre el marxismo y no acabaremos nunca si no partimos de este principio: el hombre tiene límites pero no puede quedarse en lo que hizo de él su nacimiento, su verdadera humanidad debe ser creada. Lo que seduce en el marxismo es el hecho de que quiere enseñar al hombre a hacerse creador de sí mismo. Pero sólo el Evangelio nos da la solución del problema.

    El comunismo no se opone al Evangelio al instituir la vida común, pero revela su debilidad cuando se trata de construir la personalidad. Stalin se desembarazó de sus rivales imputándoles todos los fracasos del sistema: nada es más difícil para el hombre que encontrar lo que debe ser. Lenín mismo, tan puro, tan desinteresado, no se atrevía a afirmar que la revolución triunfaría, que el hombre daría todo el esfuerzo necesario sin que lo obigaran, pero había que comenzar por obligarlo con la esperanza de llevarlo a la vida perfecta. Se sacrificaba el hombre de hoy con miras a un futuro hipotético. El acercamiento con el Occidente, las dificultades con China, muestran que el comunismo está menos que nunca seguro de su ruta.

    En su gran sabiduría, Platón, el contemplativo, la más grande figura de la Grecia Antigua, no pudo lograr dar toda la grandeza al hombre. Veía el ideal de la Ciudad donde todo debía armonizarse y sometía al ciudadano a la dictadura de los filósofos que debían enseñar a los hombres lo que ellos mismos habían aprendido en la contemplación, pero Platón quiso sacrificar centenas de individuos al bien común, que no es el bien personal.

    En el Imperio Romano, cuya influencia fue considerable ya que vivimos todavía instituciones romanas, vemos igualmente al hombre sacrificado con la esperanza de un bien común.

    Marco Aurelio, que hacía cada día su examen de conciencia, manifestó una oposición encarnizada contra los cristianos porque rehusaban el culto del Imperio y del Emperador.

    La Revolución Francesa no logró tampoco resolver el problema humano porque definió la libertad como poder hacer todo a condición de no interferir con la libertad de los demás. Se llega a decir que todo está permitido, excepto lo que conduce a la cárcel. Mientras la vida privada sea desordenada, la sociedad no puede respirar la virtud y, en el momento en que nos creíamos civilizados, llegamos a un verdadero masacre.

    El cristianismo no es un monopolio. El mundo entero tiene derecho al Evangelio. Hay que plantear el problema humano para todos los que no son cristianos pero que tienen derecho a serlo. Al entrar en una iglesia, el hombre ordinario debería escuchar palabras que vayan hasta la raíz de sus problemas humanos. Lo que motiva, lo que apasiona al hombre de hoy es el llamado a la dignidad, a la grandeza humana. La verdadera descolonización supone la voluntad de cada uno de ser fuente, origen, comienzo, dignidad, de ser creador.

    Lo que hace trágica la situación humana es que el hombre siente muy bien lo que no es, pero se da muy difícilmente cuenta de lo que debe ser. Cada uno pide que crean en la importancia de su vida, pero la mayoría de los hombres no sabe en qué consiste la dignidad que quiere defender. ¡El creyente no es alguien que trata de meterse en la cabeza lo que hay que creer! Creer es dar el corazón a cierta luz por haber descubierto que es la que da solución al problema humano.

    El hombre está pues llamado a suscitar en sí mismo una dimensión que no estaba en su ser prefabricado, a hacer brotar en sí mismo, más allá de todo lo que ha recibido en el nacimiento, una realidad que haga de él una fuente original, creadora. Es necesario ver lo que implica como búsqueda y exigencias para el hombre ese itinerario hacia sí mismo, hacia el hombre que debe llegar a ser, y que constituye todo el problema humano.

    Este punto de partida establece una comunicación entre todos los hombres, los cuales tienen todos que llegar a ser fuente, origen, comprender que su vocación es crearse a sí mismos en las dimensiones que hacen de cada uno una persona.

    Al casarse, una mujer realiza una creación. El "sí" que da construye su hogar. El hogar no lo hacen los muros o la batería de la cocina sino el rostro, la presencia de la madre. La realidad formidable de la familia reposa sobre el "sí" de la esposa. Ese "sí" engendra una realidad social que no existía todavía. Así como el "sí" de la esposa crea el hogar, el "sí" que sale de lo más profundo de nosotros crea nuestra calidad de hombres.

    Estas perspectivas dan toda la extensión a las palabras de Camus: "El hombre es la única criatura que rehúsa ser lo que es". El sabio rehúsa aceptar el universo como algo bruto que se le impone.

    Leemos en "Las campanas de Nagasaki" la reacción de los sabios japoneses que, habiendo comprendido que se trataba de la bomba atómica, se preguntaron inmediatamente cómo habían los otros sabios obtenido ese logro científico colosal. "Entonces, especialistas e investigadores, nosotros mismos éramos víctimas de la bomba. Le habíamos servido de cobayos y estábamos ahora en buena posición para observar sus efectos sobre las víctimas. Bajo el dolor, la ira y la decepción amarga de la derrota, renacía en nuestros corazones un ardiente deseo de buscar la verdad. Entre las ruinas de la ciudad devastada revivía en nosotros poco a poco la pasión científica" (Las campanas de Nagasaki – Pablo Nagai – p. 87).

    Los sabios japoneses querían ser entonces vencidos no por la fuerza sino por la inteligencia. El rechazo de sufrir el universo, lo mismo que el rechazo de ciertas estructuras  establecidas en vista de encontrar otras mejores debe llevarnos a descubrir el itinerario hacia lo que debemos ser.

    El Evangelio responde esencialmente a estas preocupaciones. Ilumina de manera única el problema del hombre. Es inclusive el único que lo ilumina perfectamente y el único que lo resuelve. Un retiro debe hacernos tomar conciencia de nuestra vocación creadora para trabajar por realizarla con total generosidad". (Continuará)

     

     

  • 15 02 2009. El silencio, piedra angular de la vida cristiana.

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    14ª y última conferencia del retiro predicado en la Rochette en septiembre 1959.

    "Después de esta vista panorámica que debió revelarnos nuestra vocación a través de todos los dominios de la vida, del universo y de la fe, es tiempo de considerar ese descubrimiento a la luz de nuestra Oblación.

    Ser libres, vivir la Iglesia como Iglesia que somos, dar a nuestra vida el Rostro de Cristo ya que somos Cristo para los hombres de hoy, encargarnos de Dios, de toda la humanidad, de todo el universo, ser la sonrisa de la bondad divina, quisiéramos que todo eso se vuelva realidad para nosotros. Nuestro compromiso con la vida monástica por la Oblación (1) debe dar un acento particularmente eficaz a nuestra decisión de dejar vivir a Cristo en nosotros y nuestra vida se debe realizar como un testimonio cada vez más transparente de Su Presencia. Ahora bien, nuestra Oblatura (1) nos pone en relación con el centro de la vida monástica si ella significa para nosotros una vida de silencio.

    El beneficio supremo de los monasterios, cuando son fervorosos, lo que constituye el valor de la vida monástica, lo que la hace hoy más necesaria que nunca, lo que explica la multiplicación extraordinaria de las fundaciones monásticas en América, es el silencio que es una Presencia, el silencio de Alguien.

    San Ignacio de Antioquía, en el siglo 2, define el misterio de Jesús: "Misterio de clamor realizado en el silencio de Dios". "La alabanza que conviene a Dios es el silencio" (Ps. 65). San Juan de la Cruz llama a Dios "la música callada". San Benito habla de la "majestad del silencio", y un verdadero monasterio es un sacramento del silencio. La liturgia es silencio incomparablemente. Una vida monástica es esencialmente una vida que no hace ruido consigo misma, una vida que escucha y que por eso puede cantar.

    Cada uno de nosotros está llamado a ser "un silencio viviente". No se trata de hablar de Dios – hablemos de Él lo menos posible – se trata de ser, como decía San Ignacio de Antioquia, "una palabra viviente de Dios". Cuando seamos palabra de Dios ya no será útil hablar de Dios porque entonces todo nuestro ser Lo comunicará. Si no somos palabra viviente de Dios, todas nuestras palabras sólo harán daño a su descubrimiento haciéndolo imposible para los demás. Sólo una vida silenciosa deja pasar la Vida de Dios. Un ser silencioso deja pasar a su través la Única Voz.

    El silencio es la piedra angular de la vida cristiana. Es absolutamente capital: silencio de la vida, silencio de la acción, silencio de las relaciones mutuas, silencio del amor. Jamás hacer ruido consigo mismo. No hacerse centro. No recriminar. No hacer notar los errores a los demás.

    Una amistad puede romperse con una palabra torpe que no ha sido controlada, por no estar acostumbrados al silencio. Basta una palabra para cortar la corriente. Santiago tiene razón cuando dice que es difícil controlar la lengua. La maledicencia es el pecado más grave. Si no decimos nada, estamos seguros de no haber traicionado nada. Hay muchas cosas interesantes de qué hablar como para no hablar de los defectos de los demás.

    Si queremos entrar en el "sí" que es Jesús, hay que comenzar por el silencio. Toda vida espiritual atenta es vida silenciosa. Es necesario darse cada día un momento para encontrar el silencio y así encontrar a Dios. Cada uno debe escoger lo que mejor lo ponga en contacto con Dios, ya el arte, ya la música o la pintura, ya otra forma de belleza, ya una caminada para admirar la Creación, un deporte o cualquier cosa, pero que sea un momento en que uno encuentra el silencio para respirar la Presencia del Señor. Si somos fieles en entrar cada día en la celda del silencio podremos afrontar a los demás, soportarlos, adivinar su tragedia. Estaremos armados, estaremos defendidos, no nos dejaremos engañar por todo el ruido que se hace alrededor.

    El silencio no es una consigna sino una irradiación, una presencia, un ser vivo, una persona. Se puede hablar de la manera más interesante e inclusive la más cómica guardando el espacio del silencio. Sin decir nada podemos actuar, construir, convertir, ser un lazo entre Dios y los demás viviendo en un silencio donde cesamos de mirarnos y de escucharnos a nosotros para acoger la presencia divina. Entonces podemos escuchar la palabra eterna que resuena en el silencio de Dios.

    Jamás somos más libres que delante de un ser que respira el silencio de Dios y nos da el sentimiento de difundir a través de su persona la divina presencia.

    Nos queda escondernos en Dios para escucharlo, para dejarlo vivir en nosotros como la música silenciosa que debe cantar en nuestra vida para que el que cruce nuestro camino descubra a través de nosotros el Rostro de Fiesta de Cristo Jesús". (Fin de la última conferencia)

     

    (1) Es un retiro predicado a oblatas benedictinas.

     

  • 14/02/2009. Cómo trato yo de expresar mi fe cristiana.

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    ¿Cómo expresar mi fe cristiana? (Pensamientos de P. Debains)

    Para el hombre no hay otro modo y posibilidad de vivir de Dios sino hacerse interiormente el santuario donde el Padre engendra, gesta y da nacimiento al Hijo y de donde el Padre y el Hijo dejan necesariamente brotar el Espíritu, al mismo tiempo que el Espíritu opera eternamente esa generación recíproca.

    Tanto es Amor Dios y de manera tan perfecta que quiere dar al hombre Su propia vida, quiere darle a vivir la propia vida divina, y que sea entonces el santuario donde se realiza lo que hace eternamente que Dios sea el Dios Trino y que no haya otro. Y Eso implica que el hombre debe aprender a vivir como Dios vive Su vida eterna que quiere comunicarle al hombre.

    No tenemos otro modo de ser creados y salvados a imagen y semejanza del Dios Trino.

    Eso implica un don continuo de sí mismo, a imagen y semejanza del Padre que nos da el Hijo, del Padre que tanto amó el mundo de los hombres que le dio su Hijo único. Un don sin reserva que va hasta lo inimaginable, entregar al Hijo a la muerte en la Cruz. No se puede imaginar un modelo de don más perfecto. No hay otra manera de vivir humanamente sino dando y dándose, de lo cual se nos da el modelo perfecto en la manera de pasar Jesús hecho hombre al Padre.

    La Creación, el Universo entero sin límites posibles ni en el tiempo ni en el espacio, es primero percibida por el hombre como exterior, pero para Dios es interior, y quiere y puede ser interior para el hombre. A su manera, manifiesta y revela la trascendencia de un Dios infinitamente más allá, o mejor más adentro de todo lo que el hombre puede imaginar.

     

    Dios es puro interior. Lo cual equivale a decir exactamente: Dios es espíritu, como dirá Jesús a la mujer de Samaría, añadiendo "y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad".

    Dios es pura interioridad, pura interioridad respecto del hombre, y éste no puede estar en Dios, no puede tener relaciones con Dios sino en la interioridad, lo cual quiere decir que Dios es el único Dios que existe, Padre, Hijo y Espíritu, son interiores al hombre y no existe un Dios exterior al hombre. Un Dios exterior al hombre no existe. (Y uno queda dolorosamente estupefacto cuando escucha a los hermanos musulmanes afirmando y casi gritando: "¡Allah akbar!" lo que comprende evidentemente un dios perfectamente exterior al hombre, y por lo mismo, que no existe ni ha existido nunca).

    Dios puede encarnarse. Eso quiere decir que puede habitar de manera perfecta en el hombre, sin hacer por eso de él un Dios. En realidad sólo hay un hombre, Jesucristo, Dios hecho hombre, en el cual Dios haya logrado encarnarse de manera perfecta. Eso no quiere decir que esa criatura sea necesariamente Dios, sino que Dios habita en su interioridad de manera perfecta.

    Y lo que sucede a esa perfecta encarnación de Dios en un hombre, es que ese hombre va a morir ignominiosamente para resucitar en suprema nobleza, reconocible solamente en y por el hombre que ha comenzado a imitar el modo de Su paso al Padre, y así a resucitar desde ya.

    Y esa resurrección llena de la más soberana nobleza no va a ser un punto final. El Cuerpo resucitado va a subir a los cielos y a sentarse a la derecha del Padre, lo que significa una igualdad perfecta con Él. Jesucristo en su humanidad misma va a ser entonces perfectamente divinizado, y esa perfecta divinización va a brillar en Él, por anticipación, por retroactivación, durante todas las etapas de su vida terrestre, a tal punto que podemos decir, desde su creación en María, que Él es Dios, aunque prefiramos decir con M. Zundel que "Dios es Él".

    Pero no hay que detenerse ahí. La divinización de la humanidad del Señor no es para el, es para la salvación y la felicidad de la humanidad entera, no tiene otra razón de su advenimiento en el corazón de nuestra historia sino la salvación y la felicidad del hombre. Eso es tan verdad que todo hombre, a imagen y semejanza de esa humanidad así divinizada, va a deber salvarse y ser plenamente feliz no para sí mismo, sino también para la humanidad entera. Como la humanidad del Señor, ahora perfectamente divinizada, el hombre también, usted y yo, sólo será divinizado en y por la Humanidad del Señor para la salvación y la felicidad de la humanidad entera, y no para él mismo como término final. O si prefieren, el hombre, usted, yo, no somos divinizados sino en nuestra relación vital esencial con la humanidad entera de la que cada uno es miembro en el Cuerpo místico de Cristo, la Iglesia. A la vez, el hombre así redimido es El Cuerpo todo entero, por el único hecho de que es miembro suyo, al mismo tiempo que no es sino un miembro. (A continuar)

     

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