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Zundel

14/02/2009. Cómo trato yo de expresar mi fe cristiana.

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¿Cómo expresar mi fe cristiana? (Pensamientos de P. Debains)

Para el hombre no hay otro modo y posibilidad de vivir de Dios sino hacerse interiormente el santuario donde el Padre engendra, gesta y da nacimiento al Hijo y de donde el Padre y el Hijo dejan necesariamente brotar el Espíritu, al mismo tiempo que el Espíritu opera eternamente esa generación recíproca.

Tanto es Amor Dios y de manera tan perfecta que quiere dar al hombre Su propia vida, quiere darle a vivir la propia vida divina, y que sea entonces el santuario donde se realiza lo que hace eternamente que Dios sea el Dios Trino y que no haya otro. Y Eso implica que el hombre debe aprender a vivir como Dios vive Su vida eterna que quiere comunicarle al hombre.

No tenemos otro modo de ser creados y salvados a imagen y semejanza del Dios Trino.

Eso implica un don continuo de sí mismo, a imagen y semejanza del Padre que nos da el Hijo, del Padre que tanto amó el mundo de los hombres que le dio su Hijo único. Un don sin reserva que va hasta lo inimaginable, entregar al Hijo a la muerte en la Cruz. No se puede imaginar un modelo de don más perfecto. No hay otra manera de vivir humanamente sino dando y dándose, de lo cual se nos da el modelo perfecto en la manera de pasar Jesús hecho hombre al Padre.

La Creación, el Universo entero sin límites posibles ni en el tiempo ni en el espacio, es primero percibida por el hombre como exterior, pero para Dios es interior, y quiere y puede ser interior para el hombre. A su manera, manifiesta y revela la trascendencia de un Dios infinitamente más allá, o mejor más adentro de todo lo que el hombre puede imaginar.

 

Dios es puro interior. Lo cual equivale a decir exactamente: Dios es espíritu, como dirá Jesús a la mujer de Samaría, añadiendo "y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad".

Dios es pura interioridad, pura interioridad respecto del hombre, y éste no puede estar en Dios, no puede tener relaciones con Dios sino en la interioridad, lo cual quiere decir que Dios es el único Dios que existe, Padre, Hijo y Espíritu, son interiores al hombre y no existe un Dios exterior al hombre. Un Dios exterior al hombre no existe. (Y uno queda dolorosamente estupefacto cuando escucha a los hermanos musulmanes afirmando y casi gritando: "¡Allah akbar!" lo que comprende evidentemente un dios perfectamente exterior al hombre, y por lo mismo, que no existe ni ha existido nunca).

Dios puede encarnarse. Eso quiere decir que puede habitar de manera perfecta en el hombre, sin hacer por eso de él un Dios. En realidad sólo hay un hombre, Jesucristo, Dios hecho hombre, en el cual Dios haya logrado encarnarse de manera perfecta. Eso no quiere decir que esa criatura sea necesariamente Dios, sino que Dios habita en su interioridad de manera perfecta.

Y lo que sucede a esa perfecta encarnación de Dios en un hombre, es que ese hombre va a morir ignominiosamente para resucitar en suprema nobleza, reconocible solamente en y por el hombre que ha comenzado a imitar el modo de Su paso al Padre, y así a resucitar desde ya.

Y esa resurrección llena de la más soberana nobleza no va a ser un punto final. El Cuerpo resucitado va a subir a los cielos y a sentarse a la derecha del Padre, lo que significa una igualdad perfecta con Él. Jesucristo en su humanidad misma va a ser entonces perfectamente divinizado, y esa perfecta divinización va a brillar en Él, por anticipación, por retroactivación, durante todas las etapas de su vida terrestre, a tal punto que podemos decir, desde su creación en María, que Él es Dios, aunque prefiramos decir con M. Zundel que "Dios es Él".

Pero no hay que detenerse ahí. La divinización de la humanidad del Señor no es para el, es para la salvación y la felicidad de la humanidad entera, no tiene otra razón de su advenimiento en el corazón de nuestra historia sino la salvación y la felicidad del hombre. Eso es tan verdad que todo hombre, a imagen y semejanza de esa humanidad así divinizada, va a deber salvarse y ser plenamente feliz no para sí mismo, sino también para la humanidad entera. Como la humanidad del Señor, ahora perfectamente divinizada, el hombre también, usted y yo, sólo será divinizado en y por la Humanidad del Señor para la salvación y la felicidad de la humanidad entera, y no para él mismo como término final. O si prefieren, el hombre, usted, yo, no somos divinizados sino en nuestra relación vital esencial con la humanidad entera de la que cada uno es miembro en el Cuerpo místico de Cristo, la Iglesia. A la vez, el hombre así redimido es El Cuerpo todo entero, por el único hecho de que es miembro suyo, al mismo tiempo que no es sino un miembro. (A continuar)

 

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