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¿Cómo expresar mi fe
cristiana? (Pensamientos de P. Debains)
Para el hombre no hay otro
modo y posibilidad de vivir de Dios sino hacerse interiormente el santuario
donde el Padre engendra, gesta y da nacimiento al Hijo y de donde el Padre y el
Hijo dejan necesariamente brotar el Espíritu, al mismo tiempo que el Espíritu
opera eternamente esa generación recíproca.
Tanto es Amor Dios y de
manera tan perfecta que quiere dar al hombre Su propia vida, quiere darle a
vivir la propia vida divina, y que sea entonces el santuario donde se realiza
lo que hace eternamente que Dios sea el Dios Trino y que no haya otro. Y Eso
implica que el hombre debe aprender a vivir como Dios vive Su vida eterna que
quiere comunicarle al hombre.
No tenemos otro modo de ser
creados y salvados a imagen y semejanza del Dios Trino.
Eso implica un don continuo
de sí mismo, a imagen y semejanza del Padre que nos da el Hijo, del Padre que
tanto amó el mundo de los hombres que le dio su Hijo único. Un don sin reserva
que va hasta lo inimaginable, entregar al Hijo a la muerte en la Cruz. No se
puede imaginar un modelo de don más perfecto. No hay otra manera de vivir
humanamente sino dando y dándose, de lo cual se nos da el modelo perfecto en la
manera de pasar Jesús hecho hombre al Padre.
La Creación, el Universo
entero sin límites posibles ni en el tiempo ni en el espacio, es primero
percibida por el hombre como exterior, pero para Dios es interior, y quiere y
puede ser interior para el hombre. A su manera, manifiesta y revela la
trascendencia de un Dios infinitamente más allá, o mejor más adentro de todo lo
que el hombre puede imaginar.
Dios es puro interior. Lo cual
equivale a decir exactamente: Dios es espíritu, como dirá Jesús a la mujer de
Samaría, añadiendo "y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en
verdad".
Dios es pura interioridad, pura
interioridad respecto del hombre, y éste no puede estar en Dios, no puede tener
relaciones con Dios sino en la interioridad, lo cual quiere decir que Dios es
el único Dios que existe, Padre, Hijo y Espíritu, son interiores al hombre y no
existe un Dios exterior al hombre. Un Dios exterior al hombre no existe. (Y uno
queda dolorosamente estupefacto cuando escucha a los hermanos musulmanes afirmando
y casi gritando: "¡Allah akbar!" lo que comprende evidentemente un
dios perfectamente exterior al hombre, y por lo mismo, que no existe ni ha
existido nunca).
Dios puede encarnarse. Eso
quiere decir que puede habitar de manera perfecta en el hombre, sin hacer por
eso de él un Dios. En realidad sólo hay un hombre, Jesucristo, Dios hecho
hombre, en el cual Dios haya logrado encarnarse de manera perfecta. Eso no
quiere decir que esa criatura sea necesariamente Dios, sino que Dios habita en
su interioridad de manera perfecta.
Y lo que sucede a esa
perfecta encarnación de Dios en un hombre, es que ese hombre va a morir
ignominiosamente para resucitar en suprema nobleza, reconocible solamente en y
por el hombre que ha comenzado a imitar el modo de Su paso al Padre, y así a
resucitar desde ya.
Y esa resurrección llena de
la más soberana nobleza no va a ser un punto final. El Cuerpo resucitado va a
subir a los cielos y a sentarse a la derecha del Padre, lo que significa una
igualdad perfecta con Él. Jesucristo en su humanidad misma va a ser entonces
perfectamente divinizado, y esa perfecta divinización va a brillar en Él, por
anticipación, por retroactivación, durante todas las etapas de su vida
terrestre, a tal punto que podemos decir, desde su creación en María, que Él es
Dios, aunque prefiramos decir con M. Zundel que "Dios es Él".
Pero no hay que detenerse
ahí. La divinización de la humanidad del
Señor no es para el, es para la
salvación y la felicidad de la humanidad entera, no tiene otra razón de su
advenimiento en el corazón de nuestra historia sino la salvación y la felicidad
del hombre. Eso es tan verdad que todo
hombre, a imagen y semejanza de esa humanidad así divinizada, va a deber
salvarse y ser plenamente feliz no para sí mismo, sino también para la
humanidad entera. Como la humanidad del Señor, ahora perfectamente divinizada,
el hombre también, usted y yo, sólo será
divinizado en y por la Humanidad del Señor para la salvación y la felicidad de
la humanidad entera, y no para él mismo como término final. O si prefieren,
el hombre, usted, yo, no somos divinizados sino en nuestra relación vital
esencial con la humanidad entera de la que cada uno es miembro en el Cuerpo
místico de Cristo, la Iglesia. A la vez, el hombre así redimido es El Cuerpo
todo entero, por el único hecho de que es miembro suyo, al mismo tiempo que no
es sino un miembro. (A continuar)