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14ª y última conferencia
del retiro predicado en la Rochette en septiembre 1959.
"Después de esta vista
panorámica que debió revelarnos nuestra vocación a través de todos los dominios
de la vida, del universo y de la fe, es tiempo de considerar ese descubrimiento
a la luz de nuestra Oblación.
Ser libres, vivir
la Iglesia como Iglesia que somos, dar a nuestra vida el Rostro de Cristo ya
que somos Cristo para los hombres de hoy, encargarnos de Dios, de toda la
humanidad, de todo el universo, ser la sonrisa de la bondad divina, quisiéramos
que todo eso se vuelva realidad para nosotros. Nuestro compromiso con la vida monástica por la Oblación (1) debe dar
un acento particularmente eficaz a nuestra decisión de dejar vivir a Cristo en
nosotros y nuestra vida se debe realizar como un testimonio cada vez más
transparente de Su Presencia. Ahora bien, nuestra Oblatura (1) nos pone en relación con el centro de la vida monástica si ella
significa para nosotros una vida de silencio.
El beneficio supremo de los
monasterios, cuando son fervorosos, lo que constituye el valor de la vida
monástica, lo que la hace hoy más necesaria que nunca, lo que explica la
multiplicación extraordinaria de las fundaciones monásticas en América, es el
silencio que es una Presencia, el silencio de Alguien.
San Ignacio de Antioquía,
en el siglo 2, define el misterio de Jesús: "Misterio de clamor realizado
en el silencio de Dios". "La alabanza que conviene a Dios es el
silencio" (Ps. 65). San Juan de la Cruz llama a Dios "la música
callada". San Benito habla de la "majestad del silencio", y un verdadero monasterio es un sacramento
del silencio. La liturgia es silencio incomparablemente. Una vida monástica
es esencialmente una vida que no hace ruido consigo misma, una vida que escucha
y que por eso puede cantar.
Cada uno de nosotros está
llamado a ser "un silencio viviente". No se trata de hablar de Dios – hablemos de Él lo menos posible – se trata de ser, como decía San Ignacio
de Antioquia, "una palabra viviente
de Dios". Cuando seamos palabra de Dios ya no será útil hablar de Dios
porque entonces todo nuestro ser Lo comunicará. Si no somos palabra viviente de
Dios, todas nuestras palabras sólo harán daño a su descubrimiento haciéndolo imposible
para los demás. Sólo una vida silenciosa
deja pasar la Vida de Dios. Un ser silencioso deja pasar a su través la
Única Voz.
El silencio es la
piedra angular de la vida cristiana.
Es absolutamente capital: silencio de la vida, silencio de la acción, silencio
de las relaciones mutuas, silencio del amor. Jamás hacer ruido consigo mismo.
No hacerse centro. No recriminar. No hacer notar los errores a los demás.
Una amistad puede romperse
con una palabra torpe que no ha sido controlada, por no estar acostumbrados al
silencio. Basta una palabra para cortar la corriente. Santiago tiene razón cuando
dice que es difícil controlar la lengua. La maledicencia es el pecado más
grave. Si no decimos nada, estamos seguros de no haber traicionado nada. Hay
muchas cosas interesantes de qué hablar como para no hablar de los defectos de
los demás.
Si queremos entrar
en el "sí" que es Jesús, hay que comenzar por el silencio. Toda vida espiritual atenta es vida silenciosa. Es necesario darse cada
día un momento para encontrar el silencio y así encontrar a Dios. Cada uno debe
escoger lo que mejor lo ponga en contacto con Dios, ya el arte, ya la música o
la pintura, ya otra forma de belleza, ya una caminada para admirar la Creación,
un deporte o cualquier cosa, pero que sea un momento en que uno encuentra el
silencio para respirar la Presencia del Señor. Si somos fieles en entrar cada
día en la celda del silencio podremos afrontar a los demás, soportarlos,
adivinar su tragedia. Estaremos armados, estaremos defendidos, no nos dejaremos
engañar por todo el ruido que se hace alrededor.
El silencio no es
una consigna sino una irradiación, una presencia, un ser vivo, una persona. Se
puede hablar de la manera más interesante e inclusive la más cómica guardando
el espacio del silencio. Sin decir nada podemos actuar, construir, convertir,
ser un lazo entre Dios y los demás viviendo en un silencio donde cesamos de
mirarnos y de escucharnos a nosotros para acoger la presencia divina. Entonces
podemos escuchar la palabra eterna que resuena en el silencio de Dios.
Jamás somos más libres que
delante de un ser que respira el silencio de Dios y nos da el sentimiento de
difundir a través de su persona la divina presencia.
Nos queda escondernos en
Dios para escucharlo, para dejarlo vivir en nosotros como la música silenciosa
que debe cantar en nuestra vida para que el que cruce nuestro camino descubra a
través de nosotros el Rostro de Fiesta de Cristo Jesús". (Fin de la última
conferencia)
(1) Es un retiro predicado
a oblatas benedictinas.