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15 02 2009. El silencio, piedra angular de la vida cristiana.

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14ª y última conferencia del retiro predicado en la Rochette en septiembre 1959.

"Después de esta vista panorámica que debió revelarnos nuestra vocación a través de todos los dominios de la vida, del universo y de la fe, es tiempo de considerar ese descubrimiento a la luz de nuestra Oblación.

Ser libres, vivir la Iglesia como Iglesia que somos, dar a nuestra vida el Rostro de Cristo ya que somos Cristo para los hombres de hoy, encargarnos de Dios, de toda la humanidad, de todo el universo, ser la sonrisa de la bondad divina, quisiéramos que todo eso se vuelva realidad para nosotros. Nuestro compromiso con la vida monástica por la Oblación (1) debe dar un acento particularmente eficaz a nuestra decisión de dejar vivir a Cristo en nosotros y nuestra vida se debe realizar como un testimonio cada vez más transparente de Su Presencia. Ahora bien, nuestra Oblatura (1) nos pone en relación con el centro de la vida monástica si ella significa para nosotros una vida de silencio.

El beneficio supremo de los monasterios, cuando son fervorosos, lo que constituye el valor de la vida monástica, lo que la hace hoy más necesaria que nunca, lo que explica la multiplicación extraordinaria de las fundaciones monásticas en América, es el silencio que es una Presencia, el silencio de Alguien.

San Ignacio de Antioquía, en el siglo 2, define el misterio de Jesús: "Misterio de clamor realizado en el silencio de Dios". "La alabanza que conviene a Dios es el silencio" (Ps. 65). San Juan de la Cruz llama a Dios "la música callada". San Benito habla de la "majestad del silencio", y un verdadero monasterio es un sacramento del silencio. La liturgia es silencio incomparablemente. Una vida monástica es esencialmente una vida que no hace ruido consigo misma, una vida que escucha y que por eso puede cantar.

Cada uno de nosotros está llamado a ser "un silencio viviente". No se trata de hablar de Dios – hablemos de Él lo menos posible – se trata de ser, como decía San Ignacio de Antioquia, "una palabra viviente de Dios". Cuando seamos palabra de Dios ya no será útil hablar de Dios porque entonces todo nuestro ser Lo comunicará. Si no somos palabra viviente de Dios, todas nuestras palabras sólo harán daño a su descubrimiento haciéndolo imposible para los demás. Sólo una vida silenciosa deja pasar la Vida de Dios. Un ser silencioso deja pasar a su través la Única Voz.

El silencio es la piedra angular de la vida cristiana. Es absolutamente capital: silencio de la vida, silencio de la acción, silencio de las relaciones mutuas, silencio del amor. Jamás hacer ruido consigo mismo. No hacerse centro. No recriminar. No hacer notar los errores a los demás.

Una amistad puede romperse con una palabra torpe que no ha sido controlada, por no estar acostumbrados al silencio. Basta una palabra para cortar la corriente. Santiago tiene razón cuando dice que es difícil controlar la lengua. La maledicencia es el pecado más grave. Si no decimos nada, estamos seguros de no haber traicionado nada. Hay muchas cosas interesantes de qué hablar como para no hablar de los defectos de los demás.

Si queremos entrar en el "sí" que es Jesús, hay que comenzar por el silencio. Toda vida espiritual atenta es vida silenciosa. Es necesario darse cada día un momento para encontrar el silencio y así encontrar a Dios. Cada uno debe escoger lo que mejor lo ponga en contacto con Dios, ya el arte, ya la música o la pintura, ya otra forma de belleza, ya una caminada para admirar la Creación, un deporte o cualquier cosa, pero que sea un momento en que uno encuentra el silencio para respirar la Presencia del Señor. Si somos fieles en entrar cada día en la celda del silencio podremos afrontar a los demás, soportarlos, adivinar su tragedia. Estaremos armados, estaremos defendidos, no nos dejaremos engañar por todo el ruido que se hace alrededor.

El silencio no es una consigna sino una irradiación, una presencia, un ser vivo, una persona. Se puede hablar de la manera más interesante e inclusive la más cómica guardando el espacio del silencio. Sin decir nada podemos actuar, construir, convertir, ser un lazo entre Dios y los demás viviendo en un silencio donde cesamos de mirarnos y de escucharnos a nosotros para acoger la presencia divina. Entonces podemos escuchar la palabra eterna que resuena en el silencio de Dios.

Jamás somos más libres que delante de un ser que respira el silencio de Dios y nos da el sentimiento de difundir a través de su persona la divina presencia.

Nos queda escondernos en Dios para escucharlo, para dejarlo vivir en nosotros como la música silenciosa que debe cantar en nuestra vida para que el que cruce nuestro camino descubra a través de nosotros el Rostro de Fiesta de Cristo Jesús". (Fin de la última conferencia)

 

(1) Es un retiro predicado a oblatas benedictinas.

 

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