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Zundel

16/02/09. El Evangelio aclara de manera única el problema del hombre.

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El segundo retiro predicado por M. Zundel a las oblatas benedictinas de La Rochette en septiembre 1963 fue tema de un libro "Admiración y Pobreza". La retranscripción que presentamos ahora no viene del libro sino de policopias muy anteriores a su publicación. Ya publicamos en este sitio la última conferencia de este retiro, (sobre la alegría cristiana), entre el 22 y el 25/08/06, así como también ciertos extractos a veces muy cortos.

1ª parte de la 1ª conferencia del retiro predicado en La Rochette en septiembre 1963.

 Un retiro debe hacernos tomar conciencia de nuestra vocación creadora.

"Somos seres humanos y tenemos que plantearnos problemas humanos. Hay un solo problema que muchos no se plantean, y es precisamente el de la vocación humana. Lo sugiere la frasecita de Camus: "El hombre es la única criatura que rehúsa ser lo que es". Eso nos hace sentir la situación del hombre en el universo, situación absolutamente particular, única.

Nacimos sin haberlo querido, no escogimos los padres, ni el país, ni la raza, ni la época, ni el sexo, ni la religión. Todo eso nos lo pusieron en la cuna y nos lo impusieron. El hombre es ante todo un ser prefabricado tanto en su ser físico con su energía nerviosa, su circulación sanguínea, etc. como en su ser moral, físico, psíquico, afectivo. Cuando comenzamos a tomar conciencia de nosotros mismos, teníamos una cantidad de cosas impuestas desde antes del nacimiento, e impulsos, impresiones de la pequeña infancia que no se pueden borrar.

Nos arrojaron a la existencia como un paquete que se arroja sobre un muelle de la estación con una etiqueta, un número, y desde este punto de vista, estamos en el mismo caso que todos los animales, vegetales, minerales, y todos los elementos del universo. Pero esos elementos sufren la vida, son prisioneros de su biología. El hombre, en cambio, toma conciencia un día de su existencia y puede interrogarse sobre su vida, cuestionarla, deponerla, rehusarla, juzgarla. Lo que hace el misterio del hombre, su condición única, es que no puede contentarse con la vida prefabricada que se le da. Su biología está abierta, no puede permanecer irresponsable.

Prefabricado, el hombre tiene sin embargo que elegir, asumir una responsabilidad, añadir a lo que recibe por nacimiento, algo que no es todavía y que el nacimiento no puede darle. Debe hacerse hombre, diferente del que es.

El hombre se define a partir de lo que no tiene por nacimiento. Él mismo debe crear todo lo que hace de él un hombre. La espiritualidad se define, se comprueba, se experimenta a partir del punto en que descubrimos que no podemos quedarnos en el estado que tenemos por nacimiento sino que tenemos que pasar por el nuevo nacimiento de que habla Jesús a Nicodemo.

Podemos discutir indefinidamente sobre el marxismo y no acabaremos nunca si no partimos de este principio: el hombre tiene límites pero no puede quedarse en lo que hizo de él su nacimiento, su verdadera humanidad debe ser creada. Lo que seduce en el marxismo es el hecho de que quiere enseñar al hombre a hacerse creador de sí mismo. Pero sólo el Evangelio nos da la solución del problema.

El comunismo no se opone al Evangelio al instituir la vida común, pero revela su debilidad cuando se trata de construir la personalidad. Stalin se desembarazó de sus rivales imputándoles todos los fracasos del sistema: nada es más difícil para el hombre que encontrar lo que debe ser. Lenín mismo, tan puro, tan desinteresado, no se atrevía a afirmar que la revolución triunfaría, que el hombre daría todo el esfuerzo necesario sin que lo obigaran, pero había que comenzar por obligarlo con la esperanza de llevarlo a la vida perfecta. Se sacrificaba el hombre de hoy con miras a un futuro hipotético. El acercamiento con el Occidente, las dificultades con China, muestran que el comunismo está menos que nunca seguro de su ruta.

En su gran sabiduría, Platón, el contemplativo, la más grande figura de la Grecia Antigua, no pudo lograr dar toda la grandeza al hombre. Veía el ideal de la Ciudad donde todo debía armonizarse y sometía al ciudadano a la dictadura de los filósofos que debían enseñar a los hombres lo que ellos mismos habían aprendido en la contemplación, pero Platón quiso sacrificar centenas de individuos al bien común, que no es el bien personal.

En el Imperio Romano, cuya influencia fue considerable ya que vivimos todavía instituciones romanas, vemos igualmente al hombre sacrificado con la esperanza de un bien común.

Marco Aurelio, que hacía cada día su examen de conciencia, manifestó una oposición encarnizada contra los cristianos porque rehusaban el culto del Imperio y del Emperador.

La Revolución Francesa no logró tampoco resolver el problema humano porque definió la libertad como poder hacer todo a condición de no interferir con la libertad de los demás. Se llega a decir que todo está permitido, excepto lo que conduce a la cárcel. Mientras la vida privada sea desordenada, la sociedad no puede respirar la virtud y, en el momento en que nos creíamos civilizados, llegamos a un verdadero masacre.

El cristianismo no es un monopolio. El mundo entero tiene derecho al Evangelio. Hay que plantear el problema humano para todos los que no son cristianos pero que tienen derecho a serlo. Al entrar en una iglesia, el hombre ordinario debería escuchar palabras que vayan hasta la raíz de sus problemas humanos. Lo que motiva, lo que apasiona al hombre de hoy es el llamado a la dignidad, a la grandeza humana. La verdadera descolonización supone la voluntad de cada uno de ser fuente, origen, comienzo, dignidad, de ser creador.

Lo que hace trágica la situación humana es que el hombre siente muy bien lo que no es, pero se da muy difícilmente cuenta de lo que debe ser. Cada uno pide que crean en la importancia de su vida, pero la mayoría de los hombres no sabe en qué consiste la dignidad que quiere defender. ¡El creyente no es alguien que trata de meterse en la cabeza lo que hay que creer! Creer es dar el corazón a cierta luz por haber descubierto que es la que da solución al problema humano.

El hombre está pues llamado a suscitar en sí mismo una dimensión que no estaba en su ser prefabricado, a hacer brotar en sí mismo, más allá de todo lo que ha recibido en el nacimiento, una realidad que haga de él una fuente original, creadora. Es necesario ver lo que implica como búsqueda y exigencias para el hombre ese itinerario hacia sí mismo, hacia el hombre que debe llegar a ser, y que constituye todo el problema humano.

Este punto de partida establece una comunicación entre todos los hombres, los cuales tienen todos que llegar a ser fuente, origen, comprender que su vocación es crearse a sí mismos en las dimensiones que hacen de cada uno una persona.

Al casarse, una mujer realiza una creación. El "sí" que da construye su hogar. El hogar no lo hacen los muros o la batería de la cocina sino el rostro, la presencia de la madre. La realidad formidable de la familia reposa sobre el "sí" de la esposa. Ese "sí" engendra una realidad social que no existía todavía. Así como el "sí" de la esposa crea el hogar, el "sí" que sale de lo más profundo de nosotros crea nuestra calidad de hombres.

Estas perspectivas dan toda la extensión a las palabras de Camus: "El hombre es la única criatura que rehúsa ser lo que es". El sabio rehúsa aceptar el universo como algo bruto que se le impone.

Leemos en "Las campanas de Nagasaki" la reacción de los sabios japoneses que, habiendo comprendido que se trataba de la bomba atómica, se preguntaron inmediatamente cómo habían los otros sabios obtenido ese logro científico colosal. "Entonces, especialistas e investigadores, nosotros mismos éramos víctimas de la bomba. Le habíamos servido de cobayos y estábamos ahora en buena posición para observar sus efectos sobre las víctimas. Bajo el dolor, la ira y la decepción amarga de la derrota, renacía en nuestros corazones un ardiente deseo de buscar la verdad. Entre las ruinas de la ciudad devastada revivía en nosotros poco a poco la pasión científica" (Las campanas de Nagasaki – Pablo Nagai – p. 87).

Los sabios japoneses querían ser entonces vencidos no por la fuerza sino por la inteligencia. El rechazo de sufrir el universo, lo mismo que el rechazo de ciertas estructuras  establecidas en vista de encontrar otras mejores debe llevarnos a descubrir el itinerario hacia lo que debemos ser.

El Evangelio responde esencialmente a estas preocupaciones. Ilumina de manera única el problema del hombre. Es inclusive el único que lo ilumina perfectamente y el único que lo resuelve. Un retiro debe hacernos tomar conciencia de nuestra vocación creadora para trabajar por realizarla con total generosidad". (Continuará)

 

 

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