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2ª parte de la 1ª conferencia del
retiro de la Rochette en septiembre de 1963.
Habría que leer una y otra vez
todos estos pensamientos inéditos aún para la mayoría, inclusive en la Iglesia,
los que publicamos hoy y los días siguientes, aunque hayan sido tema de un
libro. ¡La Iglesia parece con frecuencia no tener conciencia alguna de su
importancia! El ateísmo, el rechazo de Ese Dios, como nos lo presenta Zundel,
parece entonces impensable e imposible. Jamás
el hombre verdadero y primero Dios, el único Dios verdadero, no aparecieron tan
nobles y tan grandes. Todo el retiro continuará bajo esta inspiración que
parece infinitamente fructuosa.
La existencia humana, captada en su originalidad propia, es una ofrenda...
Retoma: "El Evangelio…
ilumina de manera única el problema del hombre. Es inclusive el único que lo
aclara perfectamente y lo resuelve. Un
retiro debe hacernos tomar conciencia de nuestra vocación creadora para
trabajar por realizarla con total generosidad".
Continuación: "¿Qué fue lo
que hizo de Juan 23 un gran hombre incomparable, y de su muerte un duelo
universal? ¿Porqué los soviéticos y los cubanos, los ateos y los no cristianos
se conmovieron tanto? ¿Porqué Paris-Match pudo poner como titular: "La
muerte del Papa querido"? Simplemente porque Juan 23 se presentó como un hombre entre los hombres, se presentó no como jefe de la Iglesia
o como católico sino como un hombre que,
olvidándose a sí mismo, miraba a los demás. Por eso lo quisieron con un
amor incondicional y lo lloraron con tanta sinceridad. Su actitud, su vida
generosa, la calidad de su corazón estaban en la línea de la universalidad del
género humano. Su bondad no hacía discriminaciones y cada uno se sentía conmovido y ennoblecido por él.
Cuando el testimonio cristiano va a la raíz del
ser, abraza al hombre tal como es, en el respeto y el amor, es inmediatamente
comprendido. Hay
que comprender todo el problema humano para conversar con todos los hermanos
humanos. Vamos pues a tratar de volver a pensar el Evangelio para llegar al
hombre precisamente en toda su humanidad. No estamos aquí para el bien de
nuestras almas, sino para los demás.
El ecumenismo no es la "unión de los cristianos" sino la unión de todos los hombres porque el cristiano es el que toma a
cargo toda la humanidad. Así escucharemos al Señor para romper los marcos
estrechos de nuestro pensamiento y escuchar su Evangelio, eterno en su origen
pero actual en su expresión.
La solución cristiana es la única solución al problema del hombre, no lo decimos porque somos cristianos
sino porque sólo Cristo tocó a lo más
profundo del hombre dándole una grandeza infinita en la humildad total.
El ejemplo más luminoso de la
solución cristiana nos lo da San Agustín en un marco incomparable. Leemos en
sus Confesiones cómo el proceso de su vida y de su pensamiento es en él
despliegue de la gracia de Dios que lo arrojó al amor. En unas palabras de
simplicidad incomparable, que no tienen nada de convencional, expresa él lo
esencial: "Tarde te amé, Belleza tan antigua y tan nueva. ¡Tarde te amé!
¿¡Cómo!? Tú estabas dentro de mí, pero yo estaba afuera, y afuera te buscaba,
corriendo en mi fealdad tras la belleza de tus criaturas. Tú estabas conmigo y
yo no estaba contigo. Retenido lejos de ti por esas cosas que no existirían si
no existieran en ti. Tú me llamaste, y tu grito forzó mi sordera. Tú brillaste
y tu esplendor echó afuera mi ceguera. Tú exhalaste tu perfume, yo lo respiré y
heme aquí suspirando por ti. Tomé tu gusto y tengo hambre y sed de ti. Me
tocaste y quedé lleno de ardor por la paz que tú das" (Confesiones, Libro
X, 38).
Toda conversión es como
un paso de afuera a dentro.
Hasta la conversión, Agustín había vivido afuera y Dios lo
introdujo en la intimidad, iluminó su alma y le hizo sentir su dignidad. Había sido sólo esclavo de su cuerpo, un
pedazo del universo. ¡Era sólo el resultado de sus instintos, un ser
prefabricado! Y toma ahora conciencia de su
dignidad, del hecho de estar llamado a ser fuente, origen, creador, por haber
entrado en diálogo con una Presencia que lo colma. Esa Presencia hace brotar en
él una fuente de vida desconocida y llega a ser él mismo en vez de ser un resultado. Creía ser él mismo, encantándose con palabras, y de repente comprende que la verdadera vida
está en otra parte. A través de la Presencia que
lo colma, lo ilumina, lo libera, se convierte en el "yo" auténtico
que hace de él un creador. La solución cristiana está pues dentro de
nosotros.
Si rehusamos ser objeto, instrumento, máquina, es
porque nuestra acción, para ser nuestra, debe brotar de nosotros, debemos ser
sus iniciadores. Es un interior metafísico que quiere decir independencia
respecto de toda contaminación que nos convertiría en cosas, en objetos. Ese interior es un poder de iniciativa,
una exigencia creadora que no puede manifestarse sino en diálogo con Alguien
que está presente desde siempre esperando en silencio y que podemos sentir cuando nos encontramos con Él.
Si el hombre está llamado a ser
creador, no es volviéndose sobre sí mismo en un esfuerzo titánico que lo
llevaría a la locura, sino en el abandono del amor. El hombre no vive solo. Su soledad está habitada y es fecunda en la
medida en que se convierte en un diálogo que hace del hombre un valor, un
diálogo de luz y de amor que suscita por su sola presencia un fermento de
libertad. Los santos, que son los verdaderos grandes hombres, son liberados de sí
mismos y tienen la posibilidad de liberarnos de nosotros.
La grandeza del cristiano está adentro.
¡No será construyendo represas, fábricas gigantescas – aunque eso sea digno de
admiración – como haremos hombres! El
hombre nace cuando ya no debe nada a su condicionamiento exterior. La
conversión de san Agustín, que es el tipo de toda conversión, supone una
purificación radical que es una ofrenda total. Lo que se opone a la grandeza humana es que estamos aferrados a un yo
prefabricado que no es nosotros. Somos estériles como Narciso que se arroja
al lago para alcanzar su belleza cuya imagen vio más bella que nunca.
Lo que salva a Agustín – y lo que nos salvará – es que descubre en lo más
íntimo de sí mismo a Alguien a quien darse. Se da en una purificación
que llega hasta las raíces de su ser, descubre una presencia de amor y de
generosidad, descubre "la música callada" de que habla San Juan de la
Cruz, la cual ofrece un espacio infinito a su liberación". (Continuará).