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Zundel

17/02/09. La solución cristiana está dentro de nosotros.

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2ª parte de la 1ª conferencia del retiro de la Rochette en septiembre de 1963.

Habría que leer una y otra vez todos estos pensamientos inéditos aún para la mayoría, inclusive en la Iglesia, los que publicamos hoy y los días siguientes, aunque hayan sido tema de un libro. ¡La Iglesia parece con frecuencia no tener conciencia alguna de su importancia! El ateísmo, el rechazo de Ese Dios, como nos lo presenta Zundel, parece entonces impensable e imposible. Jamás el hombre verdadero y primero Dios, el único Dios verdadero, no aparecieron tan nobles y tan grandes. Todo el retiro continuará bajo esta inspiración que parece infinitamente fructuosa.

La existencia humana, captada en su originalidad propia, es una ofrenda...

Retoma: "El Evangelio… ilumina de manera única el problema del hombre. Es inclusive el único que lo aclara perfectamente y lo resuelve. Un retiro debe hacernos tomar conciencia de nuestra vocación creadora para trabajar por realizarla con total generosidad".

Continuación: "¿Qué fue lo que hizo de Juan 23 un gran hombre incomparable, y de su muerte un duelo universal? ¿Porqué los soviéticos y los cubanos, los ateos y los no cristianos se conmovieron tanto? ¿Porqué Paris-Match pudo poner como titular: "La muerte del Papa querido"? Simplemente porque Juan 23 se presentó como un hombre entre los hombres, se presentó no como jefe de la Iglesia o como católico sino como un hombre que, olvidándose a sí mismo, miraba a los demás. Por eso lo quisieron con un amor incondicional y lo lloraron con tanta sinceridad. Su actitud, su vida generosa, la calidad de su corazón estaban en la línea de la universalidad del género humano. Su bondad no hacía discriminaciones y cada uno se sentía conmovido y ennoblecido por él.

Cuando el testimonio cristiano va a la raíz del ser, abraza al hombre tal como es, en el respeto y el amor, es inmediatamente comprendido. Hay que comprender todo el problema humano para conversar con todos los hermanos humanos. Vamos pues a tratar de volver a pensar el Evangelio para llegar al hombre precisamente en toda su humanidad. No estamos aquí para el bien de nuestras almas, sino para los demás.

El ecumenismo no es la "unión de los cristianos" sino la unión de todos los hombres porque el cristiano es el que toma a cargo toda la humanidad. Así escucharemos al Señor para romper los marcos estrechos de nuestro pensamiento y escuchar su Evangelio, eterno en su origen pero actual en su expresión.

La solución cristiana es la única solución al problema del hombre, no lo decimos porque somos cristianos sino porque sólo Cristo tocó a lo más profundo del hombre dándole una grandeza infinita en la humildad total.

El ejemplo más luminoso de la solución cristiana nos lo da San Agustín en un marco incomparable. Leemos en sus Confesiones cómo el proceso de su vida y de su pensamiento es en él despliegue de la gracia de Dios que lo arrojó al amor. En unas palabras de simplicidad incomparable, que no tienen nada de convencional, expresa él lo esencial: "Tarde te amé, Belleza tan antigua y tan nueva. ¡Tarde te amé! ¿¡Cómo!? Tú estabas dentro de mí, pero yo estaba afuera, y afuera te buscaba, corriendo en mi fealdad tras la belleza de tus criaturas. Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo. Retenido lejos de ti por esas cosas que no existirían si no existieran en ti. Tú me llamaste, y tu grito forzó mi sordera. Tú brillaste y tu esplendor echó afuera mi ceguera. Tú exhalaste tu perfume, yo lo respiré y heme aquí suspirando por ti. Tomé tu gusto y tengo hambre y sed de ti. Me tocaste y quedé lleno de ardor por la paz que tú das" (Confesiones, Libro X, 38).

Toda conversión es como un paso de afuera a dentro. Hasta la conversión, Agustín había vivido afuera y Dios lo introdujo en la intimidad, iluminó su alma y le hizo sentir su dignidad. Había sido sólo esclavo de su cuerpo, un pedazo del universo. ¡Era sólo el resultado de sus instintos, un ser prefabricado! Y toma ahora conciencia de su dignidad, del hecho de estar llamado a ser fuente, origen, creador, por haber entrado en diálogo con una Presencia que lo colma. Esa Presencia hace brotar en él una fuente de vida desconocida y llega a ser él mismo en vez de ser un resultado. Creía ser él mismo, encantándose con palabras, y de repente comprende que la verdadera vida está en otra parte. A través de la Presencia que lo colma, lo ilumina, lo libera, se convierte en el "yo" auténtico que hace de él un creador. La solución cristiana está pues dentro de nosotros.

Si rehusamos ser objeto, instrumento, máquina, es porque nuestra acción, para ser nuestra, debe brotar de nosotros, debemos ser sus iniciadores. Es un interior metafísico que quiere decir independencia respecto de toda contaminación que nos convertiría en cosas, en objetos. Ese interior es un poder de iniciativa, una exigencia creadora que no puede manifestarse sino en diálogo con Alguien que está presente desde siempre esperando en silencio y que podemos sentir cuando nos encontramos con Él.

Si el hombre está llamado a ser creador, no es volviéndose sobre sí mismo en un esfuerzo titánico que lo llevaría a la locura, sino en el abandono del amor. El hombre no vive solo. Su soledad está habitada y es fecunda en la medida en que se convierte en un diálogo que hace del hombre un valor, un diálogo de luz y de amor que suscita por su sola presencia un fermento de libertad. Los santos, que son los verdaderos grandes hombres, son liberados de sí mismos y tienen la posibilidad de liberarnos de nosotros.

La grandeza del cristiano está adentro. ¡No será construyendo represas, fábricas gigantescas – aunque eso sea digno de admiración – como haremos hombres! El hombre nace cuando ya no debe nada a su condicionamiento exterior. La conversión de san Agustín, que es el tipo de toda conversión, supone una purificación radical que es una ofrenda total. Lo que se opone a la grandeza humana es que estamos aferrados a un yo prefabricado que no es nosotros. Somos estériles como Narciso que se arroja al lago para alcanzar su belleza cuya imagen vio más bella que nunca.

Lo que salva a Agustín – y lo que nos salvará – es que descubre en lo más íntimo de sí mismo a Alguien a quien darse. Se da en una purificación que llega hasta las raíces de su ser, descubre una presencia de amor y de generosidad, descubre "la música callada" de que habla San Juan de la Cruz, la cual ofrece un espacio infinito a su liberación". (Continuará).

 

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