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18/02/09. La grandeza humana cambió de aspecto.

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3ª parte de la 1ª conferencia de La Rochette en septiembre 1963.

"La libertad es exactamente el poder de darse. Ningún filósofo ha logrado una definición adecuada porque los filósofos no han visto que el sentido de la libertad consiste no en una elección arbitraria sino en tomarse todo entero para la ofrenda. La existencia humana tomada en su originalidad propia, es una ofrenda, un don, y la libertad se realiza en el encuentro con el otro.

Toda la grandeza humana es interior. Lo que importa a la humanidad es que cada uno pueda ser creador de un valor interior, el cual es el único bien común verdadero. Toda la riqueza del hombre está en el hombre, a condición de darse a la Presencia que lo habita. Nuestro Señor mismo se arrodilló ante la grandeza humana. Ordenó todo el Evangelio hacia esa grandeza. Se puede decir que Jesús nos devuelve al hombre – porque amar a Dios debe ser evidente – y el juicio último será sobre las necesidades materiales del prójimo: "Tuve hambre y me disteis de comer…" El Evangelio está pues centrado en el hombre porque el hombre es el Reino de Dios.

¡Los enemigos de Cristo no comprendieron que el Reino de Dios es el hombre! Y sus y amigos no lo entendieron sino en el fuego de Pentecostés. El Templo fue destruido, porque el verdadero santuario de Dios es el hombre. Para forzar a los discípulos a escoger, la noche del Jueves Santo, Jesús les lava los pies. Gesto escandaloso que provoca primero el rechazo de Pedro, pero que condensa el mensaje de Jesucristo: el Reino de Dios es el hombre. Ese Reino es insondable porque sólo el hombre puede tomar la iniciativa del don al que está llamado. Dios no puede violar la libertad ya que Él es el que la suscita y la hace inviolable. Jesús, Dios, de rodillas ante sus apóstoles, es la tentativa superior para despertar la fuente que debe brotar hasta la vida eterna.

En su muerte atroz, Jesús paga el precio de nuestra libertad: la Cruz significa que a los ojos del Señor Jesús nuestra libertad tiene valor infinito. Él muere para que ella nazca por fin en el diálogo de amor en que se realizará. Nadie como Jesús tuvo la pasión por el hombre, nadie ha situado al hombre más alto que Jesús, nadie como Jesús ha pagado el precio de la dignidad humana. Cristo introdujo una nueva escala de valores: en el lavatorio de los pies, inauguró la transmutación de valores y el mundo cristiano todavía no se ha dado cuenta. Si Jesús nos da esa lección de grandeza, es porque la grandeza ha cambiado de aspecto. Ya no consiste en dominar, sino en servir.

En las estatuas colosales de los faraones como la de Ramsés II, el faraón divinizado aparece como dominador. El pueblo no cuenta para nada, es el faraón el que hace la historia porque su grandeza consiste en dominar, en mirar de arriba hacia una humanidad abajo, que él desprecia y pisotea; exige homenajes de esa humanidad, la cual por otra parte está dispuesta a echarse al suelo ante él. Con demasiada frecuencia hemos hecho de Dios un faraón, revestido de corzos y diamantes. Todo eso se derrumba en el Lavatorio de los pies. La verdadera grandeza es la generosidad, es darse. El más grande es el más generoso, el que va hasta el final del don de sí mismo y en este orden no existe la rivalidad. A la escala de valores de la dominación, Jesús le sustituye la de la generosidad que consiste en un intercambio nupcial, intercambio de amor, en que el lazo está fundado de parte y parte sobre un "sí" entero y libre, porque "os he desposado con un esposo único, como virgen pura para presentarle a Cristo" (2 Co. XI, 2). El lavatorio de los pies realiza una síntesis única de la grandeza y la humildad.

"Si Dios existe, el hombre es nada", dice Sartre, porque los que se dicen creyentes le dan lugar para pensarlo. Pero Jesús desea apasionadamente la grandeza del hombre, grandeza de generosidad y de amor en que nos liberamos del yo propietario para llegar al yo oblativo, pura ofrenda.

Con título más justo que el comunismo, nosotros podemos reivindicar la grandeza humana. Para que cada uno de nosotros no sea un número impersonal, para que nuestra vida cuente y sea reconocida como tal, Jesús nos confió este secreto: que la grandeza está en la generosidad. Lo que saca de la prefabricación al hombre es el amor que lo arranca de sí mismo para hacerlo don. La Presencia divina se hace eficaz, brilla, gracias al "sí" que se le da cuando ella ya está ahí. Es una liberación inmensa porque en adelante Dios es una experiencia que coincide con el encuentro consigo mismo. Descubrir a Dios y descubrir el verdadero yo son el mismo acontecimiento. El hombre llega a sí mismo al descubrir a Dios.

Aquí hay una valorización incomparable de la vida. "El Cielo es el alma del justo", dice San Gregorio. El Cielo es aquí, ahora (1). Toda la vida cotidiana, todos los gestos humanos del trabajo, del esfuerzo,… son transfigurados, divinizados, adquieren un valor infinito y una importancia eterna. No podríamos admirar demasiado esa solución cristiana que no emana de un filósofo o de un sabio, sino de la autenticidad en el don de sí mismo, de la generosidad infinita que es Jesús mismo.

Para hacerse hombre, hay que entrar en diálogo con Dios. En la intimidad del amor se hace perceptible la música callada que es el Dios Vivo. El hombre se constituye en su grandeza en una mirada hacia el Otro; perdería su valor pensando en sí mismo. Volvamos a descubrir la grandeza que tenemos que realizar para ser fermento de liberación hacia todos nuestros hermanos humanos. Tenemos que hacer fructificar ese secreto maravilloso para comunicar esa grandeza a todos los que – muy afortunadamente – están siendo trabajados por el deseo de grandeza, grandeza de dimisión, de amor y de generosidad.

San León, en un sermón de Navidad, decía: "¡Reconoce, oh cristiano, tu dignidad! Tú eres participante de la naturaleza divina. No vuelvas pues a tus antiguas manchas viviendo de manera indigna de tu raza. Recuerda de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. Recuerda que fuiste arrancado al poder de las tinieblas. Fuiste transferido al Reino de la Luz que es el Reino de Dios. Por el sacramento del bautismo, te hiciste templo del Espíritu Santo. No hagas huir con tus acciones depravadas un huésped de tanta calidad y no te pongas bajo la dominación del demonio, porque el precio de tu rescate es la sangre de Cristo…"

Debemos escuchar ese llamado a la grandeza y la dignidad porque es esencial para la humanidad de hoy. Si fuimos educados en una mentalidad que atribuye a Dios una falsa grandeza y cree engrandecerlo por un falso anonadamiento del hombre, tenemos que comprender nuestra verdadera grandeza que glorifica a Dios.

Que nuestra vida comience de nuevo para difundir la buena nueva del Evangelio, a fin de que todo hombre escuche el llamado a la verdadera grandeza, constituida por el don de sí mismo! Es el bien común de todos los hombres que no pueden unirse sino en la medida en que todos saben que están enraizados en la misma Presencia de vida y de amor". (Fin de la 1ª conferencia)

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