Normal
0
21
false
false
false
MicrosoftInternetExplorer4
/* Style Definitions */
table.MsoNormalTable
{mso-style-name:"Tableau Normal";
mso-tstyle-rowband-size:0;
mso-tstyle-colband-size:0;
mso-style-noshow:yes;
mso-style-parent:"";
mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;
mso-para-margin:0cm;
mso-para-margin-bottom:.0001pt;
mso-pagination:widow-orphan;
font-size:10.0pt;
font-family:"Times New Roman";
mso-ansi-language:#0400;
mso-fareast-language:#0400;
mso-bidi-language:#0400;}
3ª parte de la 1ª
conferencia de La Rochette en septiembre 1963.
"La libertad es exactamente el poder de darse. Ningún filósofo ha
logrado una definición adecuada porque los filósofos no han visto que el sentido de la libertad consiste no en
una elección arbitraria sino en tomarse todo entero para la ofrenda. La
existencia humana tomada en su originalidad propia, es una ofrenda, un don, y
la libertad se realiza en el encuentro con el otro.
Toda la grandeza humana es interior. Lo que importa
a la humanidad es que cada uno pueda ser creador de un valor interior, el cual
es el único bien común verdadero. Toda la riqueza del hombre está en el hombre,
a condición de darse a la Presencia que lo habita. Nuestro Señor mismo se
arrodilló ante la grandeza humana. Ordenó todo el Evangelio hacia esa grandeza.
Se puede decir que Jesús nos devuelve al hombre – porque amar a Dios debe ser
evidente – y el juicio último será sobre las necesidades materiales del
prójimo: "Tuve hambre y me disteis de comer…" El Evangelio está pues
centrado en el hombre porque el hombre es el Reino de Dios.
¡Los enemigos de Cristo no
comprendieron que el Reino de Dios es el hombre! Y sus y amigos no lo
entendieron sino en el fuego de Pentecostés. El Templo fue destruido, porque el
verdadero santuario de Dios es el hombre. Para forzar a los discípulos a
escoger, la noche del Jueves Santo, Jesús les lava los pies. Gesto escandaloso
que provoca primero el rechazo de Pedro, pero que condensa el mensaje de
Jesucristo: el Reino de Dios es el
hombre. Ese Reino es insondable porque sólo el hombre puede tomar la
iniciativa del don al que está llamado. Dios no puede violar la libertad ya que
Él es el que la suscita y la hace inviolable. Jesús, Dios, de rodillas ante sus
apóstoles, es la tentativa superior para despertar la fuente que debe brotar
hasta la vida eterna.
En su muerte atroz, Jesús
paga el precio de nuestra libertad: la Cruz significa que a los ojos del Señor Jesús nuestra libertad tiene valor infinito.
Él muere para que ella nazca por fin en el diálogo de amor en que se realizará.
Nadie como Jesús tuvo la pasión por el hombre, nadie ha situado al hombre más
alto que Jesús, nadie como Jesús ha pagado el precio de la dignidad humana.
Cristo introdujo una nueva escala de valores: en el lavatorio de los pies, inauguró la transmutación de valores y el
mundo cristiano todavía no se ha dado cuenta. Si Jesús nos da esa lección
de grandeza, es porque la grandeza ha
cambiado de aspecto. Ya no consiste en dominar, sino en servir.
En las estatuas colosales
de los faraones como la de Ramsés II, el faraón divinizado aparece como
dominador. El pueblo no cuenta para nada, es el faraón el que hace la historia
porque su grandeza consiste en dominar, en mirar de arriba hacia una humanidad
abajo, que él desprecia y pisotea; exige homenajes de esa humanidad, la cual
por otra parte está dispuesta a echarse al suelo ante él. Con demasiada
frecuencia hemos hecho de Dios un faraón, revestido de corzos y diamantes. Todo
eso se derrumba en el Lavatorio de los pies. La verdadera grandeza es la
generosidad, es darse. El más grande es el más generoso, el que va hasta el
final del don de sí mismo y en este orden no existe la rivalidad. A la escala
de valores de la dominación, Jesús le sustituye la de la generosidad que
consiste en un intercambio nupcial, intercambio de amor, en que el lazo está
fundado de parte y parte sobre un "sí" entero y libre, porque
"os he desposado con un esposo único, como virgen pura para presentarle a
Cristo" (2 Co. XI, 2). El lavatorio
de los pies realiza una síntesis única de la grandeza y la humildad.
"Si Dios existe, el
hombre es nada", dice Sartre, porque
los que se dicen creyentes le dan lugar para pensarlo. Pero Jesús desea
apasionadamente la grandeza del hombre, grandeza de generosidad y de amor en
que nos liberamos del yo propietario para llegar al yo oblativo, pura ofrenda.
Con título más justo que el
comunismo, nosotros podemos reivindicar la grandeza humana. Para que cada uno
de nosotros no sea un número impersonal, para que nuestra vida cuente y sea
reconocida como tal, Jesús nos confió este secreto: que la grandeza está en la
generosidad. Lo que saca de la
prefabricación al hombre es el amor que lo arranca de sí mismo para hacerlo don.
La Presencia divina se hace eficaz, brilla, gracias al "sí" que se le
da cuando ella ya está ahí. Es una liberación inmensa porque en adelante Dios
es una experiencia que coincide con el encuentro consigo mismo. Descubrir a Dios y descubrir el verdadero
yo son el mismo acontecimiento. El hombre llega a sí mismo al descubrir a
Dios.
Aquí hay una valorización
incomparable de la vida. "El Cielo es el alma del justo", dice San
Gregorio. El Cielo es aquí, ahora
(1). Toda la vida cotidiana, todos los gestos humanos del trabajo, del
esfuerzo,… son transfigurados, divinizados, adquieren un valor infinito y una
importancia eterna. No podríamos admirar demasiado esa solución cristiana que
no emana de un filósofo o de un sabio, sino de la autenticidad en el don de sí
mismo, de la generosidad infinita que es Jesús mismo.
Para hacerse hombre, hay
que entrar en diálogo con Dios. En la intimidad del amor se hace perceptible la
música callada que es el Dios Vivo. El hombre se constituye en su grandeza en
una mirada hacia el Otro; perdería su valor pensando en sí mismo. Volvamos a
descubrir la grandeza que tenemos que realizar para ser fermento de liberación
hacia todos nuestros hermanos humanos. Tenemos que hacer fructificar ese
secreto maravilloso para comunicar esa grandeza a todos los que – muy
afortunadamente – están siendo trabajados por el deseo de grandeza, grandeza de
dimisión, de amor y de generosidad.
San León, en un sermón de
Navidad, decía: "¡Reconoce, oh cristiano, tu dignidad! Tú eres
participante de la naturaleza divina. No vuelvas pues a tus antiguas manchas
viviendo de manera indigna de tu raza. Recuerda de qué cabeza y de qué cuerpo
eres miembro. Recuerda que fuiste arrancado al poder de las tinieblas. Fuiste
transferido al Reino de la Luz que es el Reino de Dios. Por el sacramento del
bautismo, te hiciste templo del Espíritu Santo. No hagas huir con tus acciones
depravadas un huésped de tanta calidad y no te pongas bajo la dominación del
demonio, porque el precio de tu rescate es la sangre de Cristo…"
Debemos escuchar ese llamado a la grandeza y la dignidad
porque es esencial para la humanidad de
hoy. Si fuimos educados en una mentalidad que atribuye a Dios una falsa
grandeza y cree engrandecerlo por un falso anonadamiento del hombre, tenemos
que comprender nuestra verdadera grandeza que glorifica a Dios.
Que nuestra vida comience
de nuevo para difundir la buena nueva del Evangelio, a fin de que todo hombre
escuche el llamado a la verdadera grandeza, constituida por el don de sí mismo!
Es el bien común de todos los hombres que no pueden unirse sino en la medida en
que todos saben que están enraizados en la misma Presencia de vida y de
amor". (Fin de la 1ª conferencia)