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2ª conferencia de La Rochette en
septiembre 1963.
Doy en seguida la página más
sorprendente.
"La felicidad de la pobreza
es la de Dios. ¡Dios no es el gran propietario que posee todo! Dios es el más pobre, el que no posee nada.
De ahí salta a la vista la diferencia
inmensa entre la noción corriente de la divinidad, la del islam, la del
judaísmo actual…, la de la inmensa mayoría de los cristianos y en general de
todos los creyentes que se dicen tales y ven en Dios al gran propietario, el
gran rico que puede todo, al que nada puede conmover porque está tan seguro de
sus riquezas, al que nos domina con su potencia, nos deja caer
parsimoniosamente las migajas de su mesa y nos pide ferozmente cuentas del uso
que hagamos de ellas, Y el verdadero
Dios, el Dios cristiano, el Dios que se revela en Jesucristo. Es un Dios
que perdió todo eternamente, ¡y entonces no puede perder nada! Todo lo dio
eternamente y no podría dar más porque el don Lo constituye a Él mismo en su
personalismo fundado únicamente en la caridad".
¡Entonces la inmensa mayoría de
los creyentes, los cristianos y los demás, verían en Dios un personaje que no
existe y que jamás existió! No sé si nos hemos dado cuenta lo suficiente de la
enormidad de esta afirmación: todo el mundo se equivocaría sobre el modo de ser
del único Dios verdadero, ¡y la mayoría permanecería en ese error hasta el fin
de sus días! Y ese error persistiría en la Iglesia, en nosotros, aún hoy en la
mayoría de nuestros contemporáneos cristianos. Un remedio a esa carencia puede
encontrarse en una nueva oración oficial de la Iglesia.
Creo que hoy podemos
legítimamente aspirar a una nueva oración oficial de la Iglesia en que el Dios del Antiguo Testamento no ocupe ya el lugar preeminente
que tiene en la recitación de los salmos de David. Conservando su importancia,
el Dios del Antiguo Testamento dejará el lugar al Dios de Jesucristo: se
recitarán, se cantarán los salmos ya no solo de David, sino del hijo de David,
Jesucristo, salmos por componer en los próximos decenios, en monasterios, por
nacer o ya existentes. Las largas bendiciones de San Pablo, ya recitadas en la
oración oficial de la Iglesia tendrán entonces un lugar preponderante.
El nuevo salterio nos
acostumbrará a vivir a Jesucristo, a vivir al "verdadero Dios, el Dios
cristiano, el Dios que se revela en Jesucristo". Tendrá dos características: primero, contener en cierto modo, y en la
oración oficial de la Iglesia, al menos la savia de la enseñanza del Nuevo
Testamento y del desarrollo del dogma que siguió a lo largo de los siglos.
Y la segunda característica igualmente importante
será la de integrar en la alabanza del Señor todos los descubrimientos hechos
en nuestro mundo sobre todo desde hace unos decenios. Son numerosos y de todo
género. Hemos conocido, y no hemos terminado, como una especie de explosión de
invenciones en todos los terrenos, que hacen que el hombre del siglo 21 viva o
al menos esté llamado a vivir de una manera totalmente extranjera a los
contemporáneos de Jesucristo durante su paso hacia el Padre en medio de
nosotros.
Los nuevos salmos rezarán
y cantarán el Dios de Jesucristo, el Dios pobre, el Dios que jamás guardó nada
para sí mismo, ese Dios capaz sólo de dar y de darse, y que fue hasta dar al
Hijo de Dios para salvación y felicidad de la humanidad entera.
¡Con el tiempo, no será integrada
solamente toda la savia del Nuevo Testamento, sino también la totalidad de la
mística cristiana, siempre antigua y siempre nueva! Evidentemente, Mauricio
Zundel tendrá en ella un lugar importante.
La alabanza del Señor no
terminará nunca. Hasta el fin de los tiempos podremos dar sin cesar nuevas
expresiones, vitalizantes de toda la Iglesia, pero sin olvidar las antiguas.
Ciento cincuenta salmos no serán suficientes. Se necesitará mucho tiempo para
eso, pero el Espíritu de Dios sabe esperar (1).
"¡Bendito sea para siempre
el Dios de Nuestro Señor Jesucristo! ¡Bendito sea para siempre el Padre de toda
bondad y de todo don, que al darnos al Hijo nos da todo, todo lo que tiene,
todo lo que es!
¡Bendito sea el Padre de
Jesucristo y nuestro Padre, autor y creador, con el Hijo, de este mundo lleno
de las maravillas inauditas que podemos conocer actualmente!
¡Bendito sea eternamente
y por siempre el Hijo que se hace uno de nosotros para darnos el poder ser uno
de la Trinidad divina, sin añadir nada,
evidentemente, a las tres personas divinas, pero viviendo plenamente en el Hijo
y en cada una de ellas!
¡Bendito sea el Espíritu Santo, a
la obra y en "operación" permanente de la generación de Dios en el
mundo, y que lo está cubriendo desde el comienzo!
¡Bendita sea por siempre la
Trinidad divina que, al hacerse hombre en Jesús, sufriendo y resucitando, se
convierte en nuestro medio de vida y de felicidad!
¡Bendito sea ese Dios
maravilloso, gran pobre que no tiene nada, gran pobre que da todo y se revela
admirablemente en Jesucristo que nace en la mayor pobreza y muere en la Cruz en
un despojamiento absoluto!
¡Bendito sea ese gran pobre que
va hasta dar inclusive sus vestidos, que se distribuyen los que lo
crucificaron! ¡Jamás pudo ir tan lejos el don de la pobreza absoluta de Dios!
¡Bendita sea la Iglesia de
Jesucristo, cuerpo místico de la perfecta esposa, e igualdad con Él, en la cual
todo hombre tiene su puesto y su felicidad para mayor honra y felicidad de Dios
mismo!
…
Nota (1). La Iglesia de
mañana dará libertad y facultad en los nuevos monasterios de vivir la nueva
alabanza divina, para que con el uso, esas expresiones, antes de hacerse
universales, sean en cierto modo "pulidas", cinceladas, hasta llegar
a una forma plenamente satisfactoria reconocida por la Iglesia.