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Comienzo de la 2ª conferencia La
Rochette en septiembre 1963. La Trinidad.
Encontramos en la vida de la Trinidad la expresión auténtica de las
relaciones de Dios en sí mismo y de Dios con el hombre…
"Cristo nos trae una
verdadera revolución. Solo Cristo pudo
proponernos la solución del problema que somos. Por Él aprendemos a poder ser
hombres.
El resplandor de Cristo es universal, Su presencia se manifiesta por doquiera,
tanto antes de su aparición en el tiempo como después, porque Cristo nos trae una experiencia única de Dios. Es preciso decir
"experiencia" porque el conocimiento de Dios está siempre ligado a la
experiencia que hacemos de Él. Todo lo que podemos saber aquí abajo toma
necesariamente la forma de una experiencia humana. El conocimiento se
manifiesta siempre a través de un acontecimiento que se realiza en nosotros.
Sólo Cristo tiene
verdadera experiencia de Dios ya
que Cristo logró conciliar los inconciliables, unir la grandeza suprema con la
suprema humildad. Cristo nos enseña a conocer a Dios de una manera totalmente nueva porque Él
vive en la Trinidad, nos introduce en la Trinidad
que es el término del Reino que constituye el tesoro supremo del Evangelio.
La Trinidad no es evidente ya que
en el Antiguo Testamento no se habla de ella. No es evidente ya que los que
hablan de ella están muy lejos de comprender su significado. La Trinidad
constituye una paradoja tal que el Islam, para tomar un ejemplo de inmensa
importancia, polemiza enérgicamente contra ella.
En el Corán encontramos varias
veces esta frase: "Dios no engendra ni es engendrado". Bajo esta
forma muy breve está el argumento decisivo del Corán contra la Trinidad. En
ella aparece con evidencia que para el Islam la Trinidad constituye una
negación del monoteísmo, compromete el monoteísmo porque al introducir varios
términos en la divinidad introduce en realidad varios dioses, y el Corán tiene
un término particularmente decisivo para designar a los cristianos: son "asociadotes",
asocian a Dios alguien que no es Dios; son culpables, renegados, infieles,
idólatras.
El Corán tiene ciertamente un
respeto muy sincero hacia Jesús a quien considera como uno de los grandes
profetas, y hacia María, su Madre, la Virgen María, pero ese respeto es tan
indiscutible como es firme su posición anti-trinitaria. Por eso, algunos sabios
cristianos, islamistas distinguidos, ven en el monoteísmo del Islam la
afirmación más masiva, más perfecta, más monolítica de los monoteísmos,
olvidando la posición del judaísmo actual que no es menos anti-trinitario que
el Islam. ¿Qué pensar de esas posiciones?
Es muy evidente que si el Profeta
del Islam e inclusive el judaísmo de hoy se oponen a la afirmación trinitaria
es porque no la entienden. Mahoma, siendo camellero, había tenido ocasión de
viajar mucho en una época en que se escribía poco, y tuvo centenares de veces ocasión
de conversar con interlocutores cristianos o judíos. Retuvo lo que le podían
enseñar ellos sobre su religión, y con mayor frecuencia la conocían muy
imperfectamente. El profeta del Islam oyó hablar de la Trinidad a través de
testimonios cristianos muy insuficientes, como también colectó de labios de sus
interlocutores judíos alusiones bíblicas con frecuencia deformadas. Los que lo
informaron sobre la Trinidad fueron entonces cristianos que no habían
comprendido nada y que se limitaron a enunciar los términos de Padre, Hijo y
Espíritu Santo, sin reconocer en la Trinidad la fuente incomparable de la vida
espiritual más elevada.
Si nos referimos a las palabras
de San Gregorio Magno: "El amor debe tender hacia otro para poder ser
caridad", tenemos inmediatamente la impresión de que la Trinidad está esencialmente unida a la caridad. Por una parte,
si para poder ser caridad debe tender hacia otro, y por otra parte, si Dios es
caridad, la caridad en Dios como en nosotros debe poder tender hacia otro. Y
como en Dios la caridad es eterna y no depende de la nuestra, es necesario en
cierto modo que haya Otro en Dios hacia el cual se ordene y se comunique su
caridad. Esa es seguramente la diferencia esencial entre Dios y nosotros:
nosotros no podemos llegar a la caridad sino a través de Él, sólo en Él podemos llegar a ser nosotros
mismos, mientras que Dios es eternamente Él por sí mismo. Él no necesita de nadie
para ser Él mismo, porque Él mismo es caridad, porque Él es amor, porque en Él
hay necesariamente alguien a quien darse.
Bajo este aspecto ya esencial
aparece inmediatamente que si no fuera
Trinidad Dios sería impensable ya que, si no fuera en cierto modo una
pluralidad relativa (de relaciones) no habría otro en Él a quien darse y no
podría sino tornar en torno a sí mismo, gozarse a sí mismo, admirarse, en
un narcisismo horrible y monstruoso.
Ya bajo este aspecto, la Trinidad
nos libera de una horrible pesadilla porque, si Dios no fuera caridad no habría
ninguna relación entre la santidad humana y la santidad divina. Para nosotros
es inconcebible que la caridad no sea completamente dada. Para nosotros, la
virtud se realiza en el amor. Si Dios no fuera caridad, no habría ninguna
especie de analogía entre la santidad humana y la santidad divina, no se
hablaría de la Santidad de Dios del exterior, no podríamos verlo sino
radicalmente separado de nosotros, y finalmente, Dios aparecería como una
dominación rigurosa, que nos dominaría con su exterioridad, y finalmente, no
tendría ninguna relación con nosotros a no ser por su poder. Al contrario, si Dios es caridad comprendemos que
nuestra santidad está en la misma línea que la Suya, que va en la misma
dirección, que consiste en Dios como en
nosotros, en cierta evacuación de sí mismo que abre un espacio al otro en quien
se consuma el amor.
Bastaría pues recordar el acto de
fe de la primera epístola de San Juan (4, 16): "Pero nosotros conocimos el
Amor de Dios hacia nosotros y creímos", para que el amor nos tome y para
que encontremos en la vida de la Trinidad como la expresión auténtica de las
relaciones de Dios en Sí mismo y de Dios con el hombre". (Continuará)