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21/02/09. ... Una visión increíblemente rica de la fecundidad y de la virginidad de la vida del espíritu.

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2a parte de la 2a conferencia de La Rochette en septiembre 1963.

"La Trinidad es el modelo de la caridad perfecta, como dice el P. Garrigou-Lagrange en su libro "Dios, su existencia, su naturaleza" (4ª ed. 1923, p. 510): "¿Dónde encontrar ahí el más mínimo egoísmo? El yo no es sino relación subsistente con el amado, no se apropia nada. El Padre da al Hijo toda su naturaleza, el Padre y el Hijo la comunican al Espíritu Santo. El Padre no se distingue del Hijo sino por su relación de paternidad, el Hijo no se distingue del Padre sino por su relación de filiación y lo mismo que los distingue los une poniéndolos en relación esencial el uno con el otro. El Espíritu Santo no difiere de las dos primeras personas sino porque procede de ellas. Aparte de las oposiciones de relaciones mutuas, todo es común e indivisible. El Padre no tiene en particular sino su paternidad, que es relación subsistente con el Hijo, el Hijo no tiene en particular sino su filiación, el Espíritu Santo, sólo su procesión.

¿Dónde encontrar ahí el más mínimo egoísmo? Todo el egoísmo del Padre está en dar su naturaleza infinitamente perfecta al Hijo, reteniendo para sí sólo su relación de paternidad por la cual una vez más está en relación esencial con el Hijo. Todo el egoísmo del Hijo y del Espíritu Santo está en relacionarse el uno con el otro y con el Padre de quien proceden. Las tres personas divinas esencialmente relativas una a la otra constituyen el ejemplo eminente de la vida de caridad. Cada una puede decir a cada una: "Todo lo mío es tuyo, y todo lo tuyo es mío" (Juan 17, 10). No se puede decir más explícitamente que la vida divina es una desapropiación, que el yo divino se constituye como desapropiación.

Vamos a ver inmediatamente cómo esa vida de eterna comunión nos introduce en el mundo del conocimiento en una profundidad inagotable. Podemos hacer una constatación fácil con una imagen como parábola: ¡uno jamás puede verse en un espejo! Un espejo puede ser útil, e inclusive indispensable para arreglarse, pero en el espejo no encontraremos la revelación de nosotros mismos. En un espejo no podemos vernos orar, ni podemos vernos comprender. La vida profunda, mediante la cual nos transformamos, es una vida que se realiza en una mirada hacia otro. A partir del momento en que la mirada se vuelve hacia sí mismo, toda admiración se vuelve imposible. Cuando admiramos, no nos miramos. Cuando oramos, estamos vueltos hacia Otro. Cuando amamos de verdad, estamos enraizados en la intimidad de un ser amado.

Es absolutamente imposible verse en un espejo de otra manera que como una caricatura, si buscamos ver ahí el secreto. La vida profunda escapa al reflejo del espejo, no puede ser conocida sino en otro y para él.

Cuando uno se olvida por estar ante un paisaje encantador, o ante una obra de arte que nos corta el soplo, o ante un pensamiento que nos ilumina, o ante la sonrisa de un niño que nos conmueve, uno se siente existir, e inclusive en esos momentos es cuando la existencia toma todo su relieve, pero uno lo siente tanto más fuertemente cuanto que el acontecimiento nos desvía justamente de nosotros mismos. Es porque no nos miramos por lo que podemos vernos real y espiritualmente al mirar al otro y perdernos en él. Ese es el milagro del conocimiento auténtico: llegamos a nosotros mismos mirando a otro y perdiéndonos en él. En ese movimiento de liberación en que salimos de nosotros mismos, en que estamos suspendidos de otro, experimentamos todo el valor y todo el poder de la existencia. ¡Ahí estamos no como una mercancía arrojada sobre un muelle de estación sino delante de un interlocutor! Estamos en diálogo, y nuestra presencia se realiza como don, como presente, como regalo, como ofrenda que le da toda su grandeza. Ese conocimiento es al mismo tiempo un nacimiento ya que, como nos lo hizo sentir San Agustín, en esa mirada hacia el otro nacemos a nosotros mismos.

Sucede algo análogo en el conocimiento del mundo. El sabio no conoce el mundo cuando puede meterlo en el bolsillo, cuando puede desmontarlo como un movimiento de relojería, sino cuando el mundo es para él objeto de admiración.

Einstein lo dijo magníficamente: "El hombre que ha perdido la capacidad de admirar y de sentir respeto es como si estuviera muerto". Para él, el verdadero mundo es el mundo salido de su amor, un mundo en que todo es verdad, un mundo en que todo es luz, un mundo en que todo es interior, un mundo en que todo es libertad. Porque el sabio no se siente obligado por el universo, se dedica a conocer, a re-escuchar, a re-crear, y entonces está colmado. La mayor recompensa para él es el gozo de conocer, conocer sin fin, gozo siempre nuevo que no cesa de suscitar en él un mundo nuevo, un mundo con el cual dialoga, un mundo que finalmente ofrece al mismo tiempo que se ofrece.

El conocimiento es un nacimiento, y eso es lo que afirma la fecundidad, la grandeza y la santidad de la vida del espíritu. La vida del espíritu es tan importante que sin ella no podríamos jamás ser hombres, sin ella no habría conocimiento válido. Si el mundo es tan rico para nosotros, es importante encontrar en Dios una riqueza infinitamente más grande.

¿Qué nos dice precisamente la experiencia trinitaria sino que el conocimiento en Dios es una generación? ¡En Dios hay un nacimiento eterno como es eterna la comunicación! En Dios hay una fecundidad infinita sin la cual la vida divina sería impensable.

Aquí percibimos bien el juego admirable de las relaciones internas, de las relaciones intra-divinas. Comprendemos que, como nosotros, Dios tampoco se conoce mirándose sino mirando al otro. El Padre es una mirada hacia el Hijo, como el Hijo es una mirada hacia el Padre. El conocimiento de Dios no está replegado sobre sí mismo en un narcisismo infinito, sino que es eternamente una mirada hacia el otro, sin reserva, sin retorno sobre sí mismo.

Nosotros podemos – y Dios sabe si lo hacemos – recaer constantemente de la admiración que nos libera de nosotros a la complacencia que nos ata a nosotros mismos. Lo uno lleva a lo otro. Con frecuencia el movimiento de admiración en que alcanzamos la grandeza y en que nos perdemos de vista es el que nos lleva a la complacencia en nosotros mismos. Nos felicitamos de tal éxito, nos admiramos de haber sabido admirar tan bien y destruimos así el fruto de la admiración porque en vez de permaneces liberados en el movimiento hacia el otro, nos apegamos de nuevo a nuestro viejo yo biológico y propietario.

En Dios eso no es posible. Esa posición de repliegue está totalmente excluida en la divinidad. En Dios el desapego es total, perfecto, eterno, porque justamente, en Dios el yo se constituye como pura desapropiación. El conocimiento en Dios no puede jamás pegarse a sí mismo porque está suspendido entre dos relaciones de paternidad y filiación. El Padre es sólo comunicación total con el Hijo; el Hijo es sólo esa restitución total al Padre. Cada persona es absolutamente incapaz de una acción que le sea propia porque lo que la constituye es la desapropiación radical. En Dios el conocimiento es virginal, como fecundo, porque es sin repliegue, puro don, pura caridad. En Dios el conocimiento es eterna pobreza, como el amor además que brota en Dios de la desapropiación entre el Padre y el Hijo por una parte, y el Espíritu Santo por otra. El Padre y el Hijo aspiran hacia el Espíritu que re-spira hacia el Padre y el Hijo toda la luz y todo el amor que constituyen la vida espiritual en su fuente infinita.

Hay pues ahí una visión increíblemente rica sobre la fecundidad, sobre la virginidad de la vida del espíritu, sobre su despojamiento, sobre su carácter inmaculado, sobre su naturaleza de don y de amor. Los bienes del espíritu no se pueden poseer". (Continuará)

 

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