Normal
0
21
false
false
false
MicrosoftInternetExplorer4
/* Style Definitions */
table.MsoNormalTable
{mso-style-name:"Tableau Normal";
mso-tstyle-rowband-size:0;
mso-tstyle-colband-size:0;
mso-style-noshow:yes;
mso-style-parent:"";
mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;
mso-para-margin:0cm;
mso-para-margin-bottom:.0001pt;
mso-pagination:widow-orphan;
font-size:10.0pt;
font-family:"Times New Roman";
mso-ansi-language:#0400;
mso-fareast-language:#0400;
mso-bidi-language:#0400;}
2a parte de la 2a conferencia de La
Rochette en septiembre 1963.
"La Trinidad es el modelo de la caridad perfecta, como dice el P.
Garrigou-Lagrange en su libro "Dios, su existencia, su naturaleza"
(4ª ed. 1923, p. 510): "¿Dónde encontrar ahí el más mínimo egoísmo? El yo
no es sino relación subsistente con el amado, no se apropia nada. El Padre da
al Hijo toda su naturaleza, el Padre y el Hijo la comunican al Espíritu Santo.
El Padre no se distingue del Hijo sino por su relación de paternidad, el Hijo
no se distingue del Padre sino por su relación de filiación y lo mismo que los
distingue los une poniéndolos en relación esencial el uno con el otro. El Espíritu
Santo no difiere de las dos primeras personas sino porque procede de ellas.
Aparte de las oposiciones de relaciones mutuas, todo es común e indivisible. El
Padre no tiene en particular sino su paternidad, que es relación subsistente
con el Hijo, el Hijo no tiene en particular sino su filiación, el Espíritu
Santo, sólo su procesión.
¿Dónde encontrar ahí el más
mínimo egoísmo? Todo el egoísmo del Padre está en dar su naturaleza
infinitamente perfecta al Hijo, reteniendo para sí sólo su relación de paternidad
por la cual una vez más está en relación esencial con el Hijo. Todo el egoísmo
del Hijo y del Espíritu Santo está en relacionarse el uno con el otro y con el
Padre de quien proceden. Las tres personas divinas esencialmente relativas una
a la otra constituyen el ejemplo eminente de la vida de caridad. Cada una puede
decir a cada una: "Todo lo mío es tuyo, y todo lo tuyo es mío" (Juan
17, 10). No se puede decir más explícitamente que la vida divina es una
desapropiación, que el yo divino se constituye como desapropiación.
Vamos a ver inmediatamente cómo esa vida de eterna comunión nos introduce
en el mundo del conocimiento en una profundidad inagotable. Podemos hacer
una constatación fácil con una imagen como parábola: ¡uno jamás puede verse en
un espejo! Un espejo puede ser útil, e inclusive indispensable para arreglarse,
pero en el espejo no encontraremos la revelación de nosotros mismos. En un
espejo no podemos vernos orar, ni podemos vernos comprender. La vida profunda,
mediante la cual nos transformamos, es una vida que se realiza en una mirada
hacia otro. A partir del momento en que la mirada se vuelve hacia sí mismo,
toda admiración se vuelve imposible. Cuando admiramos, no nos miramos. Cuando
oramos, estamos vueltos hacia Otro. Cuando amamos de verdad, estamos enraizados
en la intimidad de un ser amado.
Es absolutamente imposible verse
en un espejo de otra manera que como una caricatura, si buscamos ver ahí el
secreto. La vida profunda escapa al reflejo del espejo, no puede ser conocida
sino en otro y para él.
Cuando uno se olvida por estar
ante un paisaje encantador, o ante una obra de arte que nos corta el soplo, o
ante un pensamiento que nos ilumina, o ante la sonrisa de un niño que nos
conmueve, uno se siente existir, e inclusive en esos momentos es cuando la
existencia toma todo su relieve, pero uno lo siente tanto más fuertemente cuanto
que el acontecimiento nos desvía justamente de nosotros mismos. Es porque no
nos miramos por lo que podemos vernos real y espiritualmente al mirar al otro y
perdernos en él. Ese es el milagro del conocimiento auténtico: llegamos a
nosotros mismos mirando a otro y perdiéndonos en él. En ese movimiento de
liberación en que salimos de nosotros mismos, en que estamos suspendidos de
otro, experimentamos todo el valor y todo el poder de la existencia. ¡Ahí
estamos no como una mercancía arrojada sobre un muelle de estación sino delante
de un interlocutor! Estamos en diálogo, y nuestra presencia se realiza como
don, como presente, como regalo, como ofrenda que le da toda su grandeza. Ese
conocimiento es al mismo tiempo un nacimiento ya que, como nos lo hizo sentir
San Agustín, en esa mirada hacia el otro nacemos a nosotros mismos.
Sucede algo análogo en el
conocimiento del mundo. El sabio no conoce el mundo cuando puede meterlo en el
bolsillo, cuando puede desmontarlo como un movimiento de relojería, sino cuando
el mundo es para él objeto de admiración.
Einstein lo dijo magníficamente:
"El hombre que ha perdido la capacidad de admirar y de sentir respeto es
como si estuviera muerto". Para él, el verdadero mundo es el mundo salido de
su amor, un mundo en que todo es verdad, un mundo en que todo es luz, un mundo
en que todo es interior, un mundo en que todo es libertad. Porque el sabio no
se siente obligado por el universo, se dedica a conocer, a re-escuchar, a
re-crear, y entonces está colmado. La mayor recompensa para él es el gozo de
conocer, conocer sin fin, gozo siempre nuevo que no cesa de suscitar en él un
mundo nuevo, un mundo con el cual dialoga, un mundo que finalmente ofrece al
mismo tiempo que se ofrece.
El conocimiento es un
nacimiento, y eso es
lo que afirma la fecundidad, la grandeza y la santidad de la vida del espíritu.
La vida del espíritu es tan importante que sin ella no podríamos jamás ser
hombres, sin ella no habría conocimiento válido. Si el mundo es tan rico para
nosotros, es importante encontrar en Dios una riqueza infinitamente más grande.
¿Qué nos dice
precisamente la experiencia trinitaria sino que el conocimiento en Dios es una
generación? ¡En Dios
hay un nacimiento eterno como es eterna la comunicación! En Dios hay una
fecundidad infinita sin la cual la vida divina sería impensable.
Aquí percibimos bien el juego
admirable de las relaciones internas, de las relaciones intra-divinas.
Comprendemos que, como nosotros, Dios tampoco se conoce mirándose sino mirando
al otro. El Padre es una mirada hacia el Hijo, como el Hijo es una mirada hacia
el Padre. El conocimiento de Dios no está replegado sobre sí mismo en un
narcisismo infinito, sino que es eternamente una mirada hacia el otro, sin
reserva, sin retorno sobre sí mismo.
Nosotros podemos – y Dios sabe si
lo hacemos – recaer constantemente de la admiración que nos libera de nosotros
a la complacencia que nos ata a nosotros mismos. Lo uno lleva a lo otro. Con
frecuencia el movimiento de admiración en que alcanzamos la grandeza y en que nos
perdemos de vista es el que nos lleva a la complacencia en nosotros mismos. Nos
felicitamos de tal éxito, nos admiramos de haber sabido admirar tan bien y
destruimos así el fruto de la admiración porque en vez de permaneces liberados
en el movimiento hacia el otro, nos apegamos de nuevo a nuestro viejo yo
biológico y propietario.
En Dios eso no es posible. Esa
posición de repliegue está totalmente excluida en la divinidad. En Dios el
desapego es total, perfecto, eterno, porque justamente, en Dios el yo se constituye como pura desapropiación. El conocimiento en Dios
no puede jamás pegarse a sí mismo porque está suspendido entre dos relaciones
de paternidad y filiación. El Padre es sólo comunicación total con el Hijo; el
Hijo es sólo esa restitución total al Padre. Cada persona es absolutamente
incapaz de una acción que le sea propia porque lo que la constituye es la
desapropiación radical. En Dios el conocimiento es virginal, como fecundo,
porque es sin repliegue, puro don, pura caridad. En Dios el conocimiento es
eterna pobreza, como el amor además que brota en Dios de la desapropiación
entre el Padre y el Hijo por una parte, y el Espíritu Santo por otra. El
Padre y el Hijo aspiran hacia el Espíritu que re-spira hacia el Padre y el Hijo
toda la luz y todo el amor que constituyen la vida espiritual en su fuente
infinita.
Hay pues ahí una visión
increíblemente rica sobre la fecundidad, sobre la virginidad de la vida del
espíritu, sobre su despojamiento, sobre
su carácter inmaculado, sobre su naturaleza de don y de amor. Los bienes del espíritu no se
pueden poseer". (Continuará)