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3ª parte de la 2ª
conferencia de La Rochette en septiembre 1963.
"La vida de una familia es la imagen más elocuente y conmovedora de la
Trinidad. Esa vida en tres personas, el padre, la madre y el hijo, es una
sola vida en tres personas, un solo amor en tres personas, una sola felicidad
en tres personas, hecha precisamente de que cada uno es una mirada hacia el
otro, y que aparece inmediatamente como imposeíble. El Padre no puede monopolizar
la vida de familia, ni la madre puede apropiársela, ni el hijo hacerse su
centro, sin destruirla. Es una vida que
sólo puede subsistir y durar en estado de comunicación. Por poco que uno de
los tres se la quiera apropiar, atenta contra ella y concurre a destruirla.
La vida divina, que es
Trinidad, es imposeíble. Dios es por
excelencia el imposedente y el imposeíble, Él es la antiposesión como
también el antinarciso. Él es Dios justamente en razón de esa desapropiación.
El testimonio de San
Francisco brota aquí de su fuente. San Francisco de Asís es
precisamente el cristiano que hizo la experiencia de la Trinidad – sin darse cuenta además.
La pobreza se hizo para él el centro mismo de su adoración en un grado supremo.
Es absolutamente inconcebible que San Francisco haya abrazado la pobreza con
tanta pasión, que la considerara como su novia y esposa, que le haya dado el
título de "la Dama Pobreza" en eco a todas las lecturas de novelas de
caballería que habían iluminado su juventud, es imposible que San Francisco
diera a la pobreza semejante lugar, un lugar único, que es el mismo que el lugar
de Dios, sin que la pobreza fuera para él el mismo Dios.
Es la razón por la cual ese hombre, único en la historia
cristiana, sin ser absolutamente teólogo, es
el más grande doctor de la Iglesia. Sin saberlo, con toda la sinceridad de
su ignorancia de los libros santos, de los libros universitarios, en su
ingenuidad, él fue quien pudo ir hasta el final de la imagen de la Dama Pobreza,
es decir, de la identidad entre la
Trinidad y la pobreza.
Se comprende entonces que
la primera bienaventuranza sea la de la pobreza: "¡Bienaventurados los que
tienen un alma de pobres porque de ellos es el reino de los cielos!" La
bienaventuranza de la pobreza es la bienaventuranza de Dios.
¡Dios no es el gran
propietario dueño de todo! Dios es el más grande pobre, ¡el que no tiene nada! De ahí salta a la vista la diferencia inmensa entre la noción corriente
de la divinidad, la del Islam, la del judaísmo actual – no del judaísmo de
antes de Jesucristo que era un movimiento hacia él –, la de la inmensa mayoría
de cristianos y en general de todos los creyentes que se dicen tales y que ven
en Dios el gran propietario, el gran rico que lo puede todo, al cual nada puede
conmover porque está tan bien asegurado con sus riquezas, el que nos domina con
todo su poder, el que nos deja caer parsimoniosamente las migajas de su mesa y
nos pide ferozmente cuentas del uso que hagamos de ellas, y el verdadero Dios.
El verdadero Dios,
el Dios cristiano, el Dios que se revela en Jesucristo es un Dios que perdió
todo eternamente,
y por eso no puede perder nada. Él lo dio todo, eternamente, y no podría dar
más, porque su don es Él mismo en su
personalismo, fundado sólo en la caridad.
Ese Dios, tan diferente del
Dios concebido por los hombres, inclusive por los profetas del Antiguo
Testamento, el Dios del que sólo Cristo da testimonio porque es el único que lo
vive de manera única, el Dios que nos libera de la pesadilla de un Dios que
limita, de un Dios que amenaza, de un Dios que castiga, de un Dios que
desvaloriza la existencia. Poner fin a esa concepción, es poner fin a todos
nuestros terrores, a toda servidumbre, a todo lo que hace de Dios una
caricatura, un ídolo, y del hombre un esclavo y un mendigo.
Ahora ya no se
trata de ver en Dios al dueño al que le estamos sometidos, sino el Dios con
quien tenemos que contraer un matrimonio de amor. Estamos aquí en una reciprocidad nupcial donde lo único que cuenta es
el amor. Además, ¿cómo comprender el himno a la caridad del capítulo 13 de la
primera epístola a los corintios, sino frente a ese Dios? Si en ese cántico
incomparable que es el cántico por excelencia del Nuevo Testamento, San Pablo
puede hablar de los milagros como algo banal y despreciable comparado con la caridad,
si San Pablo puede hablar de la ciencia y de las lenguas de los ángeles y de
los hombres como algo insignificante, y de la profecía misma, si San Pablo
puede dar todos sus bienes a los pobres y entregar su cuerpo a las llamas, y
que todo eso sea vano sin la caridad, es porque el bien es en adelante un bien
nupcial, un bien que no puede ser realizado sino por
el don de sí mismo.
Salta a la vista, ¿verdad?,
que en una familia lo que cuenta es el amor. No basta con hacer que todo brille
en la casa, mantenerla con escrupulosa perfección, aun si algunos puedan desearlo,
lo que constituye la casa es la fidelidad de la esposa. Si la mujer es
adúltera, aunque la casa brille con todas sus luces, se ha derrumbado, está en
ruinas, porque la casa es el amor. A una sirvienta no se le pide que ponga su
corazón, no se le pide que se comprometa personalmente en su trabajo, sino
simplemente que el trabajo esté bien hecho, y si está bien hecho, se le paga su
salario y uno queda en paz.
Si la sirvienta se
convierte en esposa, y ese es el cambio que Jesús realiza en
la humanidad, nos hace pasar del régimen
de la sirvienta al de la esposa, como dice San Pablo a los gálatas, si la
sirvienta se convierte en esposa, lo esencial ya no es el trabajo sino la presencia. El trabajo se convierte en
adelante en presencia. Toda la casa respira en esa presencia, los muebles se
impregnan de ella y hasta los trastos de la cocina testimonian. Lo vemos bien
en una casa mortuoria donde ya no hay sino cosas, muebles: nada ha cambiado,
pero la casa está muerta porque vivía de la presencia". (Continuará)