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22/02/09. El Dios con quien tenemos que contraer un matrimonio de amor.

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3ª parte de la 2ª conferencia de La Rochette en septiembre 1963.

"La vida de una familia es la imagen más elocuente y conmovedora de la Trinidad. Esa vida en tres personas, el padre, la madre y el hijo, es una sola vida en tres personas, un solo amor en tres personas, una sola felicidad en tres personas, hecha precisamente de que cada uno es una mirada hacia el otro, y que aparece inmediatamente como imposeíble. El Padre no puede monopolizar la vida de familia, ni la madre puede apropiársela, ni el hijo hacerse su centro, sin destruirla. Es una vida que sólo puede subsistir y durar en estado de comunicación. Por poco que uno de los tres se la quiera apropiar, atenta contra ella y concurre a destruirla.

La vida divina, que es Trinidad, es imposeíble. Dios es por excelencia el imposedente y el imposeíble, Él es la antiposesión como también el antinarciso. Él es Dios justamente en razón de esa desapropiación.

El testimonio de San Francisco brota aquí de su fuente. San Francisco de Asís es precisamente el cristiano que hizo la experiencia de la Trinidad – sin darse cuenta además. La pobreza se hizo para él el centro mismo de su adoración en un grado supremo. Es absolutamente inconcebible que San Francisco haya abrazado la pobreza con tanta pasión, que la considerara como su novia y esposa, que le haya dado el título de "la Dama Pobreza" en eco a todas las lecturas de novelas de caballería que habían iluminado su juventud, es imposible que San Francisco diera a la pobreza semejante lugar, un lugar único, que es el mismo que el lugar de Dios, sin que la pobreza fuera para él el mismo Dios.

Es la razón por la cual ese hombre, único en la historia cristiana, sin ser absolutamente teólogo, es el más grande doctor de la Iglesia. Sin saberlo, con toda la sinceridad de su ignorancia de los libros santos, de los libros universitarios, en su ingenuidad, él fue quien pudo ir hasta el final de la imagen de la Dama Pobreza, es decir, de la identidad entre la Trinidad y la pobreza.

Se comprende entonces que la primera bienaventuranza sea la de la pobreza: "¡Bienaventurados los que tienen un alma de pobres porque de ellos es el reino de los cielos!" La bienaventuranza de la pobreza es la bienaventuranza de Dios.

¡Dios no es el gran propietario dueño de todo! Dios es el más grande pobre, ¡el que no tiene nada! De ahí salta a la vista la diferencia inmensa entre la noción corriente de la divinidad, la del Islam, la del judaísmo actual – no del judaísmo de antes de Jesucristo que era un movimiento hacia él –, la de la inmensa mayoría de cristianos y en general de todos los creyentes que se dicen tales y que ven en Dios el gran propietario, el gran rico que lo puede todo, al cual nada puede conmover porque está tan bien asegurado con sus riquezas, el que nos domina con todo su poder, el que nos deja caer parsimoniosamente las migajas de su mesa y nos pide ferozmente cuentas del uso que hagamos de ellas, y el verdadero Dios.

El verdadero Dios, el Dios cristiano, el Dios que se revela en Jesucristo es un Dios que perdió todo eternamente, y por eso no puede perder nada. Él lo dio todo, eternamente, y no podría dar más, porque su don es Él mismo en su personalismo, fundado sólo en la caridad.

Ese Dios, tan diferente del Dios concebido por los hombres, inclusive por los profetas del Antiguo Testamento, el Dios del que sólo Cristo da testimonio porque es el único que lo vive de manera única, el Dios que nos libera de la pesadilla de un Dios que limita, de un Dios que amenaza, de un Dios que castiga, de un Dios que desvaloriza la existencia. Poner fin a esa concepción, es poner fin a todos nuestros terrores, a toda servidumbre, a todo lo que hace de Dios una caricatura, un ídolo, y del hombre un esclavo y un mendigo.

Ahora ya no se trata de ver en Dios al dueño al que le estamos sometidos, sino el Dios con quien tenemos que contraer un matrimonio de amor. Estamos aquí en una reciprocidad nupcial donde lo único que cuenta es el amor. Además, ¿cómo comprender el himno a la caridad del capítulo 13 de la primera epístola a los corintios, sino frente a ese Dios? Si en ese cántico incomparable que es el cántico por excelencia del Nuevo Testamento, San Pablo puede hablar de los milagros como algo banal y despreciable comparado con la caridad, si San Pablo puede hablar de la ciencia y de las lenguas de los ángeles y de los hombres como algo insignificante, y de la profecía misma, si San Pablo puede dar todos sus bienes a los pobres y entregar su cuerpo a las llamas, y que todo eso sea vano sin la caridad, es porque el bien es en adelante un bien nupcial, un bien que no puede ser realizado sino por el don de sí mismo.

Salta a la vista, ¿verdad?, que en una familia lo que cuenta es el amor. No basta con hacer que todo brille en la casa, mantenerla con escrupulosa perfección, aun si algunos puedan desearlo, lo que constituye la casa es la fidelidad de la esposa. Si la mujer es adúltera, aunque la casa brille con todas sus luces, se ha derrumbado, está en ruinas, porque la casa es el amor. A una sirvienta no se le pide que ponga su corazón, no se le pide que se comprometa personalmente en su trabajo, sino simplemente que el trabajo esté bien hecho, y si está bien hecho, se le paga su salario y uno queda en paz.

Si la sirvienta se convierte en esposa, y ese es el cambio que Jesús realiza en la humanidad, nos hace pasar del régimen de la sirvienta al de la esposa, como dice San Pablo a los gálatas, si la sirvienta se convierte en esposa, lo esencial ya no es el trabajo sino la presencia. El trabajo se convierte en adelante en presencia. Toda la casa respira en esa presencia, los muebles se impregnan de ella y hasta los trastos de la cocina testimonian. Lo vemos bien en una casa mortuoria donde ya no hay sino cosas, muebles: nada ha cambiado, pero la casa está muerta porque vivía de la presencia". (Continuará)

 

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