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23/02/09. Jesús nos introduce en un mundo nuevo, en un mundo maravilloso de grandeza y belleza.

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4ª parte de la 2ª conferencia de La Rochette en septiembre 1963.

Nadie puede ser ofendido por ese Dios.

¿Qué es el bien? Es importante expresar el misterio adorable y único de la Trinidad conservando toda su pureza y desconfiando de las aproximaciones teológicas… Nadie puede ser ofendido por un Dios arrodillado…

"En la perspectiva de San Pablo a los corintios, y él la recibe esencialmente de Jesucristo, el bien es alguien por amar. El bien es cuando estamos en estado de amor y de ofrenda, cuando hacemos de todo nuestro ser una oblación, un presente y un regalo. No hay otro bien porque Dios no se alimenta con el sacrificio de toros, no necesita ver sangre de víctimas. Dios es todo amor. Es sólo amor, sólo tiene relación con nosotros por medio del amor y sólo podemos llegar a Él por medio de nuestro amor.

No hay otro bien que ese y por eso toda virtud es tributaria de la caridad, y por eso todas las virtudes tienen alma, tienen sentido en la caridad que es también una referencia a la Trinidad.

Es un mundo nuevo en el que Jesús nos introduce cuando nos confía el supremo secreto de la Trinidad. Nos establece en una especie de igualdad con Dios, igualdad que no hace daño a su majestad de Dios ni a la humildad del hombre porque esas categorías ya no tienen sentido.

Para el amor hay una sola competencia, la de amar, amar cada vez más, amar más, amar en un despojamiento cada vez más grande y en una pureza cada vez más radical. Por parte de Dios, claro está, todas esas cualidades se realizan eternamente, y nosotros estamos llamados a desarrollarlas en nosotros a fin de que nuestro amor y el de Dios no constituyan sino una respiración única e indivisible.

Es un mundo nuevo, un mundo maravilloso, un mundo de grandeza y belleza, de dignidad, un mundo en que somos libres, un mundo que excluye el miedo porque como lo dice San Juan en su primera epístola, "el perfecto amor excluye el temor".

Sin duda nunca existió otro Dios que ese pero los hombres no lo habían reconocido porque estaban demasiado pegados a sí mismos como para poder siquiera concebir la idea de una personalidad que estuviera constituida únicamente por una relación, por una relación con el otro, por una mirada hacia el otro, por un total despojamiento, una total desapropiación de sí mismo.

Pero si este misterio es adorable, si es único, si es fuente de toda luz y de toda libertad, si es misterio que no limita la inteligencia sino que la libera haciendo brotar constantemente en ella una nueva fuente de luz y de amor, es importante expresarlo conservando toda su pureza.

Es necesario evitar lo más posible decir: Dios "tiene" un Hijo porque ahí precisamente es donde nos prestamos a la objeción del Corán. En verdad Dios "es" Hijo lo mismo que "es" Padre, porque no existe primero un Dios que se dé un hijo. Dios existe eternamente bajo la forma y en el don trinitario. Dios es eternamente esta comunicación: no hay Padre sin Hijo, no hay paternidad sin filiación. Dios "es" Padre y "es" Hijo, y de cierto modo, ¡Dios no tiene ni hijo ni padre! Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, en la pluralidad relativa (de relaciones) en que se expresa un despojamiento eterno.

Hay que desconfiar igualmente de las aproximaciones teológicas que han constituido una verdadera catástrofe. Se ha dicho demasiado que el Padre es Creador, el Hijo Redentor y el Espíritu Santo santificador. Estas imágenes por medio de las cuales se ha querido expresar las procesiones divinas falsean su idea. Aquí también la comparación con la familia es aclaradora. No hay matrimonio sin reciprocidad nupcial. La esposa como tal no existe sin el esposo, ni el esposo sin la esposa. Sin los hijos, los padres no existen como padres, y el hijo como tal no existe sin los padres. Ninguna persona divina puede hacer nada por sí misma. Entre ellas todo es rigurosamente común. La divinidad no tiene relación con su ser sino comunicándolo. Son las tres personas divinas las que crean, redimen y santifican. Ninguna de ellas puede hacer nada por sí sola, ya que está constituida únicamente, total y eternamente, por la desapropiación que es la comunicación consustancial de la divinidad. Actúan siempre de concierto, sin que haya un átomo de operación que no sea común a las tres Personas. Esto es de gran importancia no sólo para el misterio de la Santísima Trinidad sino también para el misterio de Cristo.

Parece que el mundo de hoy, impaciente del yugo, rebelado contra toda dependencia, deseoso de que cada uno sea fuente y origen, el mundo quiere divinizar al hombre – y con razón – parece que este mundo debe estar más preparado que otro a comprender que el verdadero Dios no puede ser sino ese Dios, el Dios que se revela en Jesucristo, el Dios infinitamente despojado, el Dios que es Dios porque no tiene nada, el Dios que viene a nosotros únicamente como amor, y que suscita en nosotros el amor que responde a su amor en una igualdad nupcial.

Nadie puede ser ofendido, nadie puede sentirse disminuido si aprende que Dios, concebido además como Presencia interior a nosotros y que está presente desde siempre, que ese Dios es Dios porque no tiene nada. Nadie puede ser ofendido por un Dios arrodillado, por un Dios que se propone sin jamás imponerse.

La Trinidad revelada por Jesucristo nos da la inteligencia del gesto del Lavatorio de los pies. Si Jesús está de rodillas, si introduce en el mundo una nueva escala de valores, la apoya precisamente en el corazón de la Trinidad.

Porque Dios es ese Dios, la única grandeza es darse. Sólo podíamos saberlo por medio de Cristo. Si los hombres se equivocaron generalmente, y si seguimos equivocándonos, nosotros que escapamos casi siempre a la verdadera inspiración del Evangelio, es porque para comprender que la grandeza es únicamente generosidad, es necesario vivir este secreto como lo vive Jesús y sacar su luz en el corazón de la Divinidad.

Sólo podíamos saberlo por medio de Cristo. Si los hombres se equivocaron generalmente, y si seguimos equivocándonos nosotros que escapamos casi siempre a la verdadera inspiración del Evangelio, es que, para comprender que la grandeza es únicamente generosidad, es necesario vivir este secreto como lo vive Jesús y sacar su luz en el corazón de la divinidad. No se puede comparar un monoteísmo solitario con un monoteísmo trinitario.

El carácter incomparable del Evangelio es que aunque nos manifiesta a Dios como un Dios único, lo revela igualmente como un Dios que no es solitario: Dios es único pero no solitario. Esta distinción es capital, y caracteriza el monoteísmo cristiano que no es una monarquía. Si Dios fuera dominación, ¿qué podría significar? ¡Sería mejor concebir una república de dioses! ¡Se harían la guerra mutuamente y nos dejarían tranquilos! Pero justamente, para Dios no se trata  de monarquía, no se trata de absolutismo.

El monoteísmo cristiano es la unidad del amor, la unidad de la caridad, la unidad del don, en el seno de una pluralidad relativa que funda la eterna comunicación.

Por ahí es como tiene sentido la humildad. ¡La humildad no consiste en rebajarse, en despreciarse, en ponerse por el suelo, en anonadarse, sino simplemente en no mirarse para admirarse! Porque en la admiración es como descubrimos toda la luz y toda la verdad, porque en la admiración se alimenta el amor, porque en la admiración alcanza la existencia todas sus dimensiones. La humildad está primero en el corazón de la divinidad ya que cada Persona divina es toda entera, únicamente, una mirada hacia el Otro". (Continuará)

(1) El sitio "elan-en-trinité", remplazado por "mauricezundel.net" cumple 4 años. El primer texto fue puesto en la red el 23 de febrero de 2005.

 

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