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Final de la 2a conferencia de La
Rochette en septiembre 1963.
En estas perspectivas,
todo ha cambiado, el conocimiento de sí mismo, el conocimiento del mundo, la fecundidad
y el desinterés de la vida del espíritu, la pureza y el carácter inmaculado de la
generación interior sin la cual no podemos llegar al gozo del conocimiento.
Toda la grandeza y toda la
modestia, la síntesis perfecta de una humildad clarividente y de una grandeza
enteramente despegada de sí misma, todo eso se da en el hogar primitivo que es
el corazón de la divinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Es pues necesario que
alimentemos la mente con esa Presencia adorable, que la inteligencia se
despliegue bajo esa claridad y que la vida de las virtudes, la caridad como la
humildad, parta en nosotros de una referencia a la Pobreza de Dios.
Dios es Dios porque no tiene
nada. Dios es el gran pobre cuya única bienaventuranza está en darse. Por eso
no nos propone nada menos que transformarnos en Él y alcanzar la grandeza a que
no llegaremos jamás plenamente porque jamás seremos suficientemente pobres,
suficientemente despojados para ser la Pobreza en persona.
Descansemos en esta visión
siguiendo al Pobrecillo de Asís, el cual, de grado en grado, de experiencia en
experiencia, después de haber querido llenar el mundo con sus hazañas, después
de haber cortejado la gloria, después de haber buscado hacer entrar su nombre
en la historia, después de soñar con todas las victorias que ofrecería a la
princesa más hermosa del mundo, descubre por fin que la grandeza es la Dama
Pobreza y que la Dama Pobreza, finalmente, es sólo el símbolo del Rostro de
Dios impreso en nuestros corazones donde respira el Eterno Amor en el eterno
Despojamiento". (Fin de la 2ª conferencia).