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Cierto subordinacionismo fue inevitable en el Nuevo Testamento.
1ª parte de la 3ª conferencia de M.
Zundel a las oblatas benedictinas de la Rochette en septiembre de 1963. Esta
conferencia, muy larga, cerca de 20 páginas, es tan importante como la
precedente, de la cual emana.
"Nada es más difícil que
hablar del misterio de Cristo, porque ningún tema ha sido más maltratado por
los cristianos. Hay varias razones para ello, la primera de las cuales es que
el misterio de Jesús podía difícilmente ser planteado en la perspectiva del
monoteísmo unitario que era el del Antiguo Testamento. Como el monoteísmo
unitario era la base de la fe de Israel, era
casi inevitable que la presentación de Jesús pareciera añadir al Dios único
y unitario, único y solitario del
Antiguo Testamento como una especie de nuevo Dios, algo inferior al
primero, sometido al primero, obediente al primero, enviado por el primero,
sacrificado por el primero, y ofrecido en inmolación al primero.
Eso es lo que encontramos
además en el Nuevo Testamento
escrito por convertidos del judaísmo que fueron educados en el monoteísmo
unitario y que tuvieron todas las dificultades del mundo para poner el misterio
de Jesús en armonía con ese monoteísmo solitario. Por eso encontramos con tanta frecuencia en el Nuevo Testamento cierto acento de
subordinación del Hijo al Padre, que no es evidentemente intencional en los
autores sagrados y que desaparece en la formulación del dogma tal como la
realizaron los grandes concilios, el
"consustancial" de Nicea vuelve a poner todo en su lugar, evita el
subordinacionismo, como las definiciones de Calcedonia distingue de manera
inconfundible en Jesús la naturaleza humana y la divina.
Es cierto que era extremamente
difícil para los apóstoles, no de vivir el misterio de Jesús, lo vivían
ciertamente mucho más plenamente que nosotros, pero de expresarlo porque las
categorías mentales no contenían, tradicionalmente, la Trinidad.
La revelación de la Trinidad la
recibieron ellos de Jesús y entraron en ella ciertamente con todo el fervor de
su fe, con toda la luz que recibieron en Pentecostés, con todo el ardor para
testimoniar hasta el martirio. Pero de todas las hesitaciones del pensamiento
para precisar el misterio de Jesús queda
una especie de equívoco que flota hasta el día de hoy en la expresión del
misterio. Podemos decir que muchos cristianos son materialmente heréticos
porque no conciben el misterio de Jesús en su verdadera luz o, por lo menos, lo
expresan en fórmulas llenas de equívocos.
Por otra parte, hay que decir que
el Señor mismo, por hablar a hombres de los que necesitaba hacerse escuchar si
no comprender, no podía precipitar la revelación de la Trinidad y dejó siempre
en cierta ambigüedad la noción de Hijo de Dios, que debe ser percibida en el
Nuevo Testamento a través de varias etapas.
Si abren el Evangelio de San
Juan, ven inmediatamente en el primer capítulo que Natanael saluda a Jesús como
el Mesías y el Hijo de Dios. Si comparamos esta pedagogía con la de los
Sinópticos (es decir Marcos, Lucas y Mateo), si observamos la importancia que
los sinópticos dan a la Confesión de Cesarea, si la Confesión de Cesarea parece
algo único a los ojos de los apóstoles, como una revelación sensacional que
solicita de parte de Jesús la investidura de Pedro: "Tú eres Pedro y sobre
esta piedra edificaré mi Iglesia", es plenamente evidente que Natanael no
pudo reconocer en Jesús al Mesías e Hijo de Dios desde el primer momento en el
sentido de la Confesión de Cesarea.
La expresión "Hijo de Dios"
es ambigua porque en la tradición judía designa una función. Del rey podían
decir que era mesías e hijo de Dios. Del pueblo de Israel se podía decir que
era mesías e hijo de Dios. De los Jueces se podía decir que eran Elohim,
dioses, como lo vemos en el salmo 81. La expresión "hijo de Dios" no
tiene en absoluto necesariamente, ni en la mente de los auditores, ni bajo la
pluma de los autores sagrados, el sentido que le damos nosotros a partir de la
fe de las confesiones conciliares, y cuando Jesús se deja llamar Hijo de Dios –
más que darse ese nombre, porque el título que Él se da es más bien el de
"el hijo del hombre" –, si Jesús acepta ese título, es dejando que en
la mente de sus auditores se vuelva un problema que sólo tomará todo su
significado, su solución definitiva, a la luz de Pentecostés.
Por eso los escritos del Nuevo
Testamento, tomados en sí mismos, no serían suficientes para introducirnos en
el misterio de Jesús si la tradición eclesial, expresada por los grandes
concilios no afirmara la consustancialidad, es decir la igualdad perfecta de
las tres Personas divinas, la imposibilidad radical de someter la una a la otra
y de atribuir a una de ellas una operación distinta de las de las demás.
El misterio de Jesús, en su
ambigüedad, se convirtió en presa de los exegetas e historiadores que han
tentado de demostrar la divinidad de Jesucristo por medio de los documentos del
Nuevo Testamento, apoyándose sobre las afirmaciones de Jesús o sobre los
milagros realizados por Él, en testimonio de la verdad de Su Palabra. Nada es
más arriesgado, nada más ambiguo una vez más, a menos que definamos primero,
rigurosamente, de qué Dios estamos hablando.
Ustedes recuerdan cómo, por lo
menos desde fines del siglo 18, para no ir más lejos, el racionalismo,
especialmente en Alemania, trató de vaciar el Nuevo Testamento, y la Biblia en
general, de todo contenido sobrenatural para llegar a la exégesis de fines del
siglo 19, en un Harnack o en un Augusto Sabatier, a ver en Jesús simplemente un
gran hombre de Dios, un gran inspirado que nos inicia a la paternidad de Dios
que lo cubre a Él como a todos los hombres, pero rehusándole necesariamente una
situación sobrenatural.
Si los exegetas, que querían ser
cristianos y estaban inclusive dedicados a un ministerio pastoral llegaron a
eso, uno se imagina lo que podían pensar los racionalistas puros que se presentaban
como no creyentes. A sus ojos la historia de Jesús es una mitología que debe
explicarse, como todas las mitologías, ya por las tradiciones difusas en el
género humano, ya por los fundamentos de la psicología, que no cesan de
inventar mitos y de crearse ídolos.
Es muy evidente que la
formulación común de la divinidad de Jesucristo da lugar a malentendidos casi
insuperables". (Continuará)