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26/02/09. Para entrar en el misterio de Jesús hay que recordar primero que Dios está dentro de nosotros.

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2ª parte de la 3a conferencia de La Rochette en septiembre 1963.

Bajó del cielo, subió a los cielos: estas palabras ya no pueden ser comprendidas sino como parábolas o figuras.

"¿Cómo imaginar que Dios haya caminado en la tierra, que Dios se haya realmente disfrazado de obrero en Nazaret y que, al mirarlo y mostrarlo se hubiera podido decir de tal hombre: es el creador del mundo? Ahí hay algo tan enorme, que supera tanto el sentido común, que la mayoría de los historiadores rehúsan absolutamente dejarse convencer de que se puede llegar a aceptar, por la mera historia, la enormidad de que Dios se paseó sobre la tierra y que Lo hubieran podido mostrar bajo forma humana como creador del mundo.

Podemos hacer más concreta la dificultad recordando que hay actualmente en Francia un hombre llamado George Roux que se presenta – o se presentaba hace unos años – como el Cristo de hoy, diciendo: "El Cristo de Nazaret era el Cristo de su tiempo, y yo soy el Cristo de nuestro tiempo". Parece que ahora se hace llamar Dios padre, pero da lo mismo: es un hombre que se presenta como Dios.

Naturalmente los cristianos fieles alzan los hombros viendo en todo eso una locura. Es sin embargo el mismo problema el que tenemos que afrontar: ¿Cómo admitir que un hombre que parecía totalmente semejante a los demás, sea Dios si en Nazaret jamás hizo impresión, tanto que cuando se manifiesta por primera vez en la sinagoga la gente está estupefacta, no comprende, se escandaliza observando que es simplemente el hijo del carpintero?

Es claro que el problema se plantearía de manera completamente diferente se hubiera tenido cuidado de definir primero el Dios de que se habla. Es bien evidente que si Dios corresponde al primer motor de Aristóteles o a la esfera de Parménides, la Encarnación es absolutamente incomprensible.

Para entrar en el misterio de Jesús hay que recordar primero que Dios está dentro de nosotros. Lo sabemos por Jesús en su diálogo con la samaritana. Dios no habita detrás de las estrellas. Para la cosmología actual, no hay ni arriba ni abajo y es absolutamente incomprensible poner a Dios en un cielo situado en la cumbre del universo.

Los apóstoles podían tener esa visión porque en su época la cosmología imaginaba el mundo constituido de ocho esferas incluidas unas en otras y encima de las cuales se encontraba el empíreo que era la morada de la divinidad. Los apóstoles y sus contemporáneos podían pues imaginar que el cielo estaba encima y los infiernos debajo de la tierra concebida como una especie de galleta plana puesta sobre el océano. Para nosotros, hombres de nuestra época, es absolutamente imposible localizar el cielo en alguna parte.

Afortunadamente Jesús nos enseñó a descubrirlo dentro de nosotros, ya que "el cielo es el alma del justo" y que el único santuario de la divinidad es precisamente el hombre mismo. Así nos ahorramos el imaginar que Dios haya bajado del cielo, aunque el Credo, heredero de una cosmología antigua, siga diciendo que Cristo bajó del cielo y subió al cielo. No podemos entender esas palabras sino como parábolas o figuras que indican la condescendencia de Dios para con nosotros, pero evidentemente no se trata de que imaginemos que Dios haya bajado el cielo porque el cielo es Él, y debemos descubrirlo en lo más íntimo de nosotros. Dios está dentro de nosotros. Dios está siempre con nosotros. Siempre está ahí. ¡Somos nosotros los que no estamos! San Agustín nos lo enseñó: "¡Hermosura siempre antigua y siempre nueva, demasiado tarde te amé! Y sin embargo, Tú estabas dentro de mí, pero yo estaba afuera. Corría tras las hermosuras que Tú hiciste y que sin Ti no existirían. Tú estabas siempre conmigo, pero yo no estaba contigo".

Dios no tiene que bajar del cielo ni que venir a nosotros puesto que está ahí ya desde siempre. Eso nos permite inmediatamente considerar que el misterio de Jesús no introduce ningún cambio en la Divinidad y es esencial subrayarlo. Además, Santo Tomás comienza por ahí el "Tratado de la Encarnación". Comienza como siempre la cuestión, planteando objeciones, y piensa: "La Encarnación no es posible porque no es eterna. Habiéndose producido en el tiempo, si es que tuvo lugar, introduciría un cambio en Dios. Pero eso es absolutamente imposible. Entonces, la Encarnación misma es imposible".

Y Santo Tomás responde: "La Encarnación no introduce ningún cambio en la inmutabilidad de Dios. La Encarnación consiste en que Dios se unió a la criatura de manera nueva, o mejor, dice él corrigiéndose muy afortunadamente, la Encarnación consiste en que Dios unió a Sí mismo una criatura de manera nueva. Entonces todo el cambio se sitúa por parte de la criatura". El cambio está pues por parte de la humanidad de Nuestro Señor y en modo alguno por el lado de la divinidad". (Continuará)

 

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