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(Reflexiones de P. Debains)
El primer principio, sin el cual
no se puede entender bien el a-b-c de la divinidad de Jesucristo, es que Dios desea encarnarse en todo hombre tanto
como en Jesucristo, pero sólo en Jesucristo es perfecta la encarnación
divina.
El proyecto divino y eterno al
crear y redimir al hombre es que llegue a ser como en igualdad perfecta con el
Dios que lo crea y lo salva, y eso se realiza primero, e inclusive únicamente,
en Jesucristo después de su paso al Padre mediante la Pasión, la Resurrección,
la Ascensión y la sesión a la derecha del Padre, y a causa de ella. Ese efecto
infinitamente provechoso para el hombre pudo ser retroactivo y por eso, desde
su origen en María, podemos llamar "Dios" la humanidad infinitamente
santa de Jesucristo, aunque siga siendo eternamente una criatura, incapaz por
lo mismo de la igualdad con Dios. Los Apóstoles y los contemporáneos de Jesús
no pudieron entonces "ver" a Dios en Jesucristo.
Sobre todo, no habría que imaginarse
la humanidad de Jesucristo hecha Dios así no más, como si eso le hubiera
sucedido desde su origen en María, como una especie de efecto mágico supremo.
No es así. Por eso los contemporáneos de Jesús no verán su humanidad sino como
una humanidad ordinaria, excepto el pecado. ¡Aparentemente, nada lo distinguirá
de un hombre ordinario, tanto que los nazarenos creyeron que se había
enloquecido cuando comenzó su ministerio.
El 2° principio es que "Dios
es puro interior", incapaz como tal de ninguna exterioridad, y la
divinización perfecta de Jesucristo no podrá pues realizarse y manifestarse
sino en su interior, en su espíritu, "en acuerdo" perfecto siempre
con el Espíritu de Dios.
La humanidad de Cristo no es ni
será jamás Dios, aún cuando esté sentada a la derecha del Padre, y por eso en
igualdad con el Padre. De ahí se deduce que el sacramento de la Eucaristía no
contiene a Dios, sino que es el sacramento de la humanidad resucitada, subida a
los cielos, el sacramento del Cuerpo de Cristo en estado de perfecta ofrenda, y
se nos da para la construcción de su cuerpo místico en su unidad, la Iglesia, para
que también ella esté sentada a la derecha de Dios, como en perfecta igualdad
con Él. La importancia de esa unidad es significada muy claramente por Jesús después
de la institución de la Eucaristía y justo antes de entrar en la Pasión. La oración
por la unidad terminará el discurso después de la Cena.
Es ciertamente un grave error de
las liturgias el hacernos cantar después de la consagración "Ahí está
Dios", porque no hay ni puede haber presencia local alguna de Jesucristo en
la tierra, ni en el cielo, ni en la Eucaristía. Sólo las especies eucarísticas,
el pan y el vino consagrados, tienen presencia local.
Este error, como otras
inteligibilidades, es muy grave, porque es ocasión de un culto idolátrico de
Jesucristo "cosificándolo" así en la Eucaristía.
Es extremadamente importante y
urgente reformar en muchos cristianos la conciencia común de la divinidad de
Jesucristo y de la Eucaristía por la muy importante razón de que tal manera de
"ver" las cosas es la causa más profunda del ateísmo, o al menos del
rechazo de Jesucristo y del cristianismo anclado aún en la mente de muchos
pensadores contemporáneos.
Nuestro Dios, el Dios de
Jesucristo, quiere encarnarse en cada uno de nosotros, y lo que manifestará
mejor que la encarnación se está realizando en cada uno será el grado de
nuestra desapropiación a semejanza e imagen de la perfecta desapropiación de
cada persona divina en la Trinidad, desapropiación que es eternamente
constitutiva y constructiva de la Trinidad divina.
Y es desde la infancia cuando los
niños catequizados deben aprender la importancia de esa desapropiación. Hay que
enseñarles, o mejor hacerles descubrir lo más pronto posible la interioridad
para que aprendan que está habitada por el Dios de Jesucristo, que jamás están
solos, que pueden aprender a dialogar con esa presencia interior, única capaz
de hacer surgir en ellos hombres auténticamente hombres.
Zundel nos dijo también (ver
texto del 22 de febrero) que la noción corriente de la divinidad..., la
de la inmensa mayoría de cristianos y en general de todos los creyentes, los
lleva a ver en Dios al gran propietario, el gran rico que todo lo puede…" Esta afirmación,
cuando lo pensamos bien, es asombrosa: es asombroso que sea aún así 2000 años después de la venida de Jesucristo, porque eso
significa que la evangelización, incluyendo la nueva noción de la divinidad con
la característica esencial y fundamental que constituye eternamente a Dios, la
de la pobreza, está todavía apenas comenzando! Es asombroso constatar con
Zundel que todos los filósofos ateos, con Nietzsche a la cabeza, y no solo
ellos sino la mayoría de los padres conciliares de Vaticano 2, no sabían de
qué, o mejor de quién estaban hablando al hablar de Dios, ¡pues no hablaban
nunca del Dios interior!
Y volvemos entonces al Dios
interior, el único Dios verdadero, el Dios puro interior, el Dios que puede
parecer no existir en modo alguno fuera de la interioridad del hombre, el Dios
en el cual toda la creación es interior, porque no puede tener ninguna
exterioridad.
Pero hay que añadir en seguida
que muchos cristianos, muchos santos, a lo largo de la historia de la Iglesia,
vivieron esa pobreza divina sin haberla formulado jamás como lo hará Zundel, y
eso es lo esencial. San Francisco de Asís es el ejemplo más evidente.
Hoy ciertamente es más urgente
que nunca un conocimiento del Dios pobre, revelado en y por la humanidad de
Cristo, para que la humanidad contemporánea conozca a Jesucristo bajo su
verdadero rostro y aprenda a imitarlo como de una manera nueva.
Es importante subrayar (ver texto
del 23 de febrero) que "nadie puede ofenderse con ese Dios", e
igualmente importante que las bases más sólidas del ateísmo contemporáneo, e
inclusive de todo ateísmo consecuente, son seriamente quebrantadas por ese
Dios, porque suponen siempre el no descubrimiento, la no experiencia del único
Dios verdadero que es "puro interior".
¡Jamás ha existido un dios
exterior al hombre! Sólo existe el Dios interior al hombre, y existe
eternamente.