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Zundel

27/02/09. La divinidad de Jesucristo.

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(Reflexiones de P. Debains)

El primer principio, sin el cual no se puede entender bien el a-b-c de la divinidad de Jesucristo, es que Dios desea encarnarse en todo hombre tanto como en Jesucristo, pero sólo en Jesucristo es perfecta la encarnación divina.

El proyecto divino y eterno al crear y redimir al hombre es que llegue a ser como en igualdad perfecta con el Dios que lo crea y lo salva, y eso se realiza primero, e inclusive únicamente, en Jesucristo después de su paso al Padre mediante la Pasión, la Resurrección, la Ascensión y la sesión a la derecha del Padre, y a causa de ella. Ese efecto infinitamente provechoso para el hombre pudo ser retroactivo y por eso, desde su origen en María, podemos llamar "Dios" la humanidad infinitamente santa de Jesucristo, aunque siga siendo eternamente una criatura, incapaz por lo mismo de la igualdad con Dios. Los Apóstoles y los contemporáneos de Jesús no pudieron entonces "ver" a Dios en Jesucristo.

Sobre todo, no habría que imaginarse la humanidad de Jesucristo hecha Dios así no más, como si eso le hubiera sucedido desde su origen en María, como una especie de efecto mágico supremo. No es así. Por eso los contemporáneos de Jesús no verán su humanidad sino como una humanidad ordinaria, excepto el pecado. ¡Aparentemente, nada lo distinguirá de un hombre ordinario, tanto que los nazarenos creyeron que se había enloquecido cuando comenzó su ministerio.

El 2° principio es que "Dios es puro interior", incapaz como tal de ninguna exterioridad, y la divinización perfecta de Jesucristo no podrá pues realizarse y manifestarse sino en su interior, en su espíritu, "en acuerdo" perfecto siempre con el Espíritu de Dios.

La humanidad de Cristo no es ni será jamás Dios, aún cuando esté sentada a la derecha del Padre, y por eso en igualdad con el Padre. De ahí se deduce que el sacramento de la Eucaristía no contiene a Dios, sino que es el sacramento de la humanidad resucitada, subida a los cielos, el sacramento del Cuerpo de Cristo en estado de perfecta ofrenda, y se nos da para la construcción de su cuerpo místico en su unidad, la Iglesia, para que también ella esté sentada a la derecha de Dios, como en perfecta igualdad con Él. La importancia de esa unidad es significada muy claramente por Jesús después de la institución de la Eucaristía y justo antes de entrar en la Pasión. La oración por la unidad terminará el discurso después de la Cena.

Es ciertamente un grave error de las liturgias el hacernos cantar después de la consagración "Ahí está Dios", porque no hay ni puede haber presencia local alguna de Jesucristo en la tierra, ni en el cielo, ni en la Eucaristía. Sólo las especies eucarísticas, el pan y el vino consagrados, tienen presencia local.

Este error, como otras inteligibilidades, es muy grave, porque es ocasión de un culto idolátrico de Jesucristo "cosificándolo" así en la Eucaristía.

Es extremadamente importante y urgente reformar en muchos cristianos la conciencia común de la divinidad de Jesucristo y de la Eucaristía por la muy importante razón de que tal manera de "ver" las cosas es la causa más profunda del ateísmo, o al menos del rechazo de Jesucristo y del cristianismo anclado aún en la mente de muchos pensadores contemporáneos.

Nuestro Dios, el Dios de Jesucristo, quiere encarnarse en cada uno de nosotros, y lo que manifestará mejor que la encarnación se está realizando en cada uno será el grado de nuestra desapropiación a semejanza e imagen de la perfecta desapropiación de cada persona divina en la Trinidad, desapropiación que es eternamente constitutiva y constructiva de la Trinidad divina.

Y es desde la infancia cuando los niños catequizados deben aprender la importancia de esa desapropiación. Hay que enseñarles, o mejor hacerles descubrir lo más pronto posible la interioridad para que aprendan que está habitada por el Dios de Jesucristo, que jamás están solos, que pueden aprender a dialogar con esa presencia interior, única capaz de hacer surgir en ellos hombres auténticamente hombres.

Zundel nos dijo también (ver texto del 22 de febrero) que la noción corriente de la divinidad..., la de la inmensa mayoría de cristianos y en general de todos los creyentes, los lleva a ver en Dios al gran propietario, el gran rico que todo lo puede…" Esta afirmación, cuando lo pensamos bien, es asombrosa: es asombroso que sea aún así 2000 años  después de la venida de Jesucristo, porque eso significa que la evangelización, incluyendo la nueva noción de la divinidad con la característica esencial y fundamental que constituye eternamente a Dios, la de la pobreza, está todavía apenas comenzando! Es asombroso constatar con Zundel que todos los filósofos ateos, con Nietzsche a la cabeza, y no solo ellos sino la mayoría de los padres conciliares de Vaticano 2, no sabían de qué, o mejor de quién estaban hablando al hablar de Dios, ¡pues no hablaban nunca del Dios interior!

Y volvemos entonces al Dios interior, el único Dios verdadero, el Dios puro interior, el Dios que puede parecer no existir en modo alguno fuera de la interioridad del hombre, el Dios en el cual toda la creación es interior, porque no puede tener ninguna exterioridad.

Pero hay que añadir en seguida que muchos cristianos, muchos santos, a lo largo de la historia de la Iglesia, vivieron esa pobreza divina sin haberla formulado jamás como lo hará Zundel, y eso es lo esencial. San Francisco de Asís es el ejemplo más evidente.

Hoy ciertamente es más urgente que nunca un conocimiento del Dios pobre, revelado en y por la humanidad de Cristo, para que la humanidad contemporánea conozca a Jesucristo bajo su verdadero rostro y aprenda a imitarlo como de una manera nueva.

Es importante subrayar (ver texto del 23 de febrero) que "nadie puede ofenderse con ese Dios", e igualmente importante que las bases más sólidas del ateísmo contemporáneo, e inclusive de todo ateísmo consecuente, son seriamente quebrantadas por ese Dios, porque suponen siempre el no descubrimiento, la no experiencia del único Dios verdadero que es "puro interior".

¡Jamás ha existido un dios exterior al hombre! Sólo existe el Dios interior al hombre, y existe eternamente.

 

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