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Final de la conferencia de M. Zundel sobre
la Eucaristía, en San Mauricio, en 1953.
La comunión tiene como sentido difundir el
amor y la caridad de Cristo sobre el mundo que sólo puede vivir por Cristo. La
Eucaristía es el foco central donde toda la humanidad entra en su corazón para
enraizarse en Su Amor...
"Es necesario que el Buen Dios esté
en su corazón, que viva en nosotros, que nosotros seamos tabernáculos. ¿Para
qué serviría que Jesús esté en tabernáculos de madera si no vivimos de Él? Los
verdaderos tabernáculos somos nosotros.
Para mí, el sentido de la Eucaristía es el
de una acción como se realiza en la Misa, en la cual vamos al encuentro de la
Cruz y nos hacemos cuerpo y sangre de Cristo, mucho más que el de una especie
de exposición que hacemos del Santísimo Sacramento (1). La exposición del Santísimo sólo tiene sentido si es renovación del
don de nosotros mismos que nos permite hacernos universales.
Católico quiere decir: me doy a todos, soy
deudor de todos, soy alguien a quien le pueden pedir la vida, porque yo soy la
Iglesia. Mi corazón no tiene fronteras. Eso significa ser católico: mi corazón no tiene fronteras, y en mi
corazón cada uno está en su casa.
Cuando leen el periódico y ven accidentes,
muertes, ¡todos los muertos son suyos! Todas las noticias del periódico son
noticias de su familia. Cuando leen el Correo y se preguntan: "¿Tengo
derecho de leer el periódico?", creo que tienen derecho, porque es el
periódico de la familia humana, son noticias que ustedes están encargadas de
llevar en el corazón, porque el mundo
entero es familia suya.
Todo eso es suyo, ¡de ustedes! Ustedes
están encargadas de todo eso, y su comunión tiene por sentido difundir el amor
y la caridad de Cristo sobre el mundo, el cual no puede vivir sin Cristo. La Eucaristía es el foco central donde toda
la humanidad entra en su corazón para enraizarse en Su amor.
Lo que sucede en la transustanciación es que el pan y el
vino se convierten en una relación misteriosa con la presencia que ya estaba
ahí,
pero que no podemos percibir. Nuestro Señor es el sol de la humanidad, pero es
un sol que ningún rostro puede ver.
Hay pues en la Eucaristía un llamado, un
grito de amor de la Iglesia al Señor y del Señor a su Iglesia, y ahí es donde la palabra Iglesia tiene realmente
sentido, el sentido maravilloso de que
la Iglesia, son ustedes.
Ustedes recuerdan la mujer de que les
hablé, que era una campesinita de Suiza alemana, muy inteligente, y que había
perdido a sus papás siendo aún muy pequeña. No los había conocido y fue criada
por religiosas en Suiza alemana, como sucedía entonces – hace más o menos un
siglo (mediados del siglo 19) –
cuando los pensionados eran prisiones, donde había más golpes que pasteles,
donde el Buen Dios era un personaje sobre todo temido. La pequeñita había
integrado al Buen Dios en cierto modo como los golpes que recibía y no Le tenía
un amor extraordinario.
Cuando salió del orfelinato la pusieron
como aprendiz en una fábrica de sombreros, y la jovencita que era muy hermosa
se encontró con un joven que la cortejó y le dijo: "¡Te quiero!" Ella
no había escuchado jamás esas palabras porque nunca había conocido a su mamá. Y
se arrojó sobre esa declaración como una promesa de felicidad, y se casó con el
muchacho.
En seguida se dio cuenta de que el
muchacho con quien se había casado era un borrachín que tenía mal vino y la
golpeaba. La joven que había dado todo su corazón a su hogar, que no sabía lo
que era una casa, que había pensado: "¡Tendré un hogar, estaré en
casa!", se dio cuenta de que su hogar eran insultos, golpes.
En medio de ese drama comienza ella a
volverse hacia Dios. Se da a Dios magnífica, totalmente, porque sólo le queda
Dios. Su marido que no es tonto, comprende, comprende que su mujer ha encontrado
en alguna parte un Rostro, ¡y tiene celos de ese Dios que se convierte en el
centro y el todo para ella! No se lo puede quitar, pero se va a vengar
impidiéndole conservar a su hijo. Va a impedirle a la mujer dar a su hijo el
gusto del Dios que ella había encontrado, va a impedirle que le comunique el
secreto de amor de que ella vive, querrá quitarle el único ser que ella hubiera
podido ofrecer a Dios.
Ella lo entrega a Dios en lo secreto de su
corazón. Entra realmente en un silencio de hostia y no pide más nada. Su hogar
es mantenido perfectamente, logra equilibrar el presupuesto trabajando por su
lado, naturalmente.
El muchacho crece, siempre fuera de la
influencia materna, hasta los 30 años y más. Y naturalmente, ignorando el
llamado que resonaba en su corazón, no hizo nada de su vida. No resistía a ninguna
pasión, se entregaba a ellas sin control. Cuando no le quedaba nada, volvía
donde su madre y ella pagaba las deudas de su hijo, lo vestía, y él volvía a su
vida desordenada.
Al final, después de más de 30 años de
vivir así, regresa, tuberculoso. Ya ni los sanatorios lo aceptaban. Entonces
tiene lugar el diálogo de que les hablé, el diálogo de esa mujer ante ese hijo
condenado a muerte, el diálogo maravilloso en que ella pide a Dios una sola
cosa: que él no muera sin una mirada hacia Dios. No pide nada para sí misma,
sino que pide que esa vida no se acabe sin una mirada hacia Dios.
Ella no dice nada. Vela sobre él día y
noche en un silencio heroico. Y es entonces cuando el hijo encuentra un
sacerdote que guarda el mismo silencio que su madre. Un día el hijo le cuenta
toda su vida y le dice: "Es verdad, nunca tuve religión, pero ahora quiero
tener la religión de mi madre". Y decía a su mamá: "Mamá, si me
hubieras hablado de Dios, yo no me habría convertido. Pero como no me hablaste de
Él, yo comprendí en ti, a través de ti".
Había adivinado el rostro de Dios, el
silencio de Dios, porque lo había sentido en el silencio de su madre, y esta
mujer salvó a su hijo sin decir nada, simplemente porque ella era custodia de Jesús (2). Había pedido que su hijo muriera el
día de la fiesta de Todos los Santos, y él murió ese día. Ella lo devolvió
verdaderamente al Señor, sin pedir nada para sí misma.
Esa mujer, que yo venero como santa, me
hace pensar en la Madre Iglesia (2). ¡Ella no sabía, no conocía su grandeza, no
veía qué grande, qué magnífica, qué heroica era!
Su hijo tuvo la dicha de ver a Cristo
transparentar en el rostro de su madre. Vio el rostro de Cristo en el rostro de
su madre. Eso es lo que se nos propone: ser la Madre Iglesia.
Ser la madre Iglesia
no es creerse obligado a hablar de ella todo el día, es haber comulgado con esa
presencia, ya que si comulgamos es para
transformarnos en la presencia real, para ser nosotros mismos presencia real,
porque ¡los verdaderos tabernáculos, los verdaderos copones somos nosotros! ¡Cada una de ustedes es el copón, la
custodia y la Iglesia!
Esa presencia que no hace ruido nunca, es
la única presencia eficaz, es lo que los hombres están esperando, están
esperando que seamos la Madre Iglesia y poder encontrar en nosotros el rostro
del eterno amor, el rostro de Cristo que no puede darse a uno excluyendo a los
demás.
Siendo nosotros, ustedes, la Eucaristía,
la definición de nuestra vida, de la suya, el programa de toda su vida, aquello
ante lo cual todo es un medio, nuestra
vocación es esa: ser la Madre Iglesia, ser Ágape, ser Amor" (2).
Nota (1). Es ciertamente en esta
mentalidad como los jesuitas instauraron en su Iglesia de la calle de Sèvres "la
Misa que toma su tiempo", y que yo llamé "la Misa larga".
Nota (2). Ser la Madre Iglesia significa
ser para la Iglesia como esa santa mujer, esa santa madre para su hijo. Se
trata de ser, por toda nuestra vida, por nuestra manera de amar tanto
universalmente como en particular, lo que fue esa mamá para su hijo, la custodia de Dios.
Otra nota: siguiendo la observación de un
visitante del sitio, es bueno precisar que "Dios no está presente en todas
partes": puesto que es puro interior, no puede estar presente sino donde
hay interioridad, donde hay un interior, o bien donde hay una orientación hacia
el interior (¡y ese es el caso de la creación entera!)
De hecho, toda la historia de la evolución
tiende hacia la posible aparición de criaturas con interior, como el hombre
creado a imagen y semejanza de nuestro Dios. Aun la hostia consagrada sólo se
convierte en huésped de la real presencia divina porque está destinada al
interior del hombre, no tiene otro sentido. Jesús no instituye la Eucaristía
con otro fin que el de esa nueva habitación de Dios en el hombre, en y por la
Encarnación divina. Sólo tiene sentido en relación con la interioridad del
hombre que quiere profundizar sin cesar para la edificación y la realización
plena del Cuerpo místico de Cristo llamado a hacer vivir en él todos los
hombres, como miembros de Ese Cuerpo. Es verdad que la creación entera está
marcada por el pecado original que afecta a todo hombre desde el primer
instante de su existencia, pero desde ese primer instante, por la gracia de
Cristo encarnado, el hombre está orientado hacia la conversión, quedando libre
de hacerla efectiva, y normalmente la recepción del bautismo y de los
sacramentos de iniciación cristiana consagran la conversión.