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Zundel

March 2009 - Posts

  • 31/03/09. Todo monasterio es un sacramento colectivo de silencio y de contemplación.

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    3ª parte de la 6ª conferencia de M. Zundel en La Rochette, en septiembre de 1963.

    "La Iglesia tiene necesidad del estado religioso, monástico o sacerdotal: lo necesita para la perfecta y armoniosa realización de su misión. Hay ciertas funciones eclesiales que concurren a la perfección del Cuerpo Místico, que sólo se pueden realizar juntos, con continuidad, con estabilidad, como lo preconiza la regla de san Benito y sin que la sucesión de generaciones interrumpa la obra indispensable. Precisamente, en razón del carácter comunitario de la obra indispensable al Cuerpo Místico, en razón de la continuidad que requiere, se reúnen almas que se sienten llamadas a esa función porque corresponde mejor a su objetivo y se les pide un compromiso de estabilidad que permita al Cuerpo Místico contar con su colaboración y estar seguro de que la función se cumpla. Un ejemplo concreto es el de la función monástica en los Estados Unidos.

    Recuerdo la conversación con el Abad de Getsemaní, el Abad Tomás Merton, que iba al Capítulo de los Cistercienses y decía que las vocaciones monásticas son tan numerosas en Estados Unidos que su abadía había tenido que extenderse ya cinco o seis veces. Actualmente ya contaba con 200 monjes y había que alojar a los novicios bajo tiendas. Están desbordando las personas que vienen a retiro. Hay habitualmente unas cincuenta que vienen a impregnarse de la soledad de Getsemaní.

    Vemos ahí funcionar en cierto modo uno de los engranajes del Cuerpo Místico cuya fecundidad se percibe de inmediato. En la vida agitada y súper-tensa (del mundo de hoy), hay esos jardines del silencio donde el alma puede desprenderse de la fiebre de los negocios, respirar la eternidad de su destino, beneficiar de un silencio que es silencio vivido.

    Recuerdo cuando era capellán de las benedictinas de la calle Monsieur (1) en París, tuve ocasión de constatar cómo ese monasterio, que desgraciadamente ya no existe en París, se inscribía en el medio parisino como una especie de necesidad providencial. En esa capilla, que por otra parte no tenía ninguna especie de belleza – era una de esas imitaciones seudo-góticas del siglo 19 – yo estaba estupefacto de ver afluir artistas, escritores, hombres de teatro, que acudían allá mientras que a dos pasos estaba la gran iglesia de san Francisco Javier. ¿Y por qué venían? ¿Qué buscaban en esa capilla donde nunca, o casi nunca había sermones, donde sólo se celebraba la liturgia? ¿Qué buscaban sino justamente el silencio como presencia viva, el silencio como de una Persona?

    Un centenar de monjes o de monjas viven ahí rigurosamente el silencio de la clausura y se comunican unos a otros la posibilidad de un recogimiento que nada venga a perturbar. Eso da evidentemente a la oración un marco, si me atrevo a decirlo, un marco de extradinario poder que explica la atracción de un monasterio ferviente, se ve cómo es necesariamente un hogar donde vienen a sumergirse almas particularmente ávidas de Dios.

    Isabel Rivière en persona me contó cómo, después de haber conocido la religión, como toda francesa de su clase, de una manera muy exterior, hastiada además de las misas muy solemnes de matrimonio o de entierro, había llegado un día a la calle Monsieur y que, ante esa liturgia tan despojada, sintió inmediatamente que ahí pasaba algo, más aún, ¡que ahí había Alguien! Se conmovió tanto que estalló en sollozos. Después de ese contacto con la liturgia se convirtió tan profundamente que arrastró a Jacques Rivière y pudo tener la certeza de que en el momento de su muerte él se arrojó en el regazo de Dios. Pudo también educar a sus dos hijos en un amor tan profundo por el Señor que los dos, el hijo y la hija, se hicieron benedictinos.

    Ahí ven, en función del ideal monástico, cómo el silencio, realizado no como consigna sino como la más profunda respiración del alma, irradia sobre el mundo entero. El mundo sería infinitamente más pobre si esos jardines de Dios no existieran y ahora son más necesarios que nunca. Más que nunca, el mundo está esperando sin saberlo, que la vida cristiana sea vivida con esa intensidad, al abrigo de la precipitación, de la fiebre, de la concurrencia vital, de la aventura psicológica que perjudica tantos cerebros y los lleva con tanta frecuencia al bordo de la locura.

    La Iglesia tiene pues necesidad esencial de esa función, de entregarse a una oración que ocupe toda la vida, que dé sentido a toda una Comunidad, desligando a sus miembros en cuanto posible, de las obligaciones materiales que limitarían el tiempo de la oración, que cortarían el aliento a esa respiración divina, restringirían la meditación a un tiempo ínfimo y entregarían las almas a la lucha por la vida que tiene grandeza y magnificencia, que es necesaria en su orden pero que no es compatible con la entrega a una alabanza ofrecida en nombre del mundo entero, por el mundo entero, y que atesora, acumula en particular el tesoro incomparable del silencio.

    Lo que podemos desear actualmente es un intercambio cada vez más intenso, como el que reina en Estados Unidos, entre los monasterios y la vida civil.

    Por otra parte, los monasterios salen ganando del contacto con todos los llamados del mundo, los cuales deben alimentar su oración, como todos los civiles salen ganando hundiéndose en la contemplación, llevándose reservas de silencio sacadas del sacramento colectivo que es un monasterio, porque ese es su verdadero nombre: todo monasterio, por el llamado de la Iglesia, por la consagración que recibe de ella, es un sacramento colectivo de silencio y de contemplación. Existe para los demás y no para sí mismo y, si los mojes y monjas son fieles a su vocación, lo será precisamente en la medida en que no estén ahí para buscar su propia perfección sino para realizar una función universal que se refiere al bienestar indispensable, la mejora indispensable, el mejor estado del Cuerpo Místico". (Continuará)

    Nota (1). Yo pasé un año de transición (1988-1989) como capellán auxiliar en esa misma comunidad, siempre muy numerosa, que había emigrado a Vauhallan, al sur de París. Había conservado todas las cualidades reconocidas por Zundel.

     

  • 30/03/09. La Eucaristía es el sacramento de lo que se realiza eternamente en el Dios Trino y que hace que Dios es Trinidad.

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    Continuación personal a propósito de la Eucaristía. (Bajo toda reserva)

    La Eucaristía es el sacramento del sacrificio de Jesucristo. Esa es la doctrina más tradicional de la Iglesia. Cristo ofrece este sacrificio durante toda su vida, pero más especialmente, más específicamente, en el momento de su Pasión, Muerte y Resurrección.

    En el Evangelio que la Iglesia nos propone el 5° domingo de Cuaresma (Juan 12, 23-30) pudimos prestar atención a que el momento del sacrificio de Jesús es el momento de su glorificación: "Ha llegado la hora de ser glorificado el Hijo del Hombre" (Jn. 12, 23). Es Jesús mismo el que lo dice, y es al mismo tiempo la hora de la glorificación del Padre: "¡Padre, glorifícate!" (v. 28). Eso quiere decir que es la hora de la glorificación de la verdad respecto del Dios Trinidad. Puesto que es la hora en que Jesús se ofrece de la manera más perfecta al Padre, eso significa que la verdad misma de Dios consiste en una eterna y perfecta ofrenda de sí mismo en la Trinidad. En la Trinidad, cada persona divina hace eternamente a las Demás una ofrenda de sí misma.

    En el mismo capítulo 12 igualmente Jesús dice: "El que se aferra a su vida la pierde, pero el que desprecia su vida en este mundo, la conserva para la vida eterna". Y eso a imagen del grano de trigo que debe podrir y morir en tierra para producir fruto. Puede que "perder la vida para guardarla para la vida eterna" corresponda también a "algo" infinitamente misterioso en la Trinidad divina. Se trataría del anonadamiento de cada persona divina en su identificación con el Otro para vivir eternamente la vida eterna.

    Por todo eso se pudo decir que la Eucaristía, sacramento de la perfecta ofrenda de Jesucristo, es también el sacrificio, y la revelación, de la perfecta y eterna ofrenda de sí misma que hace cada Persona divina en la Trinidad, y eso hasta el anonadamiento de sí misma. Lo revela la ofrenda perfecta del Hijo, en el momento "crucial" de Su paso al Padre.

    También puede introducirse en este sacramento, si podemos decir, el comportamiento del Padre en la historia del Universo, de la tierra y del hombre. Nos lo dice Jesús mismo en el Evangelio: "Mi Padre trabaja siempre, y yo también" (Juan 5, 17)… Y fue justo después de decir Jesús estas palabras cuando "los judíos trataban de hacerlo morir, pues no sólo violaba el reposo del sábado sino que también llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose así igual a Dios" (Juan 5, 18). Ahí está significada igualmente la semejanza de operación entre el Padre y el Hijo (Juan 5, 19).

    Se puede pues pensar que el trabajo del Padre no se hace así no más, sino que provoca al Padre un "sufrimiento" grande. Jesús mismo está perturbado porque "las cosas" no marchan tan bien como lo hubiera esperado, y en este momento ya está condenado a la Pasión y muerte. Pero la palabra sufrimiento no puede convenir porque, si en Dios existe sufrimiento, es evidente que eso no Lo disminuye en modo alguno ni Lo deteriora, como puede suceder en el hombre, sino al contrario, es lo que funda, de manera infinitamente misteriosa, la eterna y perfecta beatitud de cada persona en la Trinidad divina.

     

  • 29/03/09. Toda la historia de la creación interior de la Trinidad divina. Y comienzo de la 6ª conferencia.

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    Después de los pensamientos de ayer, podemos osar pensar que finalmente sólo es plenamente real y últimamente real la generación-gestación-nacimiento del Hijo por el Padre Y la procesión del Espíritu que brota inmediatamente de esa operación cuyo operador podemos considerar que es Él, al mismo tiempo que procede de ella.

    Y toda la historia de la creación puede ser vista como interior a esa generación-gestación-nacimiento, como haciendo parte de ella de manera no necesaria. Y el sacramento de la Eucaristía puede ser concebido, en última "verdad", como el sacramento de esa doble operación que se realiza eternamente en el Dios Trino y eternamente Lo construye. Podemos considerarlo como el sacramento del impulso eterno de cada Persona divina hacia la Otra, al mismo tiempo que sacramento del paso de Jesús al Padre, cuya dificultad infinita revela la eterna "dificultad", el eterno heroísmo, si se puede decir, de nuestro Dios para ser eternamente lo que es. (Bajo toda reserva. ¿A retomar?)

    (1) En el texto publicado ayer se puede cambiar la palabra "esfuerzo" por la palabra "impulso".

     

    1ª parte de la 6ª conferencia de M. Zundel a las oblatas de la obra de San Agustín en la abadía benedictina de la Rochette en septiembre 1963

    "Hay que considerar la vida religiosa desde el punto de vista de la vida de la Iglesia. ¿Qué sentido tiene la vida monástica? ¿Qué sentido tiene también la oblatura que nos une a la vida monástica?

    Tenemos a veces tendencia a oponer el sacerdocio, dedicado a una vida apostólica y la vida religiosa que estaría dedicada a la santificación personal. Eso no corresponde a una verdadera vida religiosa.

    En el siglo 19 se pudo constatar a veces este error de ver en la vida pública y oficialmente dedicada a Dios una manera de santificarse uno mismo y una prueba de la piedad y del grado de amor de Dios. Era corriente enrolar jovencitas en la vida religiosa diciéndoles que si eran generosas, si querían ir hasta el final del don de sí mismas no había otra solución que el convento. Y ciertamente un buen número de falsas vocaciones surgieron de esas palabras torpes que tendrían por consecuencia, tomándolas a la letra, que todo el mundo está obligado a entrar al convento, ya que tampoco se concibe que un cristiano ame a Dios a medias.

    Esta ambigüedad que se instaló en la visión cristiana y que implica igualmente a los sacerdotes y los religiosos, a saber que a cierto grado de amor de Dios corresponde necesariamente una vida exclusivamente religiosa en el sentido técnico de la palabra, o una vida sacerdotal. Parece evidente que no puede ser así, ya que el cristianismo no implica dos "ideales": no hay un ideal para los religiosos o los monjes o los sacerdotes, y otro para los seglares. Es absolutamente inconcebible ya que la perfección cristiana está estrictamente unida a la caridad.

    San Pablo nos lo dijo con una plenitud y una perfección incomparables: sólo la caridad es la forma y el corazón de las virtudes, tanto que, siguiendo la línea paulina, es necesario decir: el que tiene la caridad tiene todas las virtudes, y el que no la tiene no tiene ninguna, ninguna en el sentido que las virtudes perfectas son las que culminan en un estado de gracia incontestable.

    Está perfectamente claro que, si la caridad es el lazo de la perfección y la forma de todas las virtudes, no se concibe un alma que pueda estar exenta de la caridad ¡Es el corazón del Evangelio! ¡La única prueba, el único criterio que Nuestro Señor dio a sus discípulos para discernir la verdad de su adhesión es el amor! ¡Y el amor no puede amar a medias! No se concibe un amor a medias, que declare haber hecho lo suficiente, sin negarse a sí mismo.

    El cristianismo, en una palabra, no consiste en cierta técnica religiosa, en cierta forma de vida, sino únicamente, en la perfección de la caridad, en la plenitud del amor en todos los estados, para todos los hombres sin excepción. Así se pone inmediatamente fin a esa manera de reclutar vocaciones so color de impulsar las almas a la perfección (1).

    Al mismo tiempo se evita algo que no representa un peligro menor, es decir no sólo falsear la orientación de una vida y de una vocación, sino también despreciar todos los estados que no son el religioso o sacerdotal. ¡Y eso fue, por otra parte, lo que sucedió!

    En el mundo seglar en general, se llegó a pensar que si uno no era ni monje ni sacerdote, finalmente todo le estaba permitido. No había peligro a condición de pagar los diezmos para el culto y de dar a la colecta en la iglesia, y de disponer de la presencia de un sacerdote al fin de la vida. Es decir que los seglares en general se consideraban como dispensados de ser muy cuidadosos. No eran especialistas de la religión, ni especialistas de la perfección. Tenían solamente que pasarla bueno. En especial la juventud debía servir para hacer experiencias inevitables que eran perfectamente bien vistas pues no eran ni sacerdotes ni monjes.

    Se devaluó pues a la vez el sentido profundo de la vida religiosa y el sentido último de la vida cristiana viendo en la vida monástica, en la vida consagrada, una vida más perfecta finalmente que pone a la gente en un nivel de la escala necesariamente más alto que los demás, y condena a los seglares a un grado de virtud mediocre que les asegura desde luego un puesto en el paraíso, pero evidentemente a cierta distancia del Señor y de los que tuvieron la suerte suficiente de escoger la mejor parte.

    Es totalmente evidente que la perfección cristiana, la perfección del amor, se funda en la vocación bautismal, que todo cristiano está llamado a la plenitud del amor, y que el cristianismo barato es una invención absolutamente extraña al Evangelio. A todo cristiano se impone exactamente la misma perfección. Todo cristiano tiene la misma misión, ya lo hemos subrayado, pero en funciones diferentes.

    (1) Zundel ya no hablaría así hoy en 2009, aunque evidentemente algo queda de esa mentalidad de los años 60.

  • 28/03/09. Reflexiones sobre el sacramento de la Eucaristía.

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    Personal. En el Dios Trino la unidad perfecta y la perfecta beatitud de cada Persona es tanto conquistada como adquirida.

    En su humanidad, Cristo está presente a todo hombre que viene a este mundo, pero esa presencia no tiene ninguna eficacia mientras el hombre no haya comenzado a responderle por la ofrenda de sí mismo. Y el sacramento de la Eucaristía se ofrece al hombre para obtenerle la gracia, la fuerza, de dar la respuesta más perfecta posible. En la comunión recibimos el pan de la fortaleza.

    Se trata de que cuando se reciba el Cuerpo de Cristo, tendamos a imitar el modo de Su paso al Padre por la Pasión-Muerte-Resurrección-Ascensión-Sesión a la derecha del Padre, de lo cual es sacramento la Eucaristía. Nadie en la tierra lo imita de la misma manera que otra persona, y cada uno tendrá siempre una manera original de imitarlo, y para cada uno, esa manera no será la misma de un día a otro, ni inclusive de un instante al otro, y es por esa imitación de la ofrenda de Jesucristo que el hombre opera, en Iglesia, la unificación de la humanidad, y por eso se puede decir que Jesús instituye el sacramento para la unidad del género humano a imitación de las personas divinas en la Trinidad.

     

    (Bajo toda reserva) Porque podemos pensar que en la Trinidad, eternamente, la perfecta unidad de las personas divinas no la tienen eternamente "así no más", sin ningún "esfuerzo" de cada persona divina. Hay siempre justamente un esfuerzo, infinitamente misterioso, un esfuerzo de don perfecto de cada Persona a las Otras, esfuerzo con el que se identifica cada persona divina.

    En nuestro esfuerzo de ofrenda, que debe ser permanente, imitamos justamente ese "esfuerzo" eterno de la Trinidad divina que hace que en Dios, la unidad perfecta es conquistada tanto como vivida. Digo esto bajo toda reserva, es una suposición que me parece en perfecta armonía con todo el contenido de la fe cristiana en Jesucristo creador y redentor.

    Pero hay que observar que en el único instante de la eternidad divina el instante de ese esfuerzo es contemporáneo, si se puede decir, de la perfecta unidad perfecta y eternamente vivida por ser eterna y perfectamente conquistada. Una vez más lo digo bajo toda reserva, es una suposición que me parece en perfecta armonía con el contenido de la fe cristiana en Jesucristo creador y redentor, pero no hace parte del credo.

    ¿Podemos pues ver la Eucaristía como sacramento del don perfecto y eterno de cada persona divina a las demás en la Trinidad? Debería ser posible, precisando que el don infinitamente misterioso no se hace sin duda solo y que eternamente en el seno mismo de la Trinidad, puede vivirse algo semejante al heroísmo humano, e infinitamente más y mejor, que es fundamento de la eterna beatitud divina. Jesús que sufre, muere y resucita, podría verse viviendo entre nosotros los hombres, la perfecta imagen e imitación de ese eterno y misterioso don divino, y dejándonos su sacramento.

    Y como Dios crea y salva, al mismo tiempo que Él es, se puede pensar que es por parte de la criatura que le viene la posibilidad de un don cada vez  más perfecto y eternamente perfecto, de cada Persona divina a la Otra. Sabemos que, por lo que toca a la encarnación divina en Jesucristo, cada Persona divina está implicada tanto como el Hijo que es el único que se encarna. Cada persona divina está implicada según su personalidad: el que da es el Padre, el Espíritu el que opera, el Hijo el que se encarna.  (¿A retomar, a dejar?

  • 27/03/09. El sentido de la Eucaristía: vamos al encuentro con la Cruz y nos hacemos cuerpo y sangre de Cristo…

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    Final de la conferencia de M. Zundel sobre la Eucaristía, en San Mauricio, en 1953.

    La comunión tiene como sentido difundir el amor y la caridad de Cristo sobre el mundo que sólo puede vivir por Cristo. La Eucaristía es el foco central donde toda la humanidad entra en su corazón para enraizarse en Su Amor...

    "Es necesario que el Buen Dios esté en su corazón, que viva en nosotros, que nosotros seamos tabernáculos. ¿Para qué serviría que Jesús esté en tabernáculos de madera si no vivimos de Él? Los verdaderos tabernáculos somos nosotros.

    Para mí, el sentido de la Eucaristía es el de una acción como se realiza en la Misa, en la cual vamos al encuentro de la Cruz y nos hacemos cuerpo y sangre de Cristo, mucho más que el de una especie de exposición que hacemos del Santísimo Sacramento (1). La exposición del Santísimo sólo tiene sentido si es renovación del don de nosotros mismos que nos permite hacernos universales.

    Católico quiere decir: me doy a todos, soy deudor de todos, soy alguien a quien le pueden pedir la vida, porque yo soy la Iglesia. Mi corazón no tiene fronteras. Eso significa ser católico: mi corazón no tiene fronteras, y en mi corazón cada uno está en su casa.

    Cuando leen el periódico y ven accidentes, muertes, ¡todos los muertos son suyos! Todas las noticias del periódico son noticias de su familia. Cuando leen el Correo y se preguntan: "¿Tengo derecho de leer el periódico?", creo que tienen derecho, porque es el periódico de la familia humana, son noticias que ustedes están encargadas de llevar en el corazón, porque el mundo entero es familia suya.

    Todo eso es suyo, ¡de ustedes! Ustedes están encargadas de todo eso, y su comunión tiene por sentido difundir el amor y la caridad de Cristo sobre el mundo, el cual no puede vivir sin Cristo. La Eucaristía es el foco central donde toda la humanidad entra en su corazón para enraizarse en Su amor.

    Lo que sucede en la transustanciación es que el pan y el vino se convierten en una relación misteriosa con la presencia que ya estaba ahí, pero que no podemos percibir. Nuestro Señor es el sol de la humanidad, pero es un sol que ningún rostro puede ver.

    Hay pues en la Eucaristía un llamado, un grito de amor de la Iglesia al Señor y del Señor a su Iglesia, y ahí es donde la palabra Iglesia tiene realmente sentido, el sentido maravilloso de que la Iglesia, son ustedes.

    Ustedes recuerdan la mujer de que les hablé, que era una campesinita de Suiza alemana, muy inteligente, y que había perdido a sus papás siendo aún muy pequeña. No los había conocido y fue criada por religiosas en Suiza alemana, como sucedía entonces – hace más o menos un siglo (mediados del siglo 19) – cuando los pensionados eran prisiones, donde había más golpes que pasteles, donde el Buen Dios era un personaje sobre todo temido. La pequeñita había integrado al Buen Dios en cierto modo como los golpes que recibía y no Le tenía un amor extraordinario.

    Cuando salió del orfelinato la pusieron como aprendiz en una fábrica de sombreros, y la jovencita que era muy hermosa se encontró con un joven que la cortejó y le dijo: "¡Te quiero!" Ella no había escuchado jamás esas palabras porque nunca había conocido a su mamá. Y se arrojó sobre esa declaración como una promesa de felicidad, y se casó con el muchacho.

    En seguida se dio cuenta de que el muchacho con quien se había casado era un borrachín que tenía mal vino y la golpeaba. La joven que había dado todo su corazón a su hogar, que no sabía lo que era una casa, que había pensado: "¡Tendré un hogar, estaré en casa!", se dio cuenta de que su hogar eran insultos, golpes.

    En medio de ese drama comienza ella a volverse hacia Dios. Se da a Dios magnífica, totalmente, porque sólo le queda Dios. Su marido que no es tonto, comprende, comprende que su mujer ha encontrado en alguna parte un Rostro, ¡y tiene celos de ese Dios que se convierte en el centro y el todo para ella! No se lo puede quitar, pero se va a vengar impidiéndole conservar a su hijo. Va a impedirle a la mujer dar a su hijo el gusto del Dios que ella había encontrado, va a impedirle que le comunique el secreto de amor de que ella vive, querrá quitarle el único ser que ella hubiera podido ofrecer a Dios.

    Ella lo entrega a Dios en lo secreto de su corazón. Entra realmente en un silencio de hostia y no pide más nada. Su hogar es mantenido perfectamente, logra equilibrar el presupuesto trabajando por su lado, naturalmente.

    El muchacho crece, siempre fuera de la influencia materna, hasta los 30 años y más. Y naturalmente, ignorando el llamado que resonaba en su corazón, no hizo nada de su vida. No resistía a ninguna pasión, se entregaba a ellas sin control. Cuando no le quedaba nada, volvía donde su madre y ella pagaba las deudas de su hijo, lo vestía, y él volvía a su vida desordenada.

    Al final, después de más de 30 años de vivir así, regresa, tuberculoso. Ya ni los sanatorios lo aceptaban. Entonces tiene lugar el diálogo de que les hablé, el diálogo de esa mujer ante ese hijo condenado a muerte, el diálogo maravilloso en que ella pide a Dios una sola cosa: que él no muera sin una mirada hacia Dios. No pide nada para sí misma, sino que pide que esa vida no se acabe sin una mirada hacia Dios.

    Ella no dice nada. Vela sobre él día y noche en un silencio heroico. Y es entonces cuando el hijo encuentra un sacerdote que guarda el mismo silencio que su madre. Un día el hijo le cuenta toda su vida y le dice: "Es verdad, nunca tuve religión, pero ahora quiero tener la religión de mi madre". Y decía a su mamá: "Mamá, si me hubieras hablado de Dios, yo no me habría convertido. Pero como no me hablaste de Él, yo comprendí en ti, a través de ti".

    Había adivinado el rostro de Dios, el silencio de Dios, porque lo había sentido en el silencio de su madre, y esta mujer salvó a su hijo sin decir nada, simplemente porque ella era custodia de Jesús (2). Había pedido que su hijo muriera el día de la fiesta de Todos los Santos, y él murió ese día. Ella lo devolvió verdaderamente al Señor, sin pedir nada para sí misma.

    Esa mujer, que yo venero como santa, me hace pensar en la Madre Iglesia (2). ¡Ella no sabía, no conocía su grandeza, no veía qué grande, qué magnífica, qué heroica era!

    Su hijo tuvo la dicha de ver a Cristo transparentar en el rostro de su madre. Vio el rostro de Cristo en el rostro de su madre. Eso es lo que se nos propone: ser la Madre Iglesia.

    Ser la madre Iglesia no es creerse obligado a hablar de ella todo el día, es haber comulgado con esa presencia, ya que si comulgamos es para transformarnos en la presencia real, para ser nosotros mismos presencia real, porque ¡los verdaderos tabernáculos, los verdaderos copones somos nosotros! ¡Cada una de ustedes es el copón, la custodia y la Iglesia!

    Esa presencia que no hace ruido nunca, es la única presencia eficaz, es lo que los hombres están esperando, están esperando que seamos la Madre Iglesia y poder encontrar en nosotros el rostro del eterno amor, el rostro de Cristo que no puede darse a uno excluyendo a los demás.

    Siendo nosotros, ustedes, la Eucaristía, la definición de nuestra vida, de la suya, el programa de toda su vida, aquello ante lo cual todo es un medio, nuestra vocación es esa: ser la Madre Iglesia, ser Ágape, ser Amor" (2).

     

    Nota (1). Es ciertamente en esta mentalidad como los jesuitas instauraron en su Iglesia de la calle de Sèvres "la Misa que toma su tiempo", y que yo llamé "la Misa larga".

    Nota (2). Ser la Madre Iglesia significa ser para la Iglesia como esa santa mujer, esa santa madre para su hijo. Se trata de ser, por toda nuestra vida, por nuestra manera de amar tanto universalmente como en particular, lo que fue esa mamá para su hijo, la custodia de Dios.

    Otra nota: siguiendo la observación de un visitante del sitio, es bueno precisar que "Dios no está presente en todas partes": puesto que es puro interior, no puede estar presente sino donde hay interioridad, donde hay un interior, o bien donde hay una orientación hacia el interior (¡y ese es el caso de la creación entera!)

    De hecho, toda la historia de la evolución tiende hacia la posible aparición de criaturas con interior, como el hombre creado a imagen y semejanza de nuestro Dios. Aun la hostia consagrada sólo se convierte en huésped de la real presencia divina porque está destinada al interior del hombre, no tiene otro sentido. Jesús no instituye la Eucaristía con otro fin que el de esa nueva habitación de Dios en el hombre, en y por la Encarnación divina. Sólo tiene sentido en relación con la interioridad del hombre que quiere profundizar sin cesar para la edificación y la realización plena del Cuerpo místico de Cristo llamado a hacer vivir en él todos los hombres, como miembros de Ese Cuerpo. Es verdad que la creación entera está marcada por el pecado original que afecta a todo hombre desde el primer instante de su existencia, pero desde ese primer instante, por la gracia de Cristo encarnado, el hombre está orientado hacia la conversión, quedando libre de hacerla efectiva, y normalmente la recepción del bautismo y de los sacramentos de iniciación cristiana consagran la conversión.

     

  • 26/03/09. Su comunión es siempre comunión de toda la Iglesia, de toda la humanidad, de todo el Universo...

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    3ª parte de la conferencia sobre la Eucaristía pronunciada en San Mauricio en 1953. Peligro de un culto idolátrico de la Eucaristía. Toda comunión alcanza el mundo entero, si no, es pura magia que convierte a Jesús en ídolo.

    La Misa es siempre universal. Toda comunión tiene una amplitud universal. Toda comunión alcanza el mundo entero. En la Eucaristía está el foco del amor universal, la viva llama del amor.

    "La consagración, la Eucaristía es verdaderamente, en el sentido en que lo decía san Ignacio de Antioquía, el Amor. En el lenguaje de san Juan de la Cruz, es la viva llama de amor en que se encuentran el Corazón de Jesucristo y el corazón de la Iglesia. Esto es absolutamente capital porque la Eucaristía no es nunca algo privado.

    La Misa es siempre universal. Comulgar es abrirse infinitamente al amor de Cristo abriéndose sin límites a la humanidad, de suerte que toda comunión es luz para todos los hombres. La comunión tiene amplitud universal, alcanza el mundo entero, si no, es pura magia que convierte a Jesús en ídolo.

    Ustedes lo comprenden si imaginan que si ya no hubiera en la Iglesia, si eso fuera posible, ni una sola persona que amara, al menos una que no fuera total rechazo, blasfemia, odio. ¡Imaginen que la Misa se celebre en una humanidad donde ya nadie, ni siquiera el sacerdote celebrante, amara a Cristo: la Misa sería una blasfemia porque sería un intento para tocar a Cristo materialmente! Se lo reduciría a una especie de ídolo que obedece a una palabra mágica, cuando que la Eucaristía es tocar a Cristo con el corazón, abrirse a su amor. La Misa es legítima solamente si hay en alguna parte un corazón amante que Lo invoca. Por fortuna siempre habrá en la Iglesia al menos un alma que sea foco de todas las Misas que se celebran y que permita a esa presencia de brillar como foco de amor. Si ya no hubiera amor, la Misa sería una abominación.

    Además, de ahí se sigue, como dijo precisamente santo Tomás, que en la Eucaristía no hay presencia local, es decir, que en la Eucaristía no es posible tocar a Jesús con las manos. Lo que tocamos son las apariencias, lo que metemos a la boca son las especies de pan y vino.

    No tenemos contacto físico con Cristo, sólo tenemos con Él un contacto semejante al que tenemos con los amigos. Ese es el contacto que tenemos con Cristo, de suerte que al comer físicamente las especies nos alimentamos espiritualmente con la persona de Jesús (1).

    Por eso Santo Tomás afirmaba que es imposible ver a Cristo en la Eucaristía con los ojos de la carne, que todas las visiones que se han reunido alrededor de la Eucaristía son visiones y no apariciones objetivas de Jesús, porque si es verdad que la Eucaristía es el foco de la presencia real, no es una presencia que se pueda tocar con las manos (1).

    En la Eucaristía está pues el foco del amor universal, la viva llama de amor, en que el corazón de la Iglesia encuentra el Corazón de Jesús, a condición justamente de que nuestros corazones estén abiertos universalmente y que no reduzcamos a Cristo a un Diosito fabricado para uso personal, al cual podamos echarnos al bolsillo.

    La comunión es algo universal, y la manducación es un signo que representa otra manducación, una identificación misteriosa que se realiza en lo más profundo de nosotros, si estamos en armonía con la existencia universal de Jesús.

    La comunión de ustedes es siempre comunión de toda la Iglesia, de toda la humanidad, de todo el universo, y por eso pueden acercarse a la comunión aunque no tengan ningún sentimiento sensible, porque su comunión es comunión de la Iglesia entera.

    Es capital dar a la presencia eucarística toda su grandeza para no limitar esa presencia a una especie de idolatría.

    Cuando asistimos al Santo Sacrificio, es siempre para ensanchar nuestro corazón a las dimensiones del Corazón de Cristo y llevar en nosotros el amor de toda la humanidad, si no, Jesús sería un ídolo que llevamos en el bolsillo.

    Pero cuando llevamos la Eucaristía, no transportamos a Cristo. Al comer la hostia no comemos a Cristo. Todo eso es signo de algo que rebasa todas las palabras, se trata de una transformación de nosotros en Jesucristo en que todos los signos significan sólo una cosa: la caridad de Cristo que nos transforma en Él, para que nuestra vida sea caridad.

    Todo eso es infinitamente profundo, infinitamente puro y sigue siendo una exigencia universal. Si no tenemos ante la Eucaristía esa impresión de exigencia universal, entonces queremos como materializar, tocar a Cristo con las manos, y lo reducimos a un ídolo, cuando no podemos tocarlo sino con el corazón, y si el corazón se hace universal.

    Es imposible que alguien pueda hacer la menor objeción por dar a Cristo esa dimensión inmensa.

    La realidad de la presencia de Nuestro Señor es la realidad más formidable que exista, pero exige que crezcamos para alcanzarla y para que nuestro corazón se haga tan amplio como el Suyo.

    ¡Cuántas almas comulgan cada día y eso no tiene consecuencias! Pasan todo el día en comadreos, en cuentos, etc.… Se comulga todos los días, y eso no significa nada. Comulgar es entrar en la catolicidad, eso es capital. ¡Se trata de saber si somos idólatras o si estamos en la religión del espíritu! ¡Es idolatría echarse a Cristo al bolsillo! Es real si respondemos a las invitaciones de Cristo con un corazón a la dimensión Suya.

    Hay en la Eucaristía una exigencia inmensa, y cuando entramos en una iglesia y vemos la lamparita del sagrario que indica Su presencia, podemos decir: sí, es verdad, en la medida en que yo mismo soy presencia real a toda la Iglesia, a todo el universo". (Continuará)

     

    Nota (1). (Bajo toda reserva). Todo eso es difícil de entender. Creo que fueron sobre todo esas expresiones las que hicieron que las hermanas dudaron de la ortodoxia de Zundel. Se oponían a una manera de comprender la presencia real corriente en la Iglesia: se cree que al comulgar se recibe la carne misma del Señor y en realidad se recibe el cuerpo espiritual de Cristo resucitado (en armonía con su relación con la humanidad entera, si podemos decirlo). La presencia real eucarística es la presencia de un cuerpo espiritual que no se puede tocar con las manos, y "la manducación de ese cuerpo representa una identificación misteriosa que se realiza en lo más profundo de nosotros, si estamos en armonía con la exigencia universal de Jesús". Nos identificamos con el Amor inmolado del Señor para la salvación de la humanidad entera.

     

  • 25/03/09. La Eucaristía instituida para que estemos realmente presentes a la Humanidad de Cristo.

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    En la fiesta de la Anunciación. Lo esencial en la Eucaristía…

    En el momento de la consagración, como la Santísima Virgen, tenemos que identificarnos con el Amor inmolado… Entonces nos intercambiamos con Él.

    "La consagración consiste en ponernos en la línea de la catolicidad. Venimos al pie de la cruz, invocamos a Nuestro Señor y decimos en el momento de la consagración sobre el Cuerpo de Cristo lo que decía la Virgen cuando lo recibía en sus brazos: "Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre". Nos identificamos con el cuerpo crucificado, nos identificamos con el amor inmolado, y entonces Cristo puede llegar a nosotros, se identifica con nosotros, y dice también sobre nosotros: "Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre", y somos intercambiados con Él".

    2ª parte de la conferencia de San Mauricio, a religiosas de la obra de San Agustín, en 1953.

    "Observen bien esto: así como la Encarnación no significa que Dios bajó del cielo para venir a la tierra donde no estaba pues Dios estaba en el mundo, pero el mundo no lo conocía, así como la Encarnación significa una humanidad hecha infinitamente presente a Dios, el cual siempre estaba presente a la humanidad, así también la Eucaristía no quiere decir que Jesucristo Nuestro Señor se hace presente donde no estaba. Nuestro Señor siempre está presente a la humanidad y no sólo por su divinidad sino por su humanidad.

    Más aún: la humanidad de Nuestro Señor siempre está presente en cada uno de nosotros. Él es la luz que ilumina a todo hombre, toda gracia nos viene por su humanidad, por tanto la humanidad de Nuestro Señor no cesa nunca de estarnos presente, pero nosotros no estamos presentes a la humanidad de Nuestro Señor (y ya que no estamos presentes a la humanidad de Cristo, la consagración va a tener por efecto, no de hacérnosla presente, pues siempre lo está, sino de hacernos presentes a ella) (1).

    Por consiguiente, así como en la Encarnación de Jesús la humanidad se hizo presente a Dios que siempre estaba presente, así en el momento de la consagración, no es la humanidad de Jesús la que comienza a estar presente en la tierra donde no estaba presente, somos nosotros los que nos hacemos presentes a su humanidad.

    Eso quiere decir, en otras palabras, que aunque la humanidad de Nuestro Señor nos acompaña siempre como acompañaba en el camino a los discípulos de Emaús, aunque es verdad que Él es siempre interior a nosotros, también es verdad que nosotros no estamos en contacto con Cristo, que nuestros ojos están cerrados como los de los discípulos de Emaús. Él está presente, nosotros estamos ausentes. El misterio de la Eucaristía consiste en abrirnos a esa presencia y hacerla circular en nosotros.

    Si permiten, para hacer una comparación muy imperfecta y que habrá que olvidar en seguida, Nuestro Señor siempre está presente por su divinidad y su humanidad, como están presentes en esta capilla las ondas radiofónicas, sin que las estemos escuchando, con toda la música del mundo emitida por la radio: la consagración es como encender la radio, lo cual permite captar la presencia ya existente, pero con que no estábamos conectados.

    No se asombren: la intimidad el alma, la intimidad de un ser, como ustedes saben, no se puede coger con las manos. Si les dan la mano para sentir su amistad, ¿qué se siente en la mano? ¿Está la amistad en la punta de los dedos? ¿Es ahí donde reside su amistad? ¿Dónde está la amistad? ¿En la punta del brazo? ¿O en el fondo más íntimo del corazón de carne?

    Aunque el corazón de carne es el símbolo de su ternura, ustedes saben muy bien que la amistad no puede ser cogida con las manos y que su amistad está donde esté su persona, donde esté su misterio, el misterio que ustedes sólo descubren cuando están en el diálogo de luz y de amor con Dios. Su amistad sólo se puede captar con la amistad. La que las quiere verdaderamente con su propia intimidad, entra en contacto con su amistad, es pues necesario que su corazón esté abierto para escuchar el de ustedes, y así mismo nosotros sólo estamos en contacto con Nuestro Señor que es el amor, el amor universal, si nuestro corazón se abre y llega a ser un corazón sin fronteras, como el Corazón de Nuestro Señor.

    Y eso es justamente lo que comprendemos en la liturgia. La consagración consiste en ponernos en la línea de la catolicidad. Venimos al pie de la cruz, invocamos a Nuestro Señor y en el momento de la consagración decimos sobre el Cuerpo de Cristo lo que decía la Virgen cuando lo recibía en sus brazos: "Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre". Nos identificamos con el cuerpo crucificado, nos identificamos con el amor inmolado, y entonces Cristo puede llegar hasta nosotros, se identifica con nosotros y dice también sobre nosotros: "Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre", y somos intercambiados con Él.

    Lo esencial en la Eucaristía es esa apertura de la humanidad a Jesucristo en el misterio de la Iglesia, donde nadie está excluido, para que nuestro corazón no limite a Cristo, no haga de Él un ídolo.

    La Iglesia es nosotros con Jesús, somos nosotros hechos inmensos, universales, como Jesús, para llevar con Jesús y en Él toda la humanidad, todo el universo.

    No sé si me hago entender bien. La Eucaristía no es una especie de rito mágico que precipita a Jesús en la tierra. En el momento de la consagración surge el De profundis de la Iglesia que se ofrece a Él, que hace estallar todos los límites, que acepta llevar con Cristo toda la humanidad y todo el universo, identificándose con Él, diciendo: "Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre".

    Cristo está verdaderamente en medio de nosotros mientras estamos a su mesa y comulgamos con Él al comulgar los unos con los otros. Es absolutamente necesario considerar esta cadena de amor que se constituye alrededor de Jesús, toda la humanidad se hace presente a Cristo, el cual está eternamente presente, y, para llegar a Él, nos pide que no lo cojamos con las manos sino que lo tomemos por medio de la comunidad, en la comunidad, en nombre de la comunidad, con un corazón universal que hace que dándonos a Él, nos demos, en Él, al mundo entero". (Continuará)

     

    Nota (1): Esto no es fácil de entender, y se comprende que las hermanas no lo hayan entendido bien, al menos inmediatamente, como tampoco nosotros. Si entiendo bien, Zundel está aquí mucho más preocupado por nuestra presencia real a la humanidad de Cristo, mucho más que por la presencia real de Cristo a nosotros, la cual es permanente en todo hombre. Va casi hasta decir que la Eucaristía es el sacramento de la presencia real del hombre a la humanidad de Cristo, Humanidad que se hizo alimento del hombre, significando así que el hombre debe ir hasta recibirla en su interior, haciéndose así íntimamente presente a ella. Si la comunión, la manducación del cuerpo de Cristo, es el fin inmediato de la institución de la Eucaristía, comenzamos a comprender el pensamiento zundeliano según el cual la Eucaristía es ante todo el sacramento que opera la presencia real del hombre a la humanidad de Cristo.

    Nota: todo eso es difícil, imposible, de asimilar, simplemente leyéndolo, y al leerlo sin entenderlo bien, pienso en la necesidad de celebrar un día la "Misa larga" (o la Misa que toma todo su tiempo) (quizás hasta dos horas), durante la cual, lo más simplemente posible, volveremos a decir o a escuchar con frecuencia estas "cosas" propiamente místicas, con coros sencillos y repetidos indefinidamente…

    (El texto del 23/03/09 fue revisado con pequeñas correcciones, y con un complemento hecho por el Padre de Boissière, sobre la celebración de la Misa "que toma todo su tiempo", cuya existencia ignoraba yo hasta ahora. La nueva versión está ahora en el sitio).

     

  • 24/03/09. La causa esencial de la presencia real eucarística es ser la presencia comunitaria.

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    Conferencia sobre la Eucaristía, pronunciada en San Mauricio en 1953 a religiosas de San Agustín,

    Jesucristo ve y ama a cada uno, sólo en su relación con la humanidad entera.

    La causa esencial de la presencia real es la de ser presencia comunitaria.

    Eso quiere decir que si el Señor está realmente presente en la Eucaristía, lo está en cuanto que está presente a la comunidad de la humanidad entera. Y cuando recibimos a Cristo en la comunión, lo recibimos en su relación con la humanidad entera, la cual está pues en cierto modo presente en nosotros, y en ella la Iglesia entera. Y nosotros comulgamos por la Iglesia entera, y por la comunidad de todos los hombres.

    Comienzo de la conferencia.

    "San Ignacio de Antioquía, que vivía a comienzos del siglo segundo, escribió a la Iglesia de Roma, estando en camino hacia el martirio, e invitaba a la Iglesia de Roma, presidenta de la caridad, es decir la Iglesia que preside a la caridad: la Iglesia romana está en el centro del misterio de caridad que es la Iglesia, para Ignacio de Antioquía, la Iglesia es Ágape, la caridad.

    Es seguramente la más grande manera de designar a la Iglesia, llamarla la Caridad, el Amor, y lo que es magnífico, es que es precisamente un mártir el que la designa así yendo hacia el suplicio, en una carta en que pide a los romanos que no intervengan a favor suyo. Eso es lo conmovedor, ver que ese mártir es el que encontró esa apelación incomparable; la Iglesia es el Ágape, el Amor.

    Se daba también el nombre de Ágape al banquete de la comunidad cristiana que terminaba por la Eucaristía. En la 1ª a los corintios se menciona y parece que el uso duró cierto tiempo y que las comunidades se reunían primero para comer juntos, y que el último término del banquete era la Eucaristía, lo cual es muy natural, puesto que la Eucaristía es el banquete de la comunidad.

    Si encontramos la misma apelación para la Iglesia y para el banquete comunitario, es que hay una relación muy estrecha entre la Iglesia y la Eucaristía, que es en efecto la presencia comunitaria de Jesús.

    Es sumamente importante desarrollar este tema para marcar bien el lugar de la presencia real en el misterio de la Iglesia. Los católicos se aferraron a la realidad de la presencia real de Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento y materializaron esa presencia contra los protestantes que estaban contra la materialización y la redujeron a algo simbólico.

    Por amos lados se pedió de vista la causa esencial de la presencia real que es la de ser la presencia comunitaria. Eso quiere decir que Nuestro Señor no podía estar presente a la humanidad sino bajo forma de Iglesia. Eso quiere decir que Nuestro Señor es el segundo Adán, como dice san Pablo. Nuestro Señor en quien vuelve a comenzar y se recapitula toda la historia. Nuestro Señor, que está en el centro del universo, Nuestro Señor que reúne en su persona toda la creación para que el universo entero no sea sino una sola persona en su persona, no podía justamente dar como cita a la humanidad sino esta Iglesia que responde a las exigencias de la comunidad.

    Y es posible ya que Cristo es infinitamente abierto a los hombres como a Dios, porque ustedes saben que hay en el Evangelio esa doble apelación: Jesús es a la vez el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre, es decir que es el Hombre en un sentido único. No es Hombre como nosotros: para Él, ése es su nombre propio, Él es el que contiene toda la humanidad en su persona porque en Él la humanidad no tiene fronteras (es, pues, apto para unificarla).

    Por nuestra parte, nosotros somos un miembro ínfimo, un grano de polvo de la inmensa multitud. Al contrarío, Cristo es el que contiene toda la humanidad en su humanidad. No es un hombre, sino El Hombre, y por eso en Él, "Hombre" es un nombre propio.

    Ser hombre, para nosotros es ser un ejemplar entre los dos mil quinientos millones de hombres que viven actualmente (1968) en la tierra (¡en 2009, somos cerca de siete mil millones!) Nosotros somos un hombre, mientras Jesucristo es el Hombre. Él contiene en su persona toda la especie humana, toda la historia humana.

    Si es el Hombre con esa potencia única, es porque es abierto hacia Dios de manera única, es porque su yo es Dios (1). Nuestro Señor no es el hombre de un pueblo, de una época, de un tiempo, es el Hombre universal que lleva en su vida toda la humanidad, Él recapitula en su historia toda la historia, Él es el contrapeso de amor que equilibra todas las faltas humanas.

    Por eso Nuestro Señor sólo puede mirar a la humanidad entera a la vez y asumir en ella a todos los hombres, sin excluir a nadie. Y si queremos seguir a Jesucristo, si queremos ser sus discípulos, debemos entrar en la catolicidad de Jesucristo.

    Jesús es católico porque comprende toda la humanidad, y si nos hacemos discípulos suyos, si queremos ser lo que Él es, no podemos ir a Él sino abrazando con Él toda la humanidad, toda la historia y todo el universo. Si queremos absorber a Jesucristo en nuestra vida, si queremos reducir a Jesucristo a las relaciones que tenemos con Él, se vuelve un ídolo. El verdadero Cristo abierto a toda la humanidad, que lleva toda la historia, sólo podemos alcanzarlo si abrimos el corazón sin fronteras, sin límites, a toda la humanidad.

    La cita que Jesucristo nos da es ante todo una cita comunitaria, y ese es el sentido de la Eucaristía. Es una cita comunitaria, si quieren, Cristo dice a los hombres como a la Magdalena que quería tocarlo después de la resurrección: "No me toques, porque no puedes agarrarme. Si me quieres agarrar, tienes que pasar por lo universal y tienes que pasar por el misterio de la Iglesia, por la presencia comunitaria. Porque si quisieras agarrarme con las manos me reducirías a tu medida y harías de mí un ídolo. Si verdaderamente quieres abrazarme, tienes que abrazarme en mi apertura a toda la humanidad, entonces me abrazarás verdaderamente, cuando tu corazón esté abierto y dilatado como el mío". (Continuará)

     

    Nota (1) Y el fin de la encarnación divina, a nivel de cara hombre, es que su yo sea Dios también, que cuando diga "yo" sea el yo de Dios el que se exprese, que sea Dios mismo el que se exprese en y por él, y que entonces, obre a la unificación de la humanidad entera.

     

  • 23/03/09. El culto de la Eucaristía puede ser idolátrico.

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    Jesús no instituyó la Eucaristía para ofrecernos otro modo de su presencia real. Él está siempre realmente presente en todo hombre, en y por su humanidad. La instituyó para ser el medio de unificación del género humano, a imagen y semejanza de la unidad en la Trinidad divina. Su realización puede llevar mucho tiempo, pero la verdadera historia de la humanidad está orientada hacia esa unificación.

    Aquí vamos a intercalar, a partir de mañana, otra conferencia, de diez años antes de la que acabamos de poner en este sitio en los últimos días. Hace parte de un retiro predicado por M. Zundel a religiosas agustinas de San Mauricio, en Suiza.

    En la época, la superiora era una suiza alemana, sor Elisa. Fue ella quien mandó el texto, tomado en taquigrafía, al P. de Boissière, pero retirando esta conferencia sobre la Eucaristía porque dudaba de su ortodoxia.

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    Una francesa que le sucedió, sor Dominique, mandó a Bernardo la transcripción, y Bernardo supo después que Marc Donzé, especialista suizo de Zundel, tampoco estaba de acuerdo con Zundel sobre la doctrina que nos presenta aquí. Después de un diálogo con Bernardo se puso de acuerdo.

    Vemos pues la importancia de esta conferencia, justamente porque contiene una doctrina tan poco ordinaria en la Iglesia que aun teólogos titulados o superioras religiosas dudaron de su ortodoxia, hasta querer que nadie tomara conocimiento de ella. Era demasiado nueva para la época. Parece como cada vez más urgente presentar su verdad en la Iglesia contemporánea porque una comprensión demasiado primaria del misterio eucarístico puede ser una de las razones del alejamiento de la Iglesia de la juventud actual.

    ¿De qué se trata exactamente? Ciertamente, de la denunciación por Zundel de un posible culto idolátrico de la Eucaristía (y no sólo posible).

    Es muy grave, y todavía hoy perdura, aunque la adoración de la hostia en la Bendición con el Santísimo ya no tiene la misma importancia de entonces. Ya no la celebran casi en el día de hoy. Recordemos por ejemplo que en época reciente, en el colegio parisino de los jesuitas, todos los alumnos (en los años 1930-1940) debían ir al colegio el domingo por la mañana para asistir a la Misa y tener una hora de religión, y luego, antes de irse, asistir a la famosa Bendición.

    ¿Qué quiere decir eso de "un culto idolátrico" del Santísimo Sacramento? Es un culto en que se adora al Santísimo Sacramento como objeto (finalmente, al menos para los niños, un objeto revestido de algo mágico), como objeto exterior al hombre y que se supone que "contiene" a Dios mismo.

    Entonces se plantea la cuestión: ¿hubo, o hay todavía, en la Iglesia una manera de adorar el Santísimo Sacramento que sea un poco idolátrica? Es seguro que la presencia real, no sólo de Jesucristo sino de Dios mismo en el Santísimo Sacramento cogió una importancia capital en la Iglesia, y eso hasta nuestra época todavía. Zundel enseño siempre que Jesucristo en su misma Humanidad está siempre realmente presente en todo hombre: ¿qué puede entonces añadirnos la presencia real eucarística y cuál es su especificidad respecto de esa presencia universal? Es lo que se va a explicar en la conferencia a partir de mañana.

    Uno podría preguntarse cómo se pudo dar entonces, y con frecuencia también hoy, tanta importancia a la presencia real. No se trata absolutamente de negarla, y es necesario decirse que la Iglesia no posee la verdad sobre Dios y sobre Jesucristo, simplemente porque nadie la posee, ni siquiera Dios mismo, incapaz de la más mínima posesión en la Trinidad. No se trata de rechazar ahora esta creencia de siglos, sino más bien de ver que hay "cosas" en el campo religioso (y en muchos otros) que son verdaderas en una época y pueden parecer menos verdad en una época ulterior, ¡aunque sigan siéndolo! Lo importante, y es el caso de todos los dogmas cristianos, es la orientación hacia la verdad toda entera de nuestro Dios que es Trinidad, una verdad que jamás poseeremos, que no alcanzaremos jamás en plenitud, pero que nos colmará en la medida en que estemos bien orientados hacia ella. Esta orientación puede tomar caminos diferentes. Ya antes de la guerra, el Padre Pinard de la Boulaye decía en la cátedra de Nuestra Señora, que el dogma es una dirección de pensamiento.

    La mente, la inteligencia humana, evoluciona, se desarrolla a lo largo de los siglos, los centros de interés no son los mismos de una época a otra. En toda época hay desarrollo (ahora ya no se nos ocurre discutir sobre la predestinación), hay un desarrollo continuo del dogma y de la fe cristiana. Y se puede pensar que dentro de unas décadas la adoración del Santísimo habrá perdido su importancia, en favor, si se puede decir, de lo que yo llamaría "la Misa larga", Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} y que se llama "la Misa que toma su tiempo" (practicada hoy en la misa vespertina del domingo en la Iglesia de los jesuitas, calle de Sèvres), practicada ya desde muchos siglos en los ritos orientales. Además, a Zundel le gustaba celebrar la Misa, una larga Misa, en rito bizantino. Había recibido la autorización para ello, y dedicaba también con frecuencia a la Misa latina mucho más de media hora.

    Un cristiano ferviente, en vez de dedicar hora y media a la Misa y la adoración, podrá sin duda participar un día en una eucaristía larga que dure quizás lo mismo, o hasta dos horas o más. Una eucaristía durante la cual justamente el cristiano se acostumbre a una enseñanza cada vez más profunda, cada vez más profundizada, sobre la Eucaristía, entre otras la enseñanza de Zundel que además no inventó nada. La enseñanza, nueva y antigua, verá en la Eucaristía, y en el deseo de Jesús al instituirla, el medio por excelencia de realizar la unidad del género humano, a imagen y semejanza de la perfecta unidad divina en la Santísima Trinidad.

     

    (Bajo toda reserva)

    El mundo se sorprendió con las declaraciones de Benedicto 16 sobre la inevitable cuestión del preservativo. No entendieron que el Papa no podía decir otra cosa que lo dicho por su predecesor, porque es la única manera de orientar la humanidad contemporánea como tal hacia la plena verdad de Dios. Habríamos apreciado que añadiera dos precisiones.

    Primero, que la castidad perfecta (fuera del caso de Gandi, y quizás de otros no cristianos en India) no es viable sino cuando uno ha encontrado a Jesucristo y Lo sigue. Se necesita quizás una verdadera pasión por Jesús para ser totalmente fiel a la castidad cristiana. He dado como ejemplo el espléndido vitral que representa a Pedro y Andrés en impulso hacia el Señor cuando éste los invita a seguirlo: abandonan todo inmediatamente (1).

    Segundo, que hay actualmente en la tierra mil millones de hombres que viven bajo el nivel de pobreza, y que en esta situación es prácticamente imposible encontrar a Jesucristo bajo su verdadero rostro, y por lo mismo, ser auténticamente cristiano. Para ellos, que pueden ser considerados como no cristianos, el placer de la carne puede ser el único que pueden procurarse a poco precio, y no podemos juzgarlos ni condenarlos si se entregan a ese placer, y preservarse del sida por todos los medios puede serles benéfico, sin que aprobemos por tanto sin consideraciones el uso del preservativo.

     

    (1) Cf. "La Biblia en vitrales", editorial Brunnen Verlag, Basilea, 1991, página 86. Vitral creado por Gabriel Loire (s. XX), Lèves, Eura y Loira, Francia. Con este breve comentario: "Una escena llena de urgencia y acción. El abandono de la pesca, la vela desatada al fondo del barco y la mirada asombrada de los demás pescadores son los índices de la respuesta espontánea de los dos hermanos al llamado de Jesús".

                                                                                                  

  • 22/03/09. La ordenación al hombre que encontramos en la Eucaristía la encontramos en todos los sacramentos.

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    Final de la 5ª conferencia de La Rochette en septiembre 1963.

    "La ordenación al hombre, que reconocimos en la Eucaristía, se encuentra en todos los sacramentos.

    Somos bautizados para entrar en el Cuerpo místico, para hacernos, en el Cuerpo místico, foco de irradiación de la presencia divina, para no ser simplemente consumidores sino apóstoles, salvadores y creadores.

    Los dos sacramentos, bautismo y confirmación, no hacen sino uno. Nos confirman, como a los apóstoles en Pentecostés, para ser investidos de una misión universal. La confirmación es nuestro Pentecostés.

    Y pues tenemos la desgracia de enfriarnos, si no de separarnos del Señor, nos confesamos porque hemos abierto una brecha en la comunión de los Santos. Hemos hecho mal a los demás: ¡toda alma que se eleva, eleva el mundo, y toda alma que se rebaja, rebaja el mundo! Somos deudores no sólo para con Dios sino también para con los hombres, y en el tribunal de la Penitencia el sacerdote representa no solamente a Dios sino a los hombres, exactamente a la humanidad de Nuestro Señor que reúne a la vez toda la humanidad, y nos comunica personalmente la divinidad.

    Nos confesamos pues con la humanidad a través del sacerdote para ser absueltos por la humanidad como por la divinidad. Por eso, aunque podamos comulgar sin ninguna duda después de haber hecho un acto de contrición perfecta, siempre tenemos que confesarnos, si hemos cometido una falta decisiva, para reparar la brecha que hicimos a la comunión de los Santos, para ser absueltos por la humanidad, en ese gesto de sinceridad en que estamos presentes a ella tales como somos y no como parecemos.

    Igualmente la Unción de los enfermos debe llevarnos a hacer de la muerte una ofrenda de vida en y para la comunidad. No se trata de morir sino de vencer la muerte en el acto libre asumido para la salvación de todos.

    El matrimonio, como dice magníficamente san Pablo, es un sacramento que representa y realiza el misterio de la Iglesia. Tiene pues una función secreta, es una ordenación al Cuerpo místico explícitamente revelado como tal.

    La Ordenación sacerdotal, claro está, solidariza al sacerdote con el Cuerpo místico ya que es el sacramento de su unidad, y le corresponde reunir todos los hogares dispersos en pequeñas iglesias en la grande.

    Pero todo eso tiene su sentido en la Eucaristía. En síntesis, no hay sino un sacramento, el sacramento de los sacramentos que es la Eucaristía. Todos los demás se derivan de ella o preparan a ella. El sacramento de los sacramentos es por excelencia el sacramento del Ágape, de la caridad. "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios".

    ¿Podemos ir más lejos en la identificación del hombre con Dios y de Dios con el hombre? Es una oración del Jueves Santo y no podría estar mejor situada en el orden litúrgico que el Jueves Santo, y precisamente en el Mandamiento, en el Lavatorio de los pies. "Donde está la caridad y el amor, ahí está Dios". Eso es lo que significa la Eucaristía, y nada más.

    Ven que se debería vivir y celebrar la liturgia en este espíritu, y quizás reformarla en este espíritu.

    La liturgia bizantina – que yo aprecio particularmente además y la celebro con felicidad – fue sin duda alguna, calculada sobre la liturgia del Templo de Jerusalén. El iconostasio, la gran pared adornada de imágenes que separa el santuario de la nave, introduce al Santo de los Santos. Muchos usos litúrgicos son tomados de la liturgia del Templo. El maravilloso procesional de la misa bizantina es muy hermoso pero puede constituir también un peligro, puede convertirse en un espectáculo sorprendente, como en la Iglesia rusa de París. ¡Es un encanto! ¿pero es seguro que sea un culto cristiano? ¿No es análogo – en menos bien quizás – a los ballet rusos, o chinos?

    Es seguro que al amor le gusta expresar exteriormente el respeto por las distancias, distancia de generosidad que suscita en él el espacio donde acoge al ser amado. No se concibe el amor sin cortesía, sin tratamiento respetuoso. Jamás habrá demasiadas precauciones para acercarse al ser amado, claro está. Y bajo este aspecto se justifica todo ese procesional, pero no hay que vivirlo como un sacramento y permanecer intensamente unido a toda la humanidad y a todo el universo de que estamos encargados, si no, es mero teatro, y tan hermoso como pueda ser, no es lo que Jesús deseaba.

    Ese es pues el espíritu de la divina liturgia. En cuanto a nosotros, ya que no nos corresponde reformar nada, basta con que, de la mañana hasta la tarde y de la tarde a la mañana, seamos conscientes de la oración sobre la vida que es la única preparación a un encuentro auténtico con el Señor. Eso eliminará de nosotros la injusticia, la dureza de corazón, la insensibilidad a las desgracias del mundo, la aceptación de la violencia, de la guerra, la tortura, porque la Eucaristía nos parecerá como el sacramento que exige nuestra identificación con todos y cada uno.

    El sacramento de la Eucaristía nos pide que vivamos con los demás, cada uno en lo más íntimo de sí mismo, ¡como una madre perfecta podría hacerlo con su hijo único! No hay extranjeros para un cristiano, no existe muro de separación.

    Para un cristiano hay una comunión universal que es la comunión de los Santos, hay un solo cuerpo que es el Cuerpo místico del que nadie está excluido, y ese Cuerpo es el único que puede presentarse ante su Señor, porque el Señor mismo fue hasta la muerte de la Cruz por cada uno de los hombres, porque cada uno de ellos es para Él el centro del mundo, porque cada uno de los hombres puede hacer que la Creación comience de nuevo, porque cada uno es indispensable al equilibrio del universo.

    El gran poeta Rilke, tenía la intuición de que la mirada de un recién nacido introducía en el universo entero una perspectiva nueva. Esa mirada totalmente nueva suscitaba un mundo totalmente nuevo y parecía que la casa se iluminaba del sótano al zarzo con la aparición de esa nueva mirada. Allá quiere llevarnos Jesús, esa es la conciencia que desea despertar en nosotros para que comulguemos en el esplendor de vivir.

    ¿Qué es esa religión donde uno se repliega sobre sí mismo, donde uno se refugia en una capilla para darse buena conciencia, donde uno se inmuniza contra la miseria del mundo susurrando oraciones? Es una falsificación del Evangelio.

    El Evangelio es una misión, la Eucaristía la concretiza. El "Ite missa est" resuena como un llamado a la misión: "Podéis ir en misión!" ¡Somos siempre enviados, a todas partes, a todo, enviados a toda criatura, porque estamos encargados del Señor cuyo Corazón está iluminado y sólo podemos llegar a Él haciendo el corazón universal a medida del Suyo!

    Todo eso, como ven, se enraíza en la vida porque el Cielo es la vida transfigurada, la vida abierta a la presencia divina, la vida interiorizada en el Corazón de Dios, la vida como respuesta a la proposición eterna de amor, y porque el Cielo no está en ninguna otra parte sino en el diálogo nupcial, a través del velo en que, cara a cara, en el diálogo nupcial en que el hombre se hace "sí" al eterno "sí" que es Dios mismo.

    No tenemos que desertar la vida, salir de la tierra, desviarnos de la realidad visible, sino transformarla, para que la vida alcance toda su grandeza y toda su hermosura. ¿No encontró a Dios San Agustín como la Belleza siempre antigua y siempre nueva? ¿Cómo quieren que aparezca al hombre de la calle, si nuestra primera preocupación no es la de tomar a cargo toda la humanidad, concurrir a hacer aparecer el esplendor de vivir? (Fin de la conferencia)

     

  • 18/03/09. Las intenciones claras del Señor al instituir la Eucaristía, y el verdadero sentido de la misma.

    3ª parte de la 5ª conferencia de La Rochette en 1963.

    En la Eucaristía, Jesús quiso provocar el despegue de nosotros mismos (1) estableciendo toda la humanidad y todo el universo entre El y nosotros…

    Retoma: "La Eucaristía no se menciona en las últimas charlas de Jesús a sus apóstoles, ¿porqué desapareció? ¿Porqué ni siquiera la mencionan en ese punto? Porque está implícitamente contenida en el mandamiento nuevo, en la última consigna del Señor: "Amaos los unos a los otros" y en el lavatorio de los pies, porque es exactamente lo mismo".

    Continuación: "Para convencernos de ello (de que el mandamiento nuevo y el lavatorio de los pies son lo mismo), es necesario recordar las palabras trágicas de Jesús durante la misma charla (trágicas cuando vemos de qué manera va a partir): "Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Espíritu Santo no vendrá sobre vosotros". (El Espíritu Santo es justamente la interioridad que ellos no entendieron. Él se las va a dar).

    ¿Cómo no ver en esas palabras la confesión de un fracaso? (Jesús no triunfó, va a enviar a Otro que va a triunfar, interiorizando a los apóstoles). ¡Jesús no convirtió a nadie, ni la muchedumbre, ni las autoridades, ni a sus discípulos, ni siquiera al discípulo amado, que va dormirse como los demás dentro de poco en el Huerto de la Agonía! No convirtió a nadie. Y el llamado supremo que dirige a sus discípulos en el lavatorio de los pies quedará sin eco. ¡No entienden que el Reino de Dios está dentro de ellos, no comprenden que Jesús está de rodillas ante ellos para hacer germinar el Reino, tampoco entienden que es para quitar la piedra de nuestros corazones por lo que Jesús muere en la Cruz! ¡La última pregunta que le harán es cuándo va a restablecer el reino de Israel! ¡No entendieron nada!

    Su humanidad es pues un tercero (una persona exterior a ellos y exteriorizante), tiene que desaparecer. Sólo en lo invisible, en el fuego de Pentecostés encontrarán a su Maestro como una presencia interior a ellos, entonces ya no lo verán delante de ellos sino adentro, y en ese momento Lo reconocerán. ¿Podemos entonces imaginar que Nuestro Señor nos dio la Eucaristía para que refabriquemos un culto idolátrico, para que podamos tenerlo ahí, al alcance de la mano, (un culto exterior y exteriorizante), encerrándolo en una caja para que sea bien de nosotros? ¿Se puede concebir un materialismo así de parte del Señor? ¿Se puede imaginar que haya privado a los apóstoles de su presencia visible para restituirnos en la hostia un foco de idolatría, como si se pudiera disponer de Dios como de un objeto? Es absolutamente imposible, es lo contrario del verdadero sentido de la Eucaristía.

    Lo que Nuestro Señor quiso era establecer entre Él y nosotros toda la distancia de la fe, toda la distancia del amor, exactamente toda la distancia que mide la separación entre el yo biológico y el yo oblativo. Porque no podemos llegar a Él sino a través del yo oblativo, no estamos en contacto con Él sino en la medida en que nos despegamos de nosotros mismos, y es justamente ese despegue lo que quiso provocar en la Eucaristía, poniendo entre Él nosotros toda la humanidad y todo el universo.

    Para venir a mí, nos dice Cristo, para encontrarme realmente, para no encontrar una caricatura y un ídolo, para no recomenzar la ilusión mortal de los apóstoles, tendrán que asumir toda la humanidad y todo el universo, al menos en la intención, es decir con todas las energías de que disponen en este momento mismo: cuando hayan formado juntos mi Cuerpo místico, cuando todos estén reunidos alrededor de mi mesa, entonces será el momento de llamarme y no hesitaré para responder.

    Es claro que esas son las intenciones del Señor, y por eso la Eucaristía no necesita ser nombrada en las últimas charlas que reporta San Juan, porque está implícitamente contenida en el mandamiento nuevo, en la consigna suprema y en el lavatorio de los pies: como siempre, en la Eucaristía, nuestro Señor nos orienta hacia el hombre.

    ¡Jesús conoce todas las imposturas que se pueden poner bajo el nombre de Dios, ya que va a ser víctima de ellas! Lo van a matar en el nombre de Dios, lo van a crucificar, ¡en el nombre de Dios van a declarar que su presencia es un peligro público y que es necesario eliminarlo para que el pueblo sea salvo! Es el sumo sacerdote – profeta por ser sumo sacerdote ese año – el que hará esa declaración. Nada es más oficial, nada es más religioso que esa sentencia de condenación: ¿cómo puede ser ejecutada, pensada y concebida en el nombre del verdadero Dios? ¡Es imposible! Es claro que se trata de un falso dios, a imagen del que pronuncia el juicio. Jesús sabía que los falsos dioses pululan bajo apariencia del verdadero y que sólo la caridad que nos orienta hacia el hombre puede sanarnos de la idolatría". (Continuará)

     

    Nota (1): Cuando hablamos de un alma grande, sentimos en seguida que se trata de una disposición de la persona en cuestión, debido a su herencia, a su naturaleza. Cuando se pide al Señor un espíritu generoso, se comprende en seguida que se trata de una gracia y que eso no está inscrito en la herencia, sino que se trata de algo que está por encima de la naturaleza. Se puede ver en estas expresiones la diferencia entre el alma y el espíritu. La Eucaristía concierne el espíritu mucho más que el alma, pues el despegue de nosotros mismos no nos es natural.

     

  • 21/03/09. Un esfuerzo (¿más o menos exitoso?) por desmaterializar la manera de percibir la Eucaristía como objeto.

    6ª parte de la 5ª conferencia de La Rochette en septiembre 1963.... La humanidad de Cristo es quizás un largo de onda. La doctrina más clásica nos impide absolutamente ver en la Eucaristía una presencia local."¿Podemos ahora considerar el acontecimiento en que la Presencia del Señor se realiza efectivamente en el curso de la liturgia? Quisiera permitirme aquí presentarles unas reflexiones, con temblor porque ese tema desafía el lenguaje. Estas reflexiones no las comprometen a nada, son simplemente un tema de reflexión, si las quieren aceptar como tal.¿Podemos comprender, si me atrevo a decir, el milagro de la transustanciación, para utilizar las palabras tradicionales? Creo que podemos de cierto modo hacernos una imagen a partir de una experiencia que les parecerá lejana, la de nuestra voz. Ustedes tienen una voz, y esa voz es única. Todos los que las conocen la reconocen. Si hablan por teléfono con alguien que es familiar para ustedes, la persona reconoce su voz. Si hablan por la radio o la televisión, reconocen su voz. Si está grabada en una cinta magnética, reconocen su voz. ¿Qué es lo que hace que su voz sea su voz? Cierta cifra inscrita en su laringe, es decir que su laringe es apta para ciertas vibraciones que ponen en movimiento el aire ambiente imprimiéndole ciertos ritmos, con ciertas armónicas, y esa cifra inscrita en su laringe le da a su voz el poder que tiene (la laringe) de determinar ritmos que constituyen la personalidad de su voz que es única.Hay algo análogo en todo el cuerpo. La naturaleza humana es un número, del que el número inscrito en la laringe es sólo una resonancia. Lo que constituye nuestro cuerpo es ese número. Lo comprenden sin dificultad si consideran la identidad sorprendente entre el embrión en el seno materno y el anciano que presenta un aspecto bien diferente. El número inscrito en el rostro del anciano está inscrito ya desde la concepción del embrión. El mismo cuerpo va a conservar su identidad porque estará siempre bajo la influencia del mismo número, o si prefieren, del mismo largo de onda.Eso hace pensar que hay que considerar el cuerpo en su esencia únicamente bajo este aspecto, como un largo de onda. Sabemos que los cosmonautas no pueden realizar sus viajes alrededor de la tierra sino llevando en su cabina las condiciones terrestres, especialmente el oxígeno y la alimentación. De cierto modo, deben familiarizarse ya con la ausencia de gravedad que los asecha en el momento en que saldrán de la atmósfera terrestre: eso quiere decir que el cuerpo, en su estado actual, no puede vivir fuera de la tierra ya que está adaptado a las condiciones terrestres. Pero eso no quiere decir que no sea adaptable a otras condiciones.Puede que si un día coloniza otros planetas pueda respirar otro gas que el oxígeno, puede que no necesite alimentarse, puede además que aun en la tierra se llegue a alimentarse de elementos infinitesimales provenientes directamente de la energía atómica, lo cual nos dispensaría de las comidas laboriosas, de la cocina agotadora y también de la digestión aún más laboriosa. Entonces, puede que el estómago desaparezca, que las funciones digestivas sean abolidas, ¡y así sucesivamente! Pero todavía tendríamos cuerpo, es decir una posibilidad de manifestarnos en el mundo visible.Noten que los cambios que imagino en el cuerpo humano como adaptación a un nuevo hábitat no son más sensacionales que el que se produce cuando pasamos del embrión al anciano. La permanencia del cuerpo puede ser asegurada a condición de que permanezca el largo de onda que define nuestro ritmo singular, nuestro ritmo único e irremplazable, nuestra música fundamental. Es lo que me hace pensar que a la muerte, el cuerpo no muere.El cadáver – esto además está sólidamente establecido – no es el cuerpo. El cadáver representa simplemente el cordón umbilical, o la placenta, que nos ataba a la tierra mientras dependíamos de ella para la alimentación, la respiración y la subsistencia. Al morir, se rompen los lazos con el hábitat terrestre, pero nada impide que el número, el largo de onda que constituye la esencia del cuerpo, perdure, y yo creo que perdura. Es una visión personal. Creo que el cuerpo en su esencia no muere y que más allá del velo, se recompone en una vida que ya no debe nada a las condiciones del hábitat terrestre.Es muy sorprendente que, en sus apariciones después de la resurrección, aunque Nuestro Señor puede manifestarse visiblemente a los apóstoles, no está limitado por las condiciones terrestres. Entra estando las puertas cerradas, desaparece, los discípulos lo toman regularmente por un fantasma antes de identificarlo en Su persona.En este contexto, no pienso que los que salen de nuestro hábitat se alejen. Pienso que siguen con nosotros, que están exentos de toda localización, y que, simplemente, nosotros no somos capaces de verlos porque nuestros ojos no están en armonía con el largo de onda que se manifiesta habitualmente a través de la cubierta burdamente carnal que depende de las condiciones terrestres.Todo eso para decir que la humanidad de Nuestro Señor, en su esencia, puede ser también un largo de onda. Tratándose de Cristo resucitado, ese largo de onda puede manifestarse en nuestro universo pero no depende de él en modo alguno.Podemos decirlo con mil precauciones, pero quizás se podría pensar que, en el momento en que resuena el llamado del Cuerpo místico, único que puede llamar a su Cabeza, en el momento en que resuena el llamado del Cuerpo místico, es decir en el momento de la Consagración, ese largo de onda pone a vibrar las especies eucarísticas, como nuestra voz – perdonen esta burda comparación – pone a vibrar los mil micrófonos que transmiten su Presencia. Es una imagen y ustedes hacen con ella lo que quieran. Échenla a la basura si no les conviene. Esta imagen me parece tener cierta verosimilitud. En todo caso desmaterializa la manera de percibir la Eucaristía como objeto, ya que, una vez más, la doctrina más clásica nos impide absolutamente ver en la Eucaristía una presencia local.Cristo no está en la hostia como un reloj en un estuche, o como el agua en la fuente, o como nosotros en este recinto. Lo está realmente, pero de manera diferente". (Continuará) 

     

  • 20/03/09. La Eucaristía, sacramento de la Presencia real de Nuestro Señor.

    5ª parte de la 5ª conferencia de La Rochette en septiembre 1963.Comulgar es constituir el Cuerpo de Cristo, el Cuerpo místico, es asumir toda la humanidad y todo el Universo. La presencia real no es una presencia local."¡La hostia en el tabernáculo como objeto es ineficaz, tan ineficaz como la Presencia del Verbo que luce en las tinieblas y que las tinieblas no acogen!¡Es absolutamente inútil erigir una iglesia so pretexto de que se va a poner ahí el Santísimo Sacramento si nadie quiere! Si la presencia no es concebida como una presencia comunitaria en la Iglesia, por la Iglesia y para ella, es decir en la humanidad, por la humanidad y para ella. Si la presencia no se concibe como presencia comunitaria que nos quiere fraternalmente unidos, estamos completamente fuera de las perspectivas del Evangelio.Se ha instalado todo un materialismo alrededor de la hostia, precisamente porque se ha perdido de vista la exigencia fundamental.¡Recuerdo aquella institutriz, angelical por otra parte y de muy buena fe, que decía gravemente a los niños que catequizaba que no debían tocar la hostia con los dientes y que sólo el sacerdote tenía derecho a masticarla! Es triste llegar a semejante casuística – con las mejores intenciones – en que la hostia se convierte en objeto, en que se pierde de vista que comulgar es constituir el Cuerpo de Cristo, el Cuerpo místico, es asumir toda la humanidad y todo el universo.Se pierde así de vista igualmente que según la doctrina más clásica, la presencia real no es presencia local, no es presencia físicamente accesible, no puede ser alcanzada por ningún instrumento, inclusive sacrílego, no puede aparecer, ni siquiera por milagro, como lo dice formalmente Santo Tomás de Aquino, porque Jesús no está presente a la manera de un objeto. A través de la hostia, sí, realmente, más realmente de lo que estamos aquí nosotros, Jesús se comunica a nosotros, a condición de que nosotros estemos en estado de comunicación con todos los hermanos humanos y con toda la Creación.Por eso debemos acercarnos al Santísimo Sacramento purificando el lenguaje en cuanto sea posible. No diremos que "la hostia es Jesús", sin hacer referencia al sacramento. Digamos que es el sacramento de la Presencia real de Nuestro Señor (1), no es exactamente lo mismo porque todas las operaciones físicas, ingestión, digestión, división, fracción del pan, transporte, todo eso se refiere a las especies y en modo alguno a la Persona del Señor. Seamos prudentes como lo es el dogma mismo, porque el dogma es justamente definido con esa precisión de amor que evita todo materialismo para prevenir toda materialización. No hay que acercarse nunca al Santísimo Sacramento sin un pensamiento comunitario.Hemos quizás exagerado el culto del Santísimo Sacramento fuera de la liturgia, culto que no es corriente en las Iglesias de Oriente. Los coptos no conservan el Santísimo Sacramento. Les llevan la comunión a los enfermos durante una celebración. Si no me equivoco, los griegos conservan el Santísimo Sacramento pero en secreto, y no hacen culto de ello. El culto eucarístico se despliega en la acción litúrgica, justamente durante la acción en que la Iglesia está efectivamente reunida alrededor del altar.La lógica occidental, la terrible lógica de los legistas romanos, fue casi mecánicamente hasta las últimas consecuencias de la afirmación de la presencia real. Eso hizo que en el siglo 19, la visita al Santísimo tomaba infinitamente más importancia que la misa misma. Todavía se ve, o al menos se veía en Italia hace algunos años, esas visitas solemnes con cantores designados, mientras se podía faltar a la misa sin escrúpulos.Pero, ya que la liturgia romana es más o menos la nuestra (1), aceptemos el culto del Santísimo Sacramento fuera de la liturgia pero siempre para prolongar así la liturgia, siempre con ese pensamiento comunitario, y llevando en el corazón toda la humanidad y todo el universo. Así sí, dándole este significado – y es el único que puede tener – la presencia real puede ser, a toda hora del día y de la noche, el fermento de la desapropiación que debe hacernos totalmente disponibles a la humanidad para ofrecernos como espacio ilimitado a la invasión de la presencia divina.La preparación a la comunión y la acción de gracias no pueden ser entonces sino oración sobre la vida, oración sobre el hombre, oración sobre el prójimo, y sólo exclusivamente poniéndonos a su servicio en el lavatorio de los pies, nos preparamos a recibir la presencia del Señor, nos abrimos a ella y correspondemos a Sus intenciones". (Continuará) Nota (1). Es el sacramento de la ofrenda perfecta y real de Cristo. Según la doctrina más tradicional, la Eucaristía es el sacramento del sacrificio de Jesucristo. 
  • 19/03/09. ... Lo vieron al exterior como estaba dentro de ellos.

    4ª parte de la 5ª conferencia de La Rochette en septiembre 1963.El sentido de la Eucaristía. La proximidad insuperable de la Humanidad de Nuestro Señor con nosotros. En qué consiste la Misa.Es a través de la santa humanidad de Nuestro Señor Jesucristo como se  nos comunica toda la gracia."El hombre tiene necesidades reales. Para adaptarse a todos y a cada uno, hay que despegar de sí mismo, hay que realizar el nuevo nacimiento, hay que pasar del exterior al interior, hay que superarse a sí mismo realmente y estar siempre disponible al Amor de Dios que no está jamás ausente.Cuando digo: "El Señor responderá a la comunidad reunida", a la comunidad que en San Ignacio de Antioquía tiene el nombre de Agape, es decir, de Amor, "El Señor responderá" es una manera más de hablar. El Señor responde siempre, ¡Él está siempre ahí, somos nosotros los que no estamos! La Humanidad de Jesús está siempre con nosotros. Más aún: está siempre en nosotros, porque es a través de la Santa Humanidad de Nuestro Señor como se nos comunica toda gracia, y como la gracia es lo más íntimo que tenemos, ya que la gracia es la que suscita nuestra intimidad liberada, no hay duda de que la Humanidad de Nuestro Señor está con nosotros en una intimidad insuperable.¡Jesús es siempre el compañero de Emaús que camina con nosotros y que no se ausenta jamás! Somos nosotros los que no lo vemos. Cómo no recordar aquí el comentario genial de San Gregorio Magno a propósito de los discípulos de Emaús, ese comentario tan conciso, tan luminoso, que nos da el sentido de lo que puede ser una revelación auténtica.Para explicar el hecho de que los discípulos de Emaús no reconocen a Jesús, San Gregorio dice esta frasecita: "Lo vieron al exterior como estaba dentro de ellos". Su fe estaba vacilante, sin embargo Lo amaban, tenían nostalgia de Él, se lamentaban por otra parte del sesgo que habían tomado los acontecimientos: "Ya van tres días desde que eso sucedió, ¡hace tres días que murió! Es verdad que unas mujeres nos dijeron que… pero ¿qué crédito se les puede dar a esos cuentos de mujeres?"Así van. Su fe es incierta, es ambigua, y por eso su mirada no puede discernir claramente la presencia del Señor. Lo ven al exterior como está en su interior: es lo que siempre han hecho los hombres: han puesto a Dios todos los límites porque Lo han visto al exterior como estaba dentro de ellos, es decir que Lo creyeron tal en Sí mismo como se lo fabricaban dentro de ellos mismos.Nuestro Señor no nos va a permitir esta falsa identificación. Nos va a pedir, para acercarnos a Él, es decir, para entrar en contacto real con su presencia que no falta jamás, nos va a pedir que hagamos de nosotros una presencia real, una presencia universal, una presencia católica, sin fronteras, una presencia donde todo hombre se sienta acogido y donde todo el universo pueda comenzar de nuevo. Ese es el sentido de la Eucaristía.Ese es el sentido de la Eucaristía: no podréis venir a mí sino juntos, no estaréis habilitados para invocarme si no formáis ya más que un solo Cuerpo, mi Cuerpo Místico que es el único que comunica con su Cabeza, que soy yo. Las palabras de la consagración brotan pues del fondo del Cuerpo místico.¡No hay liturgia que no suponga toda la humanidad reunida alrededor de la mesa del Señor! Es necesario que haya en el mundo al menos un alma que lleve ese peso de amor, que sea arras de ese llamado: si no hubiera ya en el mundo una sola alma que llevara ese peso de amor, una sola alma en estado de gracia, en estado de comunión universal, toda misa sería inmediatamente sacrílega e imposible. Porque la misa no es un rito mágico que opera sobre un objeto, sino una ecuación de luz y de amor entre la comunidad y su cabeza, entre la comunidad y su Jefe, entre la Comunidad y su Señor.No hay pues liturgias ni comuniones privadas. Eso no tiene sentido. No se comulga jamás para sí mismo, sino con los demás y para los demás, participamos en la liturgia con los demás y para los demás.Si hubiera un solo ser en el mundo, podría estar en comunión singular con la divinidad, pero no estamos solos, nuestra humanidad está en simbiosis con todos los individuos de nuestra especie. Para Dios, cada uno representa la misma grandeza, cada uno ha sido conquistado por la misma inmolación, cada uno beneficia de la misma redención, cada uno es pesado con la misma Sangre de Jesús, cada uno en fin debe realizar en sí mismo el reino de Dios, y el reino de Dios no es otra cosa que la respiración universal de la Presencia divina que circula de unos a otros como la Vida de nuestra vida.No se trata pues de esperar que tengamos deseos de comulgar, que estemos en estado de fervor sensible. No se trata de eso, sino de saber que tenemos que reunir todo el universo alrededor de la Mesa del Señor para que su Presencia sea realidad a través de la realidad de nuestra presencia". (Continuará) 

     

  • 17/03/09. Hay que re-situar la Eucaristía en la perspectiva evangélica.

    2a parte de la 5a conferencia de La Rochette, en 1963.Cierto materialismo religioso, el peor de todos, puede establecerse trágicamente alrededor de la Eucaristía.Retoma: "Hay una religión aparente que no supone ningún compromiso profundo. Basta con ser correcto, con observar las reglas de cortesía, no dar lugar a ningún escándalo, y uno puede seguir satisfecho utilizando ampliamente los bienes de este mundo con la seguridad tranquila de gozar también de los bienes eternos. Eso es extremadamente grave y podemos preguntarnos hasta qué punto no llegamos, a propósito de la Eucaristía, a una confusión tan radical sobre la esencia misma del mensaje de Jesús."Continuación: "Para simbolizar y concretizar esta reflexión, puedo citar religiosas dedicadas a obras de propaganda, en especial a obras de prensa, que edifican una hermosa capilla, con ornamentos suntuosos y que, después de 21 años de servicio, echan una empleada que había sido una bendición permanente para la casa. Dejan partir, después de veinte años, la empleada que había creado, puede decirse, la difusión de sus libros, que dio lo mejor de su vida, y sin ninguna gratificación, porque pidió un aumento de sueldo, que le era indispensable para atender a las necesidades de su mamá, totalmente a su cargo. Las mismas religiosas hesitan ante el problema de pensión por dar a las empleadas que quedan con lo mínimo, que no tienen nunca seguridad de ser protegidas en la vejez contra las primeras necesidades, mientras la religiosa cuyo voto de pobreza se convierte en seguro contra todo riesgo, tiene aseguradas sus vacaciones, los cuidados en sus enfermedades, ser asistida con atención en su vejez: ¿Qué representa entonces el Santísimo Sacramento? ¿Qué significa la capilla? ¿Con qué riman los ornamentos suntuosos? ¡Yo afirmo que eso es un robo, un crimen y un asesinato, porque todo eso lo sacan del salario de los pobres! Y si la divina presencia no despierta al menos el sentido de la justicia, vamos hacia la negación misma del Evangelio. (1)Es seguro que una especie de materialismo religioso es el peor de todos los materialismos, y que cierto materialismo puede establecerse trágicamente alrededor de  la Eucaristía: ¡tenemos la presencia real, la tenemos, estamos asegurados! ¡Tenemos un estandarte, un pararrayos celeste por encima de la casa, podemos dormir tranquilos! ¡Dios está ahí, en su cajita y lo tenemos continuamente a nuestra disposición!Confieso que esas imágenes me horrorizan. Me parece que eso es verdaderamente una degradación del Evangelio, que estamos en pleno faraonismo, en una religión sin compromiso que no provoca nada especial en la vida.Vemos en el sur de Italia a millonarios católicos, saciados hasta reventar, con hijos completamente desganados porque han recibido tantas cosas que ya no se sabe qué darles. ¡Ya no le interesa nada porque están saturados de juguetes y de comida! Mientras tanto, los campesinos de Sicilia comen hierba como los animales y son explotados de manera escandalosa e infame por los trustes que les impiden ganar su pan. ¿Cómo quieren que el comunismo no prospere en esas regiones? Nada más natural. Es una situación tan intolerable que si la religión parece cómplice, no puede sino ser vomitada por todos los que son víctimas de ese sistema abominable. Pudo haber un error radical sobe la Eucaristía.Nos felicitamos de que los niños sean admitidos a la comunión, de que la comunión diaria se haya hecho tradición cada vez más general: ¿nos hemos inquietado por el valor de esas comuniones? ¿Qué efectos tienen? ¿Qué cambios producen? Veo esa jovencita bien educada en su pensionado distinguido, que comulgaba todos los días con sinceridad y fervor, ¡estudió filosofía tomista! Está en las mejores disposiciones. Llega a París, entra a la universidad, encuentra un camarada, trabaja con él – ¡trabajar con un camarada es tan favorable al desarrollo del trabajo! – pero, naturalmente, en los estudios hay pausas. El camarada se interesa por la joven, le hace proposiciones y finalmente le dice: "¿Pero finalmente, no eres una vieja burguesa? ¿Quieres conservarte?" Ella comprende entonces que si no quiere ser una vieja burguesa que se conserva, tiene que darse a él. Es lo que hace. Queda encinta y ¿qué va a hacer? ¿Qué hacer sino abortar? Allá llega finalmente y, una vez que ha cogido ese camino, ustedes pueden comprender lo que viene después.Entonces todas esas comuniones, en un medio donde constituían una especie de seguridad, un certificado de buena conducta, que procuraban los favores de las religiosas, que daban a la joven el sentimiento de estar realmente muy bien, ¿en qué terminan? Y no es solamente un ejemplo, yo podría citar toda una colección de ejemplos.En esas comuniones sin compromiso, donde se cuenta con el opus operatum, donde uno debe santificarse automáticamente por haber abierto la boca para recibir la hostia, hay algo extremadamente peligroso porque ya no se ve la exigencia que está a la base de una verdadera conversión y que supone un nuevo nacimiento, la transformación radical en que pasamos del yo posesivo al yo oblativo.Cuántos sacerdotes inclusive están en ese nivel, ellos que celebran la misa todos los días. Son gente buena sin duda, virtuosos según el canon habitual, no dan lugar a ningún escándalo ¡pero viven como burgueses, sin reproche, persuadidos de tener poderes que les dan un rango particular, que les dan derecho a recibir honores, derecho a los primeros puestos por ser representantes de Dios!Tenemos pues que re-situar la Eucaristía, la Eucaristía donde encuentra su unidad la vida de la Iglesia, tenemos que ponerla en su lugar, es decir en la perspectiva evangélica, y la perspectiva evangélica se impone si leemos en San Juan las últimas charlas del Señor a sus discípulos. La última consigna, que resuena en todas esas páginas, es: "Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros como yo os he amado". Eso no basta, porque esa consigna es también el criterio para reconocer a los discípulos de Jesús: "En esto sabrán que sois mis discípulos, en que os amáis los unos a los otros". Y para dar una lección sobre esto, Jesús pone agua en una palangana, ce ciñe un lienzo, se arrodilla ante ellos y les lava los pies. Ahí tienen lo que es amar al prójimo: "Lo que hice, era para que hagáis lo mismo unos con otros".Y ahora, ¿dónde está la Eucaristía (del lavatorio de los pies y del discurso después de la Cena)? parece haber desaparecido. ¿No fue enunciada en las últimas charlas de Jesús a sus apóstoles? ¿Por qué desapareció? ¿Por que ni se la menciona? Porque está implícitamente contenida en el mandamiento nuevo, en la última consigna del Señor: "Amaos los unos a los otros" y en el lavatorio de los pies, porque es exactamente lo mismo" (continuará). Nota (1). Zundel habla en 1963. ¡Hoy ya no se ve ese tipo de "cosas"! Pero ahora, más que hace 50 años, la comunión parece banalizada: se comulga todos los días de fiesta, y sólo esos días, únicos días en que se va a misa, sin preocuparse por prepararse para la comunión, simplemente quizás para hacer como todo el mundo! ¿Dónde está el discernimiento que nos pide San Pablo? 
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