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18/03/09. Las intenciones claras del Señor al instituir la Eucaristía, y el verdadero sentido de la misma.

3ª parte de la 5ª conferencia de La Rochette en 1963.

En la Eucaristía, Jesús quiso provocar el despegue de nosotros mismos (1) estableciendo toda la humanidad y todo el universo entre El y nosotros…

Retoma: "La Eucaristía no se menciona en las últimas charlas de Jesús a sus apóstoles, ¿porqué desapareció? ¿Porqué ni siquiera la mencionan en ese punto? Porque está implícitamente contenida en el mandamiento nuevo, en la última consigna del Señor: "Amaos los unos a los otros" y en el lavatorio de los pies, porque es exactamente lo mismo".

Continuación: "Para convencernos de ello (de que el mandamiento nuevo y el lavatorio de los pies son lo mismo), es necesario recordar las palabras trágicas de Jesús durante la misma charla (trágicas cuando vemos de qué manera va a partir): "Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Espíritu Santo no vendrá sobre vosotros". (El Espíritu Santo es justamente la interioridad que ellos no entendieron. Él se las va a dar).

¿Cómo no ver en esas palabras la confesión de un fracaso? (Jesús no triunfó, va a enviar a Otro que va a triunfar, interiorizando a los apóstoles). ¡Jesús no convirtió a nadie, ni la muchedumbre, ni las autoridades, ni a sus discípulos, ni siquiera al discípulo amado, que va dormirse como los demás dentro de poco en el Huerto de la Agonía! No convirtió a nadie. Y el llamado supremo que dirige a sus discípulos en el lavatorio de los pies quedará sin eco. ¡No entienden que el Reino de Dios está dentro de ellos, no comprenden que Jesús está de rodillas ante ellos para hacer germinar el Reino, tampoco entienden que es para quitar la piedra de nuestros corazones por lo que Jesús muere en la Cruz! ¡La última pregunta que le harán es cuándo va a restablecer el reino de Israel! ¡No entendieron nada!

Su humanidad es pues un tercero (una persona exterior a ellos y exteriorizante), tiene que desaparecer. Sólo en lo invisible, en el fuego de Pentecostés encontrarán a su Maestro como una presencia interior a ellos, entonces ya no lo verán delante de ellos sino adentro, y en ese momento Lo reconocerán. ¿Podemos entonces imaginar que Nuestro Señor nos dio la Eucaristía para que refabriquemos un culto idolátrico, para que podamos tenerlo ahí, al alcance de la mano, (un culto exterior y exteriorizante), encerrándolo en una caja para que sea bien de nosotros? ¿Se puede concebir un materialismo así de parte del Señor? ¿Se puede imaginar que haya privado a los apóstoles de su presencia visible para restituirnos en la hostia un foco de idolatría, como si se pudiera disponer de Dios como de un objeto? Es absolutamente imposible, es lo contrario del verdadero sentido de la Eucaristía.

Lo que Nuestro Señor quiso era establecer entre Él y nosotros toda la distancia de la fe, toda la distancia del amor, exactamente toda la distancia que mide la separación entre el yo biológico y el yo oblativo. Porque no podemos llegar a Él sino a través del yo oblativo, no estamos en contacto con Él sino en la medida en que nos despegamos de nosotros mismos, y es justamente ese despegue lo que quiso provocar en la Eucaristía, poniendo entre Él nosotros toda la humanidad y todo el universo.

Para venir a mí, nos dice Cristo, para encontrarme realmente, para no encontrar una caricatura y un ídolo, para no recomenzar la ilusión mortal de los apóstoles, tendrán que asumir toda la humanidad y todo el universo, al menos en la intención, es decir con todas las energías de que disponen en este momento mismo: cuando hayan formado juntos mi Cuerpo místico, cuando todos estén reunidos alrededor de mi mesa, entonces será el momento de llamarme y no hesitaré para responder.

Es claro que esas son las intenciones del Señor, y por eso la Eucaristía no necesita ser nombrada en las últimas charlas que reporta San Juan, porque está implícitamente contenida en el mandamiento nuevo, en la consigna suprema y en el lavatorio de los pies: como siempre, en la Eucaristía, nuestro Señor nos orienta hacia el hombre.

¡Jesús conoce todas las imposturas que se pueden poner bajo el nombre de Dios, ya que va a ser víctima de ellas! Lo van a matar en el nombre de Dios, lo van a crucificar, ¡en el nombre de Dios van a declarar que su presencia es un peligro público y que es necesario eliminarlo para que el pueblo sea salvo! Es el sumo sacerdote – profeta por ser sumo sacerdote ese año – el que hará esa declaración. Nada es más oficial, nada es más religioso que esa sentencia de condenación: ¿cómo puede ser ejecutada, pensada y concebida en el nombre del verdadero Dios? ¡Es imposible! Es claro que se trata de un falso dios, a imagen del que pronuncia el juicio. Jesús sabía que los falsos dioses pululan bajo apariencia del verdadero y que sólo la caridad que nos orienta hacia el hombre puede sanarnos de la idolatría". (Continuará)

 

Nota (1): Cuando hablamos de un alma grande, sentimos en seguida que se trata de una disposición de la persona en cuestión, debido a su herencia, a su naturaleza. Cuando se pide al Señor un espíritu generoso, se comprende en seguida que se trata de una gracia y que eso no está inscrito en la herencia, sino que se trata de algo que está por encima de la naturaleza. Se puede ver en estas expresiones la diferencia entre el alma y el espíritu. La Eucaristía concierne el espíritu mucho más que el alma, pues el despegue de nosotros mismos no nos es natural.

 

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