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22/03/09. La ordenación al hombre que encontramos en la Eucaristía la encontramos en todos los sacramentos.

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Final de la 5ª conferencia de La Rochette en septiembre 1963.

"La ordenación al hombre, que reconocimos en la Eucaristía, se encuentra en todos los sacramentos.

Somos bautizados para entrar en el Cuerpo místico, para hacernos, en el Cuerpo místico, foco de irradiación de la presencia divina, para no ser simplemente consumidores sino apóstoles, salvadores y creadores.

Los dos sacramentos, bautismo y confirmación, no hacen sino uno. Nos confirman, como a los apóstoles en Pentecostés, para ser investidos de una misión universal. La confirmación es nuestro Pentecostés.

Y pues tenemos la desgracia de enfriarnos, si no de separarnos del Señor, nos confesamos porque hemos abierto una brecha en la comunión de los Santos. Hemos hecho mal a los demás: ¡toda alma que se eleva, eleva el mundo, y toda alma que se rebaja, rebaja el mundo! Somos deudores no sólo para con Dios sino también para con los hombres, y en el tribunal de la Penitencia el sacerdote representa no solamente a Dios sino a los hombres, exactamente a la humanidad de Nuestro Señor que reúne a la vez toda la humanidad, y nos comunica personalmente la divinidad.

Nos confesamos pues con la humanidad a través del sacerdote para ser absueltos por la humanidad como por la divinidad. Por eso, aunque podamos comulgar sin ninguna duda después de haber hecho un acto de contrición perfecta, siempre tenemos que confesarnos, si hemos cometido una falta decisiva, para reparar la brecha que hicimos a la comunión de los Santos, para ser absueltos por la humanidad, en ese gesto de sinceridad en que estamos presentes a ella tales como somos y no como parecemos.

Igualmente la Unción de los enfermos debe llevarnos a hacer de la muerte una ofrenda de vida en y para la comunidad. No se trata de morir sino de vencer la muerte en el acto libre asumido para la salvación de todos.

El matrimonio, como dice magníficamente san Pablo, es un sacramento que representa y realiza el misterio de la Iglesia. Tiene pues una función secreta, es una ordenación al Cuerpo místico explícitamente revelado como tal.

La Ordenación sacerdotal, claro está, solidariza al sacerdote con el Cuerpo místico ya que es el sacramento de su unidad, y le corresponde reunir todos los hogares dispersos en pequeñas iglesias en la grande.

Pero todo eso tiene su sentido en la Eucaristía. En síntesis, no hay sino un sacramento, el sacramento de los sacramentos que es la Eucaristía. Todos los demás se derivan de ella o preparan a ella. El sacramento de los sacramentos es por excelencia el sacramento del Ágape, de la caridad. "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios".

¿Podemos ir más lejos en la identificación del hombre con Dios y de Dios con el hombre? Es una oración del Jueves Santo y no podría estar mejor situada en el orden litúrgico que el Jueves Santo, y precisamente en el Mandamiento, en el Lavatorio de los pies. "Donde está la caridad y el amor, ahí está Dios". Eso es lo que significa la Eucaristía, y nada más.

Ven que se debería vivir y celebrar la liturgia en este espíritu, y quizás reformarla en este espíritu.

La liturgia bizantina – que yo aprecio particularmente además y la celebro con felicidad – fue sin duda alguna, calculada sobre la liturgia del Templo de Jerusalén. El iconostasio, la gran pared adornada de imágenes que separa el santuario de la nave, introduce al Santo de los Santos. Muchos usos litúrgicos son tomados de la liturgia del Templo. El maravilloso procesional de la misa bizantina es muy hermoso pero puede constituir también un peligro, puede convertirse en un espectáculo sorprendente, como en la Iglesia rusa de París. ¡Es un encanto! ¿pero es seguro que sea un culto cristiano? ¿No es análogo – en menos bien quizás – a los ballet rusos, o chinos?

Es seguro que al amor le gusta expresar exteriormente el respeto por las distancias, distancia de generosidad que suscita en él el espacio donde acoge al ser amado. No se concibe el amor sin cortesía, sin tratamiento respetuoso. Jamás habrá demasiadas precauciones para acercarse al ser amado, claro está. Y bajo este aspecto se justifica todo ese procesional, pero no hay que vivirlo como un sacramento y permanecer intensamente unido a toda la humanidad y a todo el universo de que estamos encargados, si no, es mero teatro, y tan hermoso como pueda ser, no es lo que Jesús deseaba.

Ese es pues el espíritu de la divina liturgia. En cuanto a nosotros, ya que no nos corresponde reformar nada, basta con que, de la mañana hasta la tarde y de la tarde a la mañana, seamos conscientes de la oración sobre la vida que es la única preparación a un encuentro auténtico con el Señor. Eso eliminará de nosotros la injusticia, la dureza de corazón, la insensibilidad a las desgracias del mundo, la aceptación de la violencia, de la guerra, la tortura, porque la Eucaristía nos parecerá como el sacramento que exige nuestra identificación con todos y cada uno.

El sacramento de la Eucaristía nos pide que vivamos con los demás, cada uno en lo más íntimo de sí mismo, ¡como una madre perfecta podría hacerlo con su hijo único! No hay extranjeros para un cristiano, no existe muro de separación.

Para un cristiano hay una comunión universal que es la comunión de los Santos, hay un solo cuerpo que es el Cuerpo místico del que nadie está excluido, y ese Cuerpo es el único que puede presentarse ante su Señor, porque el Señor mismo fue hasta la muerte de la Cruz por cada uno de los hombres, porque cada uno de ellos es para Él el centro del mundo, porque cada uno de los hombres puede hacer que la Creación comience de nuevo, porque cada uno es indispensable al equilibrio del universo.

El gran poeta Rilke, tenía la intuición de que la mirada de un recién nacido introducía en el universo entero una perspectiva nueva. Esa mirada totalmente nueva suscitaba un mundo totalmente nuevo y parecía que la casa se iluminaba del sótano al zarzo con la aparición de esa nueva mirada. Allá quiere llevarnos Jesús, esa es la conciencia que desea despertar en nosotros para que comulguemos en el esplendor de vivir.

¿Qué es esa religión donde uno se repliega sobre sí mismo, donde uno se refugia en una capilla para darse buena conciencia, donde uno se inmuniza contra la miseria del mundo susurrando oraciones? Es una falsificación del Evangelio.

El Evangelio es una misión, la Eucaristía la concretiza. El "Ite missa est" resuena como un llamado a la misión: "Podéis ir en misión!" ¡Somos siempre enviados, a todas partes, a todo, enviados a toda criatura, porque estamos encargados del Señor cuyo Corazón está iluminado y sólo podemos llegar a Él haciendo el corazón universal a medida del Suyo!

Todo eso, como ven, se enraíza en la vida porque el Cielo es la vida transfigurada, la vida abierta a la presencia divina, la vida interiorizada en el Corazón de Dios, la vida como respuesta a la proposición eterna de amor, y porque el Cielo no está en ninguna otra parte sino en el diálogo nupcial, a través del velo en que, cara a cara, en el diálogo nupcial en que el hombre se hace "sí" al eterno "sí" que es Dios mismo.

No tenemos que desertar la vida, salir de la tierra, desviarnos de la realidad visible, sino transformarla, para que la vida alcance toda su grandeza y toda su hermosura. ¿No encontró a Dios San Agustín como la Belleza siempre antigua y siempre nueva? ¿Cómo quieren que aparezca al hombre de la calle, si nuestra primera preocupación no es la de tomar a cargo toda la humanidad, concurrir a hacer aparecer el esplendor de vivir? (Fin de la conferencia)

 

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