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Final
de la 5ª conferencia de La Rochette en septiembre 1963.
"La ordenación al hombre, que
reconocimos en la Eucaristía, se encuentra en todos los sacramentos.
Somos bautizados para entrar en el Cuerpo
místico, para hacernos, en el Cuerpo místico, foco de irradiación de la
presencia divina, para
no ser simplemente consumidores sino apóstoles, salvadores y creadores.
Los dos sacramentos, bautismo y confirmación,
no hacen sino uno. Nos confirman, como a los apóstoles en Pentecostés, para ser
investidos de una misión universal. La
confirmación es nuestro Pentecostés.
Y pues tenemos la desgracia de enfriarnos,
si no de separarnos del Señor, nos
confesamos porque hemos abierto una brecha en la comunión de los Santos.
Hemos hecho mal a los demás: ¡toda alma que se eleva, eleva el mundo, y toda
alma que se rebaja, rebaja el mundo! Somos deudores no sólo para con Dios sino
también para con los hombres, y en el tribunal de la Penitencia el sacerdote
representa no solamente a Dios sino a los hombres, exactamente a la humanidad
de Nuestro Señor que reúne a la vez toda la humanidad, y nos comunica
personalmente la divinidad.
Nos confesamos pues con la humanidad a través del sacerdote
para ser absueltos por la humanidad como por la divinidad. Por eso, aunque
podamos comulgar sin ninguna duda después de haber hecho un acto de contrición
perfecta, siempre tenemos que confesarnos, si hemos cometido una falta
decisiva, para reparar la brecha que hicimos a la comunión de los Santos, para
ser absueltos por la humanidad, en ese gesto de sinceridad en que estamos
presentes a ella tales como somos y no como parecemos.
Igualmente la Unción de los
enfermos debe llevarnos a hacer de la muerte una ofrenda de vida en y para la
comunidad. No se trata de morir sino de vencer la muerte en el acto libre
asumido para la salvación de todos.
El matrimonio, como dice magníficamente san Pablo, es un sacramento que representa y realiza
el misterio de la Iglesia. Tiene pues una función secreta, es una ordenación
al Cuerpo místico explícitamente revelado como tal.
La Ordenación sacerdotal, claro está, solidariza al sacerdote con
el Cuerpo místico ya que es el sacramento de su unidad, y le corresponde reunir todos los hogares dispersos en pequeñas iglesias
en la grande.
Pero todo eso tiene su sentido en la
Eucaristía. En síntesis, no hay sino un
sacramento, el sacramento de los sacramentos que es la Eucaristía. Todos
los demás se derivan de ella o preparan a ella. El sacramento de los
sacramentos es por excelencia el sacramento del Ágape, de la
caridad. "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios".
¿Podemos ir más lejos en la identificación
del hombre con Dios y de Dios con el hombre? Es una oración del Jueves Santo y no
podría estar mejor situada en el orden litúrgico que el Jueves Santo, y
precisamente en el Mandamiento, en el Lavatorio de los pies. "Donde está
la caridad y el amor, ahí está Dios". Eso
es lo que significa la Eucaristía, y nada más.
Ven que se debería vivir y celebrar la
liturgia en este espíritu, y quizás reformarla en este espíritu.
La liturgia bizantina – que yo aprecio
particularmente además y la celebro con felicidad – fue sin duda alguna, calculada
sobre la liturgia del Templo de Jerusalén. El iconostasio, la gran pared
adornada de imágenes que separa el santuario de la nave, introduce al Santo de
los Santos. Muchos usos litúrgicos son tomados de la liturgia del Templo. El
maravilloso procesional de la misa bizantina es muy hermoso pero puede
constituir también un peligro, puede convertirse en un espectáculo
sorprendente, como en la Iglesia rusa de París. ¡Es un encanto! ¿pero es seguro
que sea un culto cristiano? ¿No es análogo – en menos bien quizás – a los ballet
rusos, o chinos?
Es seguro que al amor le gusta expresar
exteriormente el respeto por las distancias, distancia de generosidad que
suscita en él el espacio donde acoge al ser amado. No se concibe el amor sin
cortesía, sin tratamiento respetuoso. Jamás habrá demasiadas precauciones para
acercarse al ser amado, claro está. Y bajo este aspecto se justifica todo ese
procesional, pero no hay que vivirlo como un sacramento y permanecer
intensamente unido a toda la humanidad y a todo el universo de que estamos
encargados, si no, es mero teatro, y tan hermoso como pueda ser, no es lo que
Jesús deseaba.
Ese es pues el espíritu de la divina
liturgia. En cuanto a nosotros, ya que no nos corresponde reformar nada, basta
con que, de la mañana hasta la tarde y de la tarde a la mañana, seamos
conscientes de la oración sobre la vida que es la única preparación a un
encuentro auténtico con el Señor. Eso eliminará de nosotros la injusticia, la
dureza de corazón, la insensibilidad a las desgracias del mundo, la aceptación
de la violencia, de la guerra, la tortura, porque la Eucaristía nos parecerá como el sacramento que exige nuestra
identificación con todos y cada uno.
El sacramento de la Eucaristía nos pide
que vivamos con los demás, cada uno en lo más íntimo de sí mismo, ¡como una
madre perfecta podría hacerlo con su hijo único! No hay extranjeros para un
cristiano, no existe muro de separación.
Para un cristiano hay una comunión
universal que es la comunión de los Santos, hay un solo cuerpo que es el Cuerpo místico del que nadie está
excluido, y ese Cuerpo es el único que
puede presentarse ante su Señor, porque el Señor mismo fue hasta la muerte
de la Cruz por cada uno de los hombres, porque cada uno de ellos es para Él el
centro del mundo, porque cada uno de los hombres puede hacer que la Creación
comience de nuevo, porque cada uno es indispensable al equilibrio del universo.
El gran poeta Rilke, tenía la intuición de
que la mirada de un recién nacido introducía en el universo entero una
perspectiva nueva. Esa mirada totalmente nueva suscitaba un mundo totalmente
nuevo y parecía que la casa se iluminaba del sótano al zarzo con la aparición
de esa nueva mirada. Allá quiere llevarnos Jesús, esa es la conciencia que
desea despertar en nosotros para que comulguemos en el esplendor de vivir.
¿Qué es esa religión donde uno se repliega
sobre sí mismo, donde uno se refugia en una capilla para darse buena
conciencia, donde uno se inmuniza contra la miseria del mundo susurrando
oraciones? Es una falsificación del Evangelio.
El Evangelio es una misión, la Eucaristía la
concretiza. El "Ite missa est" resuena como un
llamado a la misión: "Podéis ir en misión!" ¡Somos siempre enviados,
a todas partes, a todo, enviados a toda criatura, porque estamos encargados del
Señor cuyo Corazón está iluminado y sólo podemos llegar a Él haciendo el
corazón universal a medida del Suyo!
Todo eso, como ven, se enraíza en la vida
porque el Cielo es la vida transfigurada, la vida abierta a la presencia
divina, la vida interiorizada en el Corazón de Dios, la vida como respuesta a
la proposición eterna de amor, y porque
el Cielo no está en ninguna otra parte
sino en el diálogo nupcial, a través del velo en que, cara a cara, en el
diálogo nupcial en que el hombre se hace "sí" al eterno
"sí" que es Dios mismo.
No tenemos que desertar la vida, salir de
la tierra, desviarnos de la realidad visible, sino transformarla, para que la
vida alcance toda su grandeza y toda su hermosura. ¿No encontró a Dios San
Agustín como la Belleza siempre antigua y siempre nueva? ¿Cómo quieren que aparezca
al hombre de la calle, si nuestra
primera preocupación no es la de
tomar a cargo toda la humanidad, concurrir a hacer aparecer el esplendor
de vivir? (Fin de la conferencia)