Normal
0
21
false
false
false
MicrosoftInternetExplorer4
st1\:*{behavior:url(#ieooui) }
/* Style Definitions */
table.MsoNormalTable
{mso-style-name:"Tableau Normal";
mso-tstyle-rowband-size:0;
mso-tstyle-colband-size:0;
mso-style-noshow:yes;
mso-style-parent:"";
mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;
mso-para-margin:0cm;
mso-para-margin-bottom:.0001pt;
mso-pagination:widow-orphan;
font-size:10.0pt;
font-family:"Times New Roman";
mso-ansi-language:#0400;
mso-fareast-language:#0400;
mso-bidi-language:#0400;}
Conferencia sobre la Eucaristía,
pronunciada en San Mauricio en 1953
a religiosas de San Agustín,
Jesucristo ve y ama a cada uno, sólo en su
relación con la humanidad entera.
La causa esencial de la presencia real es
la de ser presencia comunitaria.
Eso quiere decir que si el Señor está
realmente presente en la Eucaristía, lo está en cuanto que está presente a la
comunidad de la humanidad entera. Y cuando recibimos a Cristo en la comunión,
lo recibimos en su relación con la humanidad entera, la cual está pues en
cierto modo presente en nosotros, y en ella la Iglesia entera. Y nosotros
comulgamos por la Iglesia entera, y por la comunidad de todos los hombres.
Comienzo de la conferencia.
"San Ignacio de Antioquía, que vivía
a comienzos del siglo segundo, escribió a la Iglesia de Roma, estando en camino
hacia el martirio, e invitaba a la Iglesia de Roma, presidenta de la caridad,
es decir la Iglesia que preside a la caridad: la Iglesia romana está en el
centro del misterio de caridad que es la Iglesia, para Ignacio de Antioquía, la Iglesia es Ágape, la caridad.
Es seguramente la más grande manera de
designar a la Iglesia, llamarla la Caridad, el Amor, y lo que es magnífico, es
que es precisamente un mártir el que la
designa así yendo hacia el suplicio, en una carta en que pide a los romanos
que no intervengan a favor suyo. Eso es lo conmovedor, ver que ese mártir es el
que encontró esa apelación incomparable; la
Iglesia es el Ágape, el Amor.
Se daba también el nombre de Ágape al
banquete de la comunidad cristiana que terminaba por la Eucaristía. En la 1ª a los corintios se menciona y parece que el uso duró cierto
tiempo y que las comunidades se reunían primero para comer juntos, y que el último
término del banquete era la Eucaristía, lo cual es muy natural, puesto que la
Eucaristía es el banquete de la comunidad.
Si encontramos la misma apelación para la
Iglesia y para el banquete comunitario, es que hay una relación muy estrecha entre la Iglesia y la Eucaristía, que
es en efecto la presencia comunitaria de Jesús.
Es sumamente importante desarrollar este
tema para marcar bien el lugar de la presencia real en el misterio de la
Iglesia. Los católicos se aferraron a la
realidad de la presencia real de Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento y
materializaron esa presencia contra los protestantes que estaban contra la
materialización y la redujeron a algo simbólico.
Por amos lados se pedió de vista la
causa esencial de la presencia real que es la de ser la presencia
comunitaria. Eso quiere decir que Nuestro Señor no podía estar presente a la
humanidad sino bajo forma de Iglesia. Eso quiere decir que Nuestro Señor es el
segundo Adán, como dice san Pablo. Nuestro Señor en quien vuelve a comenzar y
se recapitula toda la historia. Nuestro Señor, que está en el centro del
universo, Nuestro Señor que reúne en su persona toda la creación para que el
universo entero no sea sino una sola persona en su persona, no podía justamente
dar como cita a la humanidad sino esta Iglesia que responde a las exigencias de
la comunidad.
Y es posible ya que Cristo es infinitamente abierto a los hombres como a Dios, porque
ustedes saben que hay en el Evangelio esa doble apelación: Jesús es a la vez el
Hijo de Dios y el Hijo del Hombre, es decir que es el Hombre en un sentido
único. No es Hombre como nosotros: para
Él, ése es su nombre propio, Él es el que contiene toda la humanidad en su
persona porque en Él la humanidad no tiene fronteras (es, pues, apto para unificarla).
Por nuestra parte, nosotros somos un
miembro ínfimo, un grano de polvo de la inmensa multitud. Al contrarío, Cristo es el que contiene toda la humanidad
en su humanidad. No es un hombre, sino El Hombre, y por eso en Él,
"Hombre" es un nombre propio.
Ser hombre, para nosotros es ser un
ejemplar entre los dos mil quinientos millones de hombres que viven actualmente
(1968) en la tierra (¡en 2009, somos cerca de siete mil millones!) Nosotros somos un hombre, mientras
Jesucristo es el Hombre. Él contiene en su persona toda la especie humana,
toda la historia humana.
Si es el Hombre con esa potencia única, es
porque es abierto hacia Dios de manera única, es porque su yo es Dios (1). Nuestro Señor no es el hombre de un pueblo, de una época, de un tiempo,
es el Hombre universal que lleva en su vida toda la humanidad, Él recapitula en
su historia toda la historia, Él es el contrapeso de amor que equilibra todas las faltas humanas.
Por eso Nuestro Señor sólo puede mirar a la humanidad entera a la vez y asumir en
ella a todos los hombres, sin excluir a nadie. Y si queremos seguir a
Jesucristo, si queremos ser sus
discípulos, debemos entrar en la catolicidad de Jesucristo.
Jesús es católico porque comprende toda la
humanidad, y si nos hacemos discípulos suyos, si queremos ser lo que Él es, no podemos ir a Él sino abrazando con Él
toda la humanidad, toda la historia y todo el universo. Si queremos
absorber a Jesucristo en nuestra vida, si queremos reducir a Jesucristo a las
relaciones que tenemos con Él, se vuelve un ídolo. El verdadero Cristo abierto
a toda la humanidad, que lleva toda la historia, sólo podemos alcanzarlo si abrimos el corazón sin fronteras, sin
límites, a toda la humanidad.
La cita que Jesucristo nos da es ante todo
una cita comunitaria, y ese es el
sentido de la Eucaristía. Es una cita comunitaria, si quieren, Cristo dice
a los hombres como a la Magdalena que quería tocarlo después de la
resurrección: "No me toques, porque no puedes agarrarme. Si me quieres agarrar,
tienes que pasar por lo universal y tienes que pasar por el misterio de la
Iglesia, por la presencia comunitaria. Porque si quisieras agarrarme con las
manos me reducirías a tu medida y harías de mí un ídolo. Si verdaderamente quieres abrazarme, tienes que abrazarme en mi apertura
a toda la humanidad, entonces me abrazarás verdaderamente, cuando tu
corazón esté abierto y dilatado como el mío". (Continuará)
Nota (1) Y el fin de la encarnación
divina, a nivel de cara hombre, es que su yo sea Dios también, que cuando diga
"yo" sea el yo de Dios el que se exprese, que sea Dios mismo el que
se exprese en y por él, y que entonces, obre a la unificación de la humanidad
entera.