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En la fiesta de la Anunciación. Lo
esencial en la Eucaristía…
En el momento de la consagración,
como la Santísima Virgen, tenemos que identificarnos con el Amor inmolado…
Entonces nos intercambiamos con Él.
"La consagración consiste en
ponernos en la línea de la catolicidad. Venimos al pie de la cruz, invocamos a
Nuestro Señor y decimos en el momento de la consagración sobre el Cuerpo de
Cristo lo que decía la Virgen cuando lo recibía en sus brazos: "Esto es mi
cuerpo, esto es mi sangre". Nos identificamos con el cuerpo crucificado,
nos identificamos con el amor inmolado, y entonces Cristo puede llegar a
nosotros, se identifica con nosotros, y dice también sobre nosotros: "Esto
es mi cuerpo, esto es mi sangre", y somos intercambiados con Él".
2ª parte de la conferencia de San Mauricio, a religiosas de la obra de San
Agustín, en 1953.
"Observen bien esto: así como la Encarnación no significa
que Dios bajó del cielo para venir a la tierra donde no estaba pues Dios estaba
en el mundo, pero el mundo no lo conocía, así
como la Encarnación significa una humanidad hecha infinitamente presente a
Dios, el cual siempre estaba presente a la humanidad, así también la Eucaristía no quiere decir que Jesucristo Nuestro Señor
se hace presente donde no estaba. Nuestro Señor siempre está presente a la
humanidad y no sólo por su divinidad sino por su humanidad.
Más aún: la humanidad de Nuestro
Señor siempre está presente en cada uno de nosotros. Él es la luz que
ilumina a todo hombre, toda gracia nos viene por su humanidad, por tanto la
humanidad de Nuestro Señor no cesa nunca de estarnos presente, pero nosotros no estamos presentes a la
humanidad de Nuestro Señor (y ya que no estamos presentes a la humanidad de Cristo, la consagración va
a tener por efecto, no de hacérnosla presente, pues siempre lo está, sino de
hacernos presentes a ella) (1).
Por consiguiente, así como en la
Encarnación de Jesús la humanidad se hizo presente a Dios que siempre estaba
presente, así en el momento de la
consagración, no es la humanidad de Jesús la que comienza a estar presente en
la tierra donde no estaba presente, somos nosotros los que nos hacemos
presentes a su humanidad.
Eso quiere decir, en otras
palabras, que aunque la humanidad de Nuestro Señor nos acompaña siempre como
acompañaba en el camino a los discípulos de Emaús, aunque es verdad que Él es
siempre interior a nosotros, también es verdad que nosotros no estamos en
contacto con Cristo, que nuestros ojos están cerrados como los de los
discípulos de Emaús. Él está presente,
nosotros estamos ausentes. El misterio de la Eucaristía consiste en abrirnos a
esa presencia y hacerla circular en nosotros.
Si permiten, para hacer una
comparación muy imperfecta y que habrá que olvidar en seguida, Nuestro Señor
siempre está presente por su divinidad y su humanidad, como están presentes en
esta capilla las ondas radiofónicas, sin que las estemos escuchando, con toda
la música del mundo emitida por la radio: la consagración es como encender la
radio, lo cual permite captar la presencia ya existente, pero con que no
estábamos conectados.
No se asombren: la intimidad el
alma, la intimidad de un ser, como ustedes saben, no se puede coger con las
manos. Si les dan la mano para sentir su amistad, ¿qué se siente en la mano?
¿Está la amistad en la punta de los dedos? ¿Es ahí donde reside su amistad?
¿Dónde está la amistad? ¿En la punta del brazo? ¿O en el fondo más íntimo del
corazón de carne?
Aunque el corazón de carne es el
símbolo de su ternura, ustedes saben muy bien que la amistad no puede ser
cogida con las manos y que su amistad
está donde esté su persona, donde esté su misterio, el misterio que ustedes
sólo descubren cuando están en el diálogo de luz y de amor con Dios. Su
amistad sólo se puede captar con la amistad. La que las quiere verdaderamente
con su propia intimidad, entra en contacto con su amistad, es pues necesario
que su corazón esté abierto para escuchar el de ustedes, y así mismo nosotros sólo estamos en contacto con
Nuestro Señor que es el amor, el amor universal, si nuestro corazón se abre y
llega a ser un corazón sin fronteras, como el Corazón de Nuestro Señor.
Y eso es justamente lo que
comprendemos en la liturgia. La
consagración consiste en ponernos en la línea de la catolicidad. Venimos al
pie de la cruz, invocamos a Nuestro Señor y en el momento de la consagración decimos
sobre el Cuerpo de Cristo lo que decía la Virgen cuando lo recibía en sus
brazos: "Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre". Nos identificamos con el cuerpo crucificado, nos identificamos con el
amor inmolado, y entonces Cristo puede llegar hasta nosotros, se identifica
con nosotros y dice también sobre nosotros: "Esto es mi cuerpo, esto es mi
sangre", y somos intercambiados con Él.
Lo esencial en la
Eucaristía es esa apertura de la humanidad a Jesucristo en el misterio de la
Iglesia, donde nadie está excluido,
para que nuestro corazón no limite a Cristo, no haga de Él un ídolo.
La Iglesia es nosotros
con Jesús, somos nosotros hechos inmensos, universales, como Jesús, para llevar
con Jesús y en Él toda la humanidad, todo el universo.
No sé si me hago entender bien.
La Eucaristía no es una especie de rito mágico que precipita a Jesús en la
tierra. En el momento de la consagración surge el De profundis de la Iglesia
que se ofrece a Él, que hace estallar todos los límites, que acepta llevar con
Cristo toda la humanidad y todo el universo, identificándose con Él, diciendo:
"Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre".
Cristo está verdaderamente
en medio de nosotros mientras estamos a su mesa y comulgamos con Él al comulgar
los unos con los otros. Es absolutamente necesario considerar esta cadena de
amor que se constituye alrededor de Jesús,
toda la humanidad se hace presente a Cristo, el cual está eternamente presente,
y, para llegar a Él, nos pide que no lo cojamos con las manos sino que lo
tomemos por medio de la comunidad, en la comunidad, en nombre de la comunidad,
con un corazón universal que hace que dándonos a Él, nos demos, en Él, al mundo
entero". (Continuará)
Nota (1): Esto no es fácil de
entender, y se comprende que las hermanas no lo hayan entendido bien, al menos
inmediatamente, como tampoco nosotros. Si entiendo bien, Zundel está aquí mucho
más preocupado por nuestra presencia real a la humanidad de Cristo, mucho más
que por la presencia real de Cristo a nosotros, la cual es permanente en todo
hombre. Va casi hasta decir que la Eucaristía es el sacramento de la presencia
real del hombre a la humanidad de Cristo, Humanidad que se hizo alimento del
hombre, significando así que el hombre debe ir hasta recibirla en su interior,
haciéndose así íntimamente presente a ella. Si la comunión, la manducación del
cuerpo de Cristo, es el fin inmediato de la institución de la Eucaristía,
comenzamos a comprender el pensamiento zundeliano según el cual la Eucaristía
es ante todo el sacramento que opera la presencia real del hombre a la
humanidad de Cristo.
Nota: todo eso es difícil,
imposible, de asimilar, simplemente leyéndolo, y al leerlo sin entenderlo bien,
pienso en la necesidad de celebrar un día la "Misa larga" (o la Misa
que toma todo su tiempo) (quizás hasta dos horas), durante la cual, lo más
simplemente posible, volveremos a decir o a escuchar con frecuencia estas
"cosas" propiamente místicas, con coros sencillos y repetidos
indefinidamente…
(El texto del 23/03/09 fue
revisado con pequeñas correcciones, y con un complemento hecho por el Padre de
Boissière, sobre la celebración de la Misa "que toma todo su tiempo",
cuya existencia ignoraba yo hasta ahora. La nueva versión está ahora en el
sitio).