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Zundel

26/03/09. Su comunión es siempre comunión de toda la Iglesia, de toda la humanidad, de todo el Universo...

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3ª parte de la conferencia sobre la Eucaristía pronunciada en San Mauricio en 1953. Peligro de un culto idolátrico de la Eucaristía. Toda comunión alcanza el mundo entero, si no, es pura magia que convierte a Jesús en ídolo.

La Misa es siempre universal. Toda comunión tiene una amplitud universal. Toda comunión alcanza el mundo entero. En la Eucaristía está el foco del amor universal, la viva llama del amor.

"La consagración, la Eucaristía es verdaderamente, en el sentido en que lo decía san Ignacio de Antioquía, el Amor. En el lenguaje de san Juan de la Cruz, es la viva llama de amor en que se encuentran el Corazón de Jesucristo y el corazón de la Iglesia. Esto es absolutamente capital porque la Eucaristía no es nunca algo privado.

La Misa es siempre universal. Comulgar es abrirse infinitamente al amor de Cristo abriéndose sin límites a la humanidad, de suerte que toda comunión es luz para todos los hombres. La comunión tiene amplitud universal, alcanza el mundo entero, si no, es pura magia que convierte a Jesús en ídolo.

Ustedes lo comprenden si imaginan que si ya no hubiera en la Iglesia, si eso fuera posible, ni una sola persona que amara, al menos una que no fuera total rechazo, blasfemia, odio. ¡Imaginen que la Misa se celebre en una humanidad donde ya nadie, ni siquiera el sacerdote celebrante, amara a Cristo: la Misa sería una blasfemia porque sería un intento para tocar a Cristo materialmente! Se lo reduciría a una especie de ídolo que obedece a una palabra mágica, cuando que la Eucaristía es tocar a Cristo con el corazón, abrirse a su amor. La Misa es legítima solamente si hay en alguna parte un corazón amante que Lo invoca. Por fortuna siempre habrá en la Iglesia al menos un alma que sea foco de todas las Misas que se celebran y que permita a esa presencia de brillar como foco de amor. Si ya no hubiera amor, la Misa sería una abominación.

Además, de ahí se sigue, como dijo precisamente santo Tomás, que en la Eucaristía no hay presencia local, es decir, que en la Eucaristía no es posible tocar a Jesús con las manos. Lo que tocamos son las apariencias, lo que metemos a la boca son las especies de pan y vino.

No tenemos contacto físico con Cristo, sólo tenemos con Él un contacto semejante al que tenemos con los amigos. Ese es el contacto que tenemos con Cristo, de suerte que al comer físicamente las especies nos alimentamos espiritualmente con la persona de Jesús (1).

Por eso Santo Tomás afirmaba que es imposible ver a Cristo en la Eucaristía con los ojos de la carne, que todas las visiones que se han reunido alrededor de la Eucaristía son visiones y no apariciones objetivas de Jesús, porque si es verdad que la Eucaristía es el foco de la presencia real, no es una presencia que se pueda tocar con las manos (1).

En la Eucaristía está pues el foco del amor universal, la viva llama de amor, en que el corazón de la Iglesia encuentra el Corazón de Jesús, a condición justamente de que nuestros corazones estén abiertos universalmente y que no reduzcamos a Cristo a un Diosito fabricado para uso personal, al cual podamos echarnos al bolsillo.

La comunión es algo universal, y la manducación es un signo que representa otra manducación, una identificación misteriosa que se realiza en lo más profundo de nosotros, si estamos en armonía con la existencia universal de Jesús.

La comunión de ustedes es siempre comunión de toda la Iglesia, de toda la humanidad, de todo el universo, y por eso pueden acercarse a la comunión aunque no tengan ningún sentimiento sensible, porque su comunión es comunión de la Iglesia entera.

Es capital dar a la presencia eucarística toda su grandeza para no limitar esa presencia a una especie de idolatría.

Cuando asistimos al Santo Sacrificio, es siempre para ensanchar nuestro corazón a las dimensiones del Corazón de Cristo y llevar en nosotros el amor de toda la humanidad, si no, Jesús sería un ídolo que llevamos en el bolsillo.

Pero cuando llevamos la Eucaristía, no transportamos a Cristo. Al comer la hostia no comemos a Cristo. Todo eso es signo de algo que rebasa todas las palabras, se trata de una transformación de nosotros en Jesucristo en que todos los signos significan sólo una cosa: la caridad de Cristo que nos transforma en Él, para que nuestra vida sea caridad.

Todo eso es infinitamente profundo, infinitamente puro y sigue siendo una exigencia universal. Si no tenemos ante la Eucaristía esa impresión de exigencia universal, entonces queremos como materializar, tocar a Cristo con las manos, y lo reducimos a un ídolo, cuando no podemos tocarlo sino con el corazón, y si el corazón se hace universal.

Es imposible que alguien pueda hacer la menor objeción por dar a Cristo esa dimensión inmensa.

La realidad de la presencia de Nuestro Señor es la realidad más formidable que exista, pero exige que crezcamos para alcanzarla y para que nuestro corazón se haga tan amplio como el Suyo.

¡Cuántas almas comulgan cada día y eso no tiene consecuencias! Pasan todo el día en comadreos, en cuentos, etc.… Se comulga todos los días, y eso no significa nada. Comulgar es entrar en la catolicidad, eso es capital. ¡Se trata de saber si somos idólatras o si estamos en la religión del espíritu! ¡Es idolatría echarse a Cristo al bolsillo! Es real si respondemos a las invitaciones de Cristo con un corazón a la dimensión Suya.

Hay en la Eucaristía una exigencia inmensa, y cuando entramos en una iglesia y vemos la lamparita del sagrario que indica Su presencia, podemos decir: sí, es verdad, en la medida en que yo mismo soy presencia real a toda la Iglesia, a todo el universo". (Continuará)

 

Nota (1). (Bajo toda reserva). Todo eso es difícil de entender. Creo que fueron sobre todo esas expresiones las que hicieron que las hermanas dudaron de la ortodoxia de Zundel. Se oponían a una manera de comprender la presencia real corriente en la Iglesia: se cree que al comulgar se recibe la carne misma del Señor y en realidad se recibe el cuerpo espiritual de Cristo resucitado (en armonía con su relación con la humanidad entera, si podemos decirlo). La presencia real eucarística es la presencia de un cuerpo espiritual que no se puede tocar con las manos, y "la manducación de ese cuerpo representa una identificación misteriosa que se realiza en lo más profundo de nosotros, si estamos en armonía con la exigencia universal de Jesús". Nos identificamos con el Amor inmolado del Señor para la salvación de la humanidad entera.

 

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