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3ª parte de la conferencia sobre la
Eucaristía pronunciada en San Mauricio en 1953. Peligro de un culto idolátrico
de la Eucaristía. Toda comunión alcanza el mundo entero, si no, es pura magia
que convierte a Jesús en ídolo.
La Misa es siempre universal. Toda
comunión tiene una amplitud universal. Toda comunión alcanza el mundo entero.
En la Eucaristía está el foco del amor universal, la viva llama del amor.
"La consagración, la Eucaristía es verdaderamente, en el
sentido en que lo decía san Ignacio de Antioquía, el Amor. En el lenguaje de san Juan de la Cruz, es la viva llama de
amor en que se encuentran el Corazón de Jesucristo y el corazón de la Iglesia. Esto
es absolutamente capital porque la
Eucaristía no es nunca algo privado.
La Misa es siempre universal. Comulgar es abrirse infinitamente al amor de Cristo abriéndose sin
límites a la humanidad, de suerte que toda comunión es luz para todos los hombres.
La comunión
tiene amplitud universal, alcanza el mundo entero, si no, es pura magia que
convierte a Jesús en ídolo.
Ustedes lo comprenden si imaginan que si
ya no hubiera en la Iglesia, si eso fuera posible, ni una sola persona que
amara, al menos una que no fuera
total rechazo, blasfemia, odio. ¡Imaginen que la Misa se celebre en una
humanidad donde ya nadie, ni siquiera el sacerdote celebrante, amara a Cristo:
la Misa sería una blasfemia porque sería un intento para tocar a Cristo
materialmente! Se lo reduciría a una especie de ídolo que obedece a una palabra
mágica, cuando que la Eucaristía es tocar a Cristo con el corazón, abrirse a su
amor. La Misa es legítima solamente si
hay en alguna parte un corazón amante que Lo invoca. Por fortuna siempre habrá
en la Iglesia al menos un alma que sea foco de todas las Misas que se celebran
y que permita a esa presencia de brillar como foco de amor. Si ya no hubiera amor, la Misa sería una
abominación.
Además, de ahí se sigue, como dijo precisamente santo Tomás, que
en la Eucaristía no hay presencia local, es decir, que en la Eucaristía no es
posible tocar a Jesús con las manos. Lo que tocamos son las apariencias, lo que
metemos a la boca son las especies de pan y vino.
No tenemos contacto físico con Cristo, sólo
tenemos con Él un contacto semejante al que tenemos con los amigos. Ese es el contacto que tenemos con Cristo, de suerte que al comer físicamente las especies nos
alimentamos espiritualmente con la persona de Jesús (1).
Por eso Santo Tomás afirmaba que es
imposible ver a Cristo en la Eucaristía con los ojos de la carne, que todas las
visiones que se han reunido alrededor de la Eucaristía son visiones y no
apariciones objetivas de Jesús, porque si es verdad que la Eucaristía es el
foco de la presencia real, no es una presencia que se pueda tocar con las manos
(1).
En la Eucaristía está pues el foco del
amor universal, la viva llama de amor, en
que el corazón de la Iglesia encuentra el Corazón de Jesús, a condición
justamente de que nuestros corazones estén abiertos universalmente y que no
reduzcamos a Cristo a un Diosito fabricado para uso personal, al cual podamos
echarnos al bolsillo.
La comunión es algo universal, y la manducación es un signo que representa
otra manducación, una identificación
misteriosa que se realiza en lo más profundo de nosotros, si estamos en
armonía con la existencia universal de
Jesús.
La comunión de ustedes es siempre comunión
de toda la Iglesia, de toda la humanidad, de todo el universo, y por eso pueden acercarse a la comunión aunque no tengan ningún
sentimiento sensible, porque su comunión es comunión de la Iglesia entera.
Es capital dar a la presencia eucarística
toda su grandeza para no limitar esa presencia a una especie de idolatría.
Cuando asistimos al Santo Sacrificio, es siempre para ensanchar nuestro corazón a las dimensiones del Corazón de Cristo
y llevar en nosotros el amor de toda la humanidad, si no, Jesús sería un
ídolo que llevamos en el bolsillo.
Pero cuando llevamos la Eucaristía, no
transportamos a Cristo. Al comer la
hostia no comemos a Cristo. Todo eso es signo de algo que rebasa todas las
palabras, se trata de una transformación
de nosotros en Jesucristo en que todos los signos significan sólo una cosa:
la caridad de Cristo que nos transforma en Él, para que nuestra vida sea
caridad.
Todo eso es infinitamente profundo,
infinitamente puro y sigue siendo una exigencia universal. Si no tenemos ante la Eucaristía esa
impresión de exigencia universal, entonces queremos como materializar, tocar a Cristo con las manos, y lo reducimos
a un ídolo, cuando no podemos tocarlo sino con el corazón, y
si el corazón se hace universal.
Es imposible que alguien pueda hacer la
menor objeción por dar a Cristo esa dimensión inmensa.
La realidad de la presencia de Nuestro
Señor es la realidad más formidable que exista, pero exige que crezcamos para
alcanzarla y para que nuestro corazón se haga tan amplio como el Suyo.
¡Cuántas almas comulgan cada día y eso no
tiene consecuencias! Pasan todo el día en comadreos, en cuentos, etc.… Se comulga
todos los días, y eso no significa nada. Comulgar es entrar en la catolicidad,
eso es capital. ¡Se trata de saber si
somos idólatras o si estamos en la religión del espíritu! ¡Es idolatría
echarse a Cristo al bolsillo! Es real si respondemos a las invitaciones de
Cristo con un corazón a la dimensión Suya.
Hay en la Eucaristía una exigencia inmensa, y cuando entramos en una iglesia y vemos la lamparita del sagrario que
indica Su presencia, podemos decir: sí, es verdad, en la medida en que yo mismo
soy presencia real a toda la Iglesia, a todo el universo". (Continuará)
Nota (1). (Bajo toda reserva). Todo eso es
difícil de entender. Creo que fueron sobre todo esas expresiones las que
hicieron que las hermanas dudaron de la ortodoxia de Zundel. Se oponían a una
manera de comprender la presencia real corriente en la Iglesia: se cree que al
comulgar se recibe la carne misma del Señor y en realidad se recibe el cuerpo
espiritual de Cristo resucitado (en armonía con su relación con la humanidad
entera, si podemos decirlo). La presencia real eucarística es la presencia de
un cuerpo espiritual que no se puede tocar con las manos, y "la
manducación de ese cuerpo representa una identificación misteriosa que se
realiza en lo más profundo de nosotros, si estamos en armonía con la exigencia
universal de Jesús". Nos identificamos con el Amor inmolado del Señor para
la salvación de la humanidad entera.