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Zundel

29/03/09. Toda la historia de la creación interior de la Trinidad divina. Y comienzo de la 6ª conferencia.

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Después de los pensamientos de ayer, podemos osar pensar que finalmente sólo es plenamente real y últimamente real la generación-gestación-nacimiento del Hijo por el Padre Y la procesión del Espíritu que brota inmediatamente de esa operación cuyo operador podemos considerar que es Él, al mismo tiempo que procede de ella.

Y toda la historia de la creación puede ser vista como interior a esa generación-gestación-nacimiento, como haciendo parte de ella de manera no necesaria. Y el sacramento de la Eucaristía puede ser concebido, en última "verdad", como el sacramento de esa doble operación que se realiza eternamente en el Dios Trino y eternamente Lo construye. Podemos considerarlo como el sacramento del impulso eterno de cada Persona divina hacia la Otra, al mismo tiempo que sacramento del paso de Jesús al Padre, cuya dificultad infinita revela la eterna "dificultad", el eterno heroísmo, si se puede decir, de nuestro Dios para ser eternamente lo que es. (Bajo toda reserva. ¿A retomar?)

(1) En el texto publicado ayer se puede cambiar la palabra "esfuerzo" por la palabra "impulso".

 

1ª parte de la 6ª conferencia de M. Zundel a las oblatas de la obra de San Agustín en la abadía benedictina de la Rochette en septiembre 1963

"Hay que considerar la vida religiosa desde el punto de vista de la vida de la Iglesia. ¿Qué sentido tiene la vida monástica? ¿Qué sentido tiene también la oblatura que nos une a la vida monástica?

Tenemos a veces tendencia a oponer el sacerdocio, dedicado a una vida apostólica y la vida religiosa que estaría dedicada a la santificación personal. Eso no corresponde a una verdadera vida religiosa.

En el siglo 19 se pudo constatar a veces este error de ver en la vida pública y oficialmente dedicada a Dios una manera de santificarse uno mismo y una prueba de la piedad y del grado de amor de Dios. Era corriente enrolar jovencitas en la vida religiosa diciéndoles que si eran generosas, si querían ir hasta el final del don de sí mismas no había otra solución que el convento. Y ciertamente un buen número de falsas vocaciones surgieron de esas palabras torpes que tendrían por consecuencia, tomándolas a la letra, que todo el mundo está obligado a entrar al convento, ya que tampoco se concibe que un cristiano ame a Dios a medias.

Esta ambigüedad que se instaló en la visión cristiana y que implica igualmente a los sacerdotes y los religiosos, a saber que a cierto grado de amor de Dios corresponde necesariamente una vida exclusivamente religiosa en el sentido técnico de la palabra, o una vida sacerdotal. Parece evidente que no puede ser así, ya que el cristianismo no implica dos "ideales": no hay un ideal para los religiosos o los monjes o los sacerdotes, y otro para los seglares. Es absolutamente inconcebible ya que la perfección cristiana está estrictamente unida a la caridad.

San Pablo nos lo dijo con una plenitud y una perfección incomparables: sólo la caridad es la forma y el corazón de las virtudes, tanto que, siguiendo la línea paulina, es necesario decir: el que tiene la caridad tiene todas las virtudes, y el que no la tiene no tiene ninguna, ninguna en el sentido que las virtudes perfectas son las que culminan en un estado de gracia incontestable.

Está perfectamente claro que, si la caridad es el lazo de la perfección y la forma de todas las virtudes, no se concibe un alma que pueda estar exenta de la caridad ¡Es el corazón del Evangelio! ¡La única prueba, el único criterio que Nuestro Señor dio a sus discípulos para discernir la verdad de su adhesión es el amor! ¡Y el amor no puede amar a medias! No se concibe un amor a medias, que declare haber hecho lo suficiente, sin negarse a sí mismo.

El cristianismo, en una palabra, no consiste en cierta técnica religiosa, en cierta forma de vida, sino únicamente, en la perfección de la caridad, en la plenitud del amor en todos los estados, para todos los hombres sin excepción. Así se pone inmediatamente fin a esa manera de reclutar vocaciones so color de impulsar las almas a la perfección (1).

Al mismo tiempo se evita algo que no representa un peligro menor, es decir no sólo falsear la orientación de una vida y de una vocación, sino también despreciar todos los estados que no son el religioso o sacerdotal. ¡Y eso fue, por otra parte, lo que sucedió!

En el mundo seglar en general, se llegó a pensar que si uno no era ni monje ni sacerdote, finalmente todo le estaba permitido. No había peligro a condición de pagar los diezmos para el culto y de dar a la colecta en la iglesia, y de disponer de la presencia de un sacerdote al fin de la vida. Es decir que los seglares en general se consideraban como dispensados de ser muy cuidadosos. No eran especialistas de la religión, ni especialistas de la perfección. Tenían solamente que pasarla bueno. En especial la juventud debía servir para hacer experiencias inevitables que eran perfectamente bien vistas pues no eran ni sacerdotes ni monjes.

Se devaluó pues a la vez el sentido profundo de la vida religiosa y el sentido último de la vida cristiana viendo en la vida monástica, en la vida consagrada, una vida más perfecta finalmente que pone a la gente en un nivel de la escala necesariamente más alto que los demás, y condena a los seglares a un grado de virtud mediocre que les asegura desde luego un puesto en el paraíso, pero evidentemente a cierta distancia del Señor y de los que tuvieron la suerte suficiente de escoger la mejor parte.

Es totalmente evidente que la perfección cristiana, la perfección del amor, se funda en la vocación bautismal, que todo cristiano está llamado a la plenitud del amor, y que el cristianismo barato es una invención absolutamente extraña al Evangelio. A todo cristiano se impone exactamente la misma perfección. Todo cristiano tiene la misma misión, ya lo hemos subrayado, pero en funciones diferentes.

(1) Zundel ya no hablaría así hoy en 2009, aunque evidentemente algo queda de esa mentalidad de los años 60.

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