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Después de los pensamientos de ayer, podemos
osar pensar que finalmente sólo es plenamente real y últimamente real la
generación-gestación-nacimiento del Hijo por el Padre Y la procesión del
Espíritu que brota inmediatamente de esa operación cuyo operador podemos
considerar que es Él, al mismo tiempo que procede de ella.
Y toda la historia de la creación puede
ser vista como interior a esa generación-gestación-nacimiento, como haciendo
parte de ella de manera no necesaria. Y el sacramento de la Eucaristía puede
ser concebido, en última "verdad", como el sacramento de esa doble
operación que se realiza eternamente en el Dios Trino y eternamente Lo construye.
Podemos considerarlo como el sacramento del impulso eterno de cada Persona
divina hacia la Otra, al mismo tiempo que sacramento del paso de Jesús al
Padre, cuya dificultad infinita revela la eterna "dificultad", el
eterno heroísmo, si se puede decir, de nuestro Dios para ser eternamente lo que
es. (Bajo toda reserva. ¿A retomar?)
(1) En el texto publicado ayer se puede
cambiar la palabra "esfuerzo" por la palabra "impulso".
1ª parte de la 6ª conferencia de M. Zundel
a las oblatas de la obra de San Agustín en la abadía benedictina de la Rochette
en septiembre 1963
"Hay que considerar la vida religiosa
desde el punto de vista de la vida de la Iglesia. ¿Qué sentido tiene la vida
monástica? ¿Qué sentido tiene también la oblatura que nos une a la vida monástica?
Tenemos a veces tendencia a oponer el
sacerdocio, dedicado a una vida apostólica y la vida religiosa que estaría dedicada
a la santificación personal. Eso no corresponde a una verdadera vida religiosa.
En el siglo 19 se pudo constatar a veces
este error de ver en la vida pública y oficialmente dedicada a Dios una manera
de santificarse uno mismo y una prueba de la piedad y del grado de amor de
Dios. Era corriente enrolar jovencitas en la vida religiosa diciéndoles que si
eran generosas, si querían ir hasta el final del don de sí mismas no había otra
solución que el convento. Y ciertamente un buen número de falsas vocaciones
surgieron de esas palabras torpes que tendrían por consecuencia, tomándolas a
la letra, que todo el mundo está obligado a entrar al convento, ya que tampoco
se concibe que un cristiano ame a Dios a medias.
Esta ambigüedad que se instaló en la
visión cristiana y que implica igualmente a los sacerdotes y los religiosos, a
saber que a cierto grado de amor de Dios corresponde necesariamente una vida
exclusivamente religiosa en el sentido técnico de la palabra, o una vida
sacerdotal. Parece evidente que no puede ser así, ya que el cristianismo no implica dos "ideales": no hay un ideal
para los religiosos o los monjes o los sacerdotes, y otro para los seglares. Es
absolutamente inconcebible ya que la perfección cristiana está estrictamente
unida a la caridad.
San Pablo nos lo dijo con una plenitud y
una perfección incomparables: sólo la caridad es la forma y el corazón de las
virtudes, tanto que, siguiendo la línea paulina, es necesario decir: el que
tiene la caridad tiene todas las virtudes, y el que no la tiene no tiene
ninguna, ninguna en el sentido que las virtudes perfectas son las que culminan
en un estado de gracia incontestable.
Está perfectamente claro que, si la
caridad es el lazo de la perfección y la forma de todas las virtudes,
no se concibe un alma que pueda estar exenta de la caridad ¡Es el corazón del Evangelio! ¡La única
prueba, el único criterio que Nuestro Señor dio a sus discípulos para discernir
la verdad de su adhesión es el amor! ¡Y el amor no puede amar a medias! No se
concibe un amor a medias, que declare haber hecho lo suficiente, sin negarse a
sí mismo.
El cristianismo, en una palabra, no consiste en cierta técnica religiosa, en cierta forma de
vida, sino únicamente, en la perfección
de la caridad, en la plenitud del amor en todos los estados, para todos los
hombres sin excepción. Así se pone inmediatamente fin a esa manera de
reclutar vocaciones so color de impulsar las almas a la perfección (1).
Al mismo tiempo se evita algo que no
representa un peligro menor, es decir
no sólo falsear la orientación de una vida y de una vocación, sino también
despreciar todos los estados que no son el religioso o sacerdotal. ¡Y eso fue,
por otra parte, lo que sucedió!
En el mundo seglar en general, se llegó a
pensar que si uno no era ni monje ni sacerdote, finalmente todo le estaba
permitido. No había peligro a condición de pagar los diezmos para el culto y de
dar a la colecta en la iglesia, y de disponer de la presencia de un sacerdote al
fin de la vida. Es decir que los seglares en general se consideraban como
dispensados de ser muy cuidadosos. No eran especialistas de la religión, ni
especialistas de la perfección. Tenían solamente que pasarla bueno. En especial
la juventud debía servir para hacer experiencias inevitables que eran
perfectamente bien vistas pues no eran ni sacerdotes ni monjes.
Se devaluó pues a la vez el sentido
profundo de la vida religiosa y el sentido último de la vida cristiana viendo
en la vida monástica, en la vida consagrada, una vida más perfecta finalmente
que pone a la gente en un nivel de la escala necesariamente más alto que los
demás, y condena a los seglares a un grado de virtud mediocre que les asegura desde
luego un puesto en el paraíso, pero evidentemente a cierta distancia del Señor
y de los que tuvieron la suerte suficiente de escoger la mejor parte.
Es totalmente evidente que la perfección
cristiana, la perfección del amor, se funda en la vocación bautismal, que todo cristiano está llamado a la plenitud
del amor, y que el cristianismo barato es una invención absolutamente
extraña al Evangelio. A todo cristiano se impone exactamente la misma
perfección. Todo cristiano tiene la misma misión, ya lo hemos subrayado, pero
en funciones diferentes.
(1) Zundel ya no hablaría así hoy en 2009,
aunque evidentemente algo queda de esa mentalidad de los años 60.