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Continuación personal a propósito
de la Eucaristía. (Bajo toda reserva)
La Eucaristía es el sacramento del
sacrificio de Jesucristo. Esa es la doctrina más tradicional de la Iglesia.
Cristo ofrece este sacrificio durante toda su vida, pero más especialmente, más
específicamente, en el momento de su Pasión, Muerte y Resurrección.
En el Evangelio que la Iglesia nos propone
el 5° domingo de Cuaresma (Juan 12, 23-30) pudimos prestar atención a que el momento del sacrificio de Jesús es el
momento de su glorificación: "Ha llegado la hora de ser glorificado el
Hijo del Hombre" (Jn. 12, 23). Es Jesús mismo el que lo dice, y es al
mismo tiempo la hora de la glorificación del Padre: "¡Padre,
glorifícate!" (v. 28). Eso quiere decir que es la hora de la glorificación de la verdad respecto del Dios Trinidad.
Puesto que es la hora en que Jesús se ofrece de la manera más perfecta al
Padre, eso significa que la verdad misma de Dios consiste en una eterna y
perfecta ofrenda de sí mismo en la Trinidad. En la Trinidad, cada persona
divina hace eternamente a las Demás una ofrenda de sí misma.
En el mismo capítulo 12 igualmente Jesús
dice: "El que se aferra a su vida la pierde, pero el que desprecia su vida
en este mundo, la conserva para la vida eterna". Y eso a imagen del grano
de trigo que debe podrir y morir en tierra para producir fruto. Puede que
"perder la vida para guardarla para la vida eterna" corresponda
también a "algo" infinitamente misterioso en la Trinidad divina. Se
trataría del anonadamiento de cada persona divina en su identificación con el
Otro para vivir eternamente la vida eterna.
Por todo eso se pudo decir que la Eucaristía, sacramento de la
perfecta ofrenda de Jesucristo, es
también el sacrificio, y la revelación, de la perfecta y eterna ofrenda de sí
misma que hace cada Persona divina en la Trinidad, y eso hasta el anonadamiento
de sí misma. Lo revela la ofrenda perfecta del Hijo, en el momento "crucial"
de Su paso al Padre.
También puede introducirse en este
sacramento, si podemos decir, el comportamiento del Padre en la historia del
Universo, de la tierra y del hombre. Nos lo dice Jesús mismo en el Evangelio:
"Mi Padre trabaja siempre, y yo
también" (Juan 5, 17)… Y fue justo después de decir Jesús estas
palabras cuando "los judíos trataban de hacerlo morir, pues no sólo
violaba el reposo del sábado sino que también llamaba a Dios su propio Padre,
haciéndose así igual a Dios" (Juan 5, 18). Ahí está significada igualmente
la semejanza de operación entre el Padre y el Hijo (Juan 5, 19).
Se puede pues pensar que el trabajo del Padre no se hace así no más, sino
que provoca al Padre un "sufrimiento" grande. Jesús mismo está
perturbado porque "las cosas" no marchan tan bien como lo hubiera
esperado, y en este momento ya está condenado a la Pasión y muerte. Pero la
palabra sufrimiento no puede convenir porque, si en Dios existe sufrimiento, es
evidente que eso no Lo disminuye en modo alguno ni Lo deteriora, como puede
suceder en el hombre, sino al contrario, es lo que funda, de manera
infinitamente misteriosa, la eterna y perfecta beatitud de cada persona en la
Trinidad divina.