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30/03/09. La Eucaristía es el sacramento de lo que se realiza eternamente en el Dios Trino y que hace que Dios es Trinidad.

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Continuación personal a propósito de la Eucaristía. (Bajo toda reserva)

La Eucaristía es el sacramento del sacrificio de Jesucristo. Esa es la doctrina más tradicional de la Iglesia. Cristo ofrece este sacrificio durante toda su vida, pero más especialmente, más específicamente, en el momento de su Pasión, Muerte y Resurrección.

En el Evangelio que la Iglesia nos propone el 5° domingo de Cuaresma (Juan 12, 23-30) pudimos prestar atención a que el momento del sacrificio de Jesús es el momento de su glorificación: "Ha llegado la hora de ser glorificado el Hijo del Hombre" (Jn. 12, 23). Es Jesús mismo el que lo dice, y es al mismo tiempo la hora de la glorificación del Padre: "¡Padre, glorifícate!" (v. 28). Eso quiere decir que es la hora de la glorificación de la verdad respecto del Dios Trinidad. Puesto que es la hora en que Jesús se ofrece de la manera más perfecta al Padre, eso significa que la verdad misma de Dios consiste en una eterna y perfecta ofrenda de sí mismo en la Trinidad. En la Trinidad, cada persona divina hace eternamente a las Demás una ofrenda de sí misma.

En el mismo capítulo 12 igualmente Jesús dice: "El que se aferra a su vida la pierde, pero el que desprecia su vida en este mundo, la conserva para la vida eterna". Y eso a imagen del grano de trigo que debe podrir y morir en tierra para producir fruto. Puede que "perder la vida para guardarla para la vida eterna" corresponda también a "algo" infinitamente misterioso en la Trinidad divina. Se trataría del anonadamiento de cada persona divina en su identificación con el Otro para vivir eternamente la vida eterna.

Por todo eso se pudo decir que la Eucaristía, sacramento de la perfecta ofrenda de Jesucristo, es también el sacrificio, y la revelación, de la perfecta y eterna ofrenda de sí misma que hace cada Persona divina en la Trinidad, y eso hasta el anonadamiento de sí misma. Lo revela la ofrenda perfecta del Hijo, en el momento "crucial" de Su paso al Padre.

También puede introducirse en este sacramento, si podemos decir, el comportamiento del Padre en la historia del Universo, de la tierra y del hombre. Nos lo dice Jesús mismo en el Evangelio: "Mi Padre trabaja siempre, y yo también" (Juan 5, 17)… Y fue justo después de decir Jesús estas palabras cuando "los judíos trataban de hacerlo morir, pues no sólo violaba el reposo del sábado sino que también llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose así igual a Dios" (Juan 5, 18). Ahí está significada igualmente la semejanza de operación entre el Padre y el Hijo (Juan 5, 19).

Se puede pues pensar que el trabajo del Padre no se hace así no más, sino que provoca al Padre un "sufrimiento" grande. Jesús mismo está perturbado porque "las cosas" no marchan tan bien como lo hubiera esperado, y en este momento ya está condenado a la Pasión y muerte. Pero la palabra sufrimiento no puede convenir porque, si en Dios existe sufrimiento, es evidente que eso no Lo disminuye en modo alguno ni Lo deteriora, como puede suceder en el hombre, sino al contrario, es lo que funda, de manera infinitamente misteriosa, la eterna y perfecta beatitud de cada persona en la Trinidad divina.

 

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