Normal
0
21
false
false
false
MicrosoftInternetExplorer4
/* Style Definitions */
table.MsoNormalTable
{mso-style-name:"Tableau Normal";
mso-tstyle-rowband-size:0;
mso-tstyle-colband-size:0;
mso-style-noshow:yes;
mso-style-parent:"";
mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;
mso-para-margin:0cm;
mso-para-margin-bottom:.0001pt;
mso-pagination:widow-orphan;
font-size:10.0pt;
font-family:"Times New Roman";
mso-ansi-language:#0400;
mso-fareast-language:#0400;
mso-bidi-language:#0400;}
3ª
parte de la 6ª conferencia de M. Zundel en La Rochette, en septiembre de 1963.
"La Iglesia tiene necesidad del
estado religioso, monástico o sacerdotal: lo necesita para la perfecta y
armoniosa realización de su misión. Hay ciertas funciones eclesiales que
concurren a la perfección del Cuerpo Místico, que sólo se pueden realizar
juntos, con continuidad, con estabilidad, como lo preconiza la regla de san
Benito y sin que la sucesión de generaciones interrumpa la obra indispensable.
Precisamente, en razón del carácter comunitario de la obra indispensable al
Cuerpo Místico, en razón de la continuidad que requiere, se reúnen almas que se
sienten llamadas a esa función porque corresponde mejor a su objetivo y se les
pide un compromiso de estabilidad que permita al Cuerpo Místico contar con su
colaboración y estar seguro de que la función se cumpla. Un ejemplo concreto es
el de la función monástica en los Estados Unidos.
Recuerdo la conversación con el Abad de
Getsemaní, el Abad Tomás Merton, que iba al Capítulo de los Cistercienses y
decía que las vocaciones monásticas son tan numerosas en Estados Unidos que su
abadía había tenido que extenderse ya cinco o seis veces. Actualmente ya
contaba con 200 monjes y había que alojar a los novicios bajo tiendas. Están
desbordando las personas que vienen a retiro. Hay habitualmente unas cincuenta
que vienen a impregnarse de la soledad de Getsemaní.
Vemos ahí funcionar en cierto modo uno de
los engranajes del Cuerpo Místico cuya fecundidad se percibe de inmediato. En
la vida agitada y súper-tensa (del mundo
de hoy), hay esos jardines del silencio donde el alma puede desprenderse de
la fiebre de los negocios, respirar la eternidad de su destino, beneficiar de
un silencio que es silencio vivido.
Recuerdo cuando era capellán de las
benedictinas de la calle Monsieur (1) en París, tuve ocasión de constatar cómo
ese monasterio, que desgraciadamente ya no existe en París, se inscribía en el
medio parisino como una especie de necesidad providencial. En esa capilla, que
por otra parte no tenía ninguna especie de belleza – era una de esas
imitaciones seudo-góticas del siglo 19 – yo estaba estupefacto de ver afluir
artistas, escritores, hombres de teatro, que acudían allá mientras que a dos
pasos estaba la gran iglesia de san Francisco Javier. ¿Y por qué venían? ¿Qué
buscaban en esa capilla donde nunca, o casi nunca había sermones, donde sólo se
celebraba la liturgia? ¿Qué buscaban sino justamente el silencio como presencia
viva, el silencio como de una Persona?
Un centenar de monjes o de monjas viven
ahí rigurosamente el silencio de la clausura y se comunican unos a otros la
posibilidad de un recogimiento que nada venga a perturbar. Eso da evidentemente
a la oración un marco, si me atrevo a decirlo, un marco de extradinario poder
que explica la atracción de un monasterio ferviente, se ve cómo es necesariamente un hogar donde vienen a sumergirse
almas particularmente ávidas de Dios.
Isabel Rivière en persona me contó cómo,
después de haber conocido la religión, como toda francesa de su clase, de una
manera muy exterior, hastiada además de las misas muy solemnes de matrimonio o
de entierro, había llegado un día a la calle Monsieur y que, ante esa liturgia
tan despojada, sintió inmediatamente que ahí pasaba algo, más aún, ¡que ahí
había Alguien! Se conmovió tanto que estalló en sollozos. Después de ese
contacto con la liturgia se convirtió tan profundamente que arrastró a Jacques
Rivière y pudo tener la certeza de que en el momento de su muerte él se arrojó
en el regazo de Dios. Pudo también educar a sus dos hijos en un amor tan
profundo por el Señor que los dos, el hijo y la hija, se hicieron benedictinos.
Ahí ven, en función del ideal monástico,
cómo el silencio, realizado no como
consigna sino como la más profunda respiración del alma, irradia sobre el mundo
entero. El mundo sería infinitamente más pobre si esos jardines de Dios no
existieran y ahora son más necesarios que nunca. Más que nunca, el mundo está esperando
sin saberlo, que la vida cristiana sea vivida con esa intensidad, al abrigo de
la precipitación, de la fiebre, de la concurrencia vital, de la aventura
psicológica que perjudica tantos cerebros y los lleva con tanta frecuencia al
bordo de la locura.
La Iglesia tiene pues necesidad esencial
de esa función, de entregarse a una oración que ocupe toda la vida, que dé
sentido a toda una Comunidad, desligando a sus miembros en cuanto posible, de
las obligaciones materiales que limitarían el tiempo de la oración, que
cortarían el aliento a esa respiración divina, restringirían la meditación a un
tiempo ínfimo y entregarían las almas a la lucha por la vida que tiene grandeza
y magnificencia, que es necesaria en su orden pero que no es compatible con la
entrega a una alabanza ofrecida en nombre del mundo entero, por el mundo
entero, y que atesora, acumula en particular el tesoro incomparable del silencio.
Lo que podemos desear actualmente es un
intercambio cada vez más intenso, como el que reina en Estados Unidos, entre
los monasterios y la vida civil.
Por otra parte, los monasterios salen
ganando del contacto con todos los llamados del mundo, los cuales deben
alimentar su oración, como todos los civiles salen ganando hundiéndose en la
contemplación, llevándose reservas de silencio sacadas del sacramento colectivo
que es un monasterio, porque ese es su verdadero nombre: todo monasterio, por el llamado de la Iglesia, por la consagración
que recibe de ella, es un sacramento
colectivo de silencio y de contemplación. Existe para los demás y
no para sí mismo y, si los mojes y monjas son fieles a su vocación, lo será
precisamente en la medida en que no estén ahí para buscar su propia perfección
sino para realizar una función universal que se refiere al bienestar indispensable,
la mejora indispensable, el mejor estado del Cuerpo Místico". (Continuará)
Nota (1). Yo pasé un año de transición (1988-1989)
como capellán auxiliar en esa misma comunidad, siempre muy numerosa, que había
emigrado a Vauhallan, al sur de París. Había conservado todas las cualidades
reconocidas por Zundel.