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Zundel

31/03/09. Todo monasterio es un sacramento colectivo de silencio y de contemplación.

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3ª parte de la 6ª conferencia de M. Zundel en La Rochette, en septiembre de 1963.

"La Iglesia tiene necesidad del estado religioso, monástico o sacerdotal: lo necesita para la perfecta y armoniosa realización de su misión. Hay ciertas funciones eclesiales que concurren a la perfección del Cuerpo Místico, que sólo se pueden realizar juntos, con continuidad, con estabilidad, como lo preconiza la regla de san Benito y sin que la sucesión de generaciones interrumpa la obra indispensable. Precisamente, en razón del carácter comunitario de la obra indispensable al Cuerpo Místico, en razón de la continuidad que requiere, se reúnen almas que se sienten llamadas a esa función porque corresponde mejor a su objetivo y se les pide un compromiso de estabilidad que permita al Cuerpo Místico contar con su colaboración y estar seguro de que la función se cumpla. Un ejemplo concreto es el de la función monástica en los Estados Unidos.

Recuerdo la conversación con el Abad de Getsemaní, el Abad Tomás Merton, que iba al Capítulo de los Cistercienses y decía que las vocaciones monásticas son tan numerosas en Estados Unidos que su abadía había tenido que extenderse ya cinco o seis veces. Actualmente ya contaba con 200 monjes y había que alojar a los novicios bajo tiendas. Están desbordando las personas que vienen a retiro. Hay habitualmente unas cincuenta que vienen a impregnarse de la soledad de Getsemaní.

Vemos ahí funcionar en cierto modo uno de los engranajes del Cuerpo Místico cuya fecundidad se percibe de inmediato. En la vida agitada y súper-tensa (del mundo de hoy), hay esos jardines del silencio donde el alma puede desprenderse de la fiebre de los negocios, respirar la eternidad de su destino, beneficiar de un silencio que es silencio vivido.

Recuerdo cuando era capellán de las benedictinas de la calle Monsieur (1) en París, tuve ocasión de constatar cómo ese monasterio, que desgraciadamente ya no existe en París, se inscribía en el medio parisino como una especie de necesidad providencial. En esa capilla, que por otra parte no tenía ninguna especie de belleza – era una de esas imitaciones seudo-góticas del siglo 19 – yo estaba estupefacto de ver afluir artistas, escritores, hombres de teatro, que acudían allá mientras que a dos pasos estaba la gran iglesia de san Francisco Javier. ¿Y por qué venían? ¿Qué buscaban en esa capilla donde nunca, o casi nunca había sermones, donde sólo se celebraba la liturgia? ¿Qué buscaban sino justamente el silencio como presencia viva, el silencio como de una Persona?

Un centenar de monjes o de monjas viven ahí rigurosamente el silencio de la clausura y se comunican unos a otros la posibilidad de un recogimiento que nada venga a perturbar. Eso da evidentemente a la oración un marco, si me atrevo a decirlo, un marco de extradinario poder que explica la atracción de un monasterio ferviente, se ve cómo es necesariamente un hogar donde vienen a sumergirse almas particularmente ávidas de Dios.

Isabel Rivière en persona me contó cómo, después de haber conocido la religión, como toda francesa de su clase, de una manera muy exterior, hastiada además de las misas muy solemnes de matrimonio o de entierro, había llegado un día a la calle Monsieur y que, ante esa liturgia tan despojada, sintió inmediatamente que ahí pasaba algo, más aún, ¡que ahí había Alguien! Se conmovió tanto que estalló en sollozos. Después de ese contacto con la liturgia se convirtió tan profundamente que arrastró a Jacques Rivière y pudo tener la certeza de que en el momento de su muerte él se arrojó en el regazo de Dios. Pudo también educar a sus dos hijos en un amor tan profundo por el Señor que los dos, el hijo y la hija, se hicieron benedictinos.

Ahí ven, en función del ideal monástico, cómo el silencio, realizado no como consigna sino como la más profunda respiración del alma, irradia sobre el mundo entero. El mundo sería infinitamente más pobre si esos jardines de Dios no existieran y ahora son más necesarios que nunca. Más que nunca, el mundo está esperando sin saberlo, que la vida cristiana sea vivida con esa intensidad, al abrigo de la precipitación, de la fiebre, de la concurrencia vital, de la aventura psicológica que perjudica tantos cerebros y los lleva con tanta frecuencia al bordo de la locura.

La Iglesia tiene pues necesidad esencial de esa función, de entregarse a una oración que ocupe toda la vida, que dé sentido a toda una Comunidad, desligando a sus miembros en cuanto posible, de las obligaciones materiales que limitarían el tiempo de la oración, que cortarían el aliento a esa respiración divina, restringirían la meditación a un tiempo ínfimo y entregarían las almas a la lucha por la vida que tiene grandeza y magnificencia, que es necesaria en su orden pero que no es compatible con la entrega a una alabanza ofrecida en nombre del mundo entero, por el mundo entero, y que atesora, acumula en particular el tesoro incomparable del silencio.

Lo que podemos desear actualmente es un intercambio cada vez más intenso, como el que reina en Estados Unidos, entre los monasterios y la vida civil.

Por otra parte, los monasterios salen ganando del contacto con todos los llamados del mundo, los cuales deben alimentar su oración, como todos los civiles salen ganando hundiéndose en la contemplación, llevándose reservas de silencio sacadas del sacramento colectivo que es un monasterio, porque ese es su verdadero nombre: todo monasterio, por el llamado de la Iglesia, por la consagración que recibe de ella, es un sacramento colectivo de silencio y de contemplación. Existe para los demás y no para sí mismo y, si los mojes y monjas son fieles a su vocación, lo será precisamente en la medida en que no estén ahí para buscar su propia perfección sino para realizar una función universal que se refiere al bienestar indispensable, la mejora indispensable, el mejor estado del Cuerpo Místico". (Continuará)

Nota (1). Yo pasé un año de transición (1988-1989) como capellán auxiliar en esa misma comunidad, siempre muy numerosa, que había emigrado a Vauhallan, al sur de París. Había conservado todas las cualidades reconocidas por Zundel.

 

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