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En Jesucristo, la libertad de Su Persona,
la libertad de Su Ser, es lo que le permite adaptar Su propia manifestación al
estado mental y a las disposiciones del corazón de aquellos a quienes se
manifiesta. La identificación se hace por grados. Aquí lo vemos: los
discípulos, los apóstoles creen ver un espíritu. Sólo poco a poco se convencen
de la presencia corporal del Señor, presencia corporal que testifica, por otra
parte, de una libertad tan grande como acabo de decirlo, tanto que finalmente
Cristo desaparece de su vista más allá de todas las leyes del espacio y del
tiempo.
La libertad del Cuerpo del Señor, la
libertad de Cristo Resucitado, está llamada a ser la nuestra, ya que todos
estamos llamados a resucitar y que la vida gloriosa del Señor se imprime ya en
nuestra vida. ¿Cómo se puede realizar eso? ¿Por qué recogimiento, por qué
interiorización de nosotros mismos? Esa es evidentemente toda la cuestión que
podemos plantear en cierto modo mediante experiencias verificables.
Los cosmonautas nos enseñaron que el
hombre no puede subsistir al salir de nuestra atmósfera sino llevando consigo
las condiciones terrestres. Si no hubieran estado aprovisionados por el
oxígeno, si no hubieran podido comer alimentos terrestres, los cosmonautas no
habrían podido sobrevivir en la luna. En la luna, pues, siguieron siendo terrestres
porque, justamente, nuestro organismo está ordenado a nuestra vida terrestre:
nuestros órganos están hechos de tal manera que están estrechamente limitados a
la zona terrestre que es nuestro hábitat.
Si hubiera una transferencia de la
humanidad a otros planetas cuyas condiciones fueran totalmente diferentes, los
órganos tendrían que modificarse en proporción, lo cual nos lleva a
preguntarnos qué constituye finalmente la esencia de nuestro cuerpo. Si hacemos
abstracción de los dispositivos que nos adaptan al hábitat terrestre, ¿qué
queda de nosotros?
Por otra parte, si tenemos cuenta de las
condiciones de después de la vida, de después de la vida terrenal, ya no habrá
generación, ya no habrá matrimonio, ya no habrá lucha por el pan cotidiano,
cuando hayan desparecido todos los órganos adaptados a esas funciones, ¿qué va
a quedar de nuestro cuerpo? ¿Cuál es la esencia del cuerpo? ¿Qué es lo que
mantiene nuestra identidad desde el seno materno hasta la muerte, desde el
embrión hasta el anciano? ¿Qué es lo que asegura nuestra presencia en el mundo
visible y nos permite manifestarnos en él, si hacemos la sustracción de todo lo
que he dicho, de todo lo que está rigurosamente adaptado al hábitat terrestre y
a las funciones por ejercer en él durante el tiempo que permanezcamos ahí?
Hay un dato extremadamente conmovedor, es
el de la voz. La voz que reconoce el que nos conoce, la voz que se anuncia en
el teléfono: se sabe que son ustedes si los conocen, la voz revela su música,
porque su música es única, corresponde a una cifra, a cierto largo de onda. La
cifra de la voz corresponde sin duda a la del cuerpo, el cual se puede resumir
también en un largo de onda: cierta música, cierta nota musical si quieren.
Eso sería finalmente lo que constituye la
esencia de nuestra presencia visible y lo que nos permite manifestarnos en el
mundo visible. Por eso justamente vemos que las apariciones de Nuestro Señor
manifiestan una libertad total. Aparece ya bajo una forma, ya bajo otra, con
todas las graduaciones que indicaba yo hace poco, en el modo de ser reconocido
e identificado.
De modo que en fin de cuentas habría
cierta música fundamental que correspondería a nuestra esencia singular.
Entonces lo que somos en presencia de alguien, lo que nos interesa, no es su
digestión, ni su respiración, a menos que esté enfermo y tenga necesidad de
ayuda inmediata, lo que nos interesa es precisamente el misterio de su
presencia. Pero ¿en qué consiste la presencia? Depende naturalmente de la
calidad de la nuestra. Depende de su equilibrio, depende de la luz que lleva en
sí, depende de su pureza y de la nuestra. Lo que hace una presencia en el
estado más favorable, es justamente que es un presente, un regalo, que abre un
espacio, que trae una luz, que es una fuente de alegría.
En esta dirección es como deberíamos vivir
a Cristo Resucitado, resucitando nosotros, transformándonos, anticipando
nuestra resurrección, interiorizando nuestras capacidades orgánicas, de manera
que estemos totalmente contenidos en cierto punto de luz que anunciaría el
misterio de nuestro ser justamente bajo forma de presencia, de presente y
regalo.
Creo que es así como entramos en contacto
con nosotros mismos y con los demás, de esta manera virginal, donde el contacto
se establece justamente a partir de la raíz del ser, de su enraizamiento en
Dios, a partir de lo más diáfano que hay en nosotros, a partir de la música
fundamental que haría de nosotros una nota de elección del cántico del Sol.
En esta dirección estamos invitados
particularmente a meditar durante la liturgia pascual, mientras vamos
precisamente al encuentro del Señor Resucitado, con su Cuerpo Glorioso que
deviene la santificación del mundo. Le pedimos la gracia de ser presencia,
presencia diáfana, presencia de luz, presencia de alegría, en fin, música,
música silenciosa en el Corazón del Señor, en el corazón de los hermanos, que
Lo reconocerán justamente a través de nosotros, en nosotros, en la medida en
que tengamos en ellos une espacio de luz y de amor.
En este resumen del relato de la
Resurrección, atribuido a San Marcos, aunque sea el apéndice de su Evangelio,
hay una palabra que es bastante única: "Id por el mundo entero y proclamad la Buena Nueva a toda la
Creación". Es el único evangelista, si no me equivoco, que formula la
consigna de Jesús de esta manera (Mc 16, 14): "¡Evangelizar no solamente a
los hombres sino toda la Creación!", lo cual incluye los animales, los
vegetales, los minerales, incluye los astros, incluye toda la Historia y
finalmente todo el universo.
Esas palabras corresponden a las de san
Pablo a los Romanos (Ro. 8, 21-22): "La
Creación entera gime en dolores de parto", la Creación entera está
esperando "sometida a la
vanidad", contra su voluntad, "esperando la revelación de la gloria de los hijos de Dios".
Hay ciertamente correspondencia entre la visión de San Pablo y la consigna que
nos presenta aquí el final de San Marcos: la Creación entera, entenebrecida por
nuestros rechazos de amor, la Creación entera debe ser purificada, liberada, y
va a recibir el Evangelio, y está llamada a vivir en Dios.
Esta visión sintética, esta visión que
reúne en una sola vocación el hombre y el universo, es infinitamente preciosa
porque nos da precisamente una visión de conjunto del plan de Dios. La libertad
Divina que brilla en el corazón de la Trinidad, que es el sentido mismo de
Jesús Creador, quiere difundirse a través de las criaturas inteligentes sobre
toda la Creación.
Tenemos una especie de anticipación en la
experiencia admirable de la ciencia que no ha cesado de buscar la verdad a
través de todos los fenómenos. Que tantos sabios puedan entusiasmarse por los
fenómenos hasta dedicarles su vida, que sean colmados por el estudio de la
naturaleza, es evidentemente signo de que hay correspondencia entre sus mentes
y la naturaleza, y que a través de los fenómenos, alcanzan la presencia de la
verdad que es Alguien, porque sería imposible que la mente se dedique a la
verdad, que fuera así iluminada, colmada, si la Verdad no fuera Alguien.
A través de la marcha sobre la
circunferencia que simboliza el progreso de la ciencia, que durará mientras
dure la Historia, a través de la marcha sobre la circunferencia, hay una
relación con el Centro Eterno que cubre todos los tiempos, hay una relación que
brilla justamente, de vez en cuando, a través de los fenómenos en que el sabio
se siente unido al Centro Eterno, y así es como mediante los fenómenos, llega a
la verdad, a la Verdad que es Alguien, a la verdad que es la luz de la mente y
de la inteligencia como también la alegría más profunda de los corazones.
Hay pues una vocación espiritual del
universo, que la ciencia realiza a su manera, que el alma, antes que la ciencia
podríamos decir, se dedica también a realizar. Pero finalmente, si a través del
espectáculo de la naturaleza, buscando expresarlo, los artistas no han cesado
de enriquecer el museo de nuestra admiración, es porque a través de la
naturaleza, bajo el aspecto de la belleza, ellos también, a su manera, han
encontrado en el Universo una Presencia que no han cesado de hacernos sentir,
ya que finalmente la obra de arte es precisamente como el sacramento de la
belleza, que contiene la sugestión y la comunicación de una Presencia.
Y más profundamente todavía, el amor
humano, a través de la comunión de los seres, el amor humano que no ha cesado
de dar la vida, el amor humano, claro está, más que toda otra manifestación de
nuestra existencia, el amor humano hunde sus raíces, las tiene, en el Corazón
de Dios y nos lleva a Él, porque es imposible amar sin intercambiar con Él si
queremos que el amor sea eterno.
Hay, pues, ya en la experiencia humana una
anticipación de la consigna reportada por San Marcos: "Id, evangelizad toda la Creación".
Eso nos abre una luz sobre el contacto con el universo. Eso nos compromete
precisamente a un respeto infinito de toda criatura, ya que a través de toda la
Creación circulan la presencia y el Amor de Dios, y no existe en el universo
una estructura que no refleje el pensamiento y el Amor de Dios.
El universo sacramental, por otra parte, a
su modo y como obra maestra incomparable, constituye ya la personalización de
todo el universo, ya que Jesús tomó los signos sensibles para comunicarnos su
Presencia y su Gracia.
En Cristo hay una sacralización del universo
que corresponde a la más profunda experiencia humana y que nos llama a que
entremos en la trasfiguración, a que colaboremos en ella haciendo cantar todas
las flores, como dice la Misa del Rosario: "Floreced
y exhalad vuestro perfume, ofreced la gracia de vuestro follaje y la alabanza
de vuestro cántico, y bendecid al Señor en todas sus obras" (Sir 39,
14).
La alegría pascual es pues una alegría que
quiere difundirse en todo el universo y no es solamente el hombre sino todo el
universo el que debe devenir aleluya de los pies a la cabeza.
Pascua,
Beirut 2 de abril de 1972.