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Zundel

April 2009 - Posts

  • 29/04/09. El Señor nos quiere grandes, semejantes a Él.

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    4ª homilía de M. Zundel en Ouchy-Lausana el domingo 12 de diciembre de 1965.

    "Juan, que oyó en la cárcel las obras de Cristo, envió a sus discípulos a preguntarle: "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?" Jesús les respondió: "Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia el evangelio a los pobres: ¡dichoso el que no se escandalice de mí!"

    "Cuando se fueron, Jesús comenzó a hablar de Juan a las gentes: "¿Qué salisteis a ver en el desierto?? ¿Una caña movida por el viento? ¿Pues qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido lujosamente? Los que visten lujosamente están en los palacios de los reyes. ¿Entonces, qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os lo digo: y mucho más que un profeta. El es de quien está escrito:"Yo envío delante de ti a mi mensajero para que te prepare el camino". Os aseguro que no hay hombre más grande que Juan Bautista, pero el más pequeño en el reino de Dios es más grande que él".

    "Dios busca afirmar los signos dados, cuando dice a Juan Bautista que conforme a las Escrituras, al comienzo están los pobres: "Se anuncia el evangelio a los pobres". ¿De qué pobres se trata? De los anawim, evidentemente, los pobres en espíritu, las almas pobres, la gente que no se mira a sí misma porque su tesoro está en otra parte, porque está abierta a la Luz que brilla en lo más profundo de ella misma, porque su vida es toda entera una ofrenda de amor.

    Es importante que nos entendamos en este punto, porque es muy evidente que el Evangelio no busca perpetuar la condición de pobreza en el sentido material de la palabra, la pobreza que el Egangelio glorifica es justamente la pobreza en espíritu! La dignidad que hace de una persona una ofrenda total sin ninguna especie de humillación, una ofrenda en el pleno desarrollo de una grandeza auténtica, justamente la obra maestra del trabajo de Cristo que renovó todo, comenzando por el lenguaje de Dios Verbo Encarnado. Su grandeza es justamente haber infundido a la lengua de los hombres un sentido nuevo, haber expresado en cada palabra una dimensión de eternidad, haber liberado las palabras como liberó la vida e introducirnos en una perspectiva infinita sin ninguna exaltación.

    La moral de Cristo no se limita a reglas de conducta impuestas del exterior. Es una dimensión de existencia, una exigencia de ser, una exigencia de grandeza y por eso, en la mente de Jesús o de San Francisco, que la ilustra magníficamente, la pobreza no implica ninguna especie de disminución de dignidad o de grandeza. ¡Al contrario!

    En efecto, la pobreza de espíritu alcanza su realización suprema en Dios mismo, y eso es lo que nos libera, mientras Nietzsche rehusaba someterse a una divinidad que no tendría otra ventaja sobre él que la de ser omnipotente: "Si hubiera dioses, dice, ¿cómo podría yo soportar el no ser Dios?" lo comprendemos porque justamente Nietzsche veía en la divinidad un poder que nos doblega bajo su yugo, un poder que nos aplasta con su omnipotencia material masiva, que parece la negación de la mente, ¡lo cual es absurdo! El verdadero Dios justamente es absolutamente incapaz de humillarnos así, y no nos pide que nos humillemos, porque la humildad y la humillación son antípodas.

    No es lo mismo ser humilde y humillarse. Y como es un crimen humillar a alguien, un crimen contra la dignidad humana, un crimen contra la dignidad divina de toda alma cuya medida, cuya dignidad se mide por la fragilidad, tampoco se trata de humillarnos sino de darnos.

    La humildad en Cristo no es otra cosa que la ofrenda de todo el ser a la Presencia amada de Dios que es la vida misma de nuestra vida en lo más íntimo de nosotros mismos, y por eso justamente la humildad, por ser ofrenda, por ser totalmente mirada hacia Otro, por ser pura oblación, por ser pura generosidad, la humildad no es jamás humillación, sino al contrario, el honor mismo del Hombre y de Dios.

    Y ¿cómo puede ser el honor del hombre y de Dios? Pues por la simple razón que no hay nada más grande que el amor, nada más perfecto que tener de sí mismo lo único que uno puede tener de sí mismo, el despojamiento, que es el vacío que hacemos en nosotros para acoger a Otro a fin de que encuentre todo el espacio indispensable para la efusión de su vida.

    Jesús renovó todo. La pobreza ya no es sórdida, la pobreza ya no es una condición humana, sino que consiste toda en la desapropiación de sí mismo, en la ofrenda que hacemos a Dios, el cual es también todo don y todo amor y que, en el corazón de la Trinidad, no cesa jamás de despojarse en la circumincesión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

    Y eso es justamente lo que hay que escuchar en el Evangelio que es la Buena Nueva, que el Señor nos quiere grandes, semejantes a Él, y es verdad: quiere que seamos perfectos a la manera de Dios, es decir perfectos en el amor, en la caridad, perfectos en la desapropiación que es la única forma de grandeza según el espíritu.

    No lo comprendimos al hacer de la humildad una escuela de humillación en vez de hacer una escuela de grandeza. No entendimos lo que Dios nos pide, lo que es indispensable a la realización de una vida libre, de una vida no sufrida pasivamente, una vida que es verdaderamente la fuente y el origen de sí misma. Eso es posible justamente en la retoma de todo nuestro ser a partir de las últimas raíces en un impulso de amor hacia el Otro más íntimo en nosotros que lo más íntimo nuestro.

    El Evangelio se dirige a los pobres que debemos ser, a los pobres en espíritu, que son precisamente los verdaderos discípulos del Dios Vivo, que son hijos por la esperanza y que se parecen al Padre celestial en la medida en que toda su vida es vida de don, de generosidad y de caridad.

    No queremos pues considerar jamás el cristianismo bajo un ángulo de empequeñecimiento. Jamás se trata de limitar las ambiciones a algo irrisorio. Al contrario, se nos pide que jamás nos contentemos con menos que el infinito, pero el verdadero infinito que es tal precisamente por el don, por la ofrenda que es la hoguera ardiente que es la llama eterna de la caridad infinita en el corazón de Dios.

    Cristo se dirige a nosotros para promovernos, nos dice a cada uno: "Amigo mío, ¡sube más arriba!" Nos libera de toda humillación, nos libera de todas las jerarquías en que no hay ni arriba ni abajo, en que no hay señores ni siervos, y eso sin empujarnos a la rebelión, sino haciéndonos comprender que la verdadera grandeza está en la línea de la existencia, y que obra de manera soberana aquél cuya presencia basta para crear luz, para dar alegría, para ser fuente de fraternidad y de paz.

    Tenemos pues que dejarnos formar por El pero en toda especie, es decir en toda seguridad, en toda confianza, en abandono total, porque no nos va a quitar nada. Siendo el gran pobre, Él nos va a enseñar a no poseer nada, es decir a no ser poseídos por nada. Nos va a enseñar a crecer en el silencio, nos va a enseñar a darnos a Él, que es el don perfecto, va a enseñarnos a acoger a los demás sin jamás humillarlos, porque cada uno tiene sus posibilidades de ser hijo de Dios, porque para cada uno el camino es el mismo, la misma dimensión, la misma grandeza, la misma humildad que no humilla sino que glorifica, porque es la humildad donde, simplemente, dejando de mirarse, uno está fascinado por el Rostro que lleva en sí mismo y no aspira sino a dar la posibilidad de revelarse, de transparentar y de comunicarse.

    Vamos a pedir que la liturgia de hoy, que se dirige a los pobres que debemos ser, se realice cada vez más perfectamente en la libertad interior que es la única grandeza, pidiendo a la Virgen inmaculada, que es la mujer pobre, la mujer que nunca se miró a sí misma, la mujer que es comunión en Cristo y que es totalmente madre por todas las fibras de su ser porque, justamente, es donación, es "fiat".

    Vamos a pedir que esa sea justamente nuestra preparación al misterio de Navidad, al misterio adorable del Dios que viene, vamos a pedir el alma de pobre que nos permitirá ser para Dios, sin contorsiones, sin mentiras, sin hipérboles, en la pura alteridad de una existencia auténtica, una morada, un signo, un sacramento vivo, donde pueda, sin sucumbir a la necesidad de nombrarlo, dejar transparentar su Rostro por el cual suspira toda la tierra".

     

  • 28/04/09. La grandeza auténtica que es la de Dios.

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    Final de la 3ª homilía de M. Zundel el 12 de diciembre de 1965 en Ouchy-Lausana.

    Retoma: "Parece que los cristianos no han elegido todavía, que no han comprendido que estamos en el cruce de caminos, que habrá que tomar posición y que Dios es, o un soberano que puede aplastarnos, o un Amor que nos libera, que nos lleva a la grandeza vaciándonos de nosotros mismos por estar eternamente dado, comunicado, vaciado de sí mismo en el éxtasis de la Santísima Trinidad".

    Continuación: "Cada día tenemos que aprender la lección tan difícil, si somos dignos de nosotros mismos, tenemos que creer que la grandeza, que el último lugar debe ser el de Dios y que no podemos llegar a Él sino de rodillas para el Lavatorio de los pies. Tenemos que creer que la única acción todopoderosa, irresistible, es la de la humildad arrodillada, creer que es en el silencio, cuando no hacemos nada en apariencia, como podemos llegar al extremo del universo, creer que los caminos de la historia pasan por el corazón de cada uno, y que amando, el más pequeño eleva el mundo y le da su realización, que no puede ser sino realización de amor.

    Eso es lo que nos muestra el Evangelio de hoy, a eso quiere llevarnos, quiere enraizarnos de nuevo en la auténtica grandeza que es la de Dios, y la nuestra al mismo tiempo.

    El Adviento, el mundo nuevo al que nos preparamos, es ese mundo, ese mundo interior, silencioso, ese mundo que no sabe correr, ese mundo donde nos escondemos en Dios y donde alcanzamos el secreto supremo de la vida sin decir nada, en una ofrenda de sí mismo que es el único espacio donde la luz divina puede difundirse.

    El Nuevo Testamento, sí, del que nos apoderamos en este Evangelio, que quiere decir de manera tan dramática y conmovedora la novedad eterna. Nada es más apto en efecto a nuestra grandeza que ser llamado a una grandeza infinita y aprender de repente que la grandeza infinita es un despojamiento infinito, y que es necesario hacer el vacío en sí mismo para acoger la luz de un pozo eterno, y que hay que cavar ese pozo más y más para actuar sobre los demás sin violar el secreto de su alma, sin atentar a su libertad, y que la única revelación irresistible de Dios es precisamente la que comunica el espacio que revela a Dios como corazón.

    Tenemos pues que escuchar este Evangelio, seguir su progresión, asociarnos al elogio que hace Jesús sobre el Bautista con una delicadeza tan admirable y al mismo tiempo dejarnos llevar por ese rebasamiento maravilloso, para ver lo que comienza ahora.

    La Nueva Alianza se dirige a nosotros para transformarnos en seres nuevos, para comprometernos en efecto en una aventura humana de dimensión ilimitada, pero en un equilibrio de gracia, de generosidad y de amor tal que la humildad sea simplemente el reverso de la grandeza porque esa grandeza es totalmente, únicamente, grandeza de amor, como en Dios.

    Amar, sí, eso es, amar como Dios, amar retirándose, eclipsándose en Él, amar ofreciendo a los demás, sin decir nada, la revelación del Rostro que no puede entrar en ningún lenguaje sino que puede recibir, a través del rostro humano, una revelación discreta y silenciosa.

    Queremos pues pedir a Nuestro Señor en las oraciones de la liturgia, pedirle que seamos su cuna, pedirle que seamos su santuario, queremos implorar a Jesús mismo la transfiguración que nos convierta en la revelación de Su Presencia, en el vacío recomenzado siempre en que nos hará acostumbrarnos a amar el último puesto, a tomarlo espontáneamente nosotros mismos para alcanzar allá a Dios, cuya soberanía entera, cuyo poder creador, reside todo en el vacío que brota incesantemente, eternamente, infinitamente de la vida del Padre en el Hijo y del Hijo en el Espíritu Santo, en una comunión infinita en la que Jesús quiere precisamente introducirnos hoy en los abismos de la liturgia en que vamos a unirnos con El en la Cruz, para que diga sobre nosotros, enraizándonos en Él para hacernos participar en su grandeza de humildad, de despojamiento y de amor, para que diga sobre nosotros, si nos prestamos a ello un día u otro, si ustedes se prestan a ello, para que diga sobre nosotros como sobre hostias vivas: "Esto es mi cuerpo, Esto es mi sangre". Amén.

     

  • 27/04/09. Este evangelio nos hace sentir la distancia infinita entre las concepciones anteriores de Dios y las que brotan de la Encarnación.

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    3ª homilía de M. Zundel el mismo domingo 12 de diciembre de 1965.

    El mismo evangelio, el mismo contexto de pensamiento: la mayoría de los cristianos siguen aún con el Dios de la Antigua Alianza. No es seguro que hayamos salido de la primera representación de Dios, que es la primera de todo hombre: un Dios infinitamente rico, por ser propietario de todo lo que existe. En las iglesias casi nunca se predica el Dios pobre; para la mayoría, la Cruz es sólo un accidente en la vida de Dios, debido al pecado de los hombres.

    "Juan, que oyó en la cárcel las obras de Cristo, envió a sus discípulos a preguntarle: "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?" Jesús les respondió: "Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia el evangelio a los pobres: ¡dichoso el que no se escandalice de mí!"

    "Cuando se fueron, Jesús comenzó a hablar de Juan a las gentes: "¿Qué salisteis a ver en el desierto?? ¿Una caña movida por el viento? ¿Pues qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido lujosamente? Los que visten lujosamente están en los palacios de los reyes. ¿Entonces, qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os lo digo: y mucho más que un profeta. El es de quien está escrito:"Yo envío delante de ti a mi mensajero para que te prepare el camino". Os aseguro que no hay hombre más grande que Juan Bautista, pero el más pequeño en el reino de Dios es más grande que él".

    El Evangelio que acabamos de escuchar nos parece primero como algo extraordinario a causa de la progresión misteriosa que nos orienta hacia el secreto de la Nueva Alianza. Tenemos primero la duda que parece increíble, del precursor que se pregunta con ansiedad: "¿Eres tú el que esperamos, el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?"

    Tenemos la respuesta de Jesús que es estructural y que, refiriéndose a los Profetas, en especial al Profeta Isaías, se limita a constatar que los tiempos se han cumplido ya que las profecías se están realizando. Pero los discípulos de Juan recibieron la respuesta según las Escrituras, Jesús les dice algo inesperado: ¡hace un elogio de Juan que alcanza el máximo nivel! Parece que ningún hombre haya sido glorificado como Juan en ese elogio de Jesús: "¡Es el mayor de los profetas, el más grande entre los nacidos de mujer, sin semejante, el ángel que precede al Enviado de Dios!" Y cuando el elogio alcanza la cumbre, llega la caída prodigiosa, inesperada y magnífica: "Y sin embargo, ¡el más pequeño en el Reino, el más pequeño, es más grande que Juan el Bautista!"

    ¿Qué quiere decir eso? Cómo es que ese elogio insuperable se desinfla ante la constatación sorprendente de que el más pequeño en el Reino es mayor que Juan el Bautista? Eso quiere decir que entramos en la Nueva Alianza, que en relación con la nueva economía, la antigua de la que Juan es el heraldo supremo, la antigua está terminada, la antigua está infinitamente superada, y la distancia entre la Antigua y la Nueva Alianza es tal que el más pequeño de los discípulos de Jesús es más grande que Juan el Bautista el cual no hace sino mostrar el mundo que viene, pero sin atravesar el velo que acaba de ser puesto, pero sin alcanzar, a no ser en la gloria divina, la revelación única de la pobreza de Dios.

    Pues tenemos ahí ciertamente una oposición: ¡lo que anunciaba Juan, lo que esperaba, era la explosión de la ira de Dios! La había anunciado, el hacha a la raíz del árbol la cosecha final de Dios, que va a seleccionar, a separar el buen grano y el malo, que va a destruir a los enemigos con una palabra de su boca, que va a afirmar una vez más en la historia su omnipotencia, y que va a hacerlo de manera definitiva.

    Y es justamente lo que no sucede, lo que no sucederá, es lo que va a decepcionar no solamente al Precursor sino a los discípulos íntimos de Jesús. Nada de lo que Juan esperaba se va a realizar. El día de la ira no brillará. La omnipotencia de Dios se manifestará finalmente en la derrota, en la humillación, en la soledad, en la noche, en las tinieblas espantosas, en el grito del Gólgota: "¡Oh Dios, ¿porqué me has abandonado?" (1)

    ¿Cómo es que Juan, perteneciendo a la Antigua economía, no habría podido concebir que la omnipotencia de Dios es la omnipotencia del Amor y que el Amor puede ser vencido si no encuentra la respuesta adecuada, la respuesta libre, única que puede fijarlo en nosotros y hacer de Él la fuente misma de nuestra vida.

    Este Evangelio tiene eso justamente de infinitamente precioso, que haciéndonos sentir la angustia del precursor, haciéndonos escuchar la respuesta de Jesús, tan discreta y totalmente tomada de la Escritura, asociándonos al elogio del Bautista que alcanza la cumbre de las cumbres, nos permite, nos hace sentir la distancia infinita entre las concepciones de antes y las que debemos inferir, las que brotan de la Encarnación en que Dios instila a todo hombre un corazón de hombre, y en que va a enseñarnos que la suprema grandeza es el supremo despojamiento.

    ¿Es Dios un poder, un poder que sabe todo, un poder que exige todo, y al que estamos irresistiblemente sometidos? ¿O es un Amor, un Amor entregado, un Amor ofrecido, un Amor que puede ser rehusado, un Amor que acepta ser rechazado hasta morir en la Cruz?

    Ahí está toda la cuestión y parece que los cristianos no han elegido todavía, que no han comprendido que estamos en el cruce de caminos, que habrá que tomar posición y que Dios es, o un soberano que puede aplastarnos, o un Amor que nos libera, que nos lleva a la grandeza vaciándonos de nosotros mismos por estar eternamente dado, comunicado, vaciado de sí mismo en el éxtasis de la Santísima Trinidad". (Continuará)

    Nota (1). Podemos recordar aquí que ese grito de Jesús es el comienzo de un salmo del Antiguo Testamento, que de hecho el Dios que abandona a Jesús en el momento de su pasión y muerte, es el Dios vengador y justiciero del Antiguo Testamento… el cual jamás ha existido, a no ser en la primera representación que los hombres se hacen de Dios.

  • 26/04/09. Dios se afirma como Dios porque nos hace verdaderamente creadores.

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    2ª homilía de M. Zundel en Ouchy-Lausana, el 12 de diciembre de 1965.

    "Juan, que oyó en la cárcel las obras de Cristo, envió a sus discípulos a preguntarle: "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?" Jesús les respondió: "Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia el evangelio a los pobres: ¡dichoso el que no se escandalice de mí!"

    "Cuando se fueron, Jesús comenzó a hablar de Juan a las gentes: "¿Qué salisteis a ver en el desierto?? ¿Una caña movida por el viento? ¿Pues qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido lujosamente? Los que visten lujosamente están en los palacios de los reyes. ¿Entonces, qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os lo digo: y mucho más que un profeta. El es de quien está escrito:"Yo envío delante de ti a mi mensajero para que te prepare el camino". Os aseguro que no hay hombre más grande que Juan Bautista, pero el más pequeño en el reino de Dios es más grande que él".

    Nos parece fantástico, teniendo costumbre de citar el nombre de Juan Bautista en el confíteor, nos parece fantástico que una de las últimas palabras que el profeta dirigió a Jesús expresara dudas. Parece fantástico que ese mártir muera preguntándose si al que había señalado como el Cordero de Dios era en verdad el que debía venir o si había que esperar a otro.

    Pero si ponemos este episodio en relación con el hallazgo del Niño Jesús en el Templo, si recordamos que el evangelista Lucas anota que María y José no comprendieron lo que el niño les dijo, después de permanecer tres días separado de ellos, que debía ocuparse de las cosas de Su Padre, si pensamos que inclusive la Virgen María, que conservaba las palabras en su corazón, no alcanzaba a agotar su contenido, no nos parecerá imposible aceptar, al contrario, que Juan Bautista, que estaba mucho menos adelantado en los secretos de Dios que la Santísima Virgen misma, se haya preguntado finalmente si los caminos de Jesús correspondían a lo que él había anunciado: en efecto, él había anunciado el juicio de Dios, el día de Yahvé, el día terrible, el día de la venganza, el día en que Dios arreglara cuentas con los enemigos y los derrotara con una sola palabra de su boca, el Dios terrible, el Dios impasible, el Dios que tiene la última palabra, que no necesita ejércitos para derribar a los adversarios, ¿cómo reconocerlo bajo los rasgos (de Jesús)? ¿Cómo corresponde a las profecías ese predicador paciente que se mezcla con la gente, que no anuncia el fuego del cielo; que se frota a los pecadores, que los recibe a su mesa o se deja invitar a la de ellos? ¿Cómo constituye eso una manifestación de poder y de juicio definitivo?

    ¡Sus palabras parecen demasiado suaves, no parecen corresponder al poder de Yahvé! ¡Si Dios entra en la escena, es necesario que nada pueda resistirle! y por eso en la prisión Juan, que va a dar su vida por la verdad, se interroga y se inquieta. No reconoce al Yahvé de los profetas, no reconoce la omnipotencia que es evidente cuando se trata del rey de los reyes; todavía no está maduro para aceptar que la grandeza de Dios se manifieste en la debilidad y en la derrota.

    Quizá nosotros tampoco estamos maduros, habiendo convertido a Dios en tapa-huecos de todas nuestras impotencias e ignorancias. Estamos tentados de pensar que por parte de Dios todo está terminado, que no hay nada que añadir, que la pieza está concluida, que el juego está terminado, que la historia del mundo ya está hecha, que somos simples marionetas en las manos de Dios que tira las cuerdas… y Nuestro Señor, contra la imagen que tenemos del poder de Dios, nos va a enseñar que nada está terminado, que todo queda por hacer, que la libertad tiene las manos libres, que ese es el respeto infinito cuya medida es la Cruz, y que justamente Dios es la pobreza infinita, que Dios no puede nada sin nosotros, que Él es Dios justamente porque es el soberano despojamiento y que se manifiesta como Dios en medio de nosotros y dentro de nosotros porque no puede hacer violencia a la voluntad, porque nos pide la colaboración como radicalmente indispensable, porque nos hace verdaderamente creadores con Él de un universo que no puede existir sin nosotros.

    Y entonces estamos orientados hacia el futuro, ya no puede tratarse de una historia pasada que habría que rumiar en súplicas vanas para cambiar lo que es inmutable ya que el pasado es pasado: se trata de un porvenir, se trata de un mundo por crear, de un mundo que está en nuestras manos, de un mundo nupcial, de un mundo de amor que Cristo quiere suscitar en lugar de la antigua creación, volviendo a concebir en nosotros, recapitulando en nosotros el universo. Se trata de un mundo nuevo pero que no se realizará sin nosotros.

    Y desde luego es lo que el Bautista no podía comprender, pues pertenecía todavía a la antigua alianza, e imaginaba a Dios como potencia irresistible, no podía entreverlo con el Rostro de la Suprema Pobreza.

    El Evangelio de hoy justamente, presentándonos esas dudas, confrontándonos con el mayor de los profetas del Antiguo Testamento, con el precursor de Cristo, al recordarnos la ignorancia de María y José, su estupor ante los caminos de Dios, caminos totalmente nuevos inaugurados con la Encarnación, el Evangelio de hoy nos confronta igualmente de manera totalmente nueva con el acto de fe, un acto de fe contra el poder irresistible de un Dios que da terror a todas las cosas con una sola palabra de su boca, por un acto de fe en la libertad fundada en la pobreza absoluta, en una libertad que es sólo la luz de una desapropiación radical, en una libertad que funda la nuestra llamándola justamente a construirse por el don de sí misma.

    El Evangelio de hoy nos pone ante ese mundo totalmente nuevo que no puede realizarse, que no puede surgir de la nada sino con la colaboración de nuestro amor, y el Evangelio de hoy, haciéndonos poner los pasos en las huellas de Jesucristo, nos pide acompañarlo hasta el final, realizar el plan misterioso en que el triunfo de Dios se realiza en la derrota de la Cruz para que sepamos justamente que no se trata de esperar con los brazos cruzados la realización de un destino en el que no tenemos parte, sino al contrario, estamos a la obra para construir con Dios un mundo que no puede funcionar sin nosotros, un mundo fundado sobre el amor, un mundo cuya dimensión creadora es una dimensión de generosidad, un mundo en que Dios mismo se ha confiado en Su Pobreza Infinita, porque Dios es, en el fondo de nosotros, una espera eterna.

    En el fondo nuestro Cristo vela y en las profundidades silenciosas del alma, hace brotar el De Profundis de Dios que va a resonar en las Vísperas de Navidad, y queremos justamente avanzar hacia ese misterio adorable no como hacia algo ético, algo ya hecho y que debe realizarse, sino que vamos a asumir esta Navidad como un programa de acción, como un programa de vida, como una revelación de la iniciativa que debemos tomar para hacer de la vida una obra maestra digna de Dios y digna de nosotros.

    Dios nos necesita. ¡Tiene infinita necesidad de nosotros! A cada instante, cada decisión nuestra decide la figura del mundo, ¡decide el sentido mismo del universo! Y por eso, al escuchar al Bautista expresando su duda desgarradora, la mirada se ilumina de alegría porque sabemos justamente que, si Dios tiene otro rostro que el que le daban en la antigua alianza, es porque se nos revela como el Dios del corazón, como el Dios de la grandeza humana, nos indica, nos revela la colaboración indispensable que debemos prestarle, es porque no sólo pone el mundo en nuestras manos, sino que se pone Él mismo en nuestras manos ya que es la manera como comprendemos a Dios, la manera como comprendemos su llamado, y la respuesta que le demos a su llamado dará en nuestra vida y en la vida de los demás, en la medida en que nuestra vida pueda influenciarlos, le dará a Dios Su Rostro.

    ¡Oh! ¡Pidamos que el Rostro de Dios no sea mutilado por nosotros! Que no sea desfigurado, que no sea caricatural, y que, siguiendo las huellas de la divina pobreza, entrando en sus abismos de silencio, dejando que Cristo se exprese en nosotros sin añadirle nada de nosotros, podamos mostrar a los demás el rostro de Dios como un rostro de paz, como un rostro de grandeza, que nos llama a la grandeza, como un rostro que nos revela la inmensidad de nuestra libertad, porque los juegos no están hechos, ¡todo queda por realizar!

    Dios no puede nada en nosotros sin nosotros y justamente el consentimiento expresado en lo más íntimo nuestro, el consentimiento de amor, es lo que hará del Evangelio no una palabra, un texto, un libro, sino una vida desbordante que traerá silenciosamente la luz y que revelará justamente hoy el Rostro de Cristo como un rostro de paz".

     

  • 25/04/09. Comenzar a aprender, a través del dolor, cómo sabe respirar el soplo de la resurrección.

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    El 12 de diciembre de 1965 M. Zundel pronunció 6 homilías diferentes en Ouchy-Lausana. Hemos publicado la 4ª ayer y antes de ayer. Hoy publicamos la primera.

    "Juan, que oyó en la cárcel las obras de Cristo, envió a sus discípulos a preguntarle: "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?" Jesús les respondió: "Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia el evangelio a los pobres: ¡dichoso el que no se escandalice de mí!"

    "Cuando se fueron, Jesús comenzó a hablar de Juan a las gentes: "¿Qué salisteis a ver en el desierto?? ¿Una caña movida por el viento? ¿Pues qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido lujosamente? Los que visten lujosamente están en los palacios de los reyes. ¿Entonces, qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os lo digo: y mucho más que un profeta. El es de quien está escrito:"Yo envío delante de ti a mi mensajero para que te prepare el camino". Os aseguro que no hay hombre más grande que Juan Bautista, pero el más pequeño en el reino de Dios es más grande que él".

    "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?" Es singular, verdad, que el Precursor, Juan Bautista, se dirija a Jesús en estos términos y le envíe este mensaje desde su prisión de Maqueronte, acto que nos muestra ante todo que sólo se glorifica a alguien en el momento de dar su vida y de culminarla por el martirio. Él está asustado por su misión, quiere estar seguro de que Aquél a quien había anunciado es realmente el que se esperaba: "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?"

    Esta pregunta nos interesa, viene a buscarnos en el corazón de nuestra misión. Esta semana una pregunta me hizo consciente de su aspecto patético. Me preguntó una enferma: "¿Qué le diría Usted a alguien que no sabe nada, que no sabe nada de Jesús? ¿Cómo comenzaría Usted la iniciación al conocimiento de Jesucristo?" Y confieso que esa pregunta me pareció en el fondo moverme el piso totalmente. ¿Cómo hablar de Jesús a alguien que no sabe nada de Él? ¿Por dónde comenzar una iniciación eficaz?

    Mi primer pensamiento fue que finalmente no diría nada. No diría nada justamente para no desfigurar, para no caricaturar, no diría nada para dejar el corazón puro. No diría nada para no dar la impresión de que falta lo esencial.

    Pero comprendí en seguida que la enferma no me pedía esa información, que no me hacía una pregunta abstracta. Estaba implicada ella misma, ella misma quería saber si yo era realmente "El que debía venir, o si había que esperar a otro". ¿Y cómo calmar su inquietud? ¿Cómo darle en efecto un rostro tan delicado para responder a su búsqueda de la verdad? ¿Cómo responder a su sufrimiento cuando pienso en su sufrimiento actual? Pero pienso en su sufrimiento de siempre, ya que se trata de alguien que ha estado enferma desde siempre y que por lo mismo ah estado en soledad absoluta, que no puede contar con nadie y quisiera poder contar justamente con Aquél de quien se dice que es el Salvador.

    ¿Cómo es el Salvador? ¿Qué nos demuestra que es el Salvador? ¿Es Él realmente el que ha de venir, o debemos esperar a otro? Es cierto que quisiéramos responder a ese problema, a esa interrogación que surge e la vida, que surge de la soledad, que surge del sufrimiento. No se trata de implorar un milagro, porque un milagro es tan insuficiente. Habría que expresar una presencia tan total, tan profunda, tan identificada con el sufrimiento que se sienta en seguida que el Corazón de Dios está latiendo en el nuestro.

    En todo caso, es claro que lo primero por hacer, lo mejor es no decir nada. Lo primero por hacer es escuchar, escuchar la llamada, escuchar el sufrimiento, medir su infinitud y comprender, tomar consciencia de que las palabras quedan estrechas, que ningún lenguaje es suficiente, que hay que comprometer toda la vida, y que es necesario comenzar por un don de sí mismo, y que quizá nos convirtamos en un evangelio eficaz. ¿Pues cómo reconocer al Salvador? ¿Cómo saber si es el que ha de venir, sino colmando todos los deseos humanos, presentándolo como la última respuesta, (diciendo) que es puro amor, o mejor, que sólo se lo percibe como íntimo, como tan perfectamente entregado que es imposible dudar de la infinitud de Su Amor. No hay otra manera finalmente, y cuando Juan Bautista pide que lo aseguren, cuando en el fondo de su prisión quiere recibir una respuesta que sea definitiva, en el fondo no sabe a quien se dirige. Él no conocía todavía al que anunció. No será justamente testigo de la derrota de Jesús, no estará con Él en el Huerto de la Agonía, no lo verá levantado en la Cruz, el amor ultrajado por la vida. Morirá antes.

    La respuesta estará justamente en la Pobreza de Cristo. Estará justamente en la identificación que hace que Jesús está en el centro de todos los sufrimientos, que tiene hambre, que muere, que tiene sed en los que están sedientos, que está enfermo en los que sufren, cautivo con los prisioneros y que lo matan en aquellos a quienes se hace sufrir. Y por eso no se puede dar testimonio sino por una identificación con los hermanos que sufren.

    Nos es imposible responder a una pregunta abstracta, imposible establecer, imposible forzar, imposible hacer milagros que no se presten a objeciones. La única respuesta auténtica es la que nos compromete y en la que nosotros devenimos el evangelio del precursor. Y eso no podemos decidirlo ahora y de manera definitiva. Hay que volver a comenzar cara día, a cada instante del día a medir la inmensidad de la respuesta divina en la inmensidad del sufrimiento humano.

    Por eso, si podemos escuchar ese evangelio como un comparendo – y eso es – podemos renunciar a decir algo y retomar en el silencio de Jesús que es infinito, aprender a darnos, a coincidir con el sufrimiento humano para no consolarlo con palabras vacías sino para ser sufrimiento en la medida que podemos, para ser lenguaje vivo, silencioso, para ser ofrenda de amor, para ser signo de Jesús.

    En efecto, es el hermano que no cesa de asumirnos, que no cesa de asumir todo, que se encuentra en todo sufrimiento como respuesta divina porque Dios no está en discusiones sino en el corazón, Él es el que grita en el De Profundis del hombre, Aquél cuyo corazón clavado en la Cruz, agonizando en todas las agonías, revela a Dios como primera víctima, como primero en ser herido, como el que es madre infinitamente más que todas las madres, y que quiere enviarnos hoy como testigos de Su Amor, no como premisas de escuela sino como presencia arrodillada, compasiva, como presencia silenciosa, como presencia que, uniendo las manos sobre todos los sufrimientos de la tierra, está presente al Crucificado para devenir igualmente ofrenda de amor que haga contrapeso a todos los rechazos de amor, que comience a aprender, que comience a respirar la esperanza de Navidad y más profundamente a través de toda la vida del Señor que triunfa de la muerte, que nos muestra cómo sabe respirar el soplo de la Resurrección, a través del sufrimiento, transfigurado por el dolor. Amén.

     

  • 24/04/2009. Mediante la comunión humana en la liturgia entramos en la comunión con Dios.

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    Homilía de M. Zundel en Ouchy-Lausana, en diciembre de 1965. 2ª parte.

    "Si pudiéramos perpetuar el momento de la comunión, si pudiéramos conservar el recogimiento en que llegamos a nuestra autenticidad profunda, si el rostro pudiera seguir floreciendo con la gracia divina, si pudiéramos seguir revelando la Presencia infinita a través de nosotros, sin siquiera darnos cuenta, toda la vida de familia, toda la vida de la fábrica, de la oficina, toda la vida ciudadana sería transfigurada, pues ¿qué quiere Cristo? ¿Qué viene a traernos sino justamente la unidad del tiempo y la eternidad, la unidad de lo visible y lo invisible, la unidad de lo finito y lo infinito, ya que en el amor finalmente todo es infinito, todo queda iluminado cuando la presencia divina sella todos los esfuerzos del hombre en la gracia del eterno Amor.

    El hombre es sagrado. Jamás lo sentimos mejor que en la comunión. Cuántas veces en el hospital, cuando alguien está acorralado, cuando su organismo parece deshacerse, cuántas veces vemos un rostro que de repente, siendo visitado por Dios, en su transfiguración expresa la eternidad misma de la vocación humana.

    Por la comunión humana que nos reúne a todos en la liturgia dominical, por la comunión humana entramos plenamente en comunión con Dios y lo sagrado invade toda la vida. Si se es fiel al espíritu de la Eucaristía, ya no hay que distinguir entre lo sagrado y lo profano. La más hermosa catedral, la más santa, la más nacional, la más cara a la mirada de Dios, somos nosotros. Todas las catedrales de piedra, todos los altares, todos los cálices, todos los copones, todo eso es nada comparado con un rostro humano que recibe la luz de Dios y la comunica.

    Se trata de que profundicemos la mirada que suscita en nosotros la gran liturgia, de que profundicemos esa mirara y consideremos a los demás, de que entremos en relación con ellos sean quienes fueren como comulgantes, como personas que llevan a Dios, o que son por lo menos capaces de llevarlo, de vivir de Él, de irradiarlo, de no existir, de ser cada uno un sacramento vivo, una basílica viva, una catedral viva, un Evangelio vivo.

    En Cristo, lo sagrado no es algo que existe bajo llave, colocado detrás de rejas, bajo velos impenetrables. En Jesús, lo sagrado es el hombre, el hombre mismo, nuestras manos, el trabajo de nuestras manos, los ojos y la luz que los llena, los corazones y la maravillosa capacidad de amar: es todo eso lo que constituye lo sagrado, lo que perpetúa la Encarnación y no cesa de hacer presente a Cristo en medio de nosotros.

    Vamos pues a ofrecernos en esta liturgia en que nos preparamos a la comunión eucarística, vamos a ofrecernos cada uno, a nuestro Señor para que nos llene de su Presencia, para que nos transforme en Su Luz, y que haga de nosotros un Evangelio vivo, una hostia viva y que nuestra comunión sea como el tipo mismo de la acción cotidiana, para que la comunión nos abra el camino de la búsqueda prodigiosa y magnífica en que cada uno pueda ser para los demás la revelación concreta, irrefutable, maravillosamente sagrada, de la Presencia Divina. ¡Oh, sí! Que podamos continuar el diálogo y que cada uno en su familia pueda mirar a los demás, cada uno en el trabajo, en la oficina, en la vida cotidiana o en la calle, en el autobús o en el tren, que cada uno al mirar a los demás pueda decir: "Es el Señor el que viene, es el Señor que continúa la Encarnación. Es el Señor el que me va a pedir ahora lo que necesita, me va a decir que tiene hambre, que tiene sed. Es el Señor el que me va a pedir que le abra la puerta, es el Señor el que, como a la Samaritana, o como en la Cruz, me va a pedir de beber. De todos modos, es al Señor al que voy a encontrar y estoy seguro de encontrarlo si llevo a los demás la verdadera luz que saco de la comunión eucarística, si miro a los demás que tienen la misma fe, veré incontestablemente un día producirse el milagro: Jesús que regresa, Jesús que está presente, Jesús que brilla en la humildad, en el temor, en la paz, en la belleza admirable del rostro humano intensamente orientado hacia Él". (Fin de la homilía).

     

  • 23/04/2009. En la liturgia hay una especie de milagro de la presencia divina que transfigura al hombre...

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    (La interrupción que han podido constatar en los textos durante los días anteriores se debe a problemas de salud).

    Homilía pronunciada en Ouchy-Lausana en diciembre de 1965. Primera parte.

    "Juan, que oyó en la cárcel las obras de Cristo, envió a sus discípulos a preguntarle: "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?" Jesús les respondió: "Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia el evangelio a los pobres: ¡dichoso el que no se escandalice de mí!"

    "Cuando se fueron, Jesús comenzó a hablar de Juan a las gentes: "¿Qué salisteis a ver en el desierto?? ¿Una caña movida por el viento? ¿Pues qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido lujosamente? Los que visten lujosamente están en los palacios de los reyes. ¿Entonces, qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os lo digo: y mucho más que un profeta. El es de quien está escrito:"Yo envío delante de ti a mi mensajero para que te prepare el camino". Os aseguro que no hay hombre más grande que Juan Bautista, pero el más pequeño en el reino de Dios es más grande que él".

    Uno de los momentos más bellos, más extraordinarios de la liturgia de la misa que celebramos juntos es el momento de la comunión. Si uno tiene el privilegio de ser sacerdote, al dar la comunión, es imposible no estar impresionado por la belleza del rostro humano cuando las gentes comulgan. El rostro no alcanza nunca tanta grandeza, tanta belleza, tal poder de interioridad como en el momento en que está orientado totalmente hacia la Presencia misteriosa del Señor que viene en la comunión que es ante todo comunión de todos los hombres entre sí, los cuales se hacen hermanos, como interiores unos a otros en un encuentro con Cristo.

    Si tuviéramos que responder a las preguntas de Juan Bautista: "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?" nosotros nos referiríamos a ese momento de la comunión para afirmar el milagro más tangible de Jesucristo. Ente todos los ritos cristianos, no existe quizás otro más impresionante y más edificante en el sentido fuerte de la palabra, más constructivo y creador, más revelador que esos rostros cada uno de los cuales revela su secreto en la tensión, a la vez tranquila, poderosa y ardiente, hacia el Señor a quien toda alma tiende.

    Si se hubiera inventado la liturgia, lo cual es imposible pues la vida no se inventa, no se inventa la autenticidad de la vida... Hay en ella una realidad que se realiza y que es incontestable, una especie de milagro de la Presencia divina que transfigura al hombre y que hace de la carne, de la carne tan estropeada, tan despreciada, tan pisoteada, tan desoladora, si no vemos en ella el depósito maravilloso de la presencia única, y el milagro tangible, cotidiano, o al menos dominical, el milagro basta para rehacer en toda su pureza, en toda su interioridad en la divinidad, el milagro realiza casi en su pureza absoluta todo el significado del cristianismo que es la religión de la Encarnación en que se revela todo el hombre a través de un rostro humano y en que el hombre llega a sí mismo a través de una presencia divina.

    Si pudiera prolongarse ese breve momento de la comunión, llegaríamos justamente a la plenitud del Nuevo Testamento opuesto justamente al Antiguo como lo perfecto a lo imperfecto, ya que, claro está, en el Evangelio que acabamos de escuchar, se dijo: "El mayor de los nacidos de mujer es más pequeño, como dice el Señor en la frase siguiente, es más pequeño que el más pequeño de los discípulos de la Nueva Alianza, más pequeño no en santidad, no en el don de sí mismo, ya que Juan Bautista es uno de los más grandes mártires, sino más pequeño en la concepción que se hace de Dios, más pequeño en la luz de la Revelación que no es aún plena, que no brillará sino cuando se rasgue el velo y se abra, por la Cruz de Nuestro Señor, un porvenir humano incomparable en que todo el hombre llegue al nivel de lo sagrado y en que Dios viva la vida cotidiana del hombre.

    Si pudiéramos perpetuar el momento de la comunión, si pudiéramos conservar el recogimiento en que alcanzamos nuestra autenticidad profunda, si el rostro pudiera seguir floreciendo con la gracia divina, si pudiéramos seguir revelando la presencia infinita a través de nosotros, sin siquiera darnos cuenta, toda la vida de familia, toda la vida de la fábrica, de la oficina, toda la vida ciudadana sería transfigurada, pues ¿qué quiere Cristo? ¿Qué viene a traernos sino justamente la unidad del tiempo y de la eternidad, la unidad de lo visible y lo invisible, la unidad de lo finito y lo infinito, ya que en el amor todo es finalmente infinito, todo se ilumina donde la presencia divina sella en la gracia del eterno Amor todos los esfuerzos del hombre". (Continuará).

     

  • 21/04/09. Alegría pascual.

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    En Jesucristo, la libertad de Su Persona, la libertad de Su Ser, es lo que le permite adaptar Su propia manifestación al estado mental y a las disposiciones del corazón de aquellos a quienes se manifiesta. La identificación se hace por grados. Aquí lo vemos: los discípulos, los apóstoles creen ver un espíritu. Sólo poco a poco se convencen de la presencia corporal del Señor, presencia corporal que testifica, por otra parte, de una libertad tan grande como acabo de decirlo, tanto que finalmente Cristo desaparece de su vista más allá de todas las leyes del espacio y del tiempo.

    La libertad del Cuerpo del Señor, la libertad de Cristo Resucitado, está llamada a ser la nuestra, ya que todos estamos llamados a resucitar y que la vida gloriosa del Señor se imprime ya en nuestra vida. ¿Cómo se puede realizar eso? ¿Por qué recogimiento, por qué interiorización de nosotros mismos? Esa es evidentemente toda la cuestión que podemos plantear en cierto modo mediante experiencias verificables.

    Los cosmonautas nos enseñaron que el hombre no puede subsistir al salir de nuestra atmósfera sino llevando consigo las condiciones terrestres. Si no hubieran estado aprovisionados por el oxígeno, si no hubieran podido comer alimentos terrestres, los cosmonautas no habrían podido sobrevivir en la luna. En la luna, pues, siguieron siendo terrestres porque, justamente, nuestro organismo está ordenado a nuestra vida terrestre: nuestros órganos están hechos de tal manera que están estrechamente limitados a la zona terrestre que es nuestro hábitat.

    Si hubiera una transferencia de la humanidad a otros planetas cuyas condiciones fueran totalmente diferentes, los órganos tendrían que modificarse en proporción, lo cual nos lleva a preguntarnos qué constituye finalmente la esencia de nuestro cuerpo. Si hacemos abstracción de los dispositivos que nos adaptan al hábitat terrestre, ¿qué queda de nosotros?

    Por otra parte, si tenemos cuenta de las condiciones de después de la vida, de después de la vida terrenal, ya no habrá generación, ya no habrá matrimonio, ya no habrá lucha por el pan cotidiano, cuando hayan desparecido todos los órganos adaptados a esas funciones, ¿qué va a quedar de nuestro cuerpo? ¿Cuál es la esencia del cuerpo? ¿Qué es lo que mantiene nuestra identidad desde el seno materno hasta la muerte, desde el embrión hasta el anciano? ¿Qué es lo que asegura nuestra presencia en el mundo visible y nos permite manifestarnos en él, si hacemos la sustracción de todo lo que he dicho, de todo lo que está rigurosamente adaptado al hábitat terrestre y a las funciones por ejercer en él durante el tiempo que permanezcamos ahí?

    Hay un dato extremadamente conmovedor, es el de la voz. La voz que reconoce el que nos conoce, la voz que se anuncia en el teléfono: se sabe que son ustedes si los conocen, la voz revela su música, porque su música es única, corresponde a una cifra, a cierto largo de onda. La cifra de la voz corresponde sin duda a la del cuerpo, el cual se puede resumir también en un largo de onda: cierta música, cierta nota musical si quieren.

    Eso sería finalmente lo que constituye la esencia de nuestra presencia visible y lo que nos permite manifestarnos en el mundo visible. Por eso justamente vemos que las apariciones de Nuestro Señor manifiestan una libertad total. Aparece ya bajo una forma, ya bajo otra, con todas las graduaciones que indicaba yo hace poco, en el modo de ser reconocido e identificado.

    De modo que en fin de cuentas habría cierta música fundamental que correspondería a nuestra esencia singular. Entonces lo que somos en presencia de alguien, lo que nos interesa, no es su digestión, ni su respiración, a menos que esté enfermo y tenga necesidad de ayuda inmediata, lo que nos interesa es precisamente el misterio de su presencia. Pero ¿en qué consiste la presencia? Depende naturalmente de la calidad de la nuestra. Depende de su equilibrio, depende de la luz que lleva en sí, depende de su pureza y de la nuestra. Lo que hace una presencia en el estado más favorable, es justamente que es un presente, un regalo, que abre un espacio, que trae una luz, que es una fuente de alegría.

    En esta dirección es como deberíamos vivir a Cristo Resucitado, resucitando nosotros, transformándonos, anticipando nuestra resurrección, interiorizando nuestras capacidades orgánicas, de manera que estemos totalmente contenidos en cierto punto de luz que anunciaría el misterio de nuestro ser justamente bajo forma de presencia, de presente y regalo.

    Creo que es así como entramos en contacto con nosotros mismos y con los demás, de esta manera virginal, donde el contacto se establece justamente a partir de la raíz del ser, de su enraizamiento en Dios, a partir de lo más diáfano que hay en nosotros, a partir de la música fundamental que haría de nosotros una nota de elección del cántico del Sol.

    En esta dirección estamos invitados particularmente a meditar durante la liturgia pascual, mientras vamos precisamente al encuentro del Señor Resucitado, con su Cuerpo Glorioso que deviene la santificación del mundo. Le pedimos la gracia de ser presencia, presencia diáfana, presencia de luz, presencia de alegría, en fin, música, música silenciosa en el Corazón del Señor, en el corazón de los hermanos, que Lo reconocerán justamente a través de nosotros, en nosotros, en la medida en que tengamos en ellos une espacio de luz y de amor.

    En este resumen del relato de la Resurrección, atribuido a San Marcos, aunque sea el apéndice de su Evangelio, hay una palabra que es bastante única: "Id por el mundo entero y proclamad la Buena Nueva a toda la Creación". Es el único evangelista, si no me equivoco, que formula la consigna de Jesús de esta manera (Mc 16, 14): "¡Evangelizar no solamente a los hombres sino toda la Creación!", lo cual incluye los animales, los vegetales, los minerales, incluye los astros, incluye toda la Historia y finalmente todo el universo.

    Esas palabras corresponden a las de san Pablo a los Romanos (Ro. 8, 21-22): "La Creación entera gime en dolores de parto", la Creación entera está esperando "sometida a la vanidad", contra su voluntad, "esperando la revelación de la gloria de los hijos de Dios". Hay ciertamente correspondencia entre la visión de San Pablo y la consigna que nos presenta aquí el final de San Marcos: la Creación entera, entenebrecida por nuestros rechazos de amor, la Creación entera debe ser purificada, liberada, y va a recibir el Evangelio, y está llamada a vivir en Dios.

    Esta visión sintética, esta visión que reúne en una sola vocación el hombre y el universo, es infinitamente preciosa porque nos da precisamente una visión de conjunto del plan de Dios. La libertad Divina que brilla en el corazón de la Trinidad, que es el sentido mismo de Jesús Creador, quiere difundirse a través de las criaturas inteligentes sobre toda la Creación.

    Tenemos una especie de anticipación en la experiencia admirable de la ciencia que no ha cesado de buscar la verdad a través de todos los fenómenos. Que tantos sabios puedan entusiasmarse por los fenómenos hasta dedicarles su vida, que sean colmados por el estudio de la naturaleza, es evidentemente signo de que hay correspondencia entre sus mentes y la naturaleza, y que a través de los fenómenos, alcanzan la presencia de la verdad que es Alguien, porque sería imposible que la mente se dedique a la verdad, que fuera así iluminada, colmada, si la Verdad no fuera Alguien.

    A través de la marcha sobre la circunferencia que simboliza el progreso de la ciencia, que durará mientras dure la Historia, a través de la marcha sobre la circunferencia, hay una relación con el Centro Eterno que cubre todos los tiempos, hay una relación que brilla justamente, de vez en cuando, a través de los fenómenos en que el sabio se siente unido al Centro Eterno, y así es como mediante los fenómenos, llega a la verdad, a la Verdad que es Alguien, a la verdad que es la luz de la mente y de la inteligencia como también la alegría más profunda de los corazones.

    Hay pues una vocación espiritual del universo, que la ciencia realiza a su manera, que el alma, antes que la ciencia podríamos decir, se dedica también a realizar. Pero finalmente, si a través del espectáculo de la naturaleza, buscando expresarlo, los artistas no han cesado de enriquecer el museo de nuestra admiración, es porque a través de la naturaleza, bajo el aspecto de la belleza, ellos también, a su manera, han encontrado en el Universo una Presencia que no han cesado de hacernos sentir, ya que finalmente la obra de arte es precisamente como el sacramento de la belleza, que contiene la sugestión y la comunicación de una Presencia.

    Y más profundamente todavía, el amor humano, a través de la comunión de los seres, el amor humano que no ha cesado de dar la vida, el amor humano, claro está, más que toda otra manifestación de nuestra existencia, el amor humano hunde sus raíces, las tiene, en el Corazón de Dios y nos lleva a Él, porque es imposible amar sin intercambiar con Él si queremos que el amor sea eterno.

    Hay, pues, ya en la experiencia humana una anticipación de la consigna reportada por San Marcos: "Id, evangelizad toda la Creación". Eso nos abre una luz sobre el contacto con el universo. Eso nos compromete precisamente a un respeto infinito de toda criatura, ya que a través de toda la Creación circulan la presencia y el Amor de Dios, y no existe en el universo una estructura que no refleje el pensamiento y el Amor de Dios.

    El universo sacramental, por otra parte, a su modo y como obra maestra incomparable, constituye ya la personalización de todo el universo, ya que Jesús tomó los signos sensibles para comunicarnos su Presencia y su Gracia.

    En Cristo hay una sacralización del universo que corresponde a la más profunda experiencia humana y que nos llama a que entremos en la trasfiguración, a que colaboremos en ella haciendo cantar todas las flores, como dice la Misa del Rosario: "Floreced y exhalad vuestro perfume, ofreced la gracia de vuestro follaje y la alabanza de vuestro cántico, y bendecid al Señor en todas sus obras" (Sir 39, 14).

    La alegría pascual es pues una alegría que quiere difundirse en todo el universo y no es solamente el hombre sino todo el universo el que debe devenir aleluya de los pies a la cabeza.

    Pascua,  Beirut 2 de abril de 1972.

     

  • 19/04/09. La Eucaristía, alimento de la vida eterna.

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    Reflexiones de P. Debains. Continuación.

    ¿No vamos demasiado lejos? No se puede ir más lejos. En nuestra vida, todo debe estar ordenado hacia la preparación del alimento eucarístico, hacia su manducación y la acción de gracias por este don que supera todo don de Dios. Y todo eso, en Iglesia, en comunión con toda la humanidad.

    La ofrenda perfecta de Jesús al Padre, en el momento, eterno, de Su Pasión-Muerte-Resurrección no añade nada a Dios en la Trinidad divina, pero revela lo que se realiza eternamente en la Trinidad divina y hace que Dios sea El Dios Trino. Por eso nos dice San Juan que la hora de ese paso es la hora de la glorificación de Dios, es decir, la hora en que Dios se hace conocer según lo que Él es en lo más íntimo de Sí mismo. No tenemos nada más importante que hacer aquí abajo que entrar en el misterio de esa ofrenda perfecta de Cristo, hasta hacer de ella nuestro alimento.

    La Eucaristía es el sacramento de esa ofrenda. La Eucaristía es nuestro alimento esencial. Eso es lo que hace eternamente que Dios sea el Dios Trino, esa ofrenda eterna y perfecta de cada Persona divina a las Otras, convertida en el momento de la Encarnación redentora en la ofrenda perfecta del Hijo encarnado al Padre, imitando de manera perfecta y eterna el don perfecto que hace que el Hijo es Hijo del Padre, y Dios como el Padre. La imitación perfecta, en y por Jesús encarnado en su paso al Padre, lo que hace que el Hijo es Dios, se convierte en nuestro alimento esencial, en alimento de la vida eterna, dándonos ser infinita y realmente creados y salvados a imagen y semejanza del Dios Trino…

     

  • 18/04/09. El alimento esencial de la vida interior.

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    Reflexiones de P. Debains. Continuación.

    En la ofrenda perfecta de Jesucristo, en el momento eterno de su paso al Padre, en su celebración, tenemos lo que debe condicionar, lo que debe construir y alimentar la vida interior, lo que es esencial y a lo que está ordenado todo lo demás. No tenemos nada más importante que hacer que la interiorización recíproca de esa ofrenda perfecta de Cristo por medio de la celebración litúrgica: nuestra ofrenda es la Suya, Su ofrenda es la nuestra. Debe animar toda la vida, toda la interioridad. De ahí la importancia capital de esa celebración.

    Eso no quiere decir que debamos necesariamente celebrarla litúrgicamente cada día. Jamás fue celebrada en el cuarto de donde Marta Robin no salía jamás, pues se contentaba con recibir ese alimento dos veces por semana: eso le bastaba para vivir plenamente cada día de su vida su ofrenda unida a la de Cristo. Pero nosotros quisiéramos celebrarla cada día si posible.

    Se trata de vivir así el medio por excelencia de fundar, mantener sin cesar la vida interior, de darle toda su consistencia. ¡Se tratará no solo de vivir así la presencia real de Cristo, sino más aún, de vivir la presencia en nosotros de la humanidad entera y de toda su historia, de tomar nuestro puesto ofreciéndonos nosotros mismos! ¡Nadie es intercambiable, nadie puede remplazarnos!

    Se trata de entrar en el misterio de la fe, de "reconstruir", de consolidar sin cesar la relación con Jesucristo y con la humanidad entera, de profundizar la vida interior en cada celebración. La resurrección del Señor será siempre vivida al mismo tiempo que Su Pasión y su Muerte, pues ya estamos resucitados con Cristo.

    Habrá pues que tomar el tiempo, un tiempo largo, no sólo para entrar en el misterio, sino más aún para su celebración propiamente tal.

    Tres cosas, más una, piden actualmente un examen tan difícil como urgente: la cuestión de las oraciones de la Misa, la de la selección de las lecturas bíblicas, y la cuestión infinitamente delicada de las plegarias eucarísticas, y finalmente, también la de la acción de gracias después de la comunión. Las hermanas ermitas de Belén le dedican a esto media hora después de la Misa, y tienen razón.

    Cuando se habla de restaurar la divina liturgia, cuando se trata de esas tres cuestiones, no hay que imaginar que estemos deseando que haya largas reuniones de trabajo de liturgistas eminentes que elaboren una nueva selección de lecturas, nuevas oraciones y nuevas plegarias eucarísticas. ¡No! Deseamos más bien que haya nuevas comunidades (¿zundelianas?) que ensayen en comunidad nuevas expresiones de oraciones, un nuevo repertorio de lecturas e inclusive de nuevas plegarias eucarísticas. Eso exigirá mucho tiempo, quizás decenios.

    Una nueva acción de gracias será vivida cada día, y ese era el nombre que se le daba a la Eucaristía. En la ofrenda perfecta de Cristo tenemos EL motivo por excelencia de nuestra acción de gracias. Pero hay que incluir las innumerables ofrendas de todos los hombres pasados, presentes y futuros, que encuentran su sentido y valor en la ofrenda de Cristo: es Jesús el que quiere, por medio de ellos y de cada uno de nosotros, continuar su acción salvadora, la cual no tiene sentido fuera de esas ofrendas (la perfecta ofrenda de Cristo en el momento de pasar al Padre no añade nada a su eterna y perfecta ofrenda en la Trinidad divina): ahí terminamos lo que falta a los sufrimientos, a la muerte y resurrección de Cristo! Y en un sentido absolutamente verdadero, falta todo mientras el hombre no los haya asimilado hasta prolongarlos, inclusive hasta darles sentido.

    Es impresionante pensar que cuando el hombre celebra la Eucaristía y ha aprendido a conformar con ella su vida, da sentido a los sufrimientos, a la muerte y resurrección de Cristo: ¡eso es lo que debemos realizar nosotros con la celebración litúrgica de la Eucaristía! ¡Es el gran misterio de la Cruz! ¡El gran misterio de la fe! Tanto que ¡una sola alma en estado de ofrenda valoriza la pasión y la resurrección de Cristo! Sabemos que Zundel fue hasta afirmar que si no había sobre la tierra ni una sola alma en estado de ofrenda, toda consagración sería inválida. ¡Ahora entendemos porqué! (Continuará).

     

  • 17/04/09. Una orientación, y no una posesión.

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    Reflexiones de P. Debains. Continuación.

    Entrando en el misterio eucarístico. (¿A retomar?)

    Releyendo el comienzo de la 5ª conferencia de La Rochette de septiembre de 1963 (ver los textos publicados el 16 y 17/03/09), pueden ver una especie de condenación sin apelación de la manera como todavía en tiempos de Zundel se celebraba la Eucaristía, y quizá se celebra hoy todavía en ciertas iglesias: todo lo exterior parece tener en ellas un puesto capital.

    Pero también pueden pensar que seguramente el Señor nos ve a cada uno… donde estamos, y en la época en que vivimos, sin ninguna condenación. Lo que importa es estar orientado hacia la verdad de la Eucaristía, y eso sucedía seguramente aún en las celebraciones italianas que cuenta Zundel, aunque parezcan exteriorizar el misterio completamente.

    Y tanto más cuanto que incluso en la eternidad del paraíso no tendremos jamás toda la verdad de la Eucaristía, ni la de ningún otro misterio de Jesucristo, sino que estaremos solamente orientados de manera perfecta hacia ella. Esto es muy importante.

    "¿Hasta qué punto no es nuestra liturgia sino un residuo de celebraciones de reyes, que no comprometen nunca el fondo del alma?" se pregunta Zundel, pero sin excluir que haya almas, quizás numerosas, que se sienten o se sintieron comprometidas a su manera, de modo completamente real.

    Aunque exista "una religión aparente que no supone ningún compromiso profundo, lo cual es extremamente grave, aunque podamos preguntarnos si no es en la Eucaristía donde se ha llegado a una confusión tan radical respecto de la esencia misma del mensaje de Jesús, ... y aunque cierto materialismo religioso, el más grave de todos, pueda haberse trágicamente instalado alrededor de la Eucaristía", lo cual es ciertamente evidente, eso no es razón para pensar que todos los que han participado en ella hayan estado siempre mal orientados.

    "¡Pudimos equivocarnos radicalmente a propósito de la Eucaristía!" Ese error trágico concierne la manera aparentemente exteriorizante como pudo ser celebrada, pero nada nos dice sobre el estado de alma de los que participan en ella.

    Lo que podemos hacer hoy es primero "cuidar", si se puede decir, la entrada en el misterio, el comienzo de la celebración, de modo que sea lo que debe ser: ante todo una invitación a recogernos, a interiorizarnos, porque el misterio que vamos a celebrar pide ser comprendido y vivido por el hombre en el interior de sí mismo, y a situarnos en el interior del misterio. El hijo pródigo se convirtió primero recogiéndose en su interior, y la preparación penitencial no tiene otro sentido.

    En la Misa "que toma su tiempo", ese primer tiempo puede ser bastante largo. Se debe pues escuchar la palabra adecuada, quizá tener un cántico, un murmullo, la repetición de un coro, todo lo que se pueda encontrar como más apto para interiorizar al que llegue y permitirle entrar mejor en el misterio. No se trata de disfrutar de la satisfacción de ponerse en estado de gracia sino de orientarse hacia la realidad del sacramento, pidiendo la ayuda del Espíritu Santo, del cual Jesús afirma que va a guiarnos continuamente (en la Iglesia y en comunidad mejor que en cualquier otra parte), hacia la verdad entera respecto de nuestro Dios, sin jamás darnos la posesión total de esa verdad, ¡gracias a Dios!

     

  • 16/04/2009. Dos misterios inseparables, impenetrables el uno sin el otro.

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    Reflexiones de P. Debains.

    A cien metros de la casa parroquial de San Gaciano tiene su residencia principal, al menos durante estos días, una de las mayores autoridades mundialmente reconocidas por sus investigaciones en el terreno de lo infinitamente pequeño. No viene a la iglesia. A pesar de que su mamá era una fervorosa cristiana, él parece haberse alejado definitivamente. ¿Porqué? Lo ignoro. Creo que para él es una cuestión definitivamente resuelta porque finalmente, en su mente particularmente desarrollada, "eso no tiene sentido".

    Dos ambiciones actuales en este sitio: presentar la fe cristiana, y especialmente el misterio de la Eucaristía, de manera que los más grandes sabios puedan sentirse cómodos. Y en segundo lugar, que el hombre de la calle, por ejemplo el que hasta el año pasado vivía con sus dos perros en el atrio de la iglesia de Santa Catalina, pero al que le pidieron que se fuera, pueda también tener un lugar y sentirse cómodo. ¿Magnífica utopía?

    ¿Puede el misterio de la Eucaristía satisfacer plenamente a unos y otros, situándose cada uno probablemente entre los dos, ya que no somos ni grandes sabios ni habitantes de la calle? Justamente, quisiéramos llegar a una presentación satisfactoria para todos, pero sin simplificaciones, retomando la doctrina de Zundel.

    Se puede apreciar hoy la importancia de la Misa "que toma su tiempo", que tomará todo su tiempo, con una presentación del misterio de la Eucaristía, que sea a la vez siempre antigua y siempre nueva, y al alcance de todos. Hay que saber que la inauguró en Roma el Cardenal Martini, antiguo jesuita, y que llegó a la iglesia de San Ignacio de la Calle de Sèvres, donde la celebran cada domingo a las siete de la noche, y que parece atraer cada vez más participantes.

    Una de las "cosas" capitales respecto del misterio de la Eucaristía es que es inseparable del misterio de la Iglesia. La Iglesia es la que hace la Eucaristía y la Eucaristía, la que hace la Iglesia. Eso es tan cierto que fuera de la Iglesia no se puede celebrar válidamente ninguna Eucaristía, ni siquiera por un sacerdote válidamente ordenado.

    Otra cosa es que normalmente no debería celebrarse una Misa sin una enseñanza sobre el misterio de la Eucaristía, justamente porque en este misterio nada es "evidente" y porque podemos muy fácilmente equivocarnos al respecto, y en efecto muchos se equivocan completamente. Cuando participamos en el sacrificio de la Misa es pues necesario darse el tiempo tanto para orar como para reflexionar y afirmar nuestra fe que nos dice por qué es grande este misterio y qué importante es comprenderlo y vivirlo con justeza.

    Es posible que mañana se ponga en discusión la cuestión de las misas privadas, sin necesariamente suprimirlas, al mismo tiempo que la cuestión difícil de los honorarios de la Misa. Porque en la mente cristiana estas prácticas pueden estar en contradicción con el sentido profundo de la Eucaristía y desmentir lo que es el misterio de la Eucaristía.

    No sólo es la Iglesia la que hace la Eucaristía, sino que es inclusive su función, su razón de existir, tan esencial que hasta podemos decir que Cristo funda la Iglesia para celebrar la Eucaristía, porque es el medio por excelencia para la unificación de la humanidad entera.

     

    Al principio de la catequesis sobre el misterio de la Eucaristía, es necesario prestar atención al sentido de las palabras de la consagración. Al consagrar el pan, el sacerdote no dice: esto es mi cuerpo realmente presente sobre este altar, sino "Esto es mi cuerpo entregado por vosotros". La "entrega" es más que un simple don. Significa la perfección del don hasta el final, tanto que se debería decir que la Eucaristía es el sacramento del don perfecto de Jesucristo a los hombres, del don mismo de su vida. Y eso tiene muchas consecuencias, capitales para nosotros.

     

  • 15/04/2009. En la Eucaristía no hay presencia local de Jesucristo.

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    (Reflexiones personales del P. Debains).

    En la misa del jueves santo, como en la celebrada al final de la vigilia pascual, cada vez que el celebrante, en meditación después de la comunión, tuvo, dirigiéndose a Jesucristo, esta expresión inadecuada: "Jesús, presente sobre este altar…", reconocía por esta fórmula una presencia local de Jesucristo. Ni uno de los participantes tuvo un solo instante conciencia de la "enormidad" de lo que se acababa de decir, y que probablemente se vuelve a decir en las adoraciones eucarísticas. En la Iglesia de hoy casi nadie tiene todavía conciencia de esa enormidad: como lo repitió tantas veces Zundel, en la Eucaristía no hay presencia local de Jesucristo.

    ¿Qué quiere decir eso? No podemos expresarlo en pocas palabras. Se necesita toda una restauración del culto eucarístico para comenzar a salir de esa enormidad que, sin que tengamos conciencia de ello, perjudica considerablemente la fe cristiana y presenta una de las razones mayores para que los ateos modernos la rechacen sin examinarla más ampliamente.

    Más de 50 personas visitan este sitio cada día. Y a veces me pregunto para qué les sirve si no se evocan al menos de vez en cuando los cuestionamientos fundamentales.

    Creo que una de las "cosas" más urgentes por hacer actualmente en la Iglesia es una restauración del sentido del misterio de la Eucaristía. Tienen lo esencial para ello en los textos publicados a partir del 16 de marzo último. Pueden informarse simplemente leyendo lo impreso en negrilla. Eso no les toma mucho tiempo, y es capital.

     

  • 24 01 2006. ¿Se le puede poner a un adolescente la ropa de un bebé?

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    Al darme el libro de Basarab Nicolescu: "Nosotros, las partículas y el mundo", la Sra. G. me advirtió que los primeros capítulos eran muy difíciles de entender, pero de hecho no me dijo la verdad: en realidad son totalmente incomprensibles para mí porque para sólo comenzar a entender, tendría que tener un mínimo, y probablemente más que un mínimo de formación en ciencias físicas, especialmente respecto de lo infinitamente pequeño. Y creo que son muy pocos los que pueden comprender siquiera una parte ínfima de ese libro, a pesar de que al final de la obra hay una serie impresionante de extractos de prensa extremadamente positivos. Además, incluso los numerosos físicos famosos cuya lista es igualmente impresionante parecen confesar también la incapacidad de ir tan lejos como quisieran, eso les tomaría a veces siglos todavía, según dicen.

    No hablan de Dios. ¿Qué harían de Él esas grandes mentes? Pero leemos en la página 69: "¿Tiene fin la saga del mundo ordinario? Si lo tiene, será en forma de apogeo, el descubrimiento del higgson que León Lederman no vacila en llamar la partícula Dios: "El campo de Higgs, modelo ordinario de nuestra visión de cómo Dios hizo el universo depende del descubrimiento del bosón de Higgs.

    De Jesucristo en todo caso no se habla, y no porque el tema del libro sea otro, sino mucho más porque no se ve, no pueden ver el lugar más mínimo que podría tener en la mente de los grandes físicos contemporáneos. Dios está ahí totalmente fuera de lugar y es quizás solamente contemporáneo de una etapa del desarrollo de la vida en la tierra, etapa que está siendo superada en el día de hoy.

    El día de Año Nuevo, el párroco me regaló un libro del P. Philippe sobre la admiración ante la Eucaristía, con Teresa de Lisieux y el Papa Juan Pablo 2. Un libro fácil de leer, conmovedor, capaz de maravillar las almas sencillas y generosas. Creo que soy el único que haya leído o tratado de leer esas dos obras, la de Barasab y la del P. Philippe, y recordé que los primeros adoradores del Niño Jesús fueron almas sencillas, los pastores, y luego llegaron de Asia los reyes magos, grandes científicos de la época. Quisiera que llegue el tiempo en que muchos, al contrario de mi persona, sean capaces de leer y comprender los dos géneros de libros, que hablan de manera bien diferente de la sorpresa y de la admiración.

    Se debe abordar aquí un problema de importancia capital, planteado por el desinterés aparentemente absoluto y casi necesario de los mayores espíritus científicos de nuestra época respecto del cristianismo. E inmediatamente se plantea la cuestión de cómo presentar la fe cristiana a los sabios de hoy sin que les parezca como algo totalmente extranjero a su dominio: ¿Habría entre la mística cristiana y las teorías inauditas de la física cuántica actual, algo de esa transdisciplinariedad, subtítulo del libro de Nicolescu? ¿algo más que una simple relación entre el terreno de la mística cristiana y el de la física del siglo 21, una especie de penetración recíproca, en la que cada una pueda iluminar por el interior el interior de la otra? ¡Mucho más allá de todo!

    A pesar de todo comprendí, y creo que sin equivocarme, las primeras páginas del libro de Nicolescu. El título del primer capítulo es: "El valle de la sorpresa, el mundo cuántico", ¡la misma palabra sorpresa convertida en admiración en el libro del P. Philippe! Pero las reflexiones que me hice después de recorrer esta última obra no fueron las mismas. Los pastores no se parecían a los reyes magos. El mundo sencillo se encontró con el de la ciencia, adorando al Niño Jesús.

    Lo que tengo que decir ahora no puede menos que chocar al principio a numerosos cristianos, a los que vieron a Zundel como hereje cuando leyeron, y asimilaron muy mal, el libro "Otra mirada sobre la Eucaristía".

    Lo que hay de común en los dos terrenos "explorados", es que tanto los físicos como los místicos cristianos tienen la misma pretensión de acercarse "más de cerca"a la verdadera realidad (extracto de la cita de Max Planck en exergo del libro de Masarab, p. 13).

    Las leyes del mundo de las partículas, entidades que pueblan lo infinitamente pequeño, que comenzaron a ser descubiertas y experimentadas desde comienzos del siglo 20, abrieron a los científicos un mundo totalmente desconocido hasta entonces: "Si el viajero se aferra a todo precio a sus costumbres, a lo ya conocido, se vuelve presa del desaliento y la desesperación, ese mundo le parece absurdo, incoherente, insensato. Pero si acepta abrirse a ese mundo desconocido, ese mundo nuevo se le presenta con toda su armonía y coherencia…" Estas consideraciones que el autor aplica al mundo cuántico pueden también aplicarse al mundo de la fe cristiana cuando se la entiende o se la trata de entender místicamente. Y entonces se puede temer una verdadera lucha para defenderse de semejante afirmación que puede parecer rechazar toda la tradición cristiana, mientras que es quizás, seguramente, ¡exactamente lo contrario! Y ahí, a más o menos largo plazo, se encuentra quizás la salvación de la fe cristiana mística vivida entonces como fermento único de vitalidad y felicidad para la humanidad entera.

    Un extracto de la p. 15 puede hacernos entender: "Otra dificultad importante de una buena vulgarización científica es que las imágenes utilizadas para ilustrar de manera sencilla las leyes cuánticas son inadecuadas. La mayoría de las imágenes sólo traducen en lenguaje clásico, macroscópico, las leyes de una escala de naturaleza fundamentalmente diferente. Es como si tratáramos a todo precio de vestir a un adolescente con la ropa que llevaba cuando era bebé. Ahí estamos en el centro de la dificultad: en el mundo cuántico, no se puede hacer algo nuevo con lo antiguo. Si olvidamos este hecho, llegamos a lo opuesto de lo que buscamos. Al querer traducir en lenguaje clásico las leyes cuánticas, las deformamos hasta hacerlas totalmente irreconocibles, las vaciamos de su significado, damos la ilusión de entender y estimulamos las peores imaginaciones. Lo que sabemos de unas nociones de matemáticas y de física sería buena preparación para el viaje, pero es absurdo imponer tal condición previa al que está apasionado de conocimiento.

    Para salir de estas dificultades hay una solución y es debido a que los resultados más generales de la física implican una especie de sencillez globalizante, una belleza estética que no se dirige sólo a la mente sino también a la intuición, a la sensibilidad, poniendo en movimiento las capas profundas de la imaginación. Ahí es justamente donde se encuentra el motor oculto de los grandes descubrimientos. Las matemáticas que están a la base de las leyes físicas son intraducibles al lenguaje ordinario, pero los resultados más generales obtenidos por el uso del instrumento matemático pueden ser comprendidos y sentidos por los no especialistas. Pero este camino no es sin peligro, y debe ser seguido con rigor extremo. Si se quiere poetizar demasiado los hechos científicos, se llega a una visión superficial y deformada de la ciencia".

    ¿Podemos intentar una transposición? Cuando, dentro de unos decenios o siglos, pero es urgente, presentar y vulgarizar la mística cristiana en un mundo nuevo aún desconocido, la mayoría de las imágenes de este mundo desconocido podrán sólo traducir en lenguaje clásico cristiano las leyes de una escala de naturaleza fundamentalmente diferente. La comparación que presenta en seguida es particularmente esclarecedora: "Es como si se tratara a todo costo de vestir un adolescente con sus vestidos de bebé". El adolescente sigue siendo todavía la misma persona que el bebé de hace 15 años. La tradición queda pues a salvo, simplemente se ha desarrollado, y aquí, de manera inaudita antes de nuestra época, pero los vestidos son necesariamente diferentes.

    ¿Podemos pensar que se necesite realmente vestir hoy la fe cristiana con vestidos nuevos bajo su forma mística más auténtica, con expresiones completamente nuevas que no nieguen las que las precedieron sino que las revistan con vestidos muy diferentes de los del bebé que pudo ser la Iglesia durante siglos? Después de todo, ¿no es ella todavía joven, muy joven, a sólo 2000 años de su nacimiento?

    ¿No es necesario ese vestido nuevo si no queremos que la fe cristiana esté en vías de lenta extinción cuando la juventud actual, los sabios de hoy, hayan vivido la revolución cuántica y estén completamente desinteresados por la fe cristiana, y cuando los antiguos hayan desaparecido, aunque durante siglos siga viviendo todavía la fe que llamamos tradicional, pero incapaz de superarse, probablemente en países no europeos?

    Y es aquí, como habrá que tratarlo ulteriormente, donde la mística zundeliana puede tomar capital importancia, porque inicia una verdadera revolución en el pensamiento cristiano dicho tradicional, pero permaneciendo perfectamente fiel a su tradición. (¿A proseguir? ¿A retomar?)

  • 12/04/2009. ¡Oh vida!

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    Domingo de Resurrección, 12 de abril 2009.

    El original del cuadro que publicamos ayer para el día de Pascua es un vitral creado por Gabriel Loire (siglo 20), en Lèves, depto. de Eure-et-Loir. "Una escena llena de urgencia y de acción".

    Para mí; ese cuadro puede representar tanto la escena después de la primera pesca milagrosa (Mateo 5,17-25) -25) como la después de la segunda (Juan 21, 1-23) a la orilla del mismo lago de Tiberíades con los apóstoles, Pedro y Andrés, que abandonan todo después de haber visto y oído al Señor llamándolos a ser pescadores de hombres.

    Observen arriba a la derecha una embarcación que va a plenas velas hacia el mismo Señor resucitado. Se distinguen unas siluetas tendidas hacia Él. En ellas se puede ver la humanidad entera, arrastrada en Iglesia por las olas y el viento del Espíritu, bogando hacia el Resucitado reconocido como único Salvador.

     

    ¡Oh VIDA!

    EN TUS OJOS HUNDÍ LA MIRADA

    ¡Y ME PARECIÓ PENETRAR EN UN ABISMO!

    ¡ENTONCES ES QUE DIOS ESTÁ PRESENTE!

    "En la admiración, cuando accedemos a nosotros mismos al pasar de afuera a dentro y encontrar la eterna espera de Dios, sentimos que estamos en plena vida, justamente donde Jesús quiere llevarnos: "Yo vine para que tengan vida y vida desbordante!

    "¡Oh vida! Decía Nietzsche, en tus ojos hundí la mirada y me pareció penetrar en un abismo!"

    Penetrar en un abismo: allá quiere llevarnos Jesús. No se trata de que nuestra vida sea reducida y encogida, es necesario que tome todas sus dimensiones y el verdadero cristiano no es el que se rebaja con un sentimiento de mendicidad perpetua, sino el que, dejando de mirarse porque se pierde en la eterna Belleza, ya no piensa sino en cantar la tierra, cantar el sol, y la luz, y las estrellas, y los colores, y la flores, como San Francisco.

    Porque el mundo se volvió infinito y nos parece ahora como don de una ternura incomparable que se intercambia cn nosotros, porque en adelante ya no estamos fuera de la casa, sino que hemos encontrado por fin el hogar, y en el hogar, el Corazón que late en el nuestro, el Corazón que es el Dios vivo, el Corazón del primer Amor, que es también el origen, la fuente, la garantía y el faro de nuestra grandeza y de nuestra libertad.

    "¡Tú estabas dentro, y yo estaba afuera; Tú estabas conmigo pero yo no estaba contigo!"

    Queremos conservar como polos de luz estas palabras tan sencillas de Agustín. Y conservaremos el criterio de la Presencia divina, el único criterio: cuando uno es libre, cuando uno ya no se mira a sí mismo, cuando ya no voltea uno alrededor de sí mismo, cuando uno ya no quiere forzarse ni forzar a nadie, cuando uno es un espacio en que la vida respira en nosotros y alrededor, entonces Dios está realmente presente.

    Cuando el mundo es más hermoso, entonces Dios está presente, está pasando, y todas las cosas vuelven a su origen y se ponen a cantar".

    Mauricio Zundel, El Cairo, 28 de marzo de 1961.

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