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Al
darme el libro de Basarab Nicolescu: "Nosotros, las partículas y el mundo",
la Sra. G. me advirtió que los primeros capítulos eran muy difíciles de
entender, pero de hecho no me dijo la verdad: en realidad son totalmente
incomprensibles para mí porque para sólo comenzar a entender, tendría que tener
un mínimo, y probablemente más que un mínimo de formación en ciencias físicas,
especialmente respecto de lo infinitamente pequeño. Y creo que son muy pocos
los que pueden comprender siquiera una parte ínfima de ese libro, a pesar de
que al final de la obra hay una serie impresionante de extractos de prensa
extremadamente positivos. Además, incluso los numerosos físicos famosos cuya
lista es igualmente impresionante parecen confesar también la incapacidad de ir
tan lejos como quisieran, eso les tomaría a veces siglos todavía, según dicen.
No
hablan de Dios. ¿Qué harían de Él esas grandes mentes? Pero leemos en la página
69: "¿Tiene fin la saga del mundo ordinario? Si lo tiene, será en forma de
apogeo, el descubrimiento del higgson que León Lederman no vacila en llamar la partícula Dios: "El campo de
Higgs, modelo ordinario de nuestra visión de cómo Dios hizo el universo depende
del descubrimiento del bosón de Higgs.
De
Jesucristo en todo caso no se habla, y no porque el tema del libro sea otro,
sino mucho más porque no se ve, no pueden ver el lugar más mínimo que podría
tener en la mente de los grandes físicos contemporáneos. Dios está ahí totalmente
fuera de lugar y es quizás solamente contemporáneo de una etapa del desarrollo
de la vida en la tierra, etapa que está siendo superada en el día de hoy.
El
día de Año Nuevo, el párroco me regaló un libro del P. Philippe sobre la
admiración ante la Eucaristía, con Teresa de Lisieux y el Papa Juan Pablo 2. Un
libro fácil de leer, conmovedor, capaz de maravillar las almas sencillas y
generosas. Creo que soy el único que haya leído o tratado de leer esas dos
obras, la de Barasab y la del P. Philippe, y recordé que los primeros
adoradores del Niño Jesús fueron almas sencillas, los pastores, y luego
llegaron de Asia los reyes magos, grandes científicos de la época. Quisiera que
llegue el tiempo en que muchos, al contrario de mi persona, sean capaces de
leer y comprender los dos géneros de libros, que hablan de manera bien
diferente de la sorpresa y de la admiración.
Se
debe abordar aquí un problema de importancia capital, planteado por el
desinterés aparentemente absoluto y casi necesario de los mayores espíritus
científicos de nuestra época respecto del cristianismo. E inmediatamente se
plantea la cuestión de cómo presentar la fe cristiana a los sabios de hoy sin
que les parezca como algo totalmente extranjero a su dominio: ¿Habría entre la
mística cristiana y las teorías inauditas de la física cuántica actual, algo de
esa transdisciplinariedad, subtítulo
del libro de Nicolescu? ¿algo más que una simple relación entre el terreno de
la mística cristiana y el de la física del siglo 21, una especie de penetración
recíproca, en la que cada una pueda iluminar por el interior el interior de la
otra? ¡Mucho más allá de todo!
A
pesar de todo comprendí, y creo que sin equivocarme, las primeras páginas del
libro de Nicolescu. El título del primer capítulo es: "El valle de la
sorpresa, el mundo cuántico", ¡la misma palabra sorpresa convertida en
admiración en el libro del P. Philippe! Pero las reflexiones que me hice
después de recorrer esta última obra no fueron las mismas. Los pastores no se
parecían a los reyes magos. El mundo sencillo se encontró con el de la ciencia,
adorando al Niño Jesús.
Lo
que tengo que decir ahora no puede menos que chocar al principio a numerosos
cristianos, a los que vieron a Zundel como hereje cuando leyeron, y asimilaron
muy mal, el libro "Otra mirada sobre la Eucaristía".
Lo
que hay de común en los dos terrenos "explorados", es que tanto los
físicos como los místicos cristianos tienen la misma pretensión de acercarse "más
de cerca"a la verdadera realidad (extracto de la cita de Max Planck en exergo
del libro de Masarab, p. 13).
Las
leyes del mundo de las partículas, entidades que pueblan lo infinitamente
pequeño, que comenzaron a ser descubiertas y experimentadas desde comienzos del
siglo 20, abrieron a los científicos un
mundo totalmente desconocido hasta entonces: "Si el viajero se aferra
a todo precio a sus costumbres, a lo ya conocido, se vuelve presa del
desaliento y la desesperación, ese mundo le parece absurdo, incoherente,
insensato. Pero si acepta abrirse a ese mundo desconocido, ese mundo nuevo se
le presenta con toda su armonía y coherencia…" Estas consideraciones que
el autor aplica al mundo cuántico pueden también aplicarse al mundo de la fe
cristiana cuando se la entiende o se la trata de entender místicamente. Y
entonces se puede temer una verdadera lucha para defenderse de semejante
afirmación que puede parecer rechazar toda la tradición cristiana, mientras que
es quizás, seguramente, ¡exactamente lo contrario! Y ahí, a más o menos largo
plazo, se encuentra quizás la salvación de la fe cristiana mística vivida
entonces como fermento único de vitalidad y felicidad para la humanidad entera.
Un
extracto de la p. 15 puede hacernos entender: "Otra dificultad importante
de una buena vulgarización científica es que las imágenes utilizadas para
ilustrar de manera sencilla las leyes cuánticas son inadecuadas. La mayoría de
las imágenes sólo traducen en lenguaje clásico, macroscópico, las leyes de una
escala de naturaleza fundamentalmente diferente. Es como si tratáramos a todo
precio de vestir a un adolescente con la ropa que llevaba cuando era bebé. Ahí
estamos en el centro de la dificultad: en
el mundo cuántico, no se puede hacer algo nuevo con lo antiguo. Si
olvidamos este hecho, llegamos a lo opuesto de lo que buscamos. Al querer
traducir en lenguaje clásico las leyes cuánticas, las deformamos hasta hacerlas
totalmente irreconocibles, las vaciamos de su significado, damos la ilusión de
entender y estimulamos las peores imaginaciones. Lo que sabemos de unas
nociones de matemáticas y de física sería buena preparación para el viaje, pero
es absurdo imponer tal condición previa al que está apasionado de conocimiento.
Para
salir de estas dificultades hay una solución y es debido a que los resultados
más generales de la física implican una especie de sencillez globalizante, una
belleza estética que no se dirige sólo a la mente sino también a la intuición,
a la sensibilidad, poniendo en movimiento las capas profundas de la
imaginación. Ahí es justamente donde se encuentra el motor oculto de los grandes
descubrimientos. Las matemáticas que están a la base de las leyes físicas son
intraducibles al lenguaje ordinario, pero los resultados más generales
obtenidos por el uso del instrumento matemático pueden ser comprendidos y
sentidos por los no especialistas. Pero este camino no es sin peligro, y debe
ser seguido con rigor extremo. Si se quiere poetizar demasiado los hechos
científicos, se llega a una visión superficial y deformada de la ciencia".
¿Podemos
intentar una transposición? Cuando, dentro de unos decenios o siglos, pero es
urgente, presentar y vulgarizar la mística cristiana en un mundo nuevo aún
desconocido, la mayoría de las imágenes de este mundo desconocido podrán sólo
traducir en lenguaje clásico cristiano las leyes de una escala de naturaleza
fundamentalmente diferente. La comparación que presenta en seguida es
particularmente esclarecedora: "Es como si se tratara a todo costo de
vestir un adolescente con sus vestidos de bebé". El adolescente sigue
siendo todavía la misma persona que el bebé de hace 15 años. La tradición queda
pues a salvo, simplemente se ha desarrollado, y aquí, de manera inaudita antes
de nuestra época, pero los vestidos son necesariamente diferentes.
¿Podemos
pensar que se necesite realmente vestir hoy la fe cristiana con vestidos nuevos
bajo su forma mística más auténtica, con expresiones completamente nuevas que
no nieguen las que las precedieron sino que las revistan con vestidos muy
diferentes de los del bebé que pudo ser la Iglesia durante siglos? Después de
todo, ¿no es ella todavía joven, muy joven, a sólo 2000 años de su nacimiento?
¿No
es necesario ese vestido nuevo si no queremos que la fe cristiana esté en vías
de lenta extinción cuando la juventud actual, los sabios de hoy, hayan vivido
la revolución cuántica y estén completamente desinteresados por la fe
cristiana, y cuando los antiguos hayan desaparecido, aunque durante siglos siga
viviendo todavía la fe que llamamos tradicional, pero incapaz de superarse, probablemente
en países no europeos?
Y es
aquí, como habrá que tratarlo ulteriormente, donde la mística zundeliana puede
tomar capital importancia, porque inicia una verdadera revolución en el
pensamiento cristiano dicho tradicional, pero permaneciendo perfectamente fiel
a su tradición. (¿A proseguir? ¿A retomar?)