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Zundel

24 01 2006. ¿Se le puede poner a un adolescente la ropa de un bebé?

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Al darme el libro de Basarab Nicolescu: "Nosotros, las partículas y el mundo", la Sra. G. me advirtió que los primeros capítulos eran muy difíciles de entender, pero de hecho no me dijo la verdad: en realidad son totalmente incomprensibles para mí porque para sólo comenzar a entender, tendría que tener un mínimo, y probablemente más que un mínimo de formación en ciencias físicas, especialmente respecto de lo infinitamente pequeño. Y creo que son muy pocos los que pueden comprender siquiera una parte ínfima de ese libro, a pesar de que al final de la obra hay una serie impresionante de extractos de prensa extremadamente positivos. Además, incluso los numerosos físicos famosos cuya lista es igualmente impresionante parecen confesar también la incapacidad de ir tan lejos como quisieran, eso les tomaría a veces siglos todavía, según dicen.

No hablan de Dios. ¿Qué harían de Él esas grandes mentes? Pero leemos en la página 69: "¿Tiene fin la saga del mundo ordinario? Si lo tiene, será en forma de apogeo, el descubrimiento del higgson que León Lederman no vacila en llamar la partícula Dios: "El campo de Higgs, modelo ordinario de nuestra visión de cómo Dios hizo el universo depende del descubrimiento del bosón de Higgs.

De Jesucristo en todo caso no se habla, y no porque el tema del libro sea otro, sino mucho más porque no se ve, no pueden ver el lugar más mínimo que podría tener en la mente de los grandes físicos contemporáneos. Dios está ahí totalmente fuera de lugar y es quizás solamente contemporáneo de una etapa del desarrollo de la vida en la tierra, etapa que está siendo superada en el día de hoy.

El día de Año Nuevo, el párroco me regaló un libro del P. Philippe sobre la admiración ante la Eucaristía, con Teresa de Lisieux y el Papa Juan Pablo 2. Un libro fácil de leer, conmovedor, capaz de maravillar las almas sencillas y generosas. Creo que soy el único que haya leído o tratado de leer esas dos obras, la de Barasab y la del P. Philippe, y recordé que los primeros adoradores del Niño Jesús fueron almas sencillas, los pastores, y luego llegaron de Asia los reyes magos, grandes científicos de la época. Quisiera que llegue el tiempo en que muchos, al contrario de mi persona, sean capaces de leer y comprender los dos géneros de libros, que hablan de manera bien diferente de la sorpresa y de la admiración.

Se debe abordar aquí un problema de importancia capital, planteado por el desinterés aparentemente absoluto y casi necesario de los mayores espíritus científicos de nuestra época respecto del cristianismo. E inmediatamente se plantea la cuestión de cómo presentar la fe cristiana a los sabios de hoy sin que les parezca como algo totalmente extranjero a su dominio: ¿Habría entre la mística cristiana y las teorías inauditas de la física cuántica actual, algo de esa transdisciplinariedad, subtítulo del libro de Nicolescu? ¿algo más que una simple relación entre el terreno de la mística cristiana y el de la física del siglo 21, una especie de penetración recíproca, en la que cada una pueda iluminar por el interior el interior de la otra? ¡Mucho más allá de todo!

A pesar de todo comprendí, y creo que sin equivocarme, las primeras páginas del libro de Nicolescu. El título del primer capítulo es: "El valle de la sorpresa, el mundo cuántico", ¡la misma palabra sorpresa convertida en admiración en el libro del P. Philippe! Pero las reflexiones que me hice después de recorrer esta última obra no fueron las mismas. Los pastores no se parecían a los reyes magos. El mundo sencillo se encontró con el de la ciencia, adorando al Niño Jesús.

Lo que tengo que decir ahora no puede menos que chocar al principio a numerosos cristianos, a los que vieron a Zundel como hereje cuando leyeron, y asimilaron muy mal, el libro "Otra mirada sobre la Eucaristía".

Lo que hay de común en los dos terrenos "explorados", es que tanto los físicos como los místicos cristianos tienen la misma pretensión de acercarse "más de cerca"a la verdadera realidad (extracto de la cita de Max Planck en exergo del libro de Masarab, p. 13).

Las leyes del mundo de las partículas, entidades que pueblan lo infinitamente pequeño, que comenzaron a ser descubiertas y experimentadas desde comienzos del siglo 20, abrieron a los científicos un mundo totalmente desconocido hasta entonces: "Si el viajero se aferra a todo precio a sus costumbres, a lo ya conocido, se vuelve presa del desaliento y la desesperación, ese mundo le parece absurdo, incoherente, insensato. Pero si acepta abrirse a ese mundo desconocido, ese mundo nuevo se le presenta con toda su armonía y coherencia…" Estas consideraciones que el autor aplica al mundo cuántico pueden también aplicarse al mundo de la fe cristiana cuando se la entiende o se la trata de entender místicamente. Y entonces se puede temer una verdadera lucha para defenderse de semejante afirmación que puede parecer rechazar toda la tradición cristiana, mientras que es quizás, seguramente, ¡exactamente lo contrario! Y ahí, a más o menos largo plazo, se encuentra quizás la salvación de la fe cristiana mística vivida entonces como fermento único de vitalidad y felicidad para la humanidad entera.

Un extracto de la p. 15 puede hacernos entender: "Otra dificultad importante de una buena vulgarización científica es que las imágenes utilizadas para ilustrar de manera sencilla las leyes cuánticas son inadecuadas. La mayoría de las imágenes sólo traducen en lenguaje clásico, macroscópico, las leyes de una escala de naturaleza fundamentalmente diferente. Es como si tratáramos a todo precio de vestir a un adolescente con la ropa que llevaba cuando era bebé. Ahí estamos en el centro de la dificultad: en el mundo cuántico, no se puede hacer algo nuevo con lo antiguo. Si olvidamos este hecho, llegamos a lo opuesto de lo que buscamos. Al querer traducir en lenguaje clásico las leyes cuánticas, las deformamos hasta hacerlas totalmente irreconocibles, las vaciamos de su significado, damos la ilusión de entender y estimulamos las peores imaginaciones. Lo que sabemos de unas nociones de matemáticas y de física sería buena preparación para el viaje, pero es absurdo imponer tal condición previa al que está apasionado de conocimiento.

Para salir de estas dificultades hay una solución y es debido a que los resultados más generales de la física implican una especie de sencillez globalizante, una belleza estética que no se dirige sólo a la mente sino también a la intuición, a la sensibilidad, poniendo en movimiento las capas profundas de la imaginación. Ahí es justamente donde se encuentra el motor oculto de los grandes descubrimientos. Las matemáticas que están a la base de las leyes físicas son intraducibles al lenguaje ordinario, pero los resultados más generales obtenidos por el uso del instrumento matemático pueden ser comprendidos y sentidos por los no especialistas. Pero este camino no es sin peligro, y debe ser seguido con rigor extremo. Si se quiere poetizar demasiado los hechos científicos, se llega a una visión superficial y deformada de la ciencia".

¿Podemos intentar una transposición? Cuando, dentro de unos decenios o siglos, pero es urgente, presentar y vulgarizar la mística cristiana en un mundo nuevo aún desconocido, la mayoría de las imágenes de este mundo desconocido podrán sólo traducir en lenguaje clásico cristiano las leyes de una escala de naturaleza fundamentalmente diferente. La comparación que presenta en seguida es particularmente esclarecedora: "Es como si se tratara a todo costo de vestir un adolescente con sus vestidos de bebé". El adolescente sigue siendo todavía la misma persona que el bebé de hace 15 años. La tradición queda pues a salvo, simplemente se ha desarrollado, y aquí, de manera inaudita antes de nuestra época, pero los vestidos son necesariamente diferentes.

¿Podemos pensar que se necesite realmente vestir hoy la fe cristiana con vestidos nuevos bajo su forma mística más auténtica, con expresiones completamente nuevas que no nieguen las que las precedieron sino que las revistan con vestidos muy diferentes de los del bebé que pudo ser la Iglesia durante siglos? Después de todo, ¿no es ella todavía joven, muy joven, a sólo 2000 años de su nacimiento?

¿No es necesario ese vestido nuevo si no queremos que la fe cristiana esté en vías de lenta extinción cuando la juventud actual, los sabios de hoy, hayan vivido la revolución cuántica y estén completamente desinteresados por la fe cristiana, y cuando los antiguos hayan desaparecido, aunque durante siglos siga viviendo todavía la fe que llamamos tradicional, pero incapaz de superarse, probablemente en países no europeos?

Y es aquí, como habrá que tratarlo ulteriormente, donde la mística zundeliana puede tomar capital importancia, porque inicia una verdadera revolución en el pensamiento cristiano dicho tradicional, pero permaneciendo perfectamente fiel a su tradición. (¿A proseguir? ¿A retomar?)

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