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Zundel

16/04/2009. Dos misterios inseparables, impenetrables el uno sin el otro.

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Reflexiones de P. Debains.

A cien metros de la casa parroquial de San Gaciano tiene su residencia principal, al menos durante estos días, una de las mayores autoridades mundialmente reconocidas por sus investigaciones en el terreno de lo infinitamente pequeño. No viene a la iglesia. A pesar de que su mamá era una fervorosa cristiana, él parece haberse alejado definitivamente. ¿Porqué? Lo ignoro. Creo que para él es una cuestión definitivamente resuelta porque finalmente, en su mente particularmente desarrollada, "eso no tiene sentido".

Dos ambiciones actuales en este sitio: presentar la fe cristiana, y especialmente el misterio de la Eucaristía, de manera que los más grandes sabios puedan sentirse cómodos. Y en segundo lugar, que el hombre de la calle, por ejemplo el que hasta el año pasado vivía con sus dos perros en el atrio de la iglesia de Santa Catalina, pero al que le pidieron que se fuera, pueda también tener un lugar y sentirse cómodo. ¿Magnífica utopía?

¿Puede el misterio de la Eucaristía satisfacer plenamente a unos y otros, situándose cada uno probablemente entre los dos, ya que no somos ni grandes sabios ni habitantes de la calle? Justamente, quisiéramos llegar a una presentación satisfactoria para todos, pero sin simplificaciones, retomando la doctrina de Zundel.

Se puede apreciar hoy la importancia de la Misa "que toma su tiempo", que tomará todo su tiempo, con una presentación del misterio de la Eucaristía, que sea a la vez siempre antigua y siempre nueva, y al alcance de todos. Hay que saber que la inauguró en Roma el Cardenal Martini, antiguo jesuita, y que llegó a la iglesia de San Ignacio de la Calle de Sèvres, donde la celebran cada domingo a las siete de la noche, y que parece atraer cada vez más participantes.

Una de las "cosas" capitales respecto del misterio de la Eucaristía es que es inseparable del misterio de la Iglesia. La Iglesia es la que hace la Eucaristía y la Eucaristía, la que hace la Iglesia. Eso es tan cierto que fuera de la Iglesia no se puede celebrar válidamente ninguna Eucaristía, ni siquiera por un sacerdote válidamente ordenado.

Otra cosa es que normalmente no debería celebrarse una Misa sin una enseñanza sobre el misterio de la Eucaristía, justamente porque en este misterio nada es "evidente" y porque podemos muy fácilmente equivocarnos al respecto, y en efecto muchos se equivocan completamente. Cuando participamos en el sacrificio de la Misa es pues necesario darse el tiempo tanto para orar como para reflexionar y afirmar nuestra fe que nos dice por qué es grande este misterio y qué importante es comprenderlo y vivirlo con justeza.

Es posible que mañana se ponga en discusión la cuestión de las misas privadas, sin necesariamente suprimirlas, al mismo tiempo que la cuestión difícil de los honorarios de la Misa. Porque en la mente cristiana estas prácticas pueden estar en contradicción con el sentido profundo de la Eucaristía y desmentir lo que es el misterio de la Eucaristía.

No sólo es la Iglesia la que hace la Eucaristía, sino que es inclusive su función, su razón de existir, tan esencial que hasta podemos decir que Cristo funda la Iglesia para celebrar la Eucaristía, porque es el medio por excelencia para la unificación de la humanidad entera.

 

Al principio de la catequesis sobre el misterio de la Eucaristía, es necesario prestar atención al sentido de las palabras de la consagración. Al consagrar el pan, el sacerdote no dice: esto es mi cuerpo realmente presente sobre este altar, sino "Esto es mi cuerpo entregado por vosotros". La "entrega" es más que un simple don. Significa la perfección del don hasta el final, tanto que se debería decir que la Eucaristía es el sacramento del don perfecto de Jesucristo a los hombres, del don mismo de su vida. Y eso tiene muchas consecuencias, capitales para nosotros.

 

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