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Reflexiones
de P. Debains.
A cien metros de la casa parroquial de San
Gaciano tiene su residencia principal, al menos durante estos días, una de las
mayores autoridades mundialmente reconocidas por sus investigaciones en el
terreno de lo infinitamente pequeño. No viene a la iglesia. A pesar de que su
mamá era una fervorosa cristiana, él parece haberse alejado definitivamente.
¿Porqué? Lo ignoro. Creo que para él es una cuestión definitivamente resuelta
porque finalmente, en su mente particularmente desarrollada, "eso no tiene
sentido".
Dos ambiciones actuales en este sitio:
presentar la fe cristiana, y especialmente el misterio de la Eucaristía, de
manera que los más grandes sabios puedan sentirse cómodos. Y en segundo lugar,
que el hombre de la calle, por ejemplo el que hasta el año pasado vivía con sus
dos perros en el atrio de la iglesia de Santa Catalina, pero al que le pidieron
que se fuera, pueda también tener un lugar y sentirse cómodo. ¿Magnífica
utopía?
¿Puede el misterio de la Eucaristía
satisfacer plenamente a unos y otros, situándose cada uno probablemente entre
los dos, ya que no somos ni grandes sabios ni habitantes de la calle?
Justamente, quisiéramos llegar a una presentación satisfactoria para todos,
pero sin simplificaciones, retomando la doctrina de Zundel.
Se puede apreciar hoy la importancia de la
Misa "que toma su tiempo", que tomará todo su tiempo, con una
presentación del misterio de la Eucaristía, que sea a la vez siempre antigua y
siempre nueva, y al alcance de todos. Hay que saber que la inauguró en Roma el
Cardenal Martini, antiguo jesuita, y que llegó a la iglesia de San Ignacio de
la Calle de Sèvres, donde la celebran cada domingo a las siete de la noche, y que
parece atraer cada vez más participantes.
Una de las "cosas" capitales respecto
del misterio de la Eucaristía es que es inseparable del misterio de la Iglesia.
La Iglesia es la que hace la Eucaristía y la Eucaristía, la que hace la Iglesia. Eso es tan cierto que
fuera de la Iglesia no se puede celebrar válidamente ninguna Eucaristía, ni
siquiera por un sacerdote válidamente ordenado.
Otra cosa es que normalmente no debería
celebrarse una Misa sin una enseñanza sobre el misterio de la Eucaristía,
justamente porque en este misterio nada
es "evidente" y porque podemos muy fácilmente equivocarnos al
respecto, y en efecto muchos se equivocan completamente. Cuando participamos en
el sacrificio de la Misa es pues necesario darse el tiempo tanto para orar como
para reflexionar y afirmar nuestra fe que nos dice por qué es grande este
misterio y qué importante es comprenderlo y vivirlo con justeza.
Es posible que mañana se ponga en
discusión la cuestión de las misas privadas, sin necesariamente suprimirlas, al
mismo tiempo que la cuestión difícil de los honorarios de la Misa. Porque en la
mente cristiana estas prácticas pueden estar en contradicción con el sentido
profundo de la Eucaristía y desmentir lo que es el misterio de la Eucaristía.
No sólo es la Iglesia la que hace la
Eucaristía, sino que es inclusive su función, su razón de existir, tan esencial
que hasta podemos decir que Cristo funda
la Iglesia para celebrar la Eucaristía, porque es el medio por excelencia para la unificación de la humanidad entera.
Al principio de la catequesis sobre el
misterio de la Eucaristía, es necesario prestar atención al sentido de las
palabras de la consagración. Al consagrar el pan, el sacerdote no dice: esto es
mi cuerpo realmente presente sobre este altar, sino "Esto es mi cuerpo
entregado por vosotros". La "entrega" es más que un simple don.
Significa la perfección del don hasta el final, tanto que se debería decir que
la Eucaristía es el sacramento del don perfecto de Jesucristo a los hombres,
del don mismo de su vida. Y eso tiene muchas consecuencias, capitales para
nosotros.