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Reflexiones
de P. Debains. Continuación.
Entrando en el misterio eucarístico. (¿A
retomar?)
Releyendo el comienzo de la 5ª conferencia
de La Rochette de septiembre de 1963 (ver los textos publicados el 16 y 17/03/09),
pueden ver una especie de condenación sin apelación de la manera como todavía
en tiempos de Zundel se celebraba la Eucaristía, y quizá se celebra hoy todavía
en ciertas iglesias: todo lo exterior parece tener en ellas un puesto capital.
Pero también pueden pensar que seguramente
el Señor nos ve a cada uno… donde estamos, y en la época en que vivimos, sin ninguna
condenación. Lo que importa es estar
orientado hacia la verdad de la Eucaristía, y eso sucedía seguramente aún
en las celebraciones italianas que cuenta Zundel, aunque parezcan exteriorizar
el misterio completamente.
Y tanto más cuanto que incluso en la eternidad del paraíso no
tendremos jamás toda la verdad de la Eucaristía, ni la de ningún otro
misterio de Jesucristo, sino que estaremos solamente orientados de manera
perfecta hacia ella. Esto es muy importante.
"¿Hasta qué punto no es nuestra
liturgia sino un residuo de celebraciones de reyes, que no comprometen nunca el
fondo del alma?" se pregunta Zundel, pero sin excluir que haya almas,
quizás numerosas, que se sienten o se sintieron comprometidas a su manera, de
modo completamente real.
Aunque exista "una religión aparente
que no supone ningún compromiso profundo, lo cual es extremamente grave, aunque
podamos preguntarnos si no es en la Eucaristía donde se ha llegado a una
confusión tan radical respecto de la esencia misma del mensaje de Jesús, ... y
aunque cierto materialismo religioso, el más grave de todos, pueda haberse
trágicamente instalado alrededor de la Eucaristía", lo cual es ciertamente
evidente, eso no es razón para pensar que todos los que han participado en ella
hayan estado siempre mal orientados.
"¡Pudimos equivocarnos radicalmente a
propósito de la Eucaristía!" Ese error trágico concierne la manera
aparentemente exteriorizante como pudo ser celebrada, pero nada nos dice sobre
el estado de alma de los que participan en ella.
Lo que podemos hacer hoy es primero
"cuidar", si se puede decir, la entrada en el
misterio, el comienzo de la celebración, de
modo que sea lo que debe ser: ante todo una invitación a recogernos, a
interiorizarnos, porque el misterio que vamos a celebrar pide ser comprendido y
vivido por el hombre en el interior de sí mismo, y a situarnos en el interior
del misterio. El hijo pródigo se convirtió primero recogiéndose en su interior,
y la preparación penitencial no tiene otro sentido.
En la Misa "que toma su tiempo",
ese primer tiempo puede ser bastante largo. Se debe pues escuchar la palabra
adecuada, quizá tener un cántico, un murmullo, la repetición de un coro, todo
lo que se pueda encontrar como más apto para interiorizar al que llegue y
permitirle entrar mejor en el misterio. No se trata de disfrutar de la
satisfacción de ponerse en estado de gracia sino de orientarse hacia la
realidad del sacramento, pidiendo la ayuda del Espíritu Santo, del cual Jesús
afirma que va a guiarnos continuamente (en la Iglesia y en comunidad mejor que
en cualquier otra parte), hacia la verdad entera respecto de nuestro Dios, sin
jamás darnos la posesión total de esa verdad, ¡gracias a Dios!