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Zundel

18/04/09. El alimento esencial de la vida interior.

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Reflexiones de P. Debains. Continuación.

En la ofrenda perfecta de Jesucristo, en el momento eterno de su paso al Padre, en su celebración, tenemos lo que debe condicionar, lo que debe construir y alimentar la vida interior, lo que es esencial y a lo que está ordenado todo lo demás. No tenemos nada más importante que hacer que la interiorización recíproca de esa ofrenda perfecta de Cristo por medio de la celebración litúrgica: nuestra ofrenda es la Suya, Su ofrenda es la nuestra. Debe animar toda la vida, toda la interioridad. De ahí la importancia capital de esa celebración.

Eso no quiere decir que debamos necesariamente celebrarla litúrgicamente cada día. Jamás fue celebrada en el cuarto de donde Marta Robin no salía jamás, pues se contentaba con recibir ese alimento dos veces por semana: eso le bastaba para vivir plenamente cada día de su vida su ofrenda unida a la de Cristo. Pero nosotros quisiéramos celebrarla cada día si posible.

Se trata de vivir así el medio por excelencia de fundar, mantener sin cesar la vida interior, de darle toda su consistencia. ¡Se tratará no solo de vivir así la presencia real de Cristo, sino más aún, de vivir la presencia en nosotros de la humanidad entera y de toda su historia, de tomar nuestro puesto ofreciéndonos nosotros mismos! ¡Nadie es intercambiable, nadie puede remplazarnos!

Se trata de entrar en el misterio de la fe, de "reconstruir", de consolidar sin cesar la relación con Jesucristo y con la humanidad entera, de profundizar la vida interior en cada celebración. La resurrección del Señor será siempre vivida al mismo tiempo que Su Pasión y su Muerte, pues ya estamos resucitados con Cristo.

Habrá pues que tomar el tiempo, un tiempo largo, no sólo para entrar en el misterio, sino más aún para su celebración propiamente tal.

Tres cosas, más una, piden actualmente un examen tan difícil como urgente: la cuestión de las oraciones de la Misa, la de la selección de las lecturas bíblicas, y la cuestión infinitamente delicada de las plegarias eucarísticas, y finalmente, también la de la acción de gracias después de la comunión. Las hermanas ermitas de Belén le dedican a esto media hora después de la Misa, y tienen razón.

Cuando se habla de restaurar la divina liturgia, cuando se trata de esas tres cuestiones, no hay que imaginar que estemos deseando que haya largas reuniones de trabajo de liturgistas eminentes que elaboren una nueva selección de lecturas, nuevas oraciones y nuevas plegarias eucarísticas. ¡No! Deseamos más bien que haya nuevas comunidades (¿zundelianas?) que ensayen en comunidad nuevas expresiones de oraciones, un nuevo repertorio de lecturas e inclusive de nuevas plegarias eucarísticas. Eso exigirá mucho tiempo, quizás decenios.

Una nueva acción de gracias será vivida cada día, y ese era el nombre que se le daba a la Eucaristía. En la ofrenda perfecta de Cristo tenemos EL motivo por excelencia de nuestra acción de gracias. Pero hay que incluir las innumerables ofrendas de todos los hombres pasados, presentes y futuros, que encuentran su sentido y valor en la ofrenda de Cristo: es Jesús el que quiere, por medio de ellos y de cada uno de nosotros, continuar su acción salvadora, la cual no tiene sentido fuera de esas ofrendas (la perfecta ofrenda de Cristo en el momento de pasar al Padre no añade nada a su eterna y perfecta ofrenda en la Trinidad divina): ahí terminamos lo que falta a los sufrimientos, a la muerte y resurrección de Cristo! Y en un sentido absolutamente verdadero, falta todo mientras el hombre no los haya asimilado hasta prolongarlos, inclusive hasta darles sentido.

Es impresionante pensar que cuando el hombre celebra la Eucaristía y ha aprendido a conformar con ella su vida, da sentido a los sufrimientos, a la muerte y resurrección de Cristo: ¡eso es lo que debemos realizar nosotros con la celebración litúrgica de la Eucaristía! ¡Es el gran misterio de la Cruz! ¡El gran misterio de la fe! Tanto que ¡una sola alma en estado de ofrenda valoriza la pasión y la resurrección de Cristo! Sabemos que Zundel fue hasta afirmar que si no había sobre la tierra ni una sola alma en estado de ofrenda, toda consagración sería inválida. ¡Ahora entendemos porqué! (Continuará).

 

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