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(La interrupción que han
podido constatar en los textos durante los días anteriores se debe a problemas
de salud).
Homilía pronunciada en
Ouchy-Lausana en diciembre de 1965. Primera parte.
"Juan, que oyó en la cárcel
las obras de Cristo, envió a sus discípulos a preguntarle: "¿Eres tú el
que ha de venir o tenemos que esperar a otro?" Jesús les respondió:
"Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos
andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se
anuncia el evangelio a los pobres: ¡dichoso el que no se escandalice de
mí!"
"Cuando se fueron, Jesús
comenzó a hablar de Juan a las gentes: "¿Qué salisteis a ver en el
desierto?? ¿Una caña movida por el viento? ¿Pues qué salisteis a ver? ¿Un
hombre vestido lujosamente? Los que visten lujosamente están en los palacios de
los reyes. ¿Entonces, qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os lo digo: y mucho
más que un profeta. El es de quien está escrito:"Yo envío delante de ti a
mi mensajero para que te prepare el camino". Os aseguro que no hay hombre
más grande que Juan Bautista, pero el más pequeño en el reino de Dios es más
grande que él".
Uno de los momentos más bellos,
más extraordinarios de la liturgia de la misa que celebramos juntos es el
momento de la comunión. Si uno tiene el privilegio de ser sacerdote, al dar la
comunión, es imposible no estar impresionado por la belleza del rostro humano
cuando las gentes comulgan. El rostro no alcanza nunca tanta grandeza, tanta
belleza, tal poder de interioridad como en el momento en que está orientado
totalmente hacia la Presencia misteriosa del Señor que viene en la comunión que
es ante todo comunión de todos los hombres entre sí, los cuales se hacen
hermanos, como interiores unos a otros en un encuentro con Cristo.
Si tuviéramos que responder a las
preguntas de Juan Bautista: "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que
esperar a otro?" nosotros nos referiríamos a ese momento de la comunión
para afirmar el milagro más tangible de Jesucristo. Ente todos los ritos
cristianos, no existe quizás otro más impresionante y más edificante en el
sentido fuerte de la palabra, más constructivo y creador, más revelador que
esos rostros cada uno de los cuales revela su secreto en la tensión, a la vez tranquila,
poderosa y ardiente, hacia el Señor a quien toda alma tiende.
Si se hubiera inventado la liturgia, lo cual es imposible pues
la vida no se inventa, no se inventa la autenticidad de la vida... Hay en ella
una realidad que se realiza y que es incontestable, una especie de milagro de la Presencia divina que transfigura al hombre
y que hace de la carne, de la carne tan estropeada, tan despreciada, tan
pisoteada, tan desoladora, si no vemos en ella el depósito maravilloso de la presencia única, y el milagro
tangible, cotidiano, o al menos dominical, el milagro basta para rehacer en
toda su pureza, en toda su interioridad en la divinidad, el milagro realiza casi en su pureza absoluta todo el significado del
cristianismo que es la religión de la Encarnación en que se revela todo el
hombre a través de un rostro humano y en que el hombre llega a sí mismo a
través de una presencia divina.
Si pudiera prolongarse ese breve
momento de la comunión, llegaríamos justamente a la plenitud del Nuevo
Testamento opuesto justamente al Antiguo como lo perfecto a lo imperfecto, ya
que, claro está, en el Evangelio que acabamos de escuchar, se dijo: "El
mayor de los nacidos de mujer es más pequeño, como dice el Señor en la frase
siguiente, es más pequeño que el más
pequeño de los discípulos de la Nueva Alianza, más pequeño no en santidad, no
en el don de sí mismo, ya que Juan Bautista es uno de los más grandes mártires,
sino más pequeño en la concepción que se hace de Dios, más pequeño en la luz de
la Revelación que no es aún plena, que no brillará sino cuando se rasgue el
velo y se abra, por la Cruz de Nuestro Señor, un porvenir humano incomparable
en que todo el hombre llegue al nivel de lo sagrado y en que Dios viva la vida
cotidiana del hombre.
Si pudiéramos perpetuar el
momento de la comunión, si pudiéramos conservar el recogimiento en que
alcanzamos nuestra autenticidad profunda, si el rostro pudiera seguir
floreciendo con la gracia divina, si pudiéramos seguir revelando la presencia
infinita a través de nosotros, sin siquiera darnos cuenta, toda la vida de
familia, toda la vida de la fábrica, de la oficina, toda la vida ciudadana
sería transfigurada, pues ¿qué quiere Cristo? ¿Qué viene a traernos sino
justamente la unidad del tiempo y de la eternidad, la unidad de lo visible y lo
invisible, la unidad de lo finito y lo infinito, ya que en el amor todo es
finalmente infinito, todo se ilumina donde la presencia divina sella en la
gracia del eterno Amor todos los esfuerzos del hombre". (Continuará).