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23/04/2009. En la liturgia hay una especie de milagro de la presencia divina que transfigura al hombre...

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(La interrupción que han podido constatar en los textos durante los días anteriores se debe a problemas de salud).

Homilía pronunciada en Ouchy-Lausana en diciembre de 1965. Primera parte.

"Juan, que oyó en la cárcel las obras de Cristo, envió a sus discípulos a preguntarle: "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?" Jesús les respondió: "Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia el evangelio a los pobres: ¡dichoso el que no se escandalice de mí!"

"Cuando se fueron, Jesús comenzó a hablar de Juan a las gentes: "¿Qué salisteis a ver en el desierto?? ¿Una caña movida por el viento? ¿Pues qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido lujosamente? Los que visten lujosamente están en los palacios de los reyes. ¿Entonces, qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os lo digo: y mucho más que un profeta. El es de quien está escrito:"Yo envío delante de ti a mi mensajero para que te prepare el camino". Os aseguro que no hay hombre más grande que Juan Bautista, pero el más pequeño en el reino de Dios es más grande que él".

Uno de los momentos más bellos, más extraordinarios de la liturgia de la misa que celebramos juntos es el momento de la comunión. Si uno tiene el privilegio de ser sacerdote, al dar la comunión, es imposible no estar impresionado por la belleza del rostro humano cuando las gentes comulgan. El rostro no alcanza nunca tanta grandeza, tanta belleza, tal poder de interioridad como en el momento en que está orientado totalmente hacia la Presencia misteriosa del Señor que viene en la comunión que es ante todo comunión de todos los hombres entre sí, los cuales se hacen hermanos, como interiores unos a otros en un encuentro con Cristo.

Si tuviéramos que responder a las preguntas de Juan Bautista: "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?" nosotros nos referiríamos a ese momento de la comunión para afirmar el milagro más tangible de Jesucristo. Ente todos los ritos cristianos, no existe quizás otro más impresionante y más edificante en el sentido fuerte de la palabra, más constructivo y creador, más revelador que esos rostros cada uno de los cuales revela su secreto en la tensión, a la vez tranquila, poderosa y ardiente, hacia el Señor a quien toda alma tiende.

Si se hubiera inventado la liturgia, lo cual es imposible pues la vida no se inventa, no se inventa la autenticidad de la vida... Hay en ella una realidad que se realiza y que es incontestable, una especie de milagro de la Presencia divina que transfigura al hombre y que hace de la carne, de la carne tan estropeada, tan despreciada, tan pisoteada, tan desoladora, si no vemos en ella el depósito maravilloso de la presencia única, y el milagro tangible, cotidiano, o al menos dominical, el milagro basta para rehacer en toda su pureza, en toda su interioridad en la divinidad, el milagro realiza casi en su pureza absoluta todo el significado del cristianismo que es la religión de la Encarnación en que se revela todo el hombre a través de un rostro humano y en que el hombre llega a sí mismo a través de una presencia divina.

Si pudiera prolongarse ese breve momento de la comunión, llegaríamos justamente a la plenitud del Nuevo Testamento opuesto justamente al Antiguo como lo perfecto a lo imperfecto, ya que, claro está, en el Evangelio que acabamos de escuchar, se dijo: "El mayor de los nacidos de mujer es más pequeño, como dice el Señor en la frase siguiente, es más pequeño que el más pequeño de los discípulos de la Nueva Alianza, más pequeño no en santidad, no en el don de sí mismo, ya que Juan Bautista es uno de los más grandes mártires, sino más pequeño en la concepción que se hace de Dios, más pequeño en la luz de la Revelación que no es aún plena, que no brillará sino cuando se rasgue el velo y se abra, por la Cruz de Nuestro Señor, un porvenir humano incomparable en que todo el hombre llegue al nivel de lo sagrado y en que Dios viva la vida cotidiana del hombre.

Si pudiéramos perpetuar el momento de la comunión, si pudiéramos conservar el recogimiento en que alcanzamos nuestra autenticidad profunda, si el rostro pudiera seguir floreciendo con la gracia divina, si pudiéramos seguir revelando la presencia infinita a través de nosotros, sin siquiera darnos cuenta, toda la vida de familia, toda la vida de la fábrica, de la oficina, toda la vida ciudadana sería transfigurada, pues ¿qué quiere Cristo? ¿Qué viene a traernos sino justamente la unidad del tiempo y de la eternidad, la unidad de lo visible y lo invisible, la unidad de lo finito y lo infinito, ya que en el amor todo es finalmente infinito, todo se ilumina donde la presencia divina sella en la gracia del eterno Amor todos los esfuerzos del hombre". (Continuará).

 

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