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Homilía de M. Zundel en Ouchy-Lausana, en diciembre de 1965. 2ª parte.
"Si pudiéramos perpetuar el momento
de la comunión, si pudiéramos conservar el recogimiento en que llegamos a nuestra
autenticidad profunda, si el rostro pudiera seguir floreciendo con la gracia
divina, si pudiéramos seguir revelando la Presencia infinita a través de
nosotros, sin siquiera darnos cuenta, toda la vida de familia, toda la vida de
la fábrica, de la oficina, toda la vida ciudadana sería transfigurada, pues
¿qué quiere Cristo? ¿Qué viene a traernos sino justamente la unidad del tiempo
y la eternidad, la unidad de lo visible y lo invisible, la unidad de lo finito
y lo infinito, ya que en el amor finalmente todo es infinito, todo queda iluminado
cuando la presencia divina sella todos los esfuerzos del hombre en la gracia
del eterno Amor.
El hombre es sagrado. Jamás lo sentimos
mejor que en la comunión. Cuántas veces en el hospital, cuando alguien está
acorralado, cuando su organismo parece deshacerse, cuántas veces vemos un
rostro que de repente, siendo visitado por Dios, en su transfiguración expresa la
eternidad misma de la vocación humana.
Por la comunión humana que nos reúne a
todos en la liturgia dominical, por la comunión humana entramos plenamente en
comunión con Dios y lo sagrado invade toda la vida. Si se es fiel al espíritu
de la Eucaristía, ya no hay que distinguir entre lo sagrado y lo profano. La
más hermosa catedral, la más santa, la más nacional, la más cara a la mirada de
Dios, somos nosotros. Todas las catedrales de piedra, todos los altares, todos
los cálices, todos los copones, todo eso es nada comparado con un rostro humano
que recibe la luz de Dios y la comunica.
Se trata de que profundicemos la mirada
que suscita en nosotros la gran liturgia, de que profundicemos esa mirara y consideremos
a los demás, de que entremos en relación con ellos sean quienes fueren como
comulgantes, como personas que llevan a Dios, o que son por lo menos capaces de
llevarlo, de vivir de Él, de irradiarlo, de no existir, de ser cada uno un
sacramento vivo, una basílica viva, una catedral viva, un Evangelio vivo.
En Cristo, lo sagrado no es algo que
existe bajo llave, colocado detrás de rejas, bajo velos impenetrables. En
Jesús, lo sagrado es el hombre, el hombre mismo, nuestras manos, el trabajo de
nuestras manos, los ojos y la luz que los llena, los corazones y la maravillosa
capacidad de amar: es todo eso lo que constituye lo sagrado, lo que perpetúa la
Encarnación y no cesa de hacer presente a Cristo en medio de nosotros.
Vamos pues a ofrecernos en esta liturgia
en que nos preparamos a la comunión eucarística, vamos a ofrecernos cada uno, a
nuestro Señor para que nos llene de su Presencia, para que nos transforme en Su
Luz, y que haga de nosotros un Evangelio vivo, una hostia viva y que nuestra
comunión sea como el tipo mismo de la acción cotidiana, para que la comunión
nos abra el camino de la búsqueda prodigiosa y magnífica en que cada uno pueda ser
para los demás la revelación concreta, irrefutable, maravillosamente sagrada,
de la Presencia Divina. ¡Oh, sí! Que podamos continuar el diálogo y que cada
uno en su familia pueda mirar a los demás, cada uno en el trabajo, en la
oficina, en la vida cotidiana o en la calle, en el autobús o en el tren, que
cada uno al mirar a los demás pueda decir: "Es el Señor el que viene, es
el Señor que continúa la Encarnación. Es el Señor el que me va a pedir ahora lo
que necesita, me va a decir que tiene hambre, que tiene sed. Es el Señor el que
me va a pedir que le abra la puerta, es el Señor el que, como a la Samaritana,
o como en la Cruz, me va a pedir de beber. De todos modos, es al Señor al que
voy a encontrar y estoy seguro de encontrarlo si llevo a los demás la verdadera
luz que saco de la comunión eucarística, si miro a los demás que tienen la
misma fe, veré incontestablemente un día producirse el milagro: Jesús que
regresa, Jesús que está presente, Jesús que brilla en la humildad, en el temor,
en la paz, en la belleza admirable del rostro humano intensamente orientado
hacia Él". (Fin de la homilía).