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Zundel

24/04/2009. Mediante la comunión humana en la liturgia entramos en la comunión con Dios.

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Homilía de M. Zundel en Ouchy-Lausana, en diciembre de 1965. 2ª parte.

"Si pudiéramos perpetuar el momento de la comunión, si pudiéramos conservar el recogimiento en que llegamos a nuestra autenticidad profunda, si el rostro pudiera seguir floreciendo con la gracia divina, si pudiéramos seguir revelando la Presencia infinita a través de nosotros, sin siquiera darnos cuenta, toda la vida de familia, toda la vida de la fábrica, de la oficina, toda la vida ciudadana sería transfigurada, pues ¿qué quiere Cristo? ¿Qué viene a traernos sino justamente la unidad del tiempo y la eternidad, la unidad de lo visible y lo invisible, la unidad de lo finito y lo infinito, ya que en el amor finalmente todo es infinito, todo queda iluminado cuando la presencia divina sella todos los esfuerzos del hombre en la gracia del eterno Amor.

El hombre es sagrado. Jamás lo sentimos mejor que en la comunión. Cuántas veces en el hospital, cuando alguien está acorralado, cuando su organismo parece deshacerse, cuántas veces vemos un rostro que de repente, siendo visitado por Dios, en su transfiguración expresa la eternidad misma de la vocación humana.

Por la comunión humana que nos reúne a todos en la liturgia dominical, por la comunión humana entramos plenamente en comunión con Dios y lo sagrado invade toda la vida. Si se es fiel al espíritu de la Eucaristía, ya no hay que distinguir entre lo sagrado y lo profano. La más hermosa catedral, la más santa, la más nacional, la más cara a la mirada de Dios, somos nosotros. Todas las catedrales de piedra, todos los altares, todos los cálices, todos los copones, todo eso es nada comparado con un rostro humano que recibe la luz de Dios y la comunica.

Se trata de que profundicemos la mirada que suscita en nosotros la gran liturgia, de que profundicemos esa mirara y consideremos a los demás, de que entremos en relación con ellos sean quienes fueren como comulgantes, como personas que llevan a Dios, o que son por lo menos capaces de llevarlo, de vivir de Él, de irradiarlo, de no existir, de ser cada uno un sacramento vivo, una basílica viva, una catedral viva, un Evangelio vivo.

En Cristo, lo sagrado no es algo que existe bajo llave, colocado detrás de rejas, bajo velos impenetrables. En Jesús, lo sagrado es el hombre, el hombre mismo, nuestras manos, el trabajo de nuestras manos, los ojos y la luz que los llena, los corazones y la maravillosa capacidad de amar: es todo eso lo que constituye lo sagrado, lo que perpetúa la Encarnación y no cesa de hacer presente a Cristo en medio de nosotros.

Vamos pues a ofrecernos en esta liturgia en que nos preparamos a la comunión eucarística, vamos a ofrecernos cada uno, a nuestro Señor para que nos llene de su Presencia, para que nos transforme en Su Luz, y que haga de nosotros un Evangelio vivo, una hostia viva y que nuestra comunión sea como el tipo mismo de la acción cotidiana, para que la comunión nos abra el camino de la búsqueda prodigiosa y magnífica en que cada uno pueda ser para los demás la revelación concreta, irrefutable, maravillosamente sagrada, de la Presencia Divina. ¡Oh, sí! Que podamos continuar el diálogo y que cada uno en su familia pueda mirar a los demás, cada uno en el trabajo, en la oficina, en la vida cotidiana o en la calle, en el autobús o en el tren, que cada uno al mirar a los demás pueda decir: "Es el Señor el que viene, es el Señor que continúa la Encarnación. Es el Señor el que me va a pedir ahora lo que necesita, me va a decir que tiene hambre, que tiene sed. Es el Señor el que me va a pedir que le abra la puerta, es el Señor el que, como a la Samaritana, o como en la Cruz, me va a pedir de beber. De todos modos, es al Señor al que voy a encontrar y estoy seguro de encontrarlo si llevo a los demás la verdadera luz que saco de la comunión eucarística, si miro a los demás que tienen la misma fe, veré incontestablemente un día producirse el milagro: Jesús que regresa, Jesús que está presente, Jesús que brilla en la humildad, en el temor, en la paz, en la belleza admirable del rostro humano intensamente orientado hacia Él". (Fin de la homilía).

 

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