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El
12 de diciembre de 1965 M.
Zundel pronunció 6 homilías diferentes en Ouchy-Lausana. Hemos publicado la 4ª
ayer y antes de ayer. Hoy publicamos la primera.
"Juan, que oyó en la cárcel las obras
de Cristo, envió a sus discípulos a preguntarle: "¿Eres tú el que ha de
venir o tenemos que esperar a otro?" Jesús les respondió: "Id y
contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos
quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia el
evangelio a los pobres: ¡dichoso el que no se escandalice de mí!"
"Cuando se fueron, Jesús comenzó a
hablar de Juan a las gentes: "¿Qué salisteis a ver en el desierto?? ¿Una
caña movida por el viento? ¿Pues qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido
lujosamente? Los que visten lujosamente están en los palacios de los reyes.
¿Entonces, qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os lo digo: y mucho más que un
profeta. El es de quien está escrito:"Yo envío delante de ti a mi
mensajero para que te prepare el camino". Os aseguro que no hay hombre más
grande que Juan Bautista, pero el más pequeño en el reino de Dios es más grande
que él".
"¿Eres tú el que ha de venir o
tenemos que esperar a otro?" Es singular, verdad, que el Precursor, Juan
Bautista, se dirija a Jesús en estos términos y le envíe este mensaje desde su
prisión de Maqueronte, acto que nos muestra ante todo que sólo se glorifica a
alguien en el momento de dar su vida y de culminarla por el martirio. Él está
asustado por su misión, quiere estar seguro de que Aquél a quien había
anunciado es realmente el que se esperaba: "¿Eres tú el que ha de venir o
tenemos que esperar a otro?"
Esta pregunta nos interesa, viene a
buscarnos en el corazón de nuestra misión. Esta semana una pregunta me hizo
consciente de su aspecto patético. Me preguntó una enferma: "¿Qué le diría
Usted a alguien que no sabe nada, que no sabe nada de Jesús? ¿Cómo comenzaría
Usted la iniciación al conocimiento de Jesucristo?" Y confieso que esa
pregunta me pareció en el fondo moverme el piso totalmente. ¿Cómo hablar de
Jesús a alguien que no sabe nada de Él? ¿Por dónde comenzar una iniciación
eficaz?
Mi primer pensamiento fue que finalmente
no diría nada. No diría nada justamente para no desfigurar, para no
caricaturar, no diría nada para dejar el corazón puro. No diría nada para no
dar la impresión de que falta lo esencial.
Pero comprendí en seguida que la enferma
no me pedía esa información, que no me hacía una pregunta abstracta. Estaba
implicada ella misma, ella misma quería saber si yo era realmente "El que
debía venir, o si había que esperar a otro". ¿Y cómo calmar su inquietud?
¿Cómo darle en efecto un rostro tan delicado para responder a su búsqueda de la
verdad? ¿Cómo responder a su sufrimiento cuando pienso en su sufrimiento
actual? Pero pienso en su sufrimiento de siempre, ya que se trata de alguien
que ha estado enferma desde siempre y que por lo mismo ah estado en soledad
absoluta, que no puede contar con nadie y quisiera poder contar justamente con
Aquél de quien se dice que es el Salvador.
¿Cómo es el Salvador? ¿Qué nos demuestra
que es el Salvador? ¿Es Él realmente el que ha de venir, o debemos esperar a
otro? Es cierto que quisiéramos responder a ese problema, a esa interrogación
que surge e la vida, que surge de la soledad, que surge del sufrimiento. No se
trata de implorar un milagro, porque un milagro es tan insuficiente. Habría que
expresar una presencia tan total, tan profunda, tan identificada con el sufrimiento
que se sienta en seguida que el Corazón de Dios está latiendo en el nuestro.
En todo caso, es claro que lo primero por
hacer, lo mejor es no decir nada. Lo primero por hacer es escuchar, escuchar la
llamada, escuchar el sufrimiento, medir su infinitud y comprender, tomar
consciencia de que las palabras quedan estrechas, que ningún lenguaje es
suficiente, que hay que comprometer toda la vida, y que es necesario comenzar
por un don de sí mismo, y que quizá nos convirtamos en un evangelio eficaz. ¿Pues
cómo reconocer al Salvador? ¿Cómo saber si es el que ha de venir, sino colmando
todos los deseos humanos, presentándolo como la última respuesta, (diciendo) que es puro amor, o mejor, que
sólo se lo percibe como íntimo, como tan perfectamente entregado que es
imposible dudar de la infinitud de Su Amor. No hay otra manera finalmente, y
cuando Juan Bautista pide que lo aseguren, cuando en el fondo de su prisión
quiere recibir una respuesta que sea definitiva, en el fondo no sabe a quien se
dirige. Él no conocía todavía al que anunció. No será justamente testigo de la
derrota de Jesús, no estará con Él en el Huerto de la Agonía, no lo verá
levantado en la Cruz, el amor ultrajado por la vida. Morirá antes.
La respuesta estará justamente en la
Pobreza de Cristo. Estará justamente en la identificación que hace que Jesús está en el centro de todos los
sufrimientos, que tiene hambre, que muere, que tiene sed en los que están
sedientos, que está enfermo en los que sufren, cautivo con los prisioneros y
que lo matan en aquellos a quienes se hace sufrir. Y por eso no se puede dar testimonio sino por una
identificación con los hermanos que sufren.
Nos es imposible responder a una pregunta
abstracta, imposible establecer, imposible forzar, imposible hacer milagros que
no se presten a objeciones. La única
respuesta auténtica es la que nos compromete y en la que nosotros devenimos el
evangelio del precursor. Y eso no podemos decidirlo ahora y de manera
definitiva. Hay que volver a comenzar cara día, a cada instante del día a medir la inmensidad de la respuesta divina
en la inmensidad del sufrimiento humano.
Por eso, si podemos escuchar ese evangelio
como un comparendo – y eso es – podemos renunciar a decir algo y retomar en el
silencio de Jesús que es infinito, aprender
a darnos, a coincidir con el sufrimiento
humano para no consolarlo con palabras vacías sino para ser sufrimiento en
la medida que podemos, para ser lenguaje
vivo, silencioso, para ser ofrenda de amor, para ser signo de Jesús.
En efecto, es el hermano que no cesa de
asumirnos, que no cesa de asumir todo, que se encuentra en todo sufrimiento
como respuesta divina porque Dios no está en discusiones sino en el corazón, Él
es el que grita en el De Profundis del hombre, Aquél cuyo corazón clavado en la
Cruz, agonizando en todas las agonías, revela a Dios como primera víctima, como
primero en ser herido, como el que es madre infinitamente más que todas las
madres, y que quiere enviarnos hoy como testigos de Su Amor, no como premisas
de escuela sino como presencia arrodillada, compasiva, como presencia
silenciosa, como presencia que, uniendo las manos sobre todos los sufrimientos
de la tierra, está presente al Crucificado para devenir igualmente ofrenda de
amor que haga contrapeso a todos los rechazos de amor, que comience a aprender,
que comience a respirar la esperanza de Navidad y más profundamente a través de
toda la vida del Señor que triunfa de la muerte, que nos muestra cómo sabe respirar el soplo de la
Resurrección, a través del sufrimiento, transfigurado por el dolor. Amén.