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Zundel

27/04/09. Este evangelio nos hace sentir la distancia infinita entre las concepciones anteriores de Dios y las que brotan de la Encarnación.

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3ª homilía de M. Zundel el mismo domingo 12 de diciembre de 1965.

El mismo evangelio, el mismo contexto de pensamiento: la mayoría de los cristianos siguen aún con el Dios de la Antigua Alianza. No es seguro que hayamos salido de la primera representación de Dios, que es la primera de todo hombre: un Dios infinitamente rico, por ser propietario de todo lo que existe. En las iglesias casi nunca se predica el Dios pobre; para la mayoría, la Cruz es sólo un accidente en la vida de Dios, debido al pecado de los hombres.

"Juan, que oyó en la cárcel las obras de Cristo, envió a sus discípulos a preguntarle: "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?" Jesús les respondió: "Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia el evangelio a los pobres: ¡dichoso el que no se escandalice de mí!"

"Cuando se fueron, Jesús comenzó a hablar de Juan a las gentes: "¿Qué salisteis a ver en el desierto?? ¿Una caña movida por el viento? ¿Pues qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido lujosamente? Los que visten lujosamente están en los palacios de los reyes. ¿Entonces, qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os lo digo: y mucho más que un profeta. El es de quien está escrito:"Yo envío delante de ti a mi mensajero para que te prepare el camino". Os aseguro que no hay hombre más grande que Juan Bautista, pero el más pequeño en el reino de Dios es más grande que él".

El Evangelio que acabamos de escuchar nos parece primero como algo extraordinario a causa de la progresión misteriosa que nos orienta hacia el secreto de la Nueva Alianza. Tenemos primero la duda que parece increíble, del precursor que se pregunta con ansiedad: "¿Eres tú el que esperamos, el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?"

Tenemos la respuesta de Jesús que es estructural y que, refiriéndose a los Profetas, en especial al Profeta Isaías, se limita a constatar que los tiempos se han cumplido ya que las profecías se están realizando. Pero los discípulos de Juan recibieron la respuesta según las Escrituras, Jesús les dice algo inesperado: ¡hace un elogio de Juan que alcanza el máximo nivel! Parece que ningún hombre haya sido glorificado como Juan en ese elogio de Jesús: "¡Es el mayor de los profetas, el más grande entre los nacidos de mujer, sin semejante, el ángel que precede al Enviado de Dios!" Y cuando el elogio alcanza la cumbre, llega la caída prodigiosa, inesperada y magnífica: "Y sin embargo, ¡el más pequeño en el Reino, el más pequeño, es más grande que Juan el Bautista!"

¿Qué quiere decir eso? Cómo es que ese elogio insuperable se desinfla ante la constatación sorprendente de que el más pequeño en el Reino es mayor que Juan el Bautista? Eso quiere decir que entramos en la Nueva Alianza, que en relación con la nueva economía, la antigua de la que Juan es el heraldo supremo, la antigua está terminada, la antigua está infinitamente superada, y la distancia entre la Antigua y la Nueva Alianza es tal que el más pequeño de los discípulos de Jesús es más grande que Juan el Bautista el cual no hace sino mostrar el mundo que viene, pero sin atravesar el velo que acaba de ser puesto, pero sin alcanzar, a no ser en la gloria divina, la revelación única de la pobreza de Dios.

Pues tenemos ahí ciertamente una oposición: ¡lo que anunciaba Juan, lo que esperaba, era la explosión de la ira de Dios! La había anunciado, el hacha a la raíz del árbol la cosecha final de Dios, que va a seleccionar, a separar el buen grano y el malo, que va a destruir a los enemigos con una palabra de su boca, que va a afirmar una vez más en la historia su omnipotencia, y que va a hacerlo de manera definitiva.

Y es justamente lo que no sucede, lo que no sucederá, es lo que va a decepcionar no solamente al Precursor sino a los discípulos íntimos de Jesús. Nada de lo que Juan esperaba se va a realizar. El día de la ira no brillará. La omnipotencia de Dios se manifestará finalmente en la derrota, en la humillación, en la soledad, en la noche, en las tinieblas espantosas, en el grito del Gólgota: "¡Oh Dios, ¿porqué me has abandonado?" (1)

¿Cómo es que Juan, perteneciendo a la Antigua economía, no habría podido concebir que la omnipotencia de Dios es la omnipotencia del Amor y que el Amor puede ser vencido si no encuentra la respuesta adecuada, la respuesta libre, única que puede fijarlo en nosotros y hacer de Él la fuente misma de nuestra vida.

Este Evangelio tiene eso justamente de infinitamente precioso, que haciéndonos sentir la angustia del precursor, haciéndonos escuchar la respuesta de Jesús, tan discreta y totalmente tomada de la Escritura, asociándonos al elogio del Bautista que alcanza la cumbre de las cumbres, nos permite, nos hace sentir la distancia infinita entre las concepciones de antes y las que debemos inferir, las que brotan de la Encarnación en que Dios instila a todo hombre un corazón de hombre, y en que va a enseñarnos que la suprema grandeza es el supremo despojamiento.

¿Es Dios un poder, un poder que sabe todo, un poder que exige todo, y al que estamos irresistiblemente sometidos? ¿O es un Amor, un Amor entregado, un Amor ofrecido, un Amor que puede ser rehusado, un Amor que acepta ser rechazado hasta morir en la Cruz?

Ahí está toda la cuestión y parece que los cristianos no han elegido todavía, que no han comprendido que estamos en el cruce de caminos, que habrá que tomar posición y que Dios es, o un soberano que puede aplastarnos, o un Amor que nos libera, que nos lleva a la grandeza vaciándonos de nosotros mismos por estar eternamente dado, comunicado, vaciado de sí mismo en el éxtasis de la Santísima Trinidad". (Continuará)

Nota (1). Podemos recordar aquí que ese grito de Jesús es el comienzo de un salmo del Antiguo Testamento, que de hecho el Dios que abandona a Jesús en el momento de su pasión y muerte, es el Dios vengador y justiciero del Antiguo Testamento… el cual jamás ha existido, a no ser en la primera representación que los hombres se hacen de Dios.

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