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Final de la 3ª homilía de M. Zundel el 12 de
diciembre de 1965 en Ouchy-Lausana.
Retoma: "Parece que los cristianos no
han elegido todavía, que no han comprendido que estamos en el cruce de caminos,
que habrá que tomar posición y que Dios es, o un soberano que puede
aplastarnos, o un Amor que nos libera, que nos lleva a la grandeza vaciándonos
de nosotros mismos por estar eternamente dado, comunicado, vaciado de sí mismo
en el éxtasis de la Santísima Trinidad".
Continuación: "Cada día tenemos que
aprender la lección tan difícil, si somos dignos de nosotros mismos, tenemos
que creer que la grandeza, que el último lugar debe ser el de Dios y que no
podemos llegar a Él sino de rodillas para el Lavatorio de los pies. Tenemos que
creer que la única acción todopoderosa,
irresistible, es la de la humildad arrodillada, creer que es en el
silencio, cuando no hacemos nada en apariencia, como podemos llegar al extremo
del universo, creer que los caminos de
la historia pasan por el corazón de cada uno, y que amando, el más pequeño
eleva el mundo y le da su realización, que no puede ser sino realización de
amor.
Eso es lo que nos muestra el Evangelio de
hoy, a eso quiere llevarnos, quiere enraizarnos de nuevo en la auténtica
grandeza que es la de Dios, y la nuestra al mismo tiempo.
El Adviento, el mundo nuevo al que nos
preparamos, es ese mundo, ese mundo interior, silencioso, ese mundo que no sabe
correr, ese mundo donde nos escondemos en Dios y donde alcanzamos el secreto
supremo de la vida sin decir nada, en una ofrenda de sí mismo que es el único
espacio donde la luz divina puede difundirse.
El Nuevo Testamento, sí, del que nos
apoderamos en este Evangelio, que quiere decir de manera tan dramática y
conmovedora la novedad eterna. Nada es más apto en efecto a nuestra grandeza que ser llamado a una grandeza infinita y
aprender de repente que la grandeza infinita es un despojamiento infinito, y
que es necesario hacer el vacío en sí mismo para acoger la luz de un pozo eterno,
y que hay que cavar ese pozo más y más para actuar sobre los demás sin violar
el secreto de su alma, sin atentar a su libertad, y que la única revelación
irresistible de Dios es precisamente la que comunica el espacio que revela a
Dios como corazón.
Tenemos pues que escuchar este Evangelio,
seguir su progresión, asociarnos al elogio que hace Jesús sobre el Bautista con
una delicadeza tan admirable y al mismo tiempo dejarnos llevar por ese
rebasamiento maravilloso, para ver lo que comienza ahora.
La Nueva Alianza se dirige a nosotros para
transformarnos en seres nuevos, para comprometernos en efecto en una aventura
humana de dimensión ilimitada, pero en un equilibrio de gracia, de generosidad
y de amor tal que la humildad sea simplemente el reverso de la grandeza porque
esa grandeza es totalmente, únicamente, grandeza de amor, como en Dios.
Amar, sí, eso es, amar como Dios, amar
retirándose, eclipsándose en Él, amar ofreciendo a los demás, sin decir nada,
la revelación del Rostro que no puede entrar en ningún lenguaje sino que puede
recibir, a través del rostro humano, una revelación discreta y silenciosa.
Queremos pues pedir a Nuestro Señor en las
oraciones de la liturgia, pedirle que seamos su cuna, pedirle que seamos su
santuario, queremos implorar a Jesús mismo la transfiguración que nos convierta
en la revelación de Su Presencia, en el vacío recomenzado siempre en que nos
hará acostumbrarnos a amar el último puesto, a tomarlo espontáneamente nosotros
mismos para alcanzar allá a Dios, cuya soberanía entera, cuyo poder creador,
reside todo en el vacío que brota incesantemente, eternamente, infinitamente de
la vida del Padre en el Hijo y del Hijo en el Espíritu Santo, en una comunión
infinita en la que Jesús quiere precisamente introducirnos hoy en los abismos
de la liturgia en que vamos a unirnos con El en la Cruz, para que diga sobre
nosotros, enraizándonos en Él para hacernos participar en su grandeza de
humildad, de despojamiento y de amor, para que diga sobre nosotros, si nos
prestamos a ello un día u otro, si ustedes se prestan a ello, para que diga
sobre nosotros como sobre hostias vivas: "Esto es mi cuerpo, Esto es mi
sangre". Amén.