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Zundel

29/04/09. El Señor nos quiere grandes, semejantes a Él.

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4ª homilía de M. Zundel en Ouchy-Lausana el domingo 12 de diciembre de 1965.

"Juan, que oyó en la cárcel las obras de Cristo, envió a sus discípulos a preguntarle: "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?" Jesús les respondió: "Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia el evangelio a los pobres: ¡dichoso el que no se escandalice de mí!"

"Cuando se fueron, Jesús comenzó a hablar de Juan a las gentes: "¿Qué salisteis a ver en el desierto?? ¿Una caña movida por el viento? ¿Pues qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido lujosamente? Los que visten lujosamente están en los palacios de los reyes. ¿Entonces, qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os lo digo: y mucho más que un profeta. El es de quien está escrito:"Yo envío delante de ti a mi mensajero para que te prepare el camino". Os aseguro que no hay hombre más grande que Juan Bautista, pero el más pequeño en el reino de Dios es más grande que él".

"Dios busca afirmar los signos dados, cuando dice a Juan Bautista que conforme a las Escrituras, al comienzo están los pobres: "Se anuncia el evangelio a los pobres". ¿De qué pobres se trata? De los anawim, evidentemente, los pobres en espíritu, las almas pobres, la gente que no se mira a sí misma porque su tesoro está en otra parte, porque está abierta a la Luz que brilla en lo más profundo de ella misma, porque su vida es toda entera una ofrenda de amor.

Es importante que nos entendamos en este punto, porque es muy evidente que el Evangelio no busca perpetuar la condición de pobreza en el sentido material de la palabra, la pobreza que el Egangelio glorifica es justamente la pobreza en espíritu! La dignidad que hace de una persona una ofrenda total sin ninguna especie de humillación, una ofrenda en el pleno desarrollo de una grandeza auténtica, justamente la obra maestra del trabajo de Cristo que renovó todo, comenzando por el lenguaje de Dios Verbo Encarnado. Su grandeza es justamente haber infundido a la lengua de los hombres un sentido nuevo, haber expresado en cada palabra una dimensión de eternidad, haber liberado las palabras como liberó la vida e introducirnos en una perspectiva infinita sin ninguna exaltación.

La moral de Cristo no se limita a reglas de conducta impuestas del exterior. Es una dimensión de existencia, una exigencia de ser, una exigencia de grandeza y por eso, en la mente de Jesús o de San Francisco, que la ilustra magníficamente, la pobreza no implica ninguna especie de disminución de dignidad o de grandeza. ¡Al contrario!

En efecto, la pobreza de espíritu alcanza su realización suprema en Dios mismo, y eso es lo que nos libera, mientras Nietzsche rehusaba someterse a una divinidad que no tendría otra ventaja sobre él que la de ser omnipotente: "Si hubiera dioses, dice, ¿cómo podría yo soportar el no ser Dios?" lo comprendemos porque justamente Nietzsche veía en la divinidad un poder que nos doblega bajo su yugo, un poder que nos aplasta con su omnipotencia material masiva, que parece la negación de la mente, ¡lo cual es absurdo! El verdadero Dios justamente es absolutamente incapaz de humillarnos así, y no nos pide que nos humillemos, porque la humildad y la humillación son antípodas.

No es lo mismo ser humilde y humillarse. Y como es un crimen humillar a alguien, un crimen contra la dignidad humana, un crimen contra la dignidad divina de toda alma cuya medida, cuya dignidad se mide por la fragilidad, tampoco se trata de humillarnos sino de darnos.

La humildad en Cristo no es otra cosa que la ofrenda de todo el ser a la Presencia amada de Dios que es la vida misma de nuestra vida en lo más íntimo de nosotros mismos, y por eso justamente la humildad, por ser ofrenda, por ser totalmente mirada hacia Otro, por ser pura oblación, por ser pura generosidad, la humildad no es jamás humillación, sino al contrario, el honor mismo del Hombre y de Dios.

Y ¿cómo puede ser el honor del hombre y de Dios? Pues por la simple razón que no hay nada más grande que el amor, nada más perfecto que tener de sí mismo lo único que uno puede tener de sí mismo, el despojamiento, que es el vacío que hacemos en nosotros para acoger a Otro a fin de que encuentre todo el espacio indispensable para la efusión de su vida.

Jesús renovó todo. La pobreza ya no es sórdida, la pobreza ya no es una condición humana, sino que consiste toda en la desapropiación de sí mismo, en la ofrenda que hacemos a Dios, el cual es también todo don y todo amor y que, en el corazón de la Trinidad, no cesa jamás de despojarse en la circumincesión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Y eso es justamente lo que hay que escuchar en el Evangelio que es la Buena Nueva, que el Señor nos quiere grandes, semejantes a Él, y es verdad: quiere que seamos perfectos a la manera de Dios, es decir perfectos en el amor, en la caridad, perfectos en la desapropiación que es la única forma de grandeza según el espíritu.

No lo comprendimos al hacer de la humildad una escuela de humillación en vez de hacer una escuela de grandeza. No entendimos lo que Dios nos pide, lo que es indispensable a la realización de una vida libre, de una vida no sufrida pasivamente, una vida que es verdaderamente la fuente y el origen de sí misma. Eso es posible justamente en la retoma de todo nuestro ser a partir de las últimas raíces en un impulso de amor hacia el Otro más íntimo en nosotros que lo más íntimo nuestro.

El Evangelio se dirige a los pobres que debemos ser, a los pobres en espíritu, que son precisamente los verdaderos discípulos del Dios Vivo, que son hijos por la esperanza y que se parecen al Padre celestial en la medida en que toda su vida es vida de don, de generosidad y de caridad.

No queremos pues considerar jamás el cristianismo bajo un ángulo de empequeñecimiento. Jamás se trata de limitar las ambiciones a algo irrisorio. Al contrario, se nos pide que jamás nos contentemos con menos que el infinito, pero el verdadero infinito que es tal precisamente por el don, por la ofrenda que es la hoguera ardiente que es la llama eterna de la caridad infinita en el corazón de Dios.

Cristo se dirige a nosotros para promovernos, nos dice a cada uno: "Amigo mío, ¡sube más arriba!" Nos libera de toda humillación, nos libera de todas las jerarquías en que no hay ni arriba ni abajo, en que no hay señores ni siervos, y eso sin empujarnos a la rebelión, sino haciéndonos comprender que la verdadera grandeza está en la línea de la existencia, y que obra de manera soberana aquél cuya presencia basta para crear luz, para dar alegría, para ser fuente de fraternidad y de paz.

Tenemos pues que dejarnos formar por El pero en toda especie, es decir en toda seguridad, en toda confianza, en abandono total, porque no nos va a quitar nada. Siendo el gran pobre, Él nos va a enseñar a no poseer nada, es decir a no ser poseídos por nada. Nos va a enseñar a crecer en el silencio, nos va a enseñar a darnos a Él, que es el don perfecto, va a enseñarnos a acoger a los demás sin jamás humillarlos, porque cada uno tiene sus posibilidades de ser hijo de Dios, porque para cada uno el camino es el mismo, la misma dimensión, la misma grandeza, la misma humildad que no humilla sino que glorifica, porque es la humildad donde, simplemente, dejando de mirarse, uno está fascinado por el Rostro que lleva en sí mismo y no aspira sino a dar la posibilidad de revelarse, de transparentar y de comunicarse.

Vamos a pedir que la liturgia de hoy, que se dirige a los pobres que debemos ser, se realice cada vez más perfectamente en la libertad interior que es la única grandeza, pidiendo a la Virgen inmaculada, que es la mujer pobre, la mujer que nunca se miró a sí misma, la mujer que es comunión en Cristo y que es totalmente madre por todas las fibras de su ser porque, justamente, es donación, es "fiat".

Vamos a pedir que esa sea justamente nuestra preparación al misterio de Navidad, al misterio adorable del Dios que viene, vamos a pedir el alma de pobre que nos permitirá ser para Dios, sin contorsiones, sin mentiras, sin hipérboles, en la pura alteridad de una existencia auténtica, una morada, un signo, un sacramento vivo, donde pueda, sin sucumbir a la necesidad de nombrarlo, dejar transparentar su Rostro por el cual suspira toda la tierra".

 

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