in

Sotamenta.Net

El sitio Internet de nuestra tribu!

Zundel

May 2009 - Posts

  • 30/05/2009. Testimonio: Es un mensaje de alegría, de libertad y de amor.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Artículo publicado en el periódico "La Réforme" de Alejandría en Egipto, el 10 de octubre de 1943 por M. François Sabella, y publicado en 1995 en el boletín canadiense de los Amigos de M. Zundel.

     

    El hombre

    Rostro demacrado, cuerpo delgado y pequeño, vestido de sotana negra, el P. Mauricio Zundel tiene sin embargo un físico radioso y encontró en todos los medios alejandrinos una simpatía vibrante, haciéndose notar por sus dones oratorios y su celo apostólico.

    Unos ojos que parecían al principio perdidos en la lejanía como siguiendo un sueño interior, se fijan de repente sobre usted y le develan una mirada penetrante coronada por una frente amplia e inteligente. Algo inexpresable se destaca de este siervo de Dios, y, no obstante su gran modestia y su sonrisa benevolente, subyuga y atrae.

    A los numerosos auditores que tuvieron la suerte de escucharlo, les dejó una impresión de liberarlos de sus pequeñeces y mezquindades, por la capacidad de hacer vibrar las cuerdas sensibles del ser humano, dándole una concepción más amplia y sana de la Fe.

    Escritor distinguido, hombre de ciencias y letras, orador y místico, el P. Zundel une a la experiencia sin cesar creciente por la observación y el estudio, raras cualidades de corazón. Su actividad es realmente extraordinaria, pronuncia a veces cuatro conferencias en un día sin acusar la mínima fatiga.

    De la realidad misma saca los materiales que le dan a su palabra esos acentos verdaderos y penetrantes. Un día le pregunte para saber quiénes eran sus autores favoritos y, a mi gran sorpresa, me respondió: Claudio Bernard, Lecompte de Nouy, etc., autores todos que tratan de matemáticas y ciencias experimentales. Ese místico en el pleno sentido de la palabra, no desprecia servirse de los elementos adquiridos por la experiencia para alcanzar la verdad trascendente de Dios.

     

    Su Palabra

    Es cautivante; nos arrastra con magnífica facilidad, alcanza a veces las más sublimes cumbres con una facilidad de expresión extraordinaria. Nos descubre horizontes, conmueve, exalta, y de repente nos pone ante nosotros mismos, ante nuestros problemas personales, a los cuales responde sin reticencia.

    No hay hesitaciones, se diría que el P. Zundel sigue el movimiento de su corazón sin ambages ni esfuerzos.

    Habla de preferencia de pie, para tener más libertad en los gestos. De vez en cuando se empina como movido por el impulso del pensamiento. Su mirada parece perdida en el auditorio, él parece estar ausente de sí mismo, absorto quizás por el pensamiento metafísico que trata de traducir con más claridad y verdad.

    Su palabra es clara, su dicción de notable nitidez, sus entonaciones justas, y su misticismo nos arrastra a veces en un torbellino de ideas e imágenes que uno cree no entender pero que podrían tener resonancias profundas en nuestros corazones.

    Lo que da a su palabra el encanto y la fe evocadora, es la sinceridad y el horror del brillo. Inspirado por su íntima experiencia, estudiando las reacciones de su propia alma, llega a hacernos tocar con el dedo cosas que nos parecían inexplicables.

    Verdades nebulosas flotan en el campo de las fórmulas o de lo irreal, las proyecta ante nosotros con una luz poderosa e irresistible. Un esfuerzo de inteligencia nos descubre la verdad, y por eso el P. Zundel, gracias a su inteligencia y a su corazón de Apóstol, nos comunica la belleza que descubrió él en un mensaje que, quizá semejante al de San Francisco de Asís, nos devela un universo radioso y sereno.

     

    Su Mensaje

    Si no me equivoco, el mensaje del P. Zundel, lo que constituye el fermento de su apostolado, es un mensaje de alegría, de libertad y de amor.

    "Seamos los embajadores de la alegría" había dicho él en una última conferencia que dio en nuestra ciudad. Y para explicar la irradiación universal de amor, el P. Zundel se complace  tomando como ejemplo el manojo de flores que un niñito ofrece a su madre en su fiesta. Ese manojo tiene un precio infinito a los ojos de la madre, porque es testimonio del afecto filial y símbolo del amor. Ella acepta ese don con el corazón, porque "el don sólo puede ser recibido por el don" y "el encuentro de un ser humano con otro se realiza más allá del cuerpo".

    En nuestra época en que los gestos convencionales y mecánicos no cesan de invadir y rebasar los sentimientos verdaderos, parece que hacemos el bien por obligación o por necesidad de figurar, pero ser el bien, identificarse con él, es un problema diferente que sólo rara vez se considera.

    El amor nos pide sin embargo que nos identifiquemos al bien que es todo interioridad, que amemos los dones de Dios y los recibamos yendo hacia Él "con pasos de amor", porque el mundo es un manojo de amor que sólo podemos comprender por el amor".

    Un gesto, un acento, una actitud, una sonrisa y toda la gama de verdaderas emociones pueden constituir testimonios de bondad que dejan transparentar una Presencia. En efecto, esas pequeñeces son las que forman el valor de la vida y la elevan. La bondad es la única susceptible de encender en los corazones el fuego de la alegría y suscitar en ellos espacios infinitos.

    Guiado por la sed inextinguible de bondad, el corazón humano puede permanecer sin fin replegado sobre sí  Es necesario que vibre un día y comprenda bien que su destino es ser en la tierra mensajero de la alegría, de la paz y del amor.

     

  • 29/05/09. Responder a la ternura de Dios con nuestra ternura filial.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    "Ninguno de nuestros hermanos debería poder quejarse de no haber encontrado en nosotros la TERNURA de DIOS"

    Si a cada instante nacemos del Corazón de Dios, si somos totalmente fruto su ternura, sólo puede vivir en nosotros haciéndose fruto de nuestra ternura, naciendo de nuestro corazón.

    Una vez más las analogías de la ternura humana nos abren aquí horizontes ilimitados. ¿Qué es esa necesidad de amar y de ser amado que actúa en todos nosotros, sino la necesidad de nacer de nuevo, de nacer en un corazón que nos espera, de nacer en un yo complementario, prácticamente mediante una decisión libre, mediante una elección de pura ternura?.

    ¿Y cómo ignoraría Dios el secreto que es el centro de todas las ternuras humanas? Él también quiere nacer en nosotros. Nos trata como iguales, no como mendigos incapaces de dar nada, sino como hijos, cuyo "sí" es indispensable para el matrimonio de amor que Él quiere contraer con nosotros.

     

  • 28/05/09. Hay en la Eucaristía un foco del amor universal.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Retiro con M. ZUNDEL, 4° día, tercer encuentro.

    "La Consagración eucarística consiste en ponernos en la línea de la catolicidad: venimos al pie de la Cruz, invocamos a Nuestro Señor y, en el momento de la Consagración, decimos sobre el Cuerpo de Cristo lo que la Virgen (la Pietá) decía cuando lo recibió en sus brazos: "Este es mi cuerpo, esta es mi sangre". Nos identificamos con el cuerpo crucificado, nos identificamos con el Amor inmolado, y entonces Cristo puede llegar a nosotros e identificarse con nosotros. También Él dice de nosotros: "Este es mi cuerpo, esta es mi sangre", y nos intercambiamos con Él.

    Lo esencial en la Eucaristía es la apertura de la humanidad a Jesucristo en el misterio de la Iglesia. Nadie está excluido, nos abrimos para que nuestro corazón no limite a Cristo y no haga de Él un ídolo, y la Iglesia somos nosotros con Jesús, nosotros hechos inmensos, universales, como Jesús para llevar con Jesús y en Él toda la humanidad y todo el Universo.

    La Eucaristía no es una especie de rito mágico que precipita a Jesús sobre la tierra, sino que en el momento de la Consagración surge el "De profundis" de la Iglesia que se ofrece a Él, que hace romper todos los límites, que acepta llevar con Cristo toda la humanidad y todo el Universo identificándose con Él y diciendo: "Este es mi cuerpo, esta es mi sangre".

    Cristo está verdaderamente en medio de nosotros mientras estamos a su mesa y comulgamos con Él comulgando los unos con los demás, y es absolutamente necesario considerar la cadena de amor que se constituye alrededor de Jesús: toda la humanidad se hace presente a Cristo, el cual está eternamente presente y, para llegar a Él, nos pide que no lo tomemos con las manos sino por la comunidad y en nombre de la comunidad, con un corazón universal que hace que al darnos a Él nos damos, en Él, al mundo entero.

    La Consagración, la Eucaristía, es verdaderamente el Amor, en el sentido en que lo decía San Ignacio de Antioquía; en el lenguaje de San Juan de la Cruz, es la viva llama de Amor donde se encuentran el Corazón de Cristo y el corazón de la Iglesia.

    Esto es absolutamente capital porque la Eucaristía no es jamás algo privado: la Misa es siempre universal; comulgar es abrirse al amor de Cristo abriéndose sin límite a la humanidad. De suerte que toda comunión es luz para todos los hombres, la comunión tiene amplitud universal, llega al mundo entero, si no, es pura magia que hace de Jesús un ídolo.

    ... En la comunión no tenemos contacto físico con Cristo, sólo tenemos el contacto que tenemos con un amigo (en el momento del más profundo intercambio), de suerte que al comer físicamente las especies nos alimentamos espiritualmente de la Persona de Jesús.

    ...  En la Eucaristía está pues el foco del amor universal, la viva llama de amor, el corazón de la Iglesia encuentra el Corazón de Cristo, a condición de que nuestros corazones estén abiertos universalmente y que no reduzcamos a Cristo a un Diosito fabricado para uso personal que podemos meternos en el bolsillo.

    La comunión es algo universal, y la manducación representa otra manducación, una identificación misteriosa que se realiza en lo más profundo de nosotros, si estamos en armonía con la existencia universal de Jesús.

    ... Cuando asistimos a Misa, es siempre para ensanchar el corazón hasta las dimensiones del Corazón de Cristo y llevar en nuestro amor a toda la humanidad, si no, Jesús sería un ídolo de bolsillo.

    ... La realidad de la Presencia de Nuestro Señor es la realidad más real que exista, pero exige que nos ensanchemos para lograr que nuestro corazón se haga tan vasto como el Suyo.

    Hay en la Eucaristía una exigencia formidable y, cuando entramos en una Iglesia y vemos la lamparita del sagrario que indica Su Presencia, podemos decir: SÍ, es verdad, pero sólo en la medida en que yo mismo soy presencia real a toda la Iglesia y a todo el Universo.

    La exposición del Santísimo Sacramento toma todo su sentido cuando es la renovación del don de nosotros mismos que nos permite devenir universales".

    (Mauricio Zundel, "Avec Dieu dans le quotidien", pp. 114.. 117)

     

  • 27/05/09. Testimonio.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Final del testimonio comenzado el 25 de mayo.

    Gracias a Zundel comprendí que estando bautizado sólo de mí dependía ser cristiano diciendo Sí a Cristo, Dios Hijo, en la Unidad del Espíritu Santo. "Sí" para que Dios exista a través de su expresión cristiana. Es verdad que yo había leído y apreciado ciertos pasajes del Peregrino Querubínico, y ciertos pasajes del Maestro Eckhard que dicen lo mismo: "¡Qué me importa que Jesucristo haya nacido en un pesebre en Belén si no vuelve a nacer cada mañana en mi corazón" o "el ojo con el que me ve es el mismo con el que yo lo veo". Pero la comprensión de este tipo de afirmaciones, que era hasta entonces puramente intelectual, se transformó radicalmente con Zundel en comprensión íntima, vivida. Sí, Dios quiere existir, Dios existe, por el hombre y a través del hombre. Más aún, sobra decir EXISTE, deberíamos contentarnos con decir DIOS, el resto es superfluo y redundante. Pero para pasar del plano divino, que sólo podemos abordar intelectualmente mediante la apófasis, mediante la razón discursiva, a un plano que deviene vivo y entra en la existencia, es decir que sale del ser (ex-stare) para entrar en el reino de los entes sin perder por eso su transcendencia, era absolutamente necesario un vector, y ese vector es el hombre. Así, gracias a un sentimiento humano, el amor, que no es sino un pálido reflejo de aquello de que se trata, podemos apercibir lo que queremos decir cuando hablamos del plano de Dios. Sí, Dios es amor. Dios es sólo Amor. Y como en toda relación amorosa la aceptación es la única condición para que pueda nacer, crecer y perdurar.

    Y luego Zundel me confortó en la idea que yo tenía desde numerosos años, de la necesidad de trabajar sobre sí mismo para dejar al ego sólo el lugar que le pertenece, es decir finalmente modesto, y dejarse invadir progresivamente, una vez más en la aceptación silenciosa del corazón, por una presencia que lo rebasa. Pero para eso conviene, y Dios sabe si esto es difícil, desembarazarse de lo que podríamos llamar los condicionamientos. Zundel habla de desapropiación. Es verdad que el sentimiento de propiedad es un aspecto esencial de un condicionamiento humano ordinario. Pero no es el único y el descondicionamiento debe ser lo más amplio y profundo posible. No se puede ciertamente vivir de inmediato las palabras de San Pablo: "Es Cristo el que vive en mí", pero en todo caso uno puede ponerse en camino de una poda progresiva de todo lo que nos constituía hasta entonces, para dejar lugar a la recepción, por medio de la gracia, del que nace en nosotros. Zundel tiene al respecto una imagen magnífica que hace del hombre la madre de Dios. Pero mientras toda referencia antropomórfica respecto de Jesucristo es difícil de aceptar cuando se repite a saciedad que Él era un hombre ordinario, y cuando se pone en evidencia sólo su aspecto socialmente a la escucha de los demás. Entonces se trataría para el hombre de generar un puer aeternus nacido no de un deseo carnal ni de un deseo de hombre, sino de Dios. Dios da a luz eternamente a su hijo, el puer aeternus, en el hombre. Zundel lo comprendió perfectamente y sobre todo hizo perfectamente accesible a nuestros corazones la comprensión de la frase de Pascal "El hombre supera infinitamente al hombre". En diferentes tradiciones, existe el tema del Hombre Universal, el Adán Kadmón de la tradición judía, o el Purusha primordial del hinduismo, que reúne en cierto modo el arquetipo y al mismo tiempo el punto de llegada de lo que es la vocación del hombre e inclusive de lo que está grávida la humanidad. Leyendo a Zundel uno comprende que la simple aceptación de compartir el amor infinito de Dios realiza nuestra vocación de convertirnos en colaboradores conscientes de Dios en la corrección enorme que conviene operar para que la naturaleza sea renovada integralmente, a la manera como los alquimistas podían dar a INRI el sentido de Ignis Natura Renovatur Integra (la Naturaleza será integralmente renovada por el fuego), y el medio para renovarla, es lo que Dios y el hombre tienen en común: el Fuego de un Amor compartido.

  • 26/05/09. Testimonio.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Continuación del testimonio del 25 de mayo.

    Una frecuentación asidua de la metafísica oriental y una práctica de desapropiación del yo, mediante ejercicios específicos (ligados a la meditación) aparentados con purificaciones, a condición de no reducir el sentido de esta palabra al plano moral solamente, me acompañaron durante numerosos años. Se le sumaba la recitación permanente (en todo caso al principio) de un mantra que, como en la filocalía, permitía unir el sonido y la respiración. Así, con ayuda de estos medios (o no?), pude alcanzar un nivel que estaba más allá de lo que nos es accesible mediante los sentidos ordinarios, o para decirlo más sencillamente, diferente de la realidad habitual, con modificaciones de la percepción del tiempo y del espacio. Pero era un plano inmenso sin ningún punto de referencia. Se comprende además muy bien, cuando uno ha experimentado tal espacio, que para definirlo Romain Rolland haya podido utilizar la expresión "sentimiento oceánico" porque aquí "mi hijo, el tiempo, se hace espacio", como se dice en Percival, y no siendo ya obligatoria la noción de Dios, el riesgo de perderse es grande.

    Sin embargo yo rehusaba todavía a decir Sí al cristianismo porque consideraba, en todo caso  a través de numerosos discursos de cristianos eclesiásticos o laicos que escuchaba, que la reducción antropológica a la persona de Cristo era insoportable. ¿Lo confieso? Yo vivía esos discursos sobre Cristo como verdaderos sacrilegios. ¿Cómo podían desconocer la dimensión divina de Cristo hasta el punto de no hablar de ella y presentarlo como un guerrillero, o un sindicalista, o qué se yo? Me daba la impresión de que todo el mundo trataba de conservar de su mensaje sólo la primera parte de la frase "Amaos los unos a los otros" pero que pocos estaban interesados en el sentido de la segunda "como yo os he amado".

    Entre los acontecimientos que se encadenaron y me volvieron, con ayuda de la gracia, a la casa del Padre, hay uno que tuvo un papel más importante que los demás.

    Al leer un comentario del Maestro Eckhart sobre la parábola de la samaritana, supe inmediata, absolutamente, sin discusión posible, que la afirmación "Dios busca adoradores que lo adoren en espíritu y en verdad" me estaba dirigida. Posteriormente tuve la sorpresa encantadora y el gozo inmenso de constatar que ese era el evangelio que Zundel había escogido para ilustrar lo que tenía que decir sobre el tema del Evangelio en su libro dedicado a la Santa Liturgia.

    Y le debo a la lectura de Zundel, que sin embargo es todavía solo embrionaria, el haber adquirido la certeza de que yo era cristiano y de que no necesito la opinión oficial de la iglesia para considerarme como tal. Y de que "Dios se hizo hombre para que el hombre llegue a ser Dios". Él me permitió entender que era legítimo afirmar, que cuando se tienen los medios intelectuales, el estudio de la metafísica o de la teología no era inútil. Confieso con gusto que él me fortaleció en la percepción y la comprensión que pude lograr del misterio de la Santa Trinidad como la cumbre de la inteligencia especulativa en materia de teología, pero también la manera más universal de afirmar, como escribe Dante, que "es el Amor el que lo mueve Todo y el que hace mover el cielo y las estrellas".

     

  • 25/05/09. Testimonio.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Hacemos una corta pausa en el desarrollo del retiro para darles a conocer un testimonio.

    El descubrimiento del universo de Mauricio Zundel, del que un amigo acababa de hablarme, se realizó primero mediante la lectura de su biografía escrita por el P. de Boissière y France-María Chauvelot.

    Este librito fue para mí como un puñetazo en el estómago. Buscaba a Dios desde hacía 30 años rechazando en nombre de lo que yo consideraba como una exigencia toda representación antropomórfica del plan divino, me orienté hacia las espiritualidades orientales, en especial hacia el hinduismo. Alimentado en el plano intelectual por una meditación de los grandes textos del shivaísmo de Cachemira y una práctica personal transmitida por un maestro, unido a las enseñanzas esenciales del yoga, nunca cesé de interrogarme sobre mi relación con el cristianismo, cuestión que no me abandonaba desde años: ¿Soy yo cristiano? O ¿soy todavía cristiano? Claro que fui bautizado, hice mi comunión solemne, como se acostumbraba. También fui confirmado (¡Qué buenos recuerdos de los alegres chistes infantiles sobre la bofetada que el obispo nos daría!)

    ¿Pero qué significa ser cristiano? Tengo que confesar que no había logrado sacarme la idea, inculcada desde la tierna infancia, de que era la iglesia oficial, en el caso la católica romana, la que tenía que decidir quién era cristiano y quién no. El encuentro con Zundel me permitió tomar conciencia, de manera fulgurante, de que yo estaba planteando mal el problema. ¡Dios es una experiencia! Él había tenido el valor, o la inconsciencia según algunos, de escribir claramente lo que yo pensaba desde hacía muchos años. Sí, Dios es una experiencia, sólo una experiencia, no es accesible ni mediante razonamientos, ni, por lo que a mí me tocaba, mediante un acto de fe fideista que algunos me deseaban encontrar un día, ayudado por la gracia. Yo había encontrado en lo secreto del corazón que la palabra griega pistis expresaba correctamente lo que yo sentía muy profundamente a través de experiencias particulares que se pueden calificar de manera reductora como místicas.

    Leyendo a Zundel, me dí cuenta inmediatamente de que él pensaba lo mismo y de que, al contrario de lo que pensaba, no había que temer decirlo con convicción, arriesgando pasar por un original: Dios es una experiencia. ¡Cuántas veces a lo largo de mi adolescencia escuché esa expresión que se suponía me calificaba: "un original", cada vez que deseaba comprender lo que los sacerdotes trataban de enseñarnos lo que llamaban el catecismo!

    Pero esas experiencias de Dios, fugitivas por definición, efímeras y aleatorias, no son suficientes para llenar la vida cotidiana y satisfacer lo que Zundel define magníficamente como "la capacidad de infinito". Al cabo de cierto número de años de frecuentación del hinduismo, me pareció necesario volver a una práctica religiosa que diera estructura a todos los actos de la vida ordinaria, más de lo que encontraba en mi compromiso a través del hinduismo, digamos esotérico para simplificar. Mi retorno al cristianismo era difícil.

     

  • 24/05/09. La Presencia real y recíproca, hecha invisible, se realiza en el momento de la fracción del pan.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Retiro con M. Zundel. 4° día, 2° encuentro. Nota. 

    El texto publicado en este sitio el 21 de mayo, y el que publicaremos mañana, es la continuación de la enseñanza tan importante de M. Zundel sobre la Eucaristía. Fue desarrollado ante religiosas. Cuando se les pidió que transmitieran las conferencias del retiro, ellas omitieron voluntariamente enviarla con las demás conferencias, probablemente porque en el fondo dudaban de su ortodoxia, dada la gran novedad de la doctrina.

    "Hay una relación muy estrecha entre la Iglesia y la Eucaristía: la Eucaristía es la presencia comunitaria de Jesús. Es extremamente importante desarrollar este tema para marcar bien el lugar y el sentido (que tiene) la presencia real en el misterio de la Iglesia".

    Podemos recordar aquí que es la Iglesia la que prepara el pan y lo distribuye, y recíprocamente, este pan construye la Iglesia por el mero hecho de su fracción y de su distribución.              

    Pero M. Zundel va mucho más lejos ya que casi identifica la Iglesia y la Eucaristía, pues identifica una y otra con el Amor, una y otra implican presencia comunitaria de la humanidad entera, una y otra están llamadas a constituir la presencia comunitaria de la humanidad entera en la unidad perfecta.

    En cuando a la Presencia real, M. Zundel pone espalda contra espalda a protestantes y católicos porque "ambos perdieron de vista la causa esencial de la Presencia real que es ser presencia comunitaria, lo cual quiere decir que Nuestro Señor sólo podía estar presente a la humanidad bajo forma de Iglesia".

    Y esto porque "el yo de Jesús es Dios, Él es el Hombre universal (se trata tanto de Jesús "en" la Eucaristía como de Jesús en la Iglesia) que lleva en Su Vida toda la humanidad, que recapitula en su historia toda la Historia y que es el contrapeso de amor que equilibra todas las faltas humanas".

    Y si queremos seguir a Jesucristo y ser sus discípulos, debemos entrar en la catolicidad, en la universalidad de Jesucristo. Y es la Eucaristía la que va a permitir a cada hombre entrar en la universalidad y ser capaz de ella.

    Y por eso, "si queremos absorber a Jesucristo (cuando comulgamos) y reducirlo a las relaciones que tenemos con Él, se convierte en un ídolo". Y aparentemente, parece que los cristianos realizan con frecuencia esa reducción, mientras "sólo podemos llegar al verdadero Cristo, que está abierto a toda la humanidad y lleva toda la historia (y no hay otro) si abrimos el corazón sin fronteras ni límites a la humanidad entera. La cita que Jesucristo nos da es pues ante todo una cita comunitaria, y ese es el sentido de la Eucaristía".

    Jesús está siempre presente a la Humanidad (desde el comienzo de su historia) no sólo por su divinidad sino también por Su humanidad. La humanidad de Nuestro Señor está siempre presente en cada uno de nosotros, pero nosotros no estamos presentes a la humanidad de Nuestro Señor. La Eucaristía nos quiere hacer presentes a Nuestro Señor Y a toda la humanidad, ya que, aunque el amor infinito del Señor nos distingue entre todos, jamás nos separa de nadie entre todos.

    "El misterio de la Eucaristía es abrirnos a esa Presencia y hacerla circular en nosotros. La consagración permite "captar" esa Presencia siempre dada pero con la cual no teníamos aún contacto".

    Para ayudarnos a entrar en esta perspectiva, aquí deberíamos leer el relato de los discípulos de Emaús, contado con frecuencia por Zundel. Lo encontramos en Lucas 24, 13-15.

    Este relato es la historia, verídica desde luego, de la ceguedad de que sufren los apóstoles del Señor en el momento de su muerte e incluso después de la resurrección. Es el relato de la ausencia de Jesús en ellos. Aunque estaba siempre presente, no podían aún reconocerlo. Es el relato de la ausencia que se hace Presencia y sigue siéndolo de manera invisible e interior, ahora que el Señor se ha hecho invisible a los ojos de la carne. Y, hecho extremadamente importante, la Presencia, real y recíproca, y hecha invisible, se opera en el momento en que el Señor hace la fracción del pan, que es el momento en que desaparece a sus ojos de carne.

    No se trata de disertar sobre el hecho de saber si Jesús consagró el pan que rompió ante ellos para hacerse reconocer. En un sentido, eso no tiene importancia. Aquí lo que toma toda la importancia es la fracción, que no puede hacerse sino para compartir o para dar el pan.

    La fracción del pan es el signo, e incluso el sacramento del aspecto comunitario, esencial, de la Eucaristía. Simplemente porque no se puede compartir el mismo pan sino rompiéndolo primero.

    Los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús en la fracción del pan (Lc 24, 35). Y los primeros cristianos eran asiduos a la enseñanza de los Apóstoles y a las reuniones comunitarias, a la fracción del pan (Lc., 24, 36).

    Se puede observar también que Jesús aparece en el Cenáculo a los apóstoles, al mismo tiempo que a los discípulos de Emaús, justo después de su relato y cuando hubieron precisado que lo habían reconocido en la fracción del pan. Es como si Jesús viniera a confirmar que es en este signo sacramental donde se lo debe reconocer en la Iglesia.

    La comunión no se toma, se recibe, y procede de una fracción para un compartir, y para comprender bien la Eucaristía y recibirla con fruto, es esencial que lo sepamos.

    Se puede volver a leer el relato de la nueva aparición del resucitado en el Cenáculo, cuando los discípulos hubieron terminado el relato de la aparición de Jesús caminando con ellos y contándoles el sentido de toda la Escritura, para finalmente romper el pan, en Lucas 24, 13-49.

    Aquí se subraya la universalidad de la salvación en Jesucristo: "Está escrito que el Mesías debía sufrir y luego resucitar de entre los muertos el tercer día, y que la conversión para el perdón de los pecados debe ser predicada en todas las naciones..." (Versículos 46-47).

    Oración: Dios, Padre nuestro, infinitamente bueno, en su humanidad, tu Hijo es interior a cada uno de nosotros, y nos acompaña en el camino de la vida como acompañaba a los dos discípulos. ¡Abre nuestros ojos para que re reconozcan! ¡Abre nuestro corazón a la inteligencia de las Escrituras! Por el misterio de la Eucaristía, ¡ábrenos a La Presencia hasta en lo íntimo de nuestro ser! Que el corazón se abra y se vuelva corazón sin fronteras, como el Corazón mismo de Nuestro Amado Salvador y Señor que vive y reina en Ti para siempre, en la unidad del Espíritu Santo. Amén.

     

  • 23/05/09. La Eucaristía es la presencia comunitaria de Jesús.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Retiro con M. Zundel. 4° día, 2° encuentro…

    "San Ignacio de Antioquía, en camino hacia su martirio, escribiendo a la Iglesia de Roma, la llamaba Iglesia que preside en la caridad. Llamarla Caridad es quizás la mayor manera de designar a la Iglesia… Este mártir encontró esa apelación incomparable: la Iglesia es el Amor.

    Se daba también ese nombre al banquete de la comunidad cristiana que se terminaba con la Eucaristía. Si se usa la misma apelación para la Iglesia y para el banquete comunitario es que existe una relación muy estrecha entre la Iglesia y la Eucaristía, la Eucaristía es la presencia comunitaria de Jesús.

    Es muy importante desarrollar este tema para indicar bien el lugar que ocupa la presencia real en el misterio de la Iglesia.

    Los católicos se aferraron a la realidad de la Presencia real de Nuestro Señor en el Santo Sacramento y la materializaron contra los protestantes que la redujeron a algo simbólico. Por los dos lados se perdió de vista la causa esencial de la Presencia real que es la de ser presencia comunitaria, lo cual quiere decir que Nuestro Señor no podía estar presente en la humanidad sino bajo forma de Iglesia.

    Él es el Segundo Adán en el cual toda la Historia recomienza y se recapitula, Él está en el Centro del Universo, une en Su Persona toda la creación para que el universo entero sea una sola persona en Su Persona, y entonces sólo podía dar como cita a la humanidad la Iglesia que responde a las exigencias de la comunidad.

    Y eso es posible ya que Cristo es infinitamente abierto a los hombres, como a Dios. Cristo es a la vez Hijo de Dios e Hijo del Hombre, lo cual quiere decir que es Hombre no como un hombre, sino El Hombre, en un sentido absolutamente único. Él contiene toda la Humanidad en su Persona porque en Él la Humanidad no tiene fronteras.

    Si es El Hombre con esa potencia única, es porque está abierto a Dios de manera única, porque Su YO es Dios. Él es el Hombre universal que lleva en su Vida toda la humanidad, que recapitula en su historia toda la Historia y que es el contrapeso del amor que equilibra todas las faltas humanas.

    Por eso Nuestro Señor sólo puede mirar a la humanidad, toda la humanidad a la vez, y asumir a todos los hombres en la humanidad sin excluir a nadie, y si queremos seguir a Jesucristo y ser sus discípulos, debemos entrar en la catolicidad de Jesucristo.

    Jesús es católico porque abraza toda la humanidad, y si nos hacemos discípulos suyos y queremos ser lo que Él es, no podemos ir a Él sino abrazando con Él toda la humanidad, toda la historia y todo el Universo. Si queremos absorber a Jesucristo y reducirlo a las relaciones que tenemos con Él, se vuelve un ídolo. Sólo podemos llegar al verdadero Cristo, que está abierto a toda la humanidad y que lleva toda la Historia, abriendo el corazón a toda la humanidad, sin fronteras ni límites. La cita que Jesucristo nos da es pues ante todo una cita comunitaria y ese es el sentido de la Eucaristía.

    ...  Así como la Encarnación no quiere decir que Dios bajó del cielo para venir a la tierra donde no estaba antes (Dios estaba en el mundo, pero el mundo no Lo (re)conocía), así como la Encarnación sólo significa una Humanidad hecha infinitamente presente a Dios, el cual estaba siempre presente a la Humanidad, así la Eucaristía no quiere decir que Jesucristo se hace presente donde no lo estaba. En realidad Él está presente siempre a la humanidad no sólo por su Divinidad sino también por Su humanidad.

    Es necesario decir más todavía: la humanidad de Nuestro Señor está presente siempre a cada uno de nosotros (1), Él es la Luz que ilumina a todo hombre, su humanidad no cesa pues jamás de estar presente para nosotros, pero nosotros no estamos presentes a la humanidad de Nuestro Señor.

    Por consiguiente, así como en la Encarnación de Jesús la humanidad se hizo presente a Dios, el cual estaba presente siempre, así también, en el momento de la consagración, no es la Humanidad de Jesús la que comienza a estar presente en la tierra, somos nosotros los que nos hacemos presentes a esa humanidad. Eso quiere decir que si la humanidad de Nuestro Señor nos acompaña siempre como acompañaba en el camino a los discípulos de Emaús, si es verdad que está siempre en nuestro interior, no es menos cierto que no tenemos contacto con Cristo, que nuestros ojos están cerrados como los de los discípulos de Emaús: Él está presente, pero nosotros estamos ausentes.

    El misterio de la Eucaristía es abrirnos a esa Presencia Y hacerla circular en nosotros… La consagración permite "captar" esa Presencia que ya está, pero con la que no teníamos contacto… Sólo tenemos contacto con Nuestro Señor, que es el Amor universal, si nuestro corazón se abre y se convierte en corazón sin fronteras, como el Corazón de Nuestro Señor.

    (Pueden ver este texto en su totalidad en "Avec Dieu dans le Quotidien" (Con Dios en lo cotidiano), pp. 111... 114)

     

    (1) La presencia de Jesús en cada hombre es real. Su presencia sacramental en la Eucaristía no añade nada a la realidad de esta Presencia. Obliga el corazón a abrirse a la humanidad entera porque es el Amor universal el que se hizo nuestro alimento.

     

  • 22/05/2009. ¿Necesidad de reajustar la doctrina habitual de la Iglesia sobre la Eucaristía?

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Leer la página publicada ayer en este sitio.

    - Se puede tomar el Evangelio en que Jesús se identifica con todo hombre en dificultad (Mateo 25, 31-40).

    - Prestar atención a lo que dice Jesús: "Cada vez que lo hagáis al más pequeño de mis hermanos, a MÍ me lo hicisteis". No dice "es como si me lo hubiereis hecho".

    Hay pues en todo hombre necesitado una presencia real, particular, de Jesús, tan real como en la Eucaristía, aunque bajo un modo diferente. Como en la Eucaristía, se trata de una presencia puramente interior, pero aquí sin ningún "objeto" que indique la angustia humana. Y por consiguiente, no solamente el amor de Jesús es absolutamente universal al mismo tiempo que infinitamente particular, sino que Su Presencia misma es tan real y universal ya que cada hombre, un día u otro, tiene angustias y necesidades de una u otra forma. La Presencia de Jesús "se une" si podemos decirlo, a la forma particular de angustia de cada uno, porque Él ama a cada uno con un amor único.

    Es sorprendente ver cómo nos aferramos tanto tiempo en la Iglesia, y con tantas disputas, a la presencia real en la Eucaristía, mientras que Jesús no une la realidad de su presencia a la Eucaristía cuando dice: "Yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos".

    Leyendo esta página tan impresionante de Zundel (Jueves santo de 1961 en Santa María de la Paz) podemos preguntarnos si no solicita la necesidad de reajustar la doctrina "habitual" sobre la Eucaristía. Tan diferente de la presentación habitual es la perspectiva desarrollada aquí. Es cierto que en el discurso de Jesús en san Juan después de la institución de la Eucaristía no se habla de una nueva presencia de Jesucristo instituida al mismo tiempo que este sacramento. Pero sí se habla, y con fuerza, de la unidad, y la oración que termina el discurso es para pedir que todos sean uno con la unidad misma de las personas divinas en la Trinidad.

     

    Oración: Jesús, que inventas el sacramento de la Eucaristía, el sacramento de tu ofrenda perfecta, que haces de tu Cuerpo resucitado nuestro pan para darnos a todos los hombres el ser un día unificados perfectamente y unidos con la eterna unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu, haznos artífices de esa unificación, danos ahora que obremos en perfecto entendimiento y unidad con todos nuestros prójimos en tu inmenso cuerpo místico.

     

    Retomaremos esto mañana en el texto que publicaremos sobre la relación extremamente estrecha entre la Iglesia y la Eucaristía.

     

  • 21/05/09. Lo que requiere, exige y supone la Eucaristía.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Ascensión del Señor.

    Retiro con M. ZUNDEL, 4° día, 1er encuentro.

    (El primer parágrafo de este texto, se encuentra en la página 7 del libro: "Otra mirada sobre la Eucaristía").

    Es un texto mayor, retomado varias veces. Es para mí el más impresionante de todo lo que M. Zundel pudo jamás "decir" o escribir.

    "Es quizás en la Eucaristía donde los cristianos se han equivocado más profundamente, donde han cedido a la tentación tan natural de poner lo sagrado al exterior de sí mismos, de reconstruir un templo de piedras, un tabernáculo de metal precioso para encerrar en él a Dios como un objeto e inclinarse delante de ese objeto exterior a ellos, cerrando la puerta con rejas de oro para volver a sus negocios dejando la santidad encerrada en el templo. ¡Ah! ¡Qué grave es esta tentación y cómo hemos caído en ella! Vimos que le damos la espalda al Evangelio y que no era eso lo que Jesús se proponía!

    ¿Qué se proponía Jesús en la Cena, en la cita que nos da en ella a través de la historia?

    Quería exactamente establecer entre Él y nosotros toda la distancia de la humanidad a asumir para llegar a Él. Quería que cumpliéramos el mandamiento supremo, que descubriéramos el santuario del Nuevo Testamento que es el hombre, y para que no dejáramos de edificar ese santuario en el hombre, estableció entre Él y nosotros esa distancia por franquear (1).

    ... Nuestro Señor no puede restablecer en la Eucaristía un nuevo foco de idolatría, un nuevo foco de magia y de superstición. La Eucaristía será, al contrario, la imposibilidad de ir hacia Él de otra manera sino juntos, y juntos quiere decir: ustedes traen toda la humanidad, toda la historia, todos los sufrimientos, todas las flaquezas, todas las angustias, todas las soledades, todos los desperdicios, todas las miserias, todas las culpabilidades, totalizan todo eso en ustedes mismos… Y cuando cada uno de ustedes se convierta en todos los demás se acercarán a mi mesa y estarán finalmente en contacto conmigo tal como soy Yo, que estoy entregado a todos, viviéndolos a todos, en el interior de cada uno, Yo que me identifiqué con el que tiene hambre, con el que tiene sed, con el que está prisionero, enfermo, desnudo. Cuando hayan realizado esta identificación, ustedes Me encontrarán.

    ¡Jesús está siempre ahí, pero nosotros no estamos! Y la Eucaristía tiene como objetivo precisamente hacernos presentes a Jesús, abrirnos a Él, ponernos en contacto con Él. Él siempre está presente, en lo más íntimo de nosotros, pero no podemos llegar a Él, como no lo podían los Apóstoles cuando Lo tenían delante de ellos: ¡ahí estaba, ante ellos, pero ellos no Lo veían! No tenían pues contacto real y eficaz con Él, la comunicación no se había establecido, era necesario el bautismo de fuego de Pentecostés, el nuevo nacimiento, para que se transformaran y se abrieran y se ensancharan, para que se universalizaran y se hicieran capaces de estar en correspondencia de luz y de amor con Él: eso es lo que requiere, exige y supone la Eucaristía, que vengamos todos juntos, que constituyamos todos juntos el Cuerpo místico de Jesucristo, eso es lo que supone el banquete al que Jesús nos invita: que vengamos juntos, como si todos y cada uno fuéramos Su Cuerpo Místico, porque cada uno de los hombres Le importa esencialmente, ninguno debe perderse, ninguno debe quedar afuera de su Amor, todos son llamados y amados, todos están contenidos en la inmensidad de Su Corazón, y no podemos ir hacia Él dejando afuera ni uno solo.

    Se trata pues de reunirnos, de unirnos e identificarnos con toda la humanidad y toda la historia, y entonces seremos verdaderamente el pan vivo de la humanidad, y en esa universalidad de presencia y amor, estaremos en contacto real y eficaz con el Jefe, la Cabeza, el Cristo sin fronteras, presente a toda la historia, con Cristo que es el eje de todos los acontecimientos desde el comienzo hasta el final, con Cristo que desea totalizar a través de nuestro amor cada uno de los acontecimientos humanos para darle su dimensión infinita, para ponerlo en la cosecha eterna, para que todo sea divinizado, realizando exactamente el primer proyecto del gesto creador, que es de comunicar la Vida divina y enraizar nuestra intimidad en la de Dios.

    Eso es lo que supone, pide y exige la Eucaristía, es como la confirmación del mandamiento nuevo y como la perpetuación del lavatorio de los pies, y como la realización del Cuerpo Místico de Jesús.

    Es pues absolutamente imposible concebir la Eucaristía fuera de esta perspectiva eclesial: estar ante el Santísimo Sacramento es estar ante el misterio de la Iglesia confiado a nuestra solicitud y a nuestro amor".

    (Santa María de la Paz, Garden City, El Cairo, semana santa, pp. 31..34)

     

    Nota (1): "¡Asumir toda la humanidad!" ¿Qué hay de esto? Es difícil comprender inmediatamente el sentido y la importancia de esta enseñanza, tan inédita, (y desconocida de la inmensa mayoría de los cristianos, inclusive de los sacerdotes) que M. Zundel retoma con frecuencia: nos queda por recorrer una gran distancia para llegar hasta Jesús, se trata de asumir, paso a paso quizá, toda la humanidad pasada, presente y por venir. No podemos llegar a Cristo sin asumir este encargo universal. Al instituir la Eucaristía, Jesús estableció esta distancia entre Él y nosotros en el sentido de que es necesario asumir este encargo para recibir con fruto la comunión, el sacramento que da la vida eterna. Tenemos que hacernos presentes no sólo a Jesús sino a toda la humanidad, es decir a Jesús universal, realmente presente en cada hombre, en la historia de la humanidad. Tenemos que ofrecernos a Jesús y a la humanidad entera, por Jesús y por la humanidad entera.

    Jamás, me parece, ha sido expresada con tanta fuerza y claridad la necesidad de practicar el nuevo mandamiento: amar a cada hombre y toda la humanidad como la ama Jesús, es decir con un amor universal. La Eucaristía fue instituida por el Señor para darnos el vivir ese amor universal que se concretiza por el amor de los prójimos más cercanos.

    Y el lavatorio de los pies, inseparable de la Eucaristía y del mandamiento nuevo, nos indica la manera de asumir, con respeto y de rodillas, el más humilde servicio.

    Con demasiada generalidad se olvida que el amor de Jesús es universal, que Él ama a cada hombre con amor único, como si cada uno fuera el hijo único del Padre. Y si Jesús nos pide amar como Él, nuestro amor debe ser también universal. Y si la Eucaristía fue instituida al mismo tiempo que fue dado el mandamiento nuevo, fue porque ella está al servicio de la "práctica" del mandamiento nuevo y no tiene sentido sino en la medida de esa "práctica".

    También hay primero un gran "peligro" respecto de la Eucaristía, del que M. Zundel nos ayuda a tomar conciencia aquí, el de exteriorizar a Dios y rendirle un culto exterior, un culto idolátrico.

    El pan y el vino presentados en el ofertorio siguen evidentemente siendo exteriores al hombre que los ofrece. La consagración tiene como objetivo convertirlos en alimento y bebida radicalmente diferente de todo otro alimento y bebida, y uno de los constituyentes de esta diferencia radical es justamente que en adelante se convierten en alimento puramente interior, en alimento que da el Espíritu y quiere alimentar nuestra interioridad.

    Pero también, y esto es capital, si la Eucaristía tiene como fin la interiorización recíproca del hombre y de Jesús, tiene también, al mismo tiempo e indisociablemente, como objetivo una interiorización de cada uno en cada hombre en el gran Cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia. No podemos recibir a Cristo sino juntos, y ese "juntos" quiere abrazar la innumerabilidad de todos los hombres del presente, del pasado y del por venir.

    "Cuando cada uno de ustedes se haya convertido en todos los demás, se acercarán a mi mesa y estarán por fin en contacto conmigo, tal como soy Yo, que estoy dado a todos, viviéndolos a todos, Yo que estoy en el interior de cada uno y que estoy en casa en el interior de todos, en contacto conmigo que me identifiqué con el que tiene hambre, con el que tiene sed... Cuando hayan realizado esta identificación ustedes Me encontrarán".

    No hay, me parece, en toda la literatura espiritual, ningún texto que insista con tanta fuerza en el aspecto comunitario de la Eucaristía.

    "Porque todos son llamados y amados, todos están contenidos en la inmensidad de Su Corazón y no podemos ir a Él si dejamos afuera aunque no sea sino solo uno".

     

  • 19/05/09. La castidad concebida como origen de una nueva creación.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Retiro con M. Zundel. Día 3°, 4° encuentro.

    Ver la castidad en su dimensión cósmica.

    "La virginidad en el cristianismo es una vocación cósmica: todos los cristianos están llamados a la virginidad esencial que es la del corazón y del espíritu.

    Y la virginidad representa un dato cósmico eminente porque se apodera del impulso sexual, portador de la vida a través de la historia, tanto en los vegetales y los animales como en el hombre.

    En la unión sexual hay evidentemente una orquestación cósmica inmediatamente reconocible: la mismas pulsaciones del universo mueven al adolescente y hacen subir la savia en los árboles, o impulsa los machos hacia las hembras y recíprocamente, en período de acoplamiento. Tenemos ahí un movimiento cósmico que explica todos los vértigos, toda la espera y todos los delirios, así como toda la grandeza y todos los gozos que se pueden alcanzar en ello, y existe ciertamente una continuidad evidente entre el hombre y el cosmos.

    El hombre está enraizado en el Universo del cual es y sigue siendo producto en cierto modo. La tierra nos soporta y nos alimenta, respiramos y estamos adaptados a ella por constitución orgánica, y el enraizamiento en ella no es nunca más evidente que en el impulso sexual, que moviliza al individuo en el océano de la especie, porque hay en él toda la inmensidad, toda la dimensión de la historia y del Universo que ofrece un coeficiente ilimitado a esa pulsión que arrastra al hombre y la mujer hacia la comunicación de la que procede la vida.

    Es evidente que en la mayoría de los hombres este movimiento es ciego y sin dominio, acogido y vivido en una especie de fiebre y fervor con toda una mitología de grandeza y adoración. El hombre y la mujer son exaltados el uno por el otro en el impulso cósmico y se ven uno a otro, en el primer momento del descubrimiento, como demiurgos al origen de un mundo nuevo. Y aunque repiten el verbo "amar" pronunciado ya millones de millones de veces por otros labios, tienen siempre la impresión de una novedad incomparable y de una originalidad única.

    La mayor parte del tiempo, nada justifica esa magnificencia y esa exaltación, nada justifica el éxtasis mayúsculo del deseo cósmico pero que se convierte en riqueza personal. Eso explica la multiplicación de los divorcios ya que, justamente, la unión reposaba en un intercambio ilusorio, en una grandeza que no se había alcanzado y que era simple orquestación del universo, y cuando el impulso cae, cuando las hormonas dejan de actuar y se disipa el espejismo, quedan dos seres diferentes, incapaces de comprenderse y que por otra parte no tienen ningún interés en desearlo ni hacerlo fuera del deseo que los impulsaba el uno hacia el otro, y perciben límites recíprocos de los que estarían para siempre cautivos si permanecieran juntos. La unión no puede durar nunca si el infinito presumido en los sueños de amor, que resuena en toda la literatura amorosa, no se ha convertido en realidad personal.

    Y justamente la virginidad auténtica significa la realización de una exigencia propiamente infinita, capaz de hacer contrapeso a toda la subida de la savia cósmica, capaz de volver a captar toda la historia del universo y de realizar el movimiento positivo de una evolución que iría de verdad hacia el espíritu que sostiene el espejismo, disipándolo con la exigencia de una creación personal en que el ser alcanza de verdad un valor infinito.

    Eso sería el amor: ser exigencia de valor infinito el uno para el otro, querer apasionadamente la grandeza el uno del otro, crear entre el otro y uno mismo una distancia de respeto ilimitado que pide y exige crecimiento sin fin. Entonces no habría equivocación ni horas oscuras, los seres podrían mirarse en los ojos porque su amor estaría precisamente fundado en una victoria cósmica de la libertad, y pienso que eso sería la realización más orgánica de la evolución.

    Que la evolución se realice de una manera u otra, no tiene importancia capital para nosotros ya que la evolución es ante todo la historia de un mundo prefabricado que se nos impone y a cuya existencia participamos necesariamente y sin haberlo escogido. Pero el problema de la evolución nos interesa apasionadamente cuando se convierte en problema nuestro, cuando la evolución toca a nuestra puerta y se entrega en nuestras manos… Y justamente el instinto sexual es el cruce de caminos en que podríamos elegir, en que habría que enseñar al adolescente a elegir ser literalmente creador de un Universo digno de él y de Dios, creador centrado en la libertad, orientado hacia una dimensión infinita en que toda la existencia se transforma en existencia de don.

    Eso quiere decir la castidad. No es la repudiación del cuerpo humano y de su posibilidad de ser cuna de la vida, lo cual es magnífico, sino el rechazo de ser esclavo de una fuerza cósmica ciega que no puede crean sino un inmenso espejismo: la virginidad significa quitar a esa fuerza la máscara de ceguera, darle una mirada de claridad dándole a la vida el rostro del niño, el rostro del Niño Dios de Belén, el rostro de la divinidad, y realizar entre el hombre y la mujer la Trinidad divina. Porque la imagen más perfecta de la Trinidad es realmente el matrimonio concebido como lo concibe San Pablo, como un sacramento que representa y realiza el misterio de la Iglesia, misterio universal y cósmico.

    Si vemos la castidad en su dimensión cósmica nos aparece en los antípodas de una represión, de una repudiación de la vida o del desprecio del cuerpo. ¡Es lo contrario! Es la exaltación incomparable de todos los valores humanos, es la glorificación del cuerpo, de la paternidad y la maternidad, pero al nivel mismo en que la paternidad y la maternidad son puros dones, realmente relación vivida en la tercera persona del niño que nace del amor, de un amor que lo llama, de un amor que se dirige a él, de un amor que es una consagración de dos seres a un tercero que no es visible todavía pero que es ya una presencia en el corazón mismo del amor de ellos.

    Así concebida la castidad, como liberación del Universo, como realización de la evolución, como el sentido mismo de la historia, como el comienzo y origen de una nueva creación, como generosidad sin límites en que el tercero, el niño, es invitado como tal y amado antes de existir, y no existe sino como fruto del amor".

    (Mauricio Zundel, Cenáculo de Ginebra, 3 de febrero de 1963, pp. 41 ...  43)

     

  • 18/05/2009. La superación de sí mismo disipa en el hombre la ausencia de Dios.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Se puede retomar el texto publicado el 16 de mayo.

    Día tercero, 2° encuentro. Nota.

    Nuestra educación no fue sin duda la misma que la recibida por M. Zundel, en una época diferente de la nuestra. Ya no oscilamos del mismo modo entre las dos representaciones de Dios, ya como rival "monstruoso", ya como "bonachón", pero puede que nuestra situación respecto de Dios no sea mejor.

    Hoy en día Dios es sobre todo el gran ausente. Lo han dejado de lado, es el gran ausente tanto de la familia como de la escuela y de la universidad.

    A M. Zundel le gustaba contar el sacrificio heroico del P. Kolbe en el campo de Auschwitz, haciendo notar que el don heroico de su vida para salvar la de un padre de familia había suscitado en todos los que fueron testigos una especie de sobresalto de humanidad en una admiración unánime: todos fueron interpelados, tanto los prisioneros como los verdugos, inclusive el jefe del campo, el cual suavizó sus costumbres en adelante. Hay pues en el hombre, en todo hombre, una posibilidad de despertar, ante un testimonio de superación de su naturaleza por uno de ellos, heroico en este caso.

    Fue Cristo el que suscitó en san Maximiliano Kolbe tal comportamiento, Cristo el que primero y de modo infinitamente más eminente, dio prueba de una superación sin medida.

    Y la escena del lavatorio de los pies, prolongada en la Pasión del Señor como parte integrante al mismo tiempo que el mandamiento nuevo y la institución de la Eucaristía, esta escena que podemos volver a leer y meditar ahora, puede darnos una luz y una enseñanza capital.

    En el lavatorio de los pies de los Apóstoles por el Señor en el momento en que entra en la Pasión "bienaventurada" hay una indicación muy clara de la manera como nosotros, y cada cristiano, tenemos que imitar la Pasión del Señor en los servicios más humildes. "¡Si yo, el Maestro y Señor (Cristo no afirma jamás su señoría tan claramente como en el momento en que acaba de arrodillarse ante el hombre) os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros!"

    En esta escena, como en el sacrificio heroico del P. Kolbe, hay una posibilidad de despertar de nuestra somnolencia habitual, hay la posibilidad de ser de nuevo sensible a la presencia de Dios "en cuya ausencia se encuentra el abismo de todas las tinieblas".

    Hemos ciertamente observado qué atrayente es la transparencia de Dios en un hombre, qué bueno es para nosotros, qué bueno es estar en su compañía, y al contrario, la indiferencia, o el desprecio que se siente en compañía de un hombre sensual o lleno de sí mismo: lo frecuentamos, lo adulamos inclusive, en la medida en que lo necesitamos o esperamos algo de él, pero no podemos deleitarnos estando con él sino cuando y en la medida en que, por intermitencia, haya podido hacernos olvidar su sensualidad y suficiencia.

    Es seguro que en el fondo de sí mismo el hombre normal se siente interpelado por el espectáculo, en la vida o en la televisión, de un hombre auténtico que se supera a sí mismo. Habría que multiplicar las ocasiones de ver tales espectáculos, y comenzar a comprender que en tales hombres que lo dan, sin que sea necesariamente su objetivo, es Dios el que está presente y se manifiesta, es Cristo mismo el que está obrando o el que transparenta en ellos.

    La contemplación de Jesús a los pies de los discípulos toma entonces todo su sentido como prólogo de la pasión de amor por los hombres. La encontramos en Juan 13, 1-17.

    El lavatorio de los pies tiene como introducción una especie de prólogo solemne e importante, que es ya una manifestación del amor del Señor "hasta el final", una especie de ilustración del sentido mismo de la Pasión, antes de realizarla. Y el lavatorio de los pies Jesús lo realiza en plena conciencia de lo que está haciendo, o más precisamente, en plena conciencia del don total (versículo 3) que hizo el Padre, y toma un lugar capital en el movimiento mismo de toda la Vida de Jesús que viene de Dios y vuelve a Dios: "Jesús, en plena conciencia de ser el DON de Dios, se levanta de la mesa, retira su vestido y se ciñe de un lienzo. Puso agua en una palangana y comenzó a lavar los pies a sus discípulos…"

    "¿Comprendéis lo que acabo de hacer?" Es seguro que para los apóstoles, y para nosotros, eso es primero absolutamente incomprensible.

    "Esa moral, o mejor esa mística, que es todo el Evangelio, dice Zundel, es la más alta revelación de Dios: Dios es el ser infinito porque es el Amor sin límites y porque no hay en Él nada que no sea el Amor, porque existir es salir de sí mismo, sólo existimos yendo hacia los demás, sólo existimos en la intimidad del ser amado y dándonos, y porque Dios es todo DON. Juan lo recuerda proclamando la conciencia perfecta de Jesús que sabe que el Padre Le ha dado todo, porque Dios no es otra cosa que la comunicación de sí mismo en el seno e la Trinidad, y que es por eso que existe plenamente.

    ¡Ahí tenemos toda la moral cristiana elevada hasta el nivel magnífico de ser para nosotros el medio de existir plenamente!

    ORACIÓN: Dios, Padre nuestro, ¡Tu Hijo se arrodilló ante sus Apóstoles para el más humilde servicio! Él vive plenamente la existencia divina. Enséñanos a disipar en nosotros la ausencia tuya y la nuestra, en la cual está el abismo de todas las tinieblas, Enséñanos a encontrar en el servicio humilde la plenitud de Tu ser y de Tu alegría y la nuestra.

    Dios, Padre nuestro, que enseñaste a San Maximiliano Kolbe la superación suprema de su naturaleza, concédenos ser transparentes a tu luz, danos a todos la transparencia que proviene del más humilde servicio. Te lo pedimos por la intercesión y la oración de san Maximiliano Kolbe en el cual vives Tú eterna y plenamente, con Jesús y en el Espíritu Santo.

     

  • 17/05/09. Con Jesús, el segundo mandamiento se convierte en primero y único.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Bosquejo de homilía para el 6° domingo de Pascua.

    Con Jesús, el segundo mandamiento se convierte en primero.

    Jesús nos enseña todo sobre Dios, mostrándonos cómo Dios es Amor, mediante su manera de pasar al Padre.

    "En verdad ahora comprendo que Dios no hace distinción entre los hombres, sino que sea cual fuere su raza, acoge a los que lo adoran y hacen lo que es justo. Y el Espíritu Santo vino entonces sobre los que escuchaban la palabra".

    Estas palabras de Pedro son admirables, están marcadas con el sello del Espíritu Santo y sin embargo no son lo que Jesús dice o recuerda a sus apóstoles y a nosotros todos en el momento de su paso al Padre.

    Aunque parezca sorprendente, Jesús no dice a sus apóstoles: "¡Amen al Padre, ámenme a mí, y sigan amándome en medio de las pruebas!" No dice: "Como el Padre me ama, yo los he amado, ¡ámenme a mí y al Padre!" No nos recuerda eso, que constituye sin embargo el primer mandamiento. Aunque parezca sorprendente, el primer mandamiento no es su última consigna, su último mandamiento.

    Su mandamiento, único en cierto modo, es: "¡Amaos los unos a los otros como yo os he amado!" ¡Qué importante es entonces! ¡Qué importante es el modo de Amar Jesús en el momento en que pasa al Padre! ¿Hemos comprendido, "sentido" la importancia de este mandamiento, su importancia sin restricción alguna, que Jesús expresa en el momento crucial de su paso al Padre? Nos concierne a todos y en todo momento de la vida, así como Jesús no cesa ni cesó jamás de amar al Padre en el don total de sí mismo a Su Amor. Puede, y debe, ser puesto en práctica por todo hombre aunque no conozca a Jesús, y lo practican ciertamente los hermanos budistas en la medida en que son fieles al amor universal que el budismo enseña.

    Tendríamos que decírnos con frecuencia, y que resuene en el corazón, tendríamos que decirnos sin cesar que cada uno lleva la humanidad entera, y que para cada uno ella está representada por los más cercanos a nosotros, está presente toda entera en los que nos están más cercanos, en nuestros "prójimos".

    Más que la presencia real de Jesús en nosotros, especialmente cuando hemos comido el cuerpo de Cristo, es la otra presencia, innombrable, que es su consecuencia, la presencia de todos los hombres en nosotros, ya que Jesús, que viene a nosotros hasta hacerse nuestro alimento, no puede en modo alguno deshacerse del lazo que lo une realmente a la humanidad entera y a cada uno de sus miembros. En el momento de la comunión eucarística, el mandamiento nuevo debe resonar en nosotros de manera particularmente profunda, tanto que, como ustedes lo saben, no debemos comulgar si conservamos inamistad por alguien, la comunión sería sacrílega.

    Lo otro totalmente sorprendente en la página de evangelio que acabamos de leer, es cuando Jesús nos dice: "Os he dado a conocer todo lo que yo aprendí de mi Padre". Si reflexionamos un poco, Jesús debe conocer todas las cosas que puedan interesarnos, sobre el origen del Universo y su inmensidad, y sobre muchas otras cosas, ¡y no nos dice nada de ellas!

    Simplemente porque tales conocimientos, que por otra parte superan con frecuencia la inteligencia humana, no son, lejos de eso, lo esencial para nosotros. Lo esencial no es eso. Es la manera como Dios es amor y que Jesús nos revela después del discurso al final de la Cena, al sufrir, morir y resucitar. Es tan esencial que Jesús pede decir que eso es absolutamente todo, pues todo lo demás es consecuencia, ya que todo lo demás queda enteramente cumplido por el Amor que Dios es y que Jesús nos revela en el momento de su paso al Padre. Y es tan esencial que el modo de ese paso, y el paso mismo, al Padre se convierte en el sacramento de la Eucaristía que da la vida eterna.

     

  • 16/05/2009. En toda vida humana se representa una tragedia divina.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Retiro con M. Zundel. Día 3°, 2° encuentro.

    La vida de Otro se confía a la mía. Él es el que corre riesgos.

    "Un viejo cura, viñador, con un hermoso rostro esculpido en la tierra y el sol, me hacía con gravedad esta pregunta el año pasado: "¿Existe finalmente el infierno? ¿Corremos de verdad el riesgo de ir allá?" Y le respondí: "Ante la Cruz de Nuestro Señor, me parece que esa no es la pregunta que debemos hacernos. ¡Ante la Cruz de Nuestro Señor es claro que Dios es el que arriesga todo, no nosotros!"

    "¡Pues no! Dijo él, "Nuestro Señor ya hizo su obra. ¡El murió una vez por todas, y resucitó! ¡Dios tiene su destino asegurado, no tiene necesidad de nosotros! ¡Lo que me interesa y me inquieta es mi propio destino! Sí, mi destino: ¿qué va a ser de mí en la otra vida? ¿Usted no cree en otra vida?"

    "Otra vida no me interesa, le respondí. ¡Yo creo en la vida de Otro en mí, en la vida de Otro! ¡Ese es realmente el problema!"

    ¡Creo en la vida de Otro! Porque la vida eterna es la vida de Otro en mí, y esa Vida, ¡esa vida de Otro, está confiada a la mía! Ese es el verdadero problema y la cuestión real, ese es el riesgo infinito que corre Dios al confiarme Su Vida: yo creo en la vida de Otro en la mía. (1)

    Seríamos insectos, hormigas, si nuestra vida no fuera sino la nuestra, si todo estuviera centrado en el pequeño yo, que no es sino un aglomerado cósmico. Lo que hace de la vida humana algo tan grande y patético es que en esta vida, en la vida humana se representa una tragedia divina, en mi vida se representa la vida de Otro: toda la historia humana encuentra su sentido en el drama divino… Lo que hay que salvar en mí es esa vida confiada a mi amor.

    Si pudiera resumir toda mi fe, sería eso: creo en la Vida de Otro en mí, creo en el riesgo infinito de Dios, creo en la tragedia eterna del Amor crucificado, creo en la fragilidad de Dios, precisamente porque si no existe nada más fuerte que el amor, nada hay más frágil!

    Nuestro egoísmo es evidente… la maravilla es que de vez en cuando surge la Luz de la Presencia infinita, que de repente nos rebasa, nos invade, nos transfigura, y ya no expresamos nuestros pequeños intereses y ya, por un momento al menos, ya no somos sino impulso hacia ese Otro que nos habita y que es la Vida de nuestra vida. Esa es la única esperanza de la existencia, el tesoro confiado a nuestra vida, la posibilidad de salir de sí mismo, de perderse en el Otro y de ser hasta el final afirmación de Jesucristo.

    ...  No hay otro problema que el de salvar en sí mismo la Vida de Otro, revenir sin cesar a esta Luz maravillosa: no estoy solo en mí mismo, no soy yo el que cuenta, es Él la vida eterna.

    ... Es cierto que la buena Nueva del Evangelio no consiste en prometernos algo que vamos a recibir, el Evangelio no es una consolación, un refugio y una especie de opio contra el dolor y la muerte; el Evangelio es algo inmenso, infinitamente viril, algo dirigido a lo más elevado de nuestro ser inteligente y de nuestro corazón, y que sólo apela a nuestra generosidad.

    ¡Eso es! ¡Dios está entregado a Ustedes, hagan de Él lo que quieran! Dios se les entrega. ¡Él arriesga todo! Pueden matarlo, ¡está indefenso! Pueden crucificarlo, está sin recursos… ¡se entrega, eso es todo!

    ¡Hay que cambiar las perspectivas! O mejor, simplemente, mirar la Cruz, y ante la Cruz, nuestra única esperanza, hay que leer el Corazón de Dios: ¡Ese es Dios! No es una amenaza escondida en el recodo del camino, son los dos brazos del Amor que sólo ustedes pueden desatar, porque si debe resucitar, sólo puede hacerlo en sus vidas, en sus corazones, en su amor.

    ¡Entonces no necesito preocuparme por mi destino y por la otra vida! Hay algo mucho más urgente: me tengo que ocupar de esa otra vida en la mía, de la Vida confiada a la mía, de la Vida que le da a mi existencia la verdadera dimensión, la dimensión de generosidad.

    Es lo que sugieren estas palabras admirables en una tumba: "¡El hombre es la esperanza de Dios!"

    (M. Zundel, "Ton Visage, ma Lumière" pp. 146 ... 149)

    (1) No sé si nos damos bien cuenta de cómo, aquí como en otros puntos, Zundel innova al decir estas cosas. La inmensa mayoría de cristianos se plantea un día u otro la pregunta del viejo cura viñador. Entre cristianos, ¿quién tiene bien conciencia de que si podemos vivir la vida eterna es en realidad Jesús el que la vive en nosotros, sin despersonalizarnos? Al contrario, ya que Él es el único que puede dar al hombre la verdadera personalidad.

     

    Nota. Creo en la Vida de Otro en mí. Creo en la Vida de Otro confiado a mi vida, creo en la vida de Otro en la mía. Creo que en mi vida se representa una tragedia divina. Creo en el riesgo infinito que corre Dios al confiarme Su Vida. Creo en la tragedia eterna del Amor crucificado. Creo en la fragilidad de Dios.

    Por un instante al menos, tenemos que ser sólo impulso hacia el Otro que nos habita y que es la Vida de nuestra vida. La única esperanza de nuestra vida es ese tesoro confiado a nuestra vida, la posibilidad de salir de sí mismo, la posibilidad de perderse en el Otro y de ser hasta el final afirmación de Jesucristo.

    No hay otro problema que el de salvar en sí mismo la Vida de Otro. Dios está confiado a ustedes. ¡Él arriesga todo! ¡Hagan de Él lo que quieran! Hay que cambiar las perspectivas, o mejor, simplemente hay que mirar la Cruz y leer en ella el Corazón de Dios.

    Ya no tengo que ocuparme de mi destino, hay algo mucho más urgente: tengo que ocuparme de esa otra vida en la mía.

    Las cosas son tan claras como absolutamente extranjeras a la mente de los cristianos, al menos aparentemente.

    Pero después de todo, el primer mandamiento del decálogo sugiere que habría que ir hasta allá, y con mayor razón, el nuevo mandamiento del Señor: es necesario amar como Jesucristo mismo, infinitamente "preocupado" y ocupado de la Vida de Otro en sí mismo, la Vida misma del Padre que le está confiada, y que es la Vida de Su Vida.

    "¡Que todos sean UNO como Tú, Padre, estás en mí y yo en Ti, a fin de que ellos sean uno en nosotros… Les he dado la gloria que Tú me diste, a fin de que sean uno como nosotros somos uno, yo en ellos y Tú en mí, para que su unidad sea perfecta".

    Esta oración de Jesús, después del lavatorio de los pies, del don del mandamiento nuevo y de la institución de la Eucaristía, y justo antes de entrar en agonía en el huerto, esta oración sacerdotal es la que haremos nuestra en este momento (Juan 17, 20-26). Quiere sin duda decir exactamente lo que M. Zundel acaba de decirnos. Entonces ¿porqué es tan universalmente desconocido este punto de vista?

    Creo en la Vida de Otro en mí, y como la Vida del Padre está confiada al Hijo, así nos está confiada esa misma Vida.

    Creo en la Vida de Otro en mí, Y en mi vida EN la de Otro. Entonces No me pertenece absolutamente.

    La perfecta interioridad recíproca del Padre y del Hijo en el Espíritu, y la interioridad que Dios quiere perfectamente recíproca, del Padre y el Hijo en el Espíritu, en la humanidad entera como en cada uno de sus miembros, para que el hombre pueda ser a imagen y semejanza, perfecta, de Dios, según el proyecto inicial de Dios al crear al hombre.

    Y esa interioridad no es en cierto modo como una situación "estática" del Uno en el otro y del otro en el Uno, supone que la Vida del Uno está confiada al otro (el cual debe entonces protegerla y hacerla crecer…) como la vida del otro está confiada al Uno.

    Y ese debe ser el punto fundamental de nuestra fe como de la de M. Zundel.

    ORACIÓN: Señor, Dios nuestro, tu Hijo bien amado vive desde siempre en perfecta interioridad recíproca contito, Padre Único, Tú en Él y Él en Ti, en la unidad del Espíritu Santo. Escucha, te lo suplicamos, la oración de Tu Hijo: que seamos UNO en Él y en Ti, en una semejante interioridad recíproca perfecta, que nuestra Unidad sea perfecta para que el mundo Lo reconozca y Te reconozca. Te lo pedimos, Padre infinitamente bueno, por medio de Tu Hijo, perfecto revelador de Tu Amor y de Tu ternura infinita, en la Unidad del Espíritu Santo. Amén.

    Miremos simplemente, larga y amorosamente, la Cruz amada en la cual se encuentra la salvación de Dios y la nuestra.

     

  • 15/05/2009. Dios es el corazón de nuestro corazón, la vida de nuestra vida.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Retiro con M. Zundel. Día 3°, 2° encuentro.

    "Toda nuestra educación nos lleva a considerar a Dios como un rival, como alguien que manda, que exige y que castiga, como alguien que interfiere con la espontaneidad de nuestro ser: "¡Cuánto más cómodo sería si no existiera! Pero desgraciadamente existe, y entonces hay que acordarse de él de vez en cuando, recordar que hay mandamientos, pagar de vez en cuando las deudas, liquidar las faltas de vez en cuando y recomenzar la subida difícil e inútil hacia el deber triste que le pone límites a la vida y la alegría".

    Es la más grave de todas las tentaciones, esa representación pagana y monstruosa de un Dios rival y al acecho que nos vigila, que nos observa, de un Dios que anota todas las fallas para recordarlas cuando llegue el día. ¡Pide demasiado en fin de cuentas! Y cuando no podemos sostener la carga de sus exigencias, entonces pasamos al extremo de la idolatría: "¡En el fondo, el buen Dios es alguien bueno y no exige tanto! ¡Comprende, es inteligente, y no se va a encarnizar con seres tan frágiles como nosotros!"

    Dos visiones igualmente absurdas porque Dios no es un ser exterior. No es Dueño, ni tampoco "bonachón". Es el centro de la casa, el corazón de nuestro corazón, la Vida de nuestra vida.

    Si no fuera así, ¿porqué estaría Jesús arrodillado para el Lavatorio de los pies? ... ¿Porqué está de rodillas? ¿Qué es lo que les pide a los apóstoles? ¿Qué es lo que espera de ellos sino justamente el corazón, ¡que se despierten por fin y descubran que lo que Dios quiere es su intimidad! Sueña con comunión, con intercambio, con un matrimonio, según lo que dice San Pablo: "Os he desposado con un Esposo Único para presentaros a Cristo como una virgen pura" (2 Co. 11,2). La Ley del matrimonio es nuestra suprema liberación: el amor, y sólo el amor… Dios sólo nos toca por su Amor, por eso está de rodillas ante nosotros. Sólo llega a nosotros con su Amor, no puede ser nuestro Dueño.

    ¿Cómo podría poseer, el que no tiene nada porque lo da todo? Está de rodillas justamente porque es únicamente por medio del amor como puede llegar hasta nosotros, como es el amor la única realidad que pueda llegar hasta Él.

    Es pues muy claro que entre Dios y nosotros sólo se trata del consentimiento, de la entrega, de la confianza, de la apertura, de la ofrenda de todo el ser, cuerpo, mente y acción. Debe ser exactamente como en un hogar armonioso en que los esposos son totalmente uno del otro y el uno para el otro, y el uno por el otro, no porque no puedan vivir el uno sin el otro sino porque han intercambiado su yo y que ya no pueden vivir sino en la intimidad del uno en el otro. No hay moral, sino mística. No hay moral porque se trata de una vida de unión que está más allá de la moral, que realiza todo claro está e inclusive más, pero lo hace de arriba y libremente, como se recibe la Eucaristía y se comulga en el Amor, que lo hace como se intercambia el corazón con el corazón de un ser amado.

    Y esta moral, o mejor, esta mística, que es todo el Evangelio, es la más alta revelación de Dios: Dios es el Ser infinito porque es el Amor sin límites y porque no hay en Él nada que no sea Amor, porque "existir" es salir de sí mismo y la palabra existir tiene la misma raíz que la palabra "éxtasis", y el mismo sentido porque sólo existimos saliendo de nosotros, yendo hacia los demás, sólo existimos en la intimidad del ser amado y dándonos. Y Dios existe en plenitud porque todo su ser es don y únicamente comunicación de Sí mismo en el seno de la Trinidad.

    ¡Que nuestra conducta desborde en ambiciones, codicias y sensualidades, no es eso lo que constituye el mal en primer lugar! La única fuente del mal es apegarse a sí mismo, rehusarse, no entrar en el juego del Amor, no apoyarse en la inmensa ternura de Dios… Es en la ausencia del Otro donde se encuentra el abismo de todas las tinieblas.

    Todo lo que Dios espera de nosotros, lo único indispensable para su plan creador y redentor, lo único que ilumina y colma no es otra cosa que nuestra presencia, nuestro consentimiento y nuestro amor. Y desde la mañana hasta la noche, en cada gesto, en cada acto, en cada latido del corazón, podemos renovar ese don, confirmar el consentimiento, profundizar la comunión, descubrir más esa Luz y esa Belleza. Cuando salimos de ahí entramos en la idolatría, todo se falsea y Dios se convierte en una abominable caricatura y ya no podemos llegar hasta nosotros mismos".

    Extracto de "Tu Rostro, mi Luz" pp. 300 .. 302. Lausana 1956.

     

    Nota:

    La homilía de donde proviene este texto termina con las palabras de Agustín: "¡Ama, y haz lo que quieras!" en las cuales M. Zundel ve el resumen de toda la moral cristiana. A condición, claro está, que se trate del amor verdadero y auténtico.

    Y prosigue con esta oración: "¡Señor, Tú quieres mi felicidad más que yo, mis amistades, mis ternuras y mi belleza, quieres más que yo mi poder creador y mi fecundidad, puedes llevar todo al infinito porque para Ti el ser tiene una sola dimensión, y es ante todo la plenitud de amor la que hace que toda realidad sea eterna, y maravillosamente preciosa, como se animan los muros de la casa no por ser muros de piedra sino porque en ellos está el rostro, la presencia y el corazón de la madre!

    No podemos salir del Amor, y aunque quisiéramos, no podemos escaparnos de la ternura de Dios. Y porqué escapar, si en ese amor es donde respira nuestra libertad. Porque ser libre, libre de sí mismo, es despegar de las fronteras y los límites, es tomar impulso y hacer de la vida una ofrenda y una oblación.

    "¡Señor, yo creo en Ti! ¡Tú eres corazón, sólo corazón, Tú eres el corazón de la madre, la eterna maternidad, Tú eres la casa, la espera, el Corazón!"

    (En sus oraciones, M. Zundel utiliza siempre el Vos).

    Oración: Padre infinitamente bueno, Padre nuestro, que estás siempre esperando nuestra presencia, nuestro consentimiento y nuestro amor, Te suplicamos que en cada gesto y acción, en cada latido del corazón, sepamos renovar el don total de nosotros mismos! Que sepamos confirmar siempre el consentimiento a tu Amor y profundizar la comunión con Jesús, el Hijo! Que descubramos cada vez más claramente tu Luz y tu Belleza que nos hiciste conocer por medio de Jesucristo, tu Único Hijo, Nuestro Señor. Amén.

     

More Posts Next page »
Powered by Community Server (Non-Commercial Edition), by Telligent Systems