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Retiro con M. Zundel. Día 3°, 2°
encuentro.
"Toda nuestra educación nos lleva a
considerar a Dios como un rival, como alguien que manda, que exige y que
castiga, como alguien que interfiere con la espontaneidad de nuestro ser:
"¡Cuánto más cómodo sería si no existiera! Pero desgraciadamente existe, y
entonces hay que acordarse de él de vez en cuando, recordar que hay
mandamientos, pagar de vez en cuando las deudas, liquidar las faltas de vez en
cuando y recomenzar la subida difícil e inútil hacia el deber triste que le
pone límites a la vida y la alegría".
Es la
más grave de todas las tentaciones, esa representación pagana y monstruosa
de un Dios rival y al acecho que nos vigila, que nos observa, de un Dios que
anota todas las fallas para recordarlas cuando llegue el día. ¡Pide demasiado
en fin de cuentas! Y cuando no podemos sostener la carga de sus exigencias,
entonces pasamos al extremo de la idolatría: "¡En el fondo, el buen Dios
es alguien bueno y no exige tanto! ¡Comprende, es inteligente, y no se va a
encarnizar con seres tan frágiles como nosotros!"
Dos visiones igualmente absurdas porque
Dios no es un ser exterior. No
es Dueño, ni tampoco "bonachón". Es el centro de la casa, el corazón
de nuestro corazón, la Vida de nuestra vida.
Si no fuera así, ¿porqué estaría Jesús
arrodillado para el Lavatorio de los pies? ... ¿Porqué está de rodillas? ¿Qué
es lo que les pide a los apóstoles? ¿Qué es lo que espera de ellos sino
justamente el corazón, ¡que se despierten por fin y descubran que lo que Dios
quiere es su intimidad! Sueña con comunión, con intercambio, con un matrimonio,
según lo que dice San Pablo: "Os he desposado con un Esposo Único para
presentaros a Cristo como una virgen pura" (2 Co. 11,2). La Ley del
matrimonio es nuestra suprema liberación: el amor, y sólo el amor… Dios sólo
nos toca por su Amor, por eso está de rodillas ante nosotros. Sólo llega a
nosotros con su Amor, no puede ser nuestro Dueño.
¿Cómo podría poseer, el que no tiene nada
porque lo da todo? Está de rodillas justamente porque es únicamente por medio
del amor como puede llegar hasta nosotros, como es el amor la única realidad
que pueda llegar hasta Él.
Es pues muy claro que entre Dios y
nosotros sólo se trata del consentimiento, de la entrega, de la confianza, de
la apertura, de la ofrenda de todo el ser, cuerpo, mente y acción. Debe ser exactamente como en un hogar armonioso en que los esposos son
totalmente uno del otro y el uno para el otro, y el uno por el otro, no porque
no puedan vivir el uno sin el otro sino porque han intercambiado su yo y que ya
no pueden vivir sino en la intimidad del uno en el otro. No hay moral, sino
mística. No hay moral porque se trata de una vida de unión que está más allá de
la moral, que realiza todo claro está e inclusive más, pero lo hace de arriba y
libremente, como se recibe la Eucaristía y se comulga en el Amor, que lo hace
como se intercambia el corazón con el corazón de un ser amado.
Y esta moral, o mejor, esta mística, que es todo el Evangelio, es
la más alta revelación de Dios: Dios es el Ser infinito porque es el Amor
sin límites y porque no hay en Él nada que no sea Amor, porque
"existir" es salir de sí mismo y la palabra existir tiene la misma
raíz que la palabra "éxtasis", y el mismo sentido porque sólo
existimos saliendo de nosotros, yendo hacia los demás, sólo existimos en la intimidad del ser amado y dándonos. Y Dios existe en plenitud porque todo su ser
es don y únicamente comunicación de Sí mismo en el seno de la Trinidad.
¡Que nuestra conducta desborde en
ambiciones, codicias y sensualidades, no es eso lo que constituye el mal en
primer lugar! La única fuente del mal es apegarse a sí mismo, rehusarse, no entrar en
el juego del Amor, no apoyarse en la inmensa ternura de Dios… Es en la
ausencia del Otro donde se encuentra el abismo de todas las tinieblas.
Todo lo que Dios espera de nosotros, lo
único indispensable para su plan creador y redentor, lo único que ilumina y
colma no es otra cosa que nuestra presencia, nuestro consentimiento y nuestro
amor. Y desde la mañana hasta la noche, en cada gesto, en cada acto, en cada
latido del corazón, podemos renovar ese don, confirmar el consentimiento,
profundizar la comunión, descubrir más esa Luz y esa Belleza. Cuando salimos de
ahí entramos en la idolatría, todo se falsea y Dios se convierte en una
abominable caricatura y ya no podemos llegar hasta nosotros mismos".
Extracto de "Tu Rostro, mi Luz"
pp. 300 .. 302. Lausana 1956.
Nota:
La homilía de donde proviene este texto
termina con las palabras de Agustín: "¡Ama, y haz lo que
quieras!" en las cuales M. Zundel ve el resumen de toda la moral
cristiana. A condición, claro está, que se trate del amor verdadero y
auténtico.
Y prosigue con esta oración: "¡Señor,
Tú quieres mi felicidad más que yo, mis amistades, mis ternuras y mi belleza,
quieres más que yo mi poder creador y mi fecundidad, puedes llevar todo al
infinito porque para Ti el ser tiene una
sola dimensión, y es ante todo la
plenitud de amor la que hace que toda realidad sea eterna, y
maravillosamente preciosa, como se animan los muros de la casa no por ser muros
de piedra sino porque en ellos está el rostro, la presencia y el corazón de la
madre!
No podemos salir del Amor, y aunque quisiéramos,
no podemos escaparnos de la ternura de Dios. Y porqué escapar, si en ese amor es donde respira nuestra
libertad. Porque ser libre, libre de sí mismo, es despegar de las fronteras
y los límites, es tomar impulso y hacer de la vida una ofrenda y una oblación.
"¡Señor, yo creo en Ti! ¡Tú eres
corazón, sólo corazón, Tú eres el corazón de la madre, la eterna maternidad, Tú
eres la casa, la espera, el Corazón!"
(En sus oraciones, M. Zundel utiliza
siempre el Vos).
Oración: Padre infinitamente bueno, Padre
nuestro, que estás siempre esperando nuestra presencia, nuestro consentimiento
y nuestro amor, Te suplicamos que en cada gesto y acción, en cada latido del
corazón, sepamos renovar el don total de nosotros mismos! Que sepamos confirmar
siempre el consentimiento a tu Amor y profundizar la comunión con Jesús, el
Hijo! Que descubramos cada vez más claramente tu Luz y tu Belleza que nos
hiciste conocer por medio de Jesucristo, tu Único Hijo, Nuestro Señor. Amén.