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Zundel

16/05/2009. En toda vida humana se representa una tragedia divina.

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Retiro con M. Zundel. Día 3°, 2° encuentro.

La vida de Otro se confía a la mía. Él es el que corre riesgos.

"Un viejo cura, viñador, con un hermoso rostro esculpido en la tierra y el sol, me hacía con gravedad esta pregunta el año pasado: "¿Existe finalmente el infierno? ¿Corremos de verdad el riesgo de ir allá?" Y le respondí: "Ante la Cruz de Nuestro Señor, me parece que esa no es la pregunta que debemos hacernos. ¡Ante la Cruz de Nuestro Señor es claro que Dios es el que arriesga todo, no nosotros!"

"¡Pues no! Dijo él, "Nuestro Señor ya hizo su obra. ¡El murió una vez por todas, y resucitó! ¡Dios tiene su destino asegurado, no tiene necesidad de nosotros! ¡Lo que me interesa y me inquieta es mi propio destino! Sí, mi destino: ¿qué va a ser de mí en la otra vida? ¿Usted no cree en otra vida?"

"Otra vida no me interesa, le respondí. ¡Yo creo en la vida de Otro en mí, en la vida de Otro! ¡Ese es realmente el problema!"

¡Creo en la vida de Otro! Porque la vida eterna es la vida de Otro en mí, y esa Vida, ¡esa vida de Otro, está confiada a la mía! Ese es el verdadero problema y la cuestión real, ese es el riesgo infinito que corre Dios al confiarme Su Vida: yo creo en la vida de Otro en la mía. (1)

Seríamos insectos, hormigas, si nuestra vida no fuera sino la nuestra, si todo estuviera centrado en el pequeño yo, que no es sino un aglomerado cósmico. Lo que hace de la vida humana algo tan grande y patético es que en esta vida, en la vida humana se representa una tragedia divina, en mi vida se representa la vida de Otro: toda la historia humana encuentra su sentido en el drama divino… Lo que hay que salvar en mí es esa vida confiada a mi amor.

Si pudiera resumir toda mi fe, sería eso: creo en la Vida de Otro en mí, creo en el riesgo infinito de Dios, creo en la tragedia eterna del Amor crucificado, creo en la fragilidad de Dios, precisamente porque si no existe nada más fuerte que el amor, nada hay más frágil!

Nuestro egoísmo es evidente… la maravilla es que de vez en cuando surge la Luz de la Presencia infinita, que de repente nos rebasa, nos invade, nos transfigura, y ya no expresamos nuestros pequeños intereses y ya, por un momento al menos, ya no somos sino impulso hacia ese Otro que nos habita y que es la Vida de nuestra vida. Esa es la única esperanza de la existencia, el tesoro confiado a nuestra vida, la posibilidad de salir de sí mismo, de perderse en el Otro y de ser hasta el final afirmación de Jesucristo.

...  No hay otro problema que el de salvar en sí mismo la Vida de Otro, revenir sin cesar a esta Luz maravillosa: no estoy solo en mí mismo, no soy yo el que cuenta, es Él la vida eterna.

... Es cierto que la buena Nueva del Evangelio no consiste en prometernos algo que vamos a recibir, el Evangelio no es una consolación, un refugio y una especie de opio contra el dolor y la muerte; el Evangelio es algo inmenso, infinitamente viril, algo dirigido a lo más elevado de nuestro ser inteligente y de nuestro corazón, y que sólo apela a nuestra generosidad.

¡Eso es! ¡Dios está entregado a Ustedes, hagan de Él lo que quieran! Dios se les entrega. ¡Él arriesga todo! Pueden matarlo, ¡está indefenso! Pueden crucificarlo, está sin recursos… ¡se entrega, eso es todo!

¡Hay que cambiar las perspectivas! O mejor, simplemente, mirar la Cruz, y ante la Cruz, nuestra única esperanza, hay que leer el Corazón de Dios: ¡Ese es Dios! No es una amenaza escondida en el recodo del camino, son los dos brazos del Amor que sólo ustedes pueden desatar, porque si debe resucitar, sólo puede hacerlo en sus vidas, en sus corazones, en su amor.

¡Entonces no necesito preocuparme por mi destino y por la otra vida! Hay algo mucho más urgente: me tengo que ocupar de esa otra vida en la mía, de la Vida confiada a la mía, de la Vida que le da a mi existencia la verdadera dimensión, la dimensión de generosidad.

Es lo que sugieren estas palabras admirables en una tumba: "¡El hombre es la esperanza de Dios!"

(M. Zundel, "Ton Visage, ma Lumière" pp. 146 ... 149)

(1) No sé si nos damos bien cuenta de cómo, aquí como en otros puntos, Zundel innova al decir estas cosas. La inmensa mayoría de cristianos se plantea un día u otro la pregunta del viejo cura viñador. Entre cristianos, ¿quién tiene bien conciencia de que si podemos vivir la vida eterna es en realidad Jesús el que la vive en nosotros, sin despersonalizarnos? Al contrario, ya que Él es el único que puede dar al hombre la verdadera personalidad.

 

Nota. Creo en la Vida de Otro en mí. Creo en la Vida de Otro confiado a mi vida, creo en la vida de Otro en la mía. Creo que en mi vida se representa una tragedia divina. Creo en el riesgo infinito que corre Dios al confiarme Su Vida. Creo en la tragedia eterna del Amor crucificado. Creo en la fragilidad de Dios.

Por un instante al menos, tenemos que ser sólo impulso hacia el Otro que nos habita y que es la Vida de nuestra vida. La única esperanza de nuestra vida es ese tesoro confiado a nuestra vida, la posibilidad de salir de sí mismo, la posibilidad de perderse en el Otro y de ser hasta el final afirmación de Jesucristo.

No hay otro problema que el de salvar en sí mismo la Vida de Otro. Dios está confiado a ustedes. ¡Él arriesga todo! ¡Hagan de Él lo que quieran! Hay que cambiar las perspectivas, o mejor, simplemente hay que mirar la Cruz y leer en ella el Corazón de Dios.

Ya no tengo que ocuparme de mi destino, hay algo mucho más urgente: tengo que ocuparme de esa otra vida en la mía.

Las cosas son tan claras como absolutamente extranjeras a la mente de los cristianos, al menos aparentemente.

Pero después de todo, el primer mandamiento del decálogo sugiere que habría que ir hasta allá, y con mayor razón, el nuevo mandamiento del Señor: es necesario amar como Jesucristo mismo, infinitamente "preocupado" y ocupado de la Vida de Otro en sí mismo, la Vida misma del Padre que le está confiada, y que es la Vida de Su Vida.

"¡Que todos sean UNO como Tú, Padre, estás en mí y yo en Ti, a fin de que ellos sean uno en nosotros… Les he dado la gloria que Tú me diste, a fin de que sean uno como nosotros somos uno, yo en ellos y Tú en mí, para que su unidad sea perfecta".

Esta oración de Jesús, después del lavatorio de los pies, del don del mandamiento nuevo y de la institución de la Eucaristía, y justo antes de entrar en agonía en el huerto, esta oración sacerdotal es la que haremos nuestra en este momento (Juan 17, 20-26). Quiere sin duda decir exactamente lo que M. Zundel acaba de decirnos. Entonces ¿porqué es tan universalmente desconocido este punto de vista?

Creo en la Vida de Otro en mí, y como la Vida del Padre está confiada al Hijo, así nos está confiada esa misma Vida.

Creo en la Vida de Otro en mí, Y en mi vida EN la de Otro. Entonces No me pertenece absolutamente.

La perfecta interioridad recíproca del Padre y del Hijo en el Espíritu, y la interioridad que Dios quiere perfectamente recíproca, del Padre y el Hijo en el Espíritu, en la humanidad entera como en cada uno de sus miembros, para que el hombre pueda ser a imagen y semejanza, perfecta, de Dios, según el proyecto inicial de Dios al crear al hombre.

Y esa interioridad no es en cierto modo como una situación "estática" del Uno en el otro y del otro en el Uno, supone que la Vida del Uno está confiada al otro (el cual debe entonces protegerla y hacerla crecer…) como la vida del otro está confiada al Uno.

Y ese debe ser el punto fundamental de nuestra fe como de la de M. Zundel.

ORACIÓN: Señor, Dios nuestro, tu Hijo bien amado vive desde siempre en perfecta interioridad recíproca contito, Padre Único, Tú en Él y Él en Ti, en la unidad del Espíritu Santo. Escucha, te lo suplicamos, la oración de Tu Hijo: que seamos UNO en Él y en Ti, en una semejante interioridad recíproca perfecta, que nuestra Unidad sea perfecta para que el mundo Lo reconozca y Te reconozca. Te lo pedimos, Padre infinitamente bueno, por medio de Tu Hijo, perfecto revelador de Tu Amor y de Tu ternura infinita, en la Unidad del Espíritu Santo. Amén.

Miremos simplemente, larga y amorosamente, la Cruz amada en la cual se encuentra la salvación de Dios y la nuestra.

 

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