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Bosquejo de homilía para el 6° domingo de
Pascua.
Con Jesús, el segundo mandamiento se
convierte en primero.
Jesús nos enseña todo sobre Dios,
mostrándonos cómo Dios es Amor, mediante su manera de pasar al Padre.
"En verdad ahora comprendo que Dios
no hace distinción entre los hombres, sino que sea cual fuere su raza, acoge a
los que lo adoran y hacen lo que es justo. Y el Espíritu Santo vino entonces
sobre los que escuchaban la palabra".
Estas palabras de Pedro son admirables,
están marcadas con el sello del Espíritu Santo y sin embargo no son lo que
Jesús dice o recuerda a sus apóstoles y a nosotros todos en el momento de su
paso al Padre.
Aunque parezca sorprendente, Jesús no dice
a sus apóstoles: "¡Amen al Padre, ámenme a mí, y sigan amándome en medio
de las pruebas!" No dice: "Como el Padre me ama, yo los he amado, ¡ámenme
a mí y al Padre!" No nos recuerda eso, que constituye sin embargo el
primer mandamiento. Aunque parezca sorprendente, el primer mandamiento no es su
última consigna, su último mandamiento.
Su mandamiento, único en cierto modo, es:
"¡Amaos los unos a los otros como yo os he amado!" ¡Qué importante es
entonces! ¡Qué importante es el modo de Amar Jesús en el momento en que pasa al
Padre! ¿Hemos comprendido, "sentido" la importancia de este
mandamiento, su importancia sin restricción alguna, que Jesús expresa en el
momento crucial de su paso al Padre? Nos concierne a todos y en todo momento de
la vida, así como Jesús no cesa ni cesó jamás de amar al Padre en el don total
de sí mismo a Su Amor. Puede, y debe, ser puesto en práctica por todo hombre
aunque no conozca a Jesús, y lo practican ciertamente los hermanos budistas en
la medida en que son fieles al amor universal que el budismo enseña.
Tendríamos que decírnos con frecuencia, y
que resuene en el corazón, tendríamos que decirnos sin cesar que cada uno lleva
la humanidad entera, y que para cada
uno ella está representada por los más cercanos a nosotros, está presente toda entera en los que nos
están más cercanos, en nuestros "prójimos".
Más que la presencia real de Jesús en
nosotros, especialmente cuando hemos comido el cuerpo de Cristo, es la otra
presencia, innombrable, que es su consecuencia, la presencia de todos los
hombres en nosotros, ya que Jesús, que viene a nosotros hasta hacerse nuestro
alimento, no puede en modo alguno deshacerse del lazo que lo une realmente a la
humanidad entera y a cada uno de sus miembros. En el momento de la comunión
eucarística, el mandamiento nuevo debe resonar en nosotros de manera
particularmente profunda, tanto que, como ustedes lo saben, no debemos comulgar
si conservamos inamistad por alguien, la comunión sería sacrílega.
Lo otro totalmente sorprendente en la
página de evangelio que acabamos de leer, es cuando Jesús nos dice: "Os he
dado a conocer todo lo que yo aprendí de mi Padre". Si reflexionamos un
poco, Jesús debe conocer todas las cosas que puedan interesarnos, sobre el
origen del Universo y su inmensidad, y sobre muchas otras cosas, ¡y no nos dice
nada de ellas!
Simplemente porque tales conocimientos,
que por otra parte superan con frecuencia la inteligencia humana, no son, lejos
de eso, lo esencial para nosotros. Lo esencial no es eso. Es la manera como
Dios es amor y que Jesús nos revela después del discurso al final de la Cena, al
sufrir, morir y resucitar. Es tan esencial que Jesús pede decir que eso es
absolutamente todo, pues todo lo demás es consecuencia, ya que todo lo demás
queda enteramente cumplido por el Amor que Dios es y que Jesús nos revela en el
momento de su paso al Padre. Y es tan esencial que el modo de ese paso, y el
paso mismo, al Padre se convierte en el sacramento de la Eucaristía que da la
vida eterna.