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17/05/09. Con Jesús, el segundo mandamiento se convierte en primero y único.

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Bosquejo de homilía para el 6° domingo de Pascua.

Con Jesús, el segundo mandamiento se convierte en primero.

Jesús nos enseña todo sobre Dios, mostrándonos cómo Dios es Amor, mediante su manera de pasar al Padre.

"En verdad ahora comprendo que Dios no hace distinción entre los hombres, sino que sea cual fuere su raza, acoge a los que lo adoran y hacen lo que es justo. Y el Espíritu Santo vino entonces sobre los que escuchaban la palabra".

Estas palabras de Pedro son admirables, están marcadas con el sello del Espíritu Santo y sin embargo no son lo que Jesús dice o recuerda a sus apóstoles y a nosotros todos en el momento de su paso al Padre.

Aunque parezca sorprendente, Jesús no dice a sus apóstoles: "¡Amen al Padre, ámenme a mí, y sigan amándome en medio de las pruebas!" No dice: "Como el Padre me ama, yo los he amado, ¡ámenme a mí y al Padre!" No nos recuerda eso, que constituye sin embargo el primer mandamiento. Aunque parezca sorprendente, el primer mandamiento no es su última consigna, su último mandamiento.

Su mandamiento, único en cierto modo, es: "¡Amaos los unos a los otros como yo os he amado!" ¡Qué importante es entonces! ¡Qué importante es el modo de Amar Jesús en el momento en que pasa al Padre! ¿Hemos comprendido, "sentido" la importancia de este mandamiento, su importancia sin restricción alguna, que Jesús expresa en el momento crucial de su paso al Padre? Nos concierne a todos y en todo momento de la vida, así como Jesús no cesa ni cesó jamás de amar al Padre en el don total de sí mismo a Su Amor. Puede, y debe, ser puesto en práctica por todo hombre aunque no conozca a Jesús, y lo practican ciertamente los hermanos budistas en la medida en que son fieles al amor universal que el budismo enseña.

Tendríamos que decírnos con frecuencia, y que resuene en el corazón, tendríamos que decirnos sin cesar que cada uno lleva la humanidad entera, y que para cada uno ella está representada por los más cercanos a nosotros, está presente toda entera en los que nos están más cercanos, en nuestros "prójimos".

Más que la presencia real de Jesús en nosotros, especialmente cuando hemos comido el cuerpo de Cristo, es la otra presencia, innombrable, que es su consecuencia, la presencia de todos los hombres en nosotros, ya que Jesús, que viene a nosotros hasta hacerse nuestro alimento, no puede en modo alguno deshacerse del lazo que lo une realmente a la humanidad entera y a cada uno de sus miembros. En el momento de la comunión eucarística, el mandamiento nuevo debe resonar en nosotros de manera particularmente profunda, tanto que, como ustedes lo saben, no debemos comulgar si conservamos inamistad por alguien, la comunión sería sacrílega.

Lo otro totalmente sorprendente en la página de evangelio que acabamos de leer, es cuando Jesús nos dice: "Os he dado a conocer todo lo que yo aprendí de mi Padre". Si reflexionamos un poco, Jesús debe conocer todas las cosas que puedan interesarnos, sobre el origen del Universo y su inmensidad, y sobre muchas otras cosas, ¡y no nos dice nada de ellas!

Simplemente porque tales conocimientos, que por otra parte superan con frecuencia la inteligencia humana, no son, lejos de eso, lo esencial para nosotros. Lo esencial no es eso. Es la manera como Dios es amor y que Jesús nos revela después del discurso al final de la Cena, al sufrir, morir y resucitar. Es tan esencial que Jesús pede decir que eso es absolutamente todo, pues todo lo demás es consecuencia, ya que todo lo demás queda enteramente cumplido por el Amor que Dios es y que Jesús nos revela en el momento de su paso al Padre. Y es tan esencial que el modo de ese paso, y el paso mismo, al Padre se convierte en el sacramento de la Eucaristía que da la vida eterna.

 

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