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Retiro con M. Zundel. Día 3°, 4°
encuentro.
Ver la castidad en su dimensión cósmica.
"La virginidad en el cristianismo es
una vocación cósmica: todos los cristianos están llamados a la virginidad esencial que es la del corazón y del espíritu.
Y la virginidad representa un dato cósmico
eminente porque se apodera del impulso sexual, portador de la vida a través de
la historia, tanto en los vegetales y los animales como en el hombre.
En la unión sexual hay evidentemente una
orquestación cósmica inmediatamente reconocible: la mismas pulsaciones del
universo mueven al adolescente y hacen subir la savia en los árboles, o impulsa
los machos hacia las hembras y recíprocamente, en período de acoplamiento.
Tenemos ahí un movimiento cósmico que explica todos los vértigos, toda la
espera y todos los delirios, así como toda la grandeza y todos los gozos que se
pueden alcanzar en ello, y existe ciertamente una continuidad evidente entre el hombre y el cosmos.
El hombre está enraizado en el Universo
del cual es y sigue siendo producto en cierto modo. La tierra nos soporta y nos
alimenta, respiramos y estamos adaptados a ella por constitución orgánica, y el
enraizamiento en ella no es nunca más evidente que en el impulso sexual, que
moviliza al individuo en el océano de la especie, porque hay en él toda la
inmensidad, toda la dimensión de la historia y del Universo que ofrece un
coeficiente ilimitado a esa pulsión que arrastra al hombre y la mujer hacia la
comunicación de la que procede la vida.
Es evidente que en la mayoría de los
hombres este movimiento es ciego y sin dominio, acogido y vivido en una especie
de fiebre y fervor con toda una mitología de grandeza y adoración. El hombre y
la mujer son exaltados el uno por el otro en el impulso cósmico y se ven uno a
otro, en el primer momento del descubrimiento, como demiurgos al origen de un
mundo nuevo. Y aunque repiten el verbo "amar" pronunciado ya millones
de millones de veces por otros labios, tienen siempre la impresión de una
novedad incomparable y de una originalidad única.
La mayor parte del tiempo, nada justifica
esa magnificencia y esa exaltación, nada justifica el éxtasis mayúsculo del
deseo cósmico pero que se convierte en riqueza personal. Eso explica la
multiplicación de los divorcios ya que, justamente, la unión reposaba en un
intercambio ilusorio, en una grandeza que no se había alcanzado y que era
simple orquestación del universo, y cuando el impulso cae, cuando las hormonas
dejan de actuar y se disipa el espejismo, quedan dos seres diferentes,
incapaces de comprenderse y que por otra parte no tienen ningún interés en
desearlo ni hacerlo fuera del deseo que los impulsaba el uno hacia el otro, y
perciben límites recíprocos de los que estarían para siempre cautivos si
permanecieran juntos. La unión no puede durar nunca si el infinito presumido en
los sueños de amor, que resuena en toda la literatura amorosa, no se ha
convertido en realidad personal.
Y justamente la virginidad
auténtica significa la realización de una exigencia propiamente infinita, capaz de hacer
contrapeso a toda la subida de la savia cósmica, capaz de volver a captar toda
la historia del universo y de realizar el movimiento positivo de una evolución
que iría de verdad hacia el espíritu que sostiene el espejismo, disipándolo con
la exigencia de una creación personal en que el ser alcanza de verdad un valor
infinito.
Eso sería el amor: ser exigencia de valor
infinito el uno para el otro, querer apasionadamente la grandeza el uno del otro,
crear entre el otro y uno mismo una distancia de respeto ilimitado que pide y
exige crecimiento sin fin. Entonces no habría equivocación ni horas oscuras,
los seres podrían mirarse en los ojos porque su amor estaría precisamente
fundado en una victoria cósmica de la libertad, y pienso que eso sería la
realización más orgánica de la evolución.
Que la evolución se realice de una manera
u otra, no tiene importancia capital para nosotros ya que la evolución es ante
todo la historia de un mundo prefabricado que se nos impone y a cuya existencia
participamos necesariamente y sin haberlo escogido. Pero el problema de la evolución nos interesa apasionadamente cuando se
convierte en problema nuestro, cuando la evolución toca a nuestra puerta y
se entrega en nuestras manos… Y justamente el instinto sexual es el cruce de
caminos en que podríamos elegir, en que habría que enseñar al adolescente a
elegir ser literalmente creador de un Universo digno de él y de Dios, creador
centrado en la libertad, orientado hacia una dimensión infinita en que toda la
existencia se transforma en existencia de don.
Eso quiere decir la castidad. No es la repudiación del cuerpo humano y de su
posibilidad de ser cuna de la vida, lo cual es magnífico, sino el rechazo de ser esclavo de una fuerza
cósmica ciega que no puede crean sino un inmenso espejismo: la virginidad
significa quitar a esa fuerza la máscara de ceguera, darle una mirada de
claridad dándole a la vida el rostro del niño, el rostro del Niño Dios de
Belén, el rostro de la divinidad, y realizar entre el hombre y la mujer la
Trinidad divina. Porque la imagen más
perfecta de la Trinidad es realmente el matrimonio concebido como lo concibe
San Pablo, como un sacramento que representa y realiza el misterio de la
Iglesia, misterio universal y cósmico.
Si vemos la castidad en su dimensión
cósmica nos aparece en los antípodas de una represión, de una repudiación de la
vida o del desprecio del cuerpo. ¡Es lo contrario! Es la exaltación incomparable de todos los valores humanos, es la glorificación
del cuerpo, de la paternidad y la maternidad, pero al nivel mismo en que la
paternidad y la maternidad son puros dones, realmente relación vivida en la
tercera persona del niño que nace del amor, de un amor que lo llama, de un
amor que se dirige a él, de un amor que es una consagración de dos seres a un
tercero que no es visible todavía pero que es ya una presencia en el corazón
mismo del amor de ellos.
Así concebida la castidad, como liberación del Universo, como realización de la evolución, como el
sentido mismo de la historia, como el comienzo y origen de una nueva creación, como generosidad sin límites en que el tercero, el niño, es invitado
como tal y amado antes de existir, y no existe sino como fruto del amor".
(Mauricio Zundel, Cenáculo de Ginebra, 3 de
febrero de 1963, pp. 41 ... 43)