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Zundel

19/05/09. La castidad concebida como origen de una nueva creación.

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Retiro con M. Zundel. Día 3°, 4° encuentro.

Ver la castidad en su dimensión cósmica.

"La virginidad en el cristianismo es una vocación cósmica: todos los cristianos están llamados a la virginidad esencial que es la del corazón y del espíritu.

Y la virginidad representa un dato cósmico eminente porque se apodera del impulso sexual, portador de la vida a través de la historia, tanto en los vegetales y los animales como en el hombre.

En la unión sexual hay evidentemente una orquestación cósmica inmediatamente reconocible: la mismas pulsaciones del universo mueven al adolescente y hacen subir la savia en los árboles, o impulsa los machos hacia las hembras y recíprocamente, en período de acoplamiento. Tenemos ahí un movimiento cósmico que explica todos los vértigos, toda la espera y todos los delirios, así como toda la grandeza y todos los gozos que se pueden alcanzar en ello, y existe ciertamente una continuidad evidente entre el hombre y el cosmos.

El hombre está enraizado en el Universo del cual es y sigue siendo producto en cierto modo. La tierra nos soporta y nos alimenta, respiramos y estamos adaptados a ella por constitución orgánica, y el enraizamiento en ella no es nunca más evidente que en el impulso sexual, que moviliza al individuo en el océano de la especie, porque hay en él toda la inmensidad, toda la dimensión de la historia y del Universo que ofrece un coeficiente ilimitado a esa pulsión que arrastra al hombre y la mujer hacia la comunicación de la que procede la vida.

Es evidente que en la mayoría de los hombres este movimiento es ciego y sin dominio, acogido y vivido en una especie de fiebre y fervor con toda una mitología de grandeza y adoración. El hombre y la mujer son exaltados el uno por el otro en el impulso cósmico y se ven uno a otro, en el primer momento del descubrimiento, como demiurgos al origen de un mundo nuevo. Y aunque repiten el verbo "amar" pronunciado ya millones de millones de veces por otros labios, tienen siempre la impresión de una novedad incomparable y de una originalidad única.

La mayor parte del tiempo, nada justifica esa magnificencia y esa exaltación, nada justifica el éxtasis mayúsculo del deseo cósmico pero que se convierte en riqueza personal. Eso explica la multiplicación de los divorcios ya que, justamente, la unión reposaba en un intercambio ilusorio, en una grandeza que no se había alcanzado y que era simple orquestación del universo, y cuando el impulso cae, cuando las hormonas dejan de actuar y se disipa el espejismo, quedan dos seres diferentes, incapaces de comprenderse y que por otra parte no tienen ningún interés en desearlo ni hacerlo fuera del deseo que los impulsaba el uno hacia el otro, y perciben límites recíprocos de los que estarían para siempre cautivos si permanecieran juntos. La unión no puede durar nunca si el infinito presumido en los sueños de amor, que resuena en toda la literatura amorosa, no se ha convertido en realidad personal.

Y justamente la virginidad auténtica significa la realización de una exigencia propiamente infinita, capaz de hacer contrapeso a toda la subida de la savia cósmica, capaz de volver a captar toda la historia del universo y de realizar el movimiento positivo de una evolución que iría de verdad hacia el espíritu que sostiene el espejismo, disipándolo con la exigencia de una creación personal en que el ser alcanza de verdad un valor infinito.

Eso sería el amor: ser exigencia de valor infinito el uno para el otro, querer apasionadamente la grandeza el uno del otro, crear entre el otro y uno mismo una distancia de respeto ilimitado que pide y exige crecimiento sin fin. Entonces no habría equivocación ni horas oscuras, los seres podrían mirarse en los ojos porque su amor estaría precisamente fundado en una victoria cósmica de la libertad, y pienso que eso sería la realización más orgánica de la evolución.

Que la evolución se realice de una manera u otra, no tiene importancia capital para nosotros ya que la evolución es ante todo la historia de un mundo prefabricado que se nos impone y a cuya existencia participamos necesariamente y sin haberlo escogido. Pero el problema de la evolución nos interesa apasionadamente cuando se convierte en problema nuestro, cuando la evolución toca a nuestra puerta y se entrega en nuestras manos… Y justamente el instinto sexual es el cruce de caminos en que podríamos elegir, en que habría que enseñar al adolescente a elegir ser literalmente creador de un Universo digno de él y de Dios, creador centrado en la libertad, orientado hacia una dimensión infinita en que toda la existencia se transforma en existencia de don.

Eso quiere decir la castidad. No es la repudiación del cuerpo humano y de su posibilidad de ser cuna de la vida, lo cual es magnífico, sino el rechazo de ser esclavo de una fuerza cósmica ciega que no puede crean sino un inmenso espejismo: la virginidad significa quitar a esa fuerza la máscara de ceguera, darle una mirada de claridad dándole a la vida el rostro del niño, el rostro del Niño Dios de Belén, el rostro de la divinidad, y realizar entre el hombre y la mujer la Trinidad divina. Porque la imagen más perfecta de la Trinidad es realmente el matrimonio concebido como lo concibe San Pablo, como un sacramento que representa y realiza el misterio de la Iglesia, misterio universal y cósmico.

Si vemos la castidad en su dimensión cósmica nos aparece en los antípodas de una represión, de una repudiación de la vida o del desprecio del cuerpo. ¡Es lo contrario! Es la exaltación incomparable de todos los valores humanos, es la glorificación del cuerpo, de la paternidad y la maternidad, pero al nivel mismo en que la paternidad y la maternidad son puros dones, realmente relación vivida en la tercera persona del niño que nace del amor, de un amor que lo llama, de un amor que se dirige a él, de un amor que es una consagración de dos seres a un tercero que no es visible todavía pero que es ya una presencia en el corazón mismo del amor de ellos.

Así concebida la castidad, como liberación del Universo, como realización de la evolución, como el sentido mismo de la historia, como el comienzo y origen de una nueva creación, como generosidad sin límites en que el tercero, el niño, es invitado como tal y amado antes de existir, y no existe sino como fruto del amor".

(Mauricio Zundel, Cenáculo de Ginebra, 3 de febrero de 1963, pp. 41 ...  43)

 

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