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Retiro con M. Zundel. 4° día, 2°
encuentro. Nota.
El texto publicado en este sitio el 21 de
mayo, y el que publicaremos mañana, es la continuación de la enseñanza tan
importante de M. Zundel sobre la Eucaristía. Fue desarrollado ante religiosas.
Cuando se les pidió que transmitieran las conferencias del retiro, ellas
omitieron voluntariamente enviarla con las demás conferencias, probablemente
porque en el fondo dudaban de su ortodoxia, dada la gran novedad de la
doctrina.
"Hay una relación muy estrecha entre
la Iglesia y la Eucaristía: la Eucaristía es la presencia comunitaria de Jesús.
Es extremamente importante desarrollar este tema para marcar bien el lugar y el
sentido (que tiene) la presencia real en el misterio de la Iglesia".
Podemos recordar aquí que es la Iglesia la
que prepara el pan y lo distribuye, y recíprocamente, este pan construye la
Iglesia por el mero hecho de su fracción y de su distribución.
Pero M. Zundel va mucho más lejos ya que
casi identifica la Iglesia y la Eucaristía, pues identifica una y otra con el
Amor, una y otra implican presencia comunitaria de la humanidad entera, una y
otra están llamadas a constituir la presencia comunitaria de la humanidad
entera en la unidad perfecta.
En cuando a la Presencia real, M. Zundel pone
espalda contra espalda a protestantes y católicos porque "ambos perdieron
de vista la causa esencial de la
Presencia real que es ser presencia
comunitaria, lo cual quiere decir que Nuestro
Señor sólo podía estar presente a la humanidad bajo forma de Iglesia".
Y esto porque "el yo de Jesús es
Dios, Él es el Hombre universal (se trata tanto de Jesús "en" la
Eucaristía como de Jesús en la Iglesia) que lleva en Su Vida toda la humanidad,
que recapitula en su historia toda la Historia y que es el contrapeso de amor
que equilibra todas las faltas humanas".
Y si queremos seguir a Jesucristo y ser
sus discípulos, debemos entrar en la catolicidad, en la universalidad de
Jesucristo. Y es la Eucaristía la que va a permitir a cada hombre entrar en la
universalidad y ser capaz de ella.
Y por eso, "si queremos absorber a Jesucristo
(cuando comulgamos) y reducirlo a las relaciones que tenemos con Él, se convierte
en un ídolo". Y aparentemente, parece que los cristianos realizan con
frecuencia esa reducción, mientras "sólo podemos llegar al verdadero
Cristo, que está abierto a toda la humanidad y lleva toda la historia (y no hay
otro) si abrimos el corazón sin fronteras ni límites a la humanidad entera. La
cita que Jesucristo nos da es pues ante todo una cita comunitaria, y ese es el
sentido de la Eucaristía".
Jesús está siempre presente a la Humanidad
(desde el comienzo de su historia) no sólo por su divinidad sino también por Su
humanidad. La humanidad de Nuestro Señor
está siempre presente en cada uno de nosotros, pero nosotros no estamos
presentes a la humanidad de Nuestro Señor. La Eucaristía nos quiere hacer
presentes a Nuestro Señor Y a toda la humanidad, ya que, aunque el amor
infinito del Señor nos distingue entre todos, jamás nos separa de nadie entre
todos.
"El misterio de la Eucaristía es
abrirnos a esa Presencia y hacerla circular en nosotros. La consagración
permite "captar" esa Presencia siempre dada pero con la cual no
teníamos aún contacto".
Para ayudarnos a entrar en esta
perspectiva, aquí deberíamos leer el relato de los discípulos de Emaús, contado
con frecuencia por Zundel. Lo encontramos en Lucas 24, 13-15.
Este relato es la historia, verídica desde
luego, de la ceguedad de que sufren los apóstoles del Señor en el momento de su
muerte e incluso después de la resurrección. Es el relato de la ausencia de
Jesús en ellos. Aunque estaba siempre presente, no podían aún reconocerlo. Es
el relato de la ausencia que se hace Presencia y sigue siéndolo de manera
invisible e interior, ahora que el Señor se ha hecho invisible a los ojos de la
carne. Y, hecho extremadamente importante, la
Presencia, real y recíproca, y hecha invisible, se opera en el momento en
que el Señor hace la fracción del pan,
que es el momento en que desaparece a sus ojos de carne.
No se trata de disertar sobre el hecho de
saber si Jesús consagró el pan que rompió ante ellos para hacerse reconocer. En
un sentido, eso no tiene importancia. Aquí lo que toma toda la importancia es
la fracción, que no puede hacerse sino para compartir o para dar el pan.
La fracción del pan es el signo, e incluso
el sacramento del aspecto comunitario, esencial, de la Eucaristía. Simplemente
porque no se puede compartir el mismo pan sino rompiéndolo primero.
Los discípulos de Emaús reconocieron a
Jesús en la fracción del pan (Lc 24, 35). Y los primeros cristianos eran
asiduos a la enseñanza de los Apóstoles y a las reuniones comunitarias, a la
fracción del pan (Lc., 24, 36).
Se puede observar también que Jesús aparece
en el Cenáculo a los apóstoles, al mismo tiempo que a los discípulos de Emaús,
justo después de su relato y cuando hubieron precisado que lo habían reconocido
en la fracción del pan. Es como si Jesús viniera a confirmar que es en este
signo sacramental donde se lo debe reconocer en la Iglesia.
La comunión no se toma, se recibe, y
procede de una fracción para un compartir, y
para comprender bien la Eucaristía y recibirla con fruto, es esencial que lo sepamos.
Se puede volver a leer el relato de la
nueva aparición del resucitado en el Cenáculo, cuando los discípulos hubieron
terminado el relato de la aparición de Jesús caminando con ellos y contándoles
el sentido de toda la Escritura, para finalmente romper el pan, en Lucas 24,
13-49.
Aquí se subraya la universalidad de la
salvación en Jesucristo: "Está escrito que el Mesías debía sufrir y luego
resucitar de entre los muertos el tercer día, y que la conversión para el
perdón de los pecados debe ser predicada en todas las naciones..." (Versículos
46-47).
Oración: Dios, Padre nuestro,
infinitamente bueno, en su humanidad, tu Hijo es interior a cada uno de
nosotros, y nos acompaña en el camino de la vida como acompañaba a los dos
discípulos. ¡Abre nuestros ojos para que re reconozcan! ¡Abre nuestro corazón a
la inteligencia de las Escrituras! Por el misterio de la Eucaristía, ¡ábrenos a
La Presencia hasta en lo íntimo de nuestro ser! Que el corazón se abra y se
vuelva corazón sin fronteras, como el Corazón mismo de Nuestro Amado Salvador y
Señor que vive y reina en Ti para siempre, en la unidad del Espíritu Santo. Amén.