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Zundel

24/05/09. La Presencia real y recíproca, hecha invisible, se realiza en el momento de la fracción del pan.

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Retiro con M. Zundel. 4° día, 2° encuentro. Nota. 

El texto publicado en este sitio el 21 de mayo, y el que publicaremos mañana, es la continuación de la enseñanza tan importante de M. Zundel sobre la Eucaristía. Fue desarrollado ante religiosas. Cuando se les pidió que transmitieran las conferencias del retiro, ellas omitieron voluntariamente enviarla con las demás conferencias, probablemente porque en el fondo dudaban de su ortodoxia, dada la gran novedad de la doctrina.

"Hay una relación muy estrecha entre la Iglesia y la Eucaristía: la Eucaristía es la presencia comunitaria de Jesús. Es extremamente importante desarrollar este tema para marcar bien el lugar y el sentido (que tiene) la presencia real en el misterio de la Iglesia".

Podemos recordar aquí que es la Iglesia la que prepara el pan y lo distribuye, y recíprocamente, este pan construye la Iglesia por el mero hecho de su fracción y de su distribución.              

Pero M. Zundel va mucho más lejos ya que casi identifica la Iglesia y la Eucaristía, pues identifica una y otra con el Amor, una y otra implican presencia comunitaria de la humanidad entera, una y otra están llamadas a constituir la presencia comunitaria de la humanidad entera en la unidad perfecta.

En cuando a la Presencia real, M. Zundel pone espalda contra espalda a protestantes y católicos porque "ambos perdieron de vista la causa esencial de la Presencia real que es ser presencia comunitaria, lo cual quiere decir que Nuestro Señor sólo podía estar presente a la humanidad bajo forma de Iglesia".

Y esto porque "el yo de Jesús es Dios, Él es el Hombre universal (se trata tanto de Jesús "en" la Eucaristía como de Jesús en la Iglesia) que lleva en Su Vida toda la humanidad, que recapitula en su historia toda la Historia y que es el contrapeso de amor que equilibra todas las faltas humanas".

Y si queremos seguir a Jesucristo y ser sus discípulos, debemos entrar en la catolicidad, en la universalidad de Jesucristo. Y es la Eucaristía la que va a permitir a cada hombre entrar en la universalidad y ser capaz de ella.

Y por eso, "si queremos absorber a Jesucristo (cuando comulgamos) y reducirlo a las relaciones que tenemos con Él, se convierte en un ídolo". Y aparentemente, parece que los cristianos realizan con frecuencia esa reducción, mientras "sólo podemos llegar al verdadero Cristo, que está abierto a toda la humanidad y lleva toda la historia (y no hay otro) si abrimos el corazón sin fronteras ni límites a la humanidad entera. La cita que Jesucristo nos da es pues ante todo una cita comunitaria, y ese es el sentido de la Eucaristía".

Jesús está siempre presente a la Humanidad (desde el comienzo de su historia) no sólo por su divinidad sino también por Su humanidad. La humanidad de Nuestro Señor está siempre presente en cada uno de nosotros, pero nosotros no estamos presentes a la humanidad de Nuestro Señor. La Eucaristía nos quiere hacer presentes a Nuestro Señor Y a toda la humanidad, ya que, aunque el amor infinito del Señor nos distingue entre todos, jamás nos separa de nadie entre todos.

"El misterio de la Eucaristía es abrirnos a esa Presencia y hacerla circular en nosotros. La consagración permite "captar" esa Presencia siempre dada pero con la cual no teníamos aún contacto".

Para ayudarnos a entrar en esta perspectiva, aquí deberíamos leer el relato de los discípulos de Emaús, contado con frecuencia por Zundel. Lo encontramos en Lucas 24, 13-15.

Este relato es la historia, verídica desde luego, de la ceguedad de que sufren los apóstoles del Señor en el momento de su muerte e incluso después de la resurrección. Es el relato de la ausencia de Jesús en ellos. Aunque estaba siempre presente, no podían aún reconocerlo. Es el relato de la ausencia que se hace Presencia y sigue siéndolo de manera invisible e interior, ahora que el Señor se ha hecho invisible a los ojos de la carne. Y, hecho extremadamente importante, la Presencia, real y recíproca, y hecha invisible, se opera en el momento en que el Señor hace la fracción del pan, que es el momento en que desaparece a sus ojos de carne.

No se trata de disertar sobre el hecho de saber si Jesús consagró el pan que rompió ante ellos para hacerse reconocer. En un sentido, eso no tiene importancia. Aquí lo que toma toda la importancia es la fracción, que no puede hacerse sino para compartir o para dar el pan.

La fracción del pan es el signo, e incluso el sacramento del aspecto comunitario, esencial, de la Eucaristía. Simplemente porque no se puede compartir el mismo pan sino rompiéndolo primero.

Los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús en la fracción del pan (Lc 24, 35). Y los primeros cristianos eran asiduos a la enseñanza de los Apóstoles y a las reuniones comunitarias, a la fracción del pan (Lc., 24, 36).

Se puede observar también que Jesús aparece en el Cenáculo a los apóstoles, al mismo tiempo que a los discípulos de Emaús, justo después de su relato y cuando hubieron precisado que lo habían reconocido en la fracción del pan. Es como si Jesús viniera a confirmar que es en este signo sacramental donde se lo debe reconocer en la Iglesia.

La comunión no se toma, se recibe, y procede de una fracción para un compartir, y para comprender bien la Eucaristía y recibirla con fruto, es esencial que lo sepamos.

Se puede volver a leer el relato de la nueva aparición del resucitado en el Cenáculo, cuando los discípulos hubieron terminado el relato de la aparición de Jesús caminando con ellos y contándoles el sentido de toda la Escritura, para finalmente romper el pan, en Lucas 24, 13-49.

Aquí se subraya la universalidad de la salvación en Jesucristo: "Está escrito que el Mesías debía sufrir y luego resucitar de entre los muertos el tercer día, y que la conversión para el perdón de los pecados debe ser predicada en todas las naciones..." (Versículos 46-47).

Oración: Dios, Padre nuestro, infinitamente bueno, en su humanidad, tu Hijo es interior a cada uno de nosotros, y nos acompaña en el camino de la vida como acompañaba a los dos discípulos. ¡Abre nuestros ojos para que re reconozcan! ¡Abre nuestro corazón a la inteligencia de las Escrituras! Por el misterio de la Eucaristía, ¡ábrenos a La Presencia hasta en lo íntimo de nuestro ser! Que el corazón se abra y se vuelva corazón sin fronteras, como el Corazón mismo de Nuestro Amado Salvador y Señor que vive y reina en Ti para siempre, en la unidad del Espíritu Santo. Amén.

 

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