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Zundel

27/05/09. Testimonio.

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Final del testimonio comenzado el 25 de mayo.

Gracias a Zundel comprendí que estando bautizado sólo de mí dependía ser cristiano diciendo Sí a Cristo, Dios Hijo, en la Unidad del Espíritu Santo. "Sí" para que Dios exista a través de su expresión cristiana. Es verdad que yo había leído y apreciado ciertos pasajes del Peregrino Querubínico, y ciertos pasajes del Maestro Eckhard que dicen lo mismo: "¡Qué me importa que Jesucristo haya nacido en un pesebre en Belén si no vuelve a nacer cada mañana en mi corazón" o "el ojo con el que me ve es el mismo con el que yo lo veo". Pero la comprensión de este tipo de afirmaciones, que era hasta entonces puramente intelectual, se transformó radicalmente con Zundel en comprensión íntima, vivida. Sí, Dios quiere existir, Dios existe, por el hombre y a través del hombre. Más aún, sobra decir EXISTE, deberíamos contentarnos con decir DIOS, el resto es superfluo y redundante. Pero para pasar del plano divino, que sólo podemos abordar intelectualmente mediante la apófasis, mediante la razón discursiva, a un plano que deviene vivo y entra en la existencia, es decir que sale del ser (ex-stare) para entrar en el reino de los entes sin perder por eso su transcendencia, era absolutamente necesario un vector, y ese vector es el hombre. Así, gracias a un sentimiento humano, el amor, que no es sino un pálido reflejo de aquello de que se trata, podemos apercibir lo que queremos decir cuando hablamos del plano de Dios. Sí, Dios es amor. Dios es sólo Amor. Y como en toda relación amorosa la aceptación es la única condición para que pueda nacer, crecer y perdurar.

Y luego Zundel me confortó en la idea que yo tenía desde numerosos años, de la necesidad de trabajar sobre sí mismo para dejar al ego sólo el lugar que le pertenece, es decir finalmente modesto, y dejarse invadir progresivamente, una vez más en la aceptación silenciosa del corazón, por una presencia que lo rebasa. Pero para eso conviene, y Dios sabe si esto es difícil, desembarazarse de lo que podríamos llamar los condicionamientos. Zundel habla de desapropiación. Es verdad que el sentimiento de propiedad es un aspecto esencial de un condicionamiento humano ordinario. Pero no es el único y el descondicionamiento debe ser lo más amplio y profundo posible. No se puede ciertamente vivir de inmediato las palabras de San Pablo: "Es Cristo el que vive en mí", pero en todo caso uno puede ponerse en camino de una poda progresiva de todo lo que nos constituía hasta entonces, para dejar lugar a la recepción, por medio de la gracia, del que nace en nosotros. Zundel tiene al respecto una imagen magnífica que hace del hombre la madre de Dios. Pero mientras toda referencia antropomórfica respecto de Jesucristo es difícil de aceptar cuando se repite a saciedad que Él era un hombre ordinario, y cuando se pone en evidencia sólo su aspecto socialmente a la escucha de los demás. Entonces se trataría para el hombre de generar un puer aeternus nacido no de un deseo carnal ni de un deseo de hombre, sino de Dios. Dios da a luz eternamente a su hijo, el puer aeternus, en el hombre. Zundel lo comprendió perfectamente y sobre todo hizo perfectamente accesible a nuestros corazones la comprensión de la frase de Pascal "El hombre supera infinitamente al hombre". En diferentes tradiciones, existe el tema del Hombre Universal, el Adán Kadmón de la tradición judía, o el Purusha primordial del hinduismo, que reúne en cierto modo el arquetipo y al mismo tiempo el punto de llegada de lo que es la vocación del hombre e inclusive de lo que está grávida la humanidad. Leyendo a Zundel uno comprende que la simple aceptación de compartir el amor infinito de Dios realiza nuestra vocación de convertirnos en colaboradores conscientes de Dios en la corrección enorme que conviene operar para que la naturaleza sea renovada integralmente, a la manera como los alquimistas podían dar a INRI el sentido de Ignis Natura Renovatur Integra (la Naturaleza será integralmente renovada por el fuego), y el medio para renovarla, es lo que Dios y el hombre tienen en común: el Fuego de un Amor compartido.

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