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Zundel

28/05/09. Hay en la Eucaristía un foco del amor universal.

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Retiro con M. ZUNDEL, 4° día, tercer encuentro.

"La Consagración eucarística consiste en ponernos en la línea de la catolicidad: venimos al pie de la Cruz, invocamos a Nuestro Señor y, en el momento de la Consagración, decimos sobre el Cuerpo de Cristo lo que la Virgen (la Pietá) decía cuando lo recibió en sus brazos: "Este es mi cuerpo, esta es mi sangre". Nos identificamos con el cuerpo crucificado, nos identificamos con el Amor inmolado, y entonces Cristo puede llegar a nosotros e identificarse con nosotros. También Él dice de nosotros: "Este es mi cuerpo, esta es mi sangre", y nos intercambiamos con Él.

Lo esencial en la Eucaristía es la apertura de la humanidad a Jesucristo en el misterio de la Iglesia. Nadie está excluido, nos abrimos para que nuestro corazón no limite a Cristo y no haga de Él un ídolo, y la Iglesia somos nosotros con Jesús, nosotros hechos inmensos, universales, como Jesús para llevar con Jesús y en Él toda la humanidad y todo el Universo.

La Eucaristía no es una especie de rito mágico que precipita a Jesús sobre la tierra, sino que en el momento de la Consagración surge el "De profundis" de la Iglesia que se ofrece a Él, que hace romper todos los límites, que acepta llevar con Cristo toda la humanidad y todo el Universo identificándose con Él y diciendo: "Este es mi cuerpo, esta es mi sangre".

Cristo está verdaderamente en medio de nosotros mientras estamos a su mesa y comulgamos con Él comulgando los unos con los demás, y es absolutamente necesario considerar la cadena de amor que se constituye alrededor de Jesús: toda la humanidad se hace presente a Cristo, el cual está eternamente presente y, para llegar a Él, nos pide que no lo tomemos con las manos sino por la comunidad y en nombre de la comunidad, con un corazón universal que hace que al darnos a Él nos damos, en Él, al mundo entero.

La Consagración, la Eucaristía, es verdaderamente el Amor, en el sentido en que lo decía San Ignacio de Antioquía; en el lenguaje de San Juan de la Cruz, es la viva llama de Amor donde se encuentran el Corazón de Cristo y el corazón de la Iglesia.

Esto es absolutamente capital porque la Eucaristía no es jamás algo privado: la Misa es siempre universal; comulgar es abrirse al amor de Cristo abriéndose sin límite a la humanidad. De suerte que toda comunión es luz para todos los hombres, la comunión tiene amplitud universal, llega al mundo entero, si no, es pura magia que hace de Jesús un ídolo.

... En la comunión no tenemos contacto físico con Cristo, sólo tenemos el contacto que tenemos con un amigo (en el momento del más profundo intercambio), de suerte que al comer físicamente las especies nos alimentamos espiritualmente de la Persona de Jesús.

...  En la Eucaristía está pues el foco del amor universal, la viva llama de amor, el corazón de la Iglesia encuentra el Corazón de Cristo, a condición de que nuestros corazones estén abiertos universalmente y que no reduzcamos a Cristo a un Diosito fabricado para uso personal que podemos meternos en el bolsillo.

La comunión es algo universal, y la manducación representa otra manducación, una identificación misteriosa que se realiza en lo más profundo de nosotros, si estamos en armonía con la existencia universal de Jesús.

... Cuando asistimos a Misa, es siempre para ensanchar el corazón hasta las dimensiones del Corazón de Cristo y llevar en nuestro amor a toda la humanidad, si no, Jesús sería un ídolo de bolsillo.

... La realidad de la Presencia de Nuestro Señor es la realidad más real que exista, pero exige que nos ensanchemos para lograr que nuestro corazón se haga tan vasto como el Suyo.

Hay en la Eucaristía una exigencia formidable y, cuando entramos en una Iglesia y vemos la lamparita del sagrario que indica Su Presencia, podemos decir: SÍ, es verdad, pero sólo en la medida en que yo mismo soy presencia real a toda la Iglesia y a todo el Universo.

La exposición del Santísimo Sacramento toma todo su sentido cuando es la renovación del don de nosotros mismos que nos permite devenir universales".

(Mauricio Zundel, "Avec Dieu dans le quotidien", pp. 114.. 117)

 

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