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Artículo publicado en el periódico "La
Réforme" de Alejandría en Egipto, el 10 de octubre de 1943 por M. François
Sabella, y publicado en 1995 en el boletín canadiense de los Amigos de M.
Zundel.
El hombre
Rostro
demacrado, cuerpo delgado y pequeño, vestido de sotana negra, el P. Mauricio
Zundel tiene sin embargo un físico radioso y encontró en todos los medios
alejandrinos una simpatía vibrante, haciéndose notar por sus dones oratorios y
su celo apostólico.
Unos ojos que
parecían al principio perdidos en la lejanía como siguiendo un sueño interior,
se fijan de repente sobre usted y le develan una mirada penetrante coronada por
una frente amplia e inteligente. Algo inexpresable se destaca de este siervo de
Dios, y, no obstante su gran modestia y su sonrisa benevolente, subyuga y
atrae.
A los numerosos
auditores que tuvieron la suerte de escucharlo, les dejó una impresión de
liberarlos de sus pequeñeces y mezquindades, por la capacidad de hacer vibrar
las cuerdas sensibles del ser humano, dándole una concepción más amplia y sana
de la Fe.
Escritor distinguido,
hombre de ciencias y letras, orador y místico, el P. Zundel une a la
experiencia sin cesar creciente por la observación y el estudio, raras
cualidades de corazón. Su actividad es realmente extraordinaria, pronuncia a
veces cuatro conferencias en un día sin acusar la mínima fatiga.
De la realidad
misma saca los materiales que le dan a su palabra esos acentos verdaderos y
penetrantes. Un día le pregunte para saber quiénes eran sus autores favoritos
y, a mi gran sorpresa, me respondió: Claudio Bernard, Lecompte de Nouy, etc.,
autores todos que tratan de matemáticas y ciencias experimentales. Ese místico
en el pleno sentido de la palabra, no desprecia servirse de los elementos
adquiridos por la experiencia para alcanzar la verdad trascendente de Dios.
Su
Palabra
Es cautivante;
nos arrastra con magnífica facilidad, alcanza a veces las más sublimes cumbres
con una facilidad de expresión extraordinaria. Nos descubre horizontes,
conmueve, exalta, y de repente nos pone ante nosotros mismos, ante nuestros
problemas personales, a los cuales responde sin reticencia.
No hay
hesitaciones, se diría que el P. Zundel sigue el movimiento de su corazón sin
ambages ni esfuerzos.
Habla de
preferencia de pie, para tener más libertad en los gestos. De vez en cuando se
empina como movido por el impulso del pensamiento. Su mirada parece perdida en
el auditorio, él parece estar ausente de sí mismo, absorto quizás por el
pensamiento metafísico que trata de traducir con más claridad y verdad.
Su palabra es
clara, su dicción de notable nitidez, sus entonaciones justas, y su misticismo
nos arrastra a veces en un torbellino de ideas e imágenes que uno cree no
entender pero que podrían tener resonancias profundas en nuestros corazones.
Lo que da a su
palabra el encanto y la fe evocadora, es la sinceridad y el horror del brillo. Inspirado
por su íntima experiencia, estudiando las reacciones de su propia alma, llega a
hacernos tocar con el dedo cosas que nos parecían inexplicables.
Verdades
nebulosas flotan en el campo de las fórmulas o de lo irreal, las proyecta ante
nosotros con una luz poderosa e irresistible. Un esfuerzo de inteligencia nos
descubre la verdad, y por eso el P. Zundel, gracias a su inteligencia y a su
corazón de Apóstol, nos comunica la belleza que descubrió él en un mensaje que,
quizá semejante al de San Francisco de Asís, nos devela un universo radioso y
sereno.
Su
Mensaje
Si no me equivoco,
el mensaje del P. Zundel, lo que constituye el fermento de su apostolado, es un
mensaje de alegría, de libertad y de amor.
"Seamos los
embajadores de la alegría" había dicho él en una última conferencia que
dio en nuestra ciudad. Y para explicar la irradiación universal de amor, el P.
Zundel se complace tomando como ejemplo
el manojo de flores que un niñito ofrece a su madre en su fiesta. Ese manojo
tiene un precio infinito a los ojos de la madre, porque es testimonio del afecto
filial y símbolo del amor. Ella acepta ese don con el corazón, porque "el
don sólo puede ser recibido por el don" y "el encuentro de un ser
humano con otro se realiza más allá del cuerpo".
En nuestra época
en que los gestos convencionales y mecánicos no cesan de invadir y rebasar los
sentimientos verdaderos, parece que hacemos el bien por obligación o por
necesidad de figurar, pero ser el bien, identificarse con él, es un problema
diferente que sólo rara vez se considera.
El amor nos pide
sin embargo que nos identifiquemos al bien que es todo interioridad, que amemos
los dones de Dios y los recibamos yendo hacia Él "con pasos de amor",
porque el mundo es un manojo de amor que sólo podemos comprender por el
amor".
Un gesto, un acento,
una actitud, una sonrisa y toda la gama de verdaderas emociones pueden
constituir testimonios de bondad que dejan transparentar una Presencia. En
efecto, esas pequeñeces son las que forman el valor de la vida y la elevan. La
bondad es la única susceptible de encender en los corazones el fuego de la
alegría y suscitar en ellos espacios infinitos.
Guiado por la
sed inextinguible de bondad, el corazón humano puede permanecer sin fin
replegado sobre sí Es necesario que vibre
un día y comprenda bien que su destino es ser en la tierra mensajero de la alegría,
de la paz y del amor.