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Zundel

30/05/2009. Testimonio: Es un mensaje de alegría, de libertad y de amor.

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Artículo publicado en el periódico "La Réforme" de Alejandría en Egipto, el 10 de octubre de 1943 por M. François Sabella, y publicado en 1995 en el boletín canadiense de los Amigos de M. Zundel.

 

El hombre

Rostro demacrado, cuerpo delgado y pequeño, vestido de sotana negra, el P. Mauricio Zundel tiene sin embargo un físico radioso y encontró en todos los medios alejandrinos una simpatía vibrante, haciéndose notar por sus dones oratorios y su celo apostólico.

Unos ojos que parecían al principio perdidos en la lejanía como siguiendo un sueño interior, se fijan de repente sobre usted y le develan una mirada penetrante coronada por una frente amplia e inteligente. Algo inexpresable se destaca de este siervo de Dios, y, no obstante su gran modestia y su sonrisa benevolente, subyuga y atrae.

A los numerosos auditores que tuvieron la suerte de escucharlo, les dejó una impresión de liberarlos de sus pequeñeces y mezquindades, por la capacidad de hacer vibrar las cuerdas sensibles del ser humano, dándole una concepción más amplia y sana de la Fe.

Escritor distinguido, hombre de ciencias y letras, orador y místico, el P. Zundel une a la experiencia sin cesar creciente por la observación y el estudio, raras cualidades de corazón. Su actividad es realmente extraordinaria, pronuncia a veces cuatro conferencias en un día sin acusar la mínima fatiga.

De la realidad misma saca los materiales que le dan a su palabra esos acentos verdaderos y penetrantes. Un día le pregunte para saber quiénes eran sus autores favoritos y, a mi gran sorpresa, me respondió: Claudio Bernard, Lecompte de Nouy, etc., autores todos que tratan de matemáticas y ciencias experimentales. Ese místico en el pleno sentido de la palabra, no desprecia servirse de los elementos adquiridos por la experiencia para alcanzar la verdad trascendente de Dios.

 

Su Palabra

Es cautivante; nos arrastra con magnífica facilidad, alcanza a veces las más sublimes cumbres con una facilidad de expresión extraordinaria. Nos descubre horizontes, conmueve, exalta, y de repente nos pone ante nosotros mismos, ante nuestros problemas personales, a los cuales responde sin reticencia.

No hay hesitaciones, se diría que el P. Zundel sigue el movimiento de su corazón sin ambages ni esfuerzos.

Habla de preferencia de pie, para tener más libertad en los gestos. De vez en cuando se empina como movido por el impulso del pensamiento. Su mirada parece perdida en el auditorio, él parece estar ausente de sí mismo, absorto quizás por el pensamiento metafísico que trata de traducir con más claridad y verdad.

Su palabra es clara, su dicción de notable nitidez, sus entonaciones justas, y su misticismo nos arrastra a veces en un torbellino de ideas e imágenes que uno cree no entender pero que podrían tener resonancias profundas en nuestros corazones.

Lo que da a su palabra el encanto y la fe evocadora, es la sinceridad y el horror del brillo. Inspirado por su íntima experiencia, estudiando las reacciones de su propia alma, llega a hacernos tocar con el dedo cosas que nos parecían inexplicables.

Verdades nebulosas flotan en el campo de las fórmulas o de lo irreal, las proyecta ante nosotros con una luz poderosa e irresistible. Un esfuerzo de inteligencia nos descubre la verdad, y por eso el P. Zundel, gracias a su inteligencia y a su corazón de Apóstol, nos comunica la belleza que descubrió él en un mensaje que, quizá semejante al de San Francisco de Asís, nos devela un universo radioso y sereno.

 

Su Mensaje

Si no me equivoco, el mensaje del P. Zundel, lo que constituye el fermento de su apostolado, es un mensaje de alegría, de libertad y de amor.

"Seamos los embajadores de la alegría" había dicho él en una última conferencia que dio en nuestra ciudad. Y para explicar la irradiación universal de amor, el P. Zundel se complace  tomando como ejemplo el manojo de flores que un niñito ofrece a su madre en su fiesta. Ese manojo tiene un precio infinito a los ojos de la madre, porque es testimonio del afecto filial y símbolo del amor. Ella acepta ese don con el corazón, porque "el don sólo puede ser recibido por el don" y "el encuentro de un ser humano con otro se realiza más allá del cuerpo".

En nuestra época en que los gestos convencionales y mecánicos no cesan de invadir y rebasar los sentimientos verdaderos, parece que hacemos el bien por obligación o por necesidad de figurar, pero ser el bien, identificarse con él, es un problema diferente que sólo rara vez se considera.

El amor nos pide sin embargo que nos identifiquemos al bien que es todo interioridad, que amemos los dones de Dios y los recibamos yendo hacia Él "con pasos de amor", porque el mundo es un manojo de amor que sólo podemos comprender por el amor".

Un gesto, un acento, una actitud, una sonrisa y toda la gama de verdaderas emociones pueden constituir testimonios de bondad que dejan transparentar una Presencia. En efecto, esas pequeñeces son las que forman el valor de la vida y la elevan. La bondad es la única susceptible de encender en los corazones el fuego de la alegría y suscitar en ellos espacios infinitos.

Guiado por la sed inextinguible de bondad, el corazón humano puede permanecer sin fin replegado sobre sí  Es necesario que vibre un día y comprenda bien que su destino es ser en la tierra mensajero de la alegría, de la paz y del amor.

 

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