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Zundel

June 2009 - Posts

  • 30/06/09. En la humanidad de Jesucristo aprendimos a conocer a Dios como la eterna pobreza.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} 4ª parte de la 3ª conferencia de Santa María de la Paz, el Cairo, marzo de 1961.

    El otro Dios...

    “Eso es lo que envenena la vida pretendidamente religiosa que quieren llevar tantos hombres cuya buena voluntad no es posible acusar: ¡ese Dios faraón! ¿No es ese el gran obstáculo, un dios bajo la forma de ese enorme faraón, de ese imposible Mullah, de ese déspota de medida infinita? Y para los que tienen tentación de pensar que es un obstáculo, un límite, una amenaza, un rival, ¡sería muy bien que no existiera! Y tienen mucha razón de pensarlo: ¡ese falso dios no existe! Pero existe otro que no podemos negar, como tampoco podemos demostrarlo porque hay que vivirlo, hay que encontrarlo, y no lo podemos encontrar sino cambiando de yo, trascendiendo, superando el yo posesivo para llegar al yo altruista, haciéndonos relación viva, referencia viva al centro interior, al dintel oculto en lo más íntimo de la conciencia, haciéndonos referencia viva que proclama silenciosamente su luz y su alegría y las comunica.

    Jamás sabremos toda la liberación que le debemos al Evangelio de Jesucristo, al Evangelio eterno que es Jesucristo, a la pobreza infinita de la santísima Humanidad de Jesucristo, porque es en ella donde brilla para nosotros la inmensa luz, es en ella donde aprendimos a conocer a Dios como la eterna pobreza.

    No queremos dueño, ¡no lo queremos! porque es imposible que la mente sea súbdito de nadie.

    Ustedes recuerdan la inscripción que había en Munich, en 1944, recuerdan esa inscripción trazada con tiza sobre los muros de Munich la noche de una ejecución capital en que cayeron bajo el hacha nazi las cabezas de un profesor y de tres estudiantes de la universidad. Recuerdan la inscripción tan emocionante y magnífica: “El espíritu sigue vivo! ¡El espíritu sigue vivo! ¡Justamente el espíritu sigue vivo! El hacha no puede nada contra el espíritu, ¡no puede nada! El espíritu no puede someterse, puede entregarse, puede darse, puede consentir y consintiendo deviene sí mismo, jamás puede ser sujeto ni esclavo de nada ni de nadie.

    Es una religión diferente de aquella a que estamos acostumbrados. Es un Dios totalmente nuevo, que la humanidad no había ni soñado todavía, pero del que tenía nostalgia. ¡Ah, no! ¡Nada de esclavos postrados ante un poder que puede aplastarlos! Eso es horrible, indigno, eso sería la muerte del espíritu, la negación de la dimensión humana.

    Y he aquí que Jesús hizo posible ese sueño: podemos entrar hasta el fondo en la rebelión que es la prenda de nuestra dignidad porque el “sí” en que debemos convertirnos es el “sí” de la libertad, el “sí” del amor, el “sí” de la alegría, el “sí” de la generosidad solicitada únicamente por el amor, por la pobreza que no puede poseer nada y que no puede llegar hasta nosotros sino liberándonos y para liberarnos.

    En fin, es evidente, ¿cómo podríamos, en 1961, cuando la humanidad está en marcha hacia las estrellas, cómo podríamos admitir que esta inmensa potencia técnica corresponda a un espíritu esclavo de un dios déspota? ¡Es imposible! ¡Imposible! Jesús nos liberó de esa pesadilla en la lectura apasionada que hizo del Evangelio, inscrita para siempre en la cumbre de la santidad cristiana, la adhesión liberadora al Dios incapaz de poseer nada y que nos cura, nos cura en la medida en que adherimos a Él, nos cura de toda posesión”. (Continuará)

     

  • 29/06/09 – Con Jesús, no se trata de ser esclavo sino hijo, igual en la reciprocidad del amor...

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} La inmensa revolución realizada por el Evangelio y cuya importancia no hemos todavía comenzado a entender…

    "Porque justamente la unicidad de Dios está fundada sobre una comunicación capaz de bastarse para amar, porque Dios es solo Amor, porque en Él la Vida brota bajo forma de Amor, porque en Él la toma de conciencia no es una mirada sobre sí mismo sino una mirada hacia el otro y eso es lo que constituye la personalidad divina, la relación eterna que es toda la paternidad en el Padre, toda la filiación en el Verbo, y toda la aspiración en el Espíritu.

    Eso es absolutamente esencial pues un dios propietario, un dios que se complazca en sí mismo, un dios que se celebre y pida que lo celebren, es algo impensable porque eso haría de una humanidad como la nuestra una humanidad eternamente esclava, y de esa esclavitud nos libera Jesús ya que en adelante ya no se trata de ser esclavo sino hijo, no se trata de ser esclavo sino igual en la reciprocidad del amor que quiere justamente ser un matrimonio espiritual. El "sí" del hombre es absolutamente indispensable al "sí" de Dios como el consentimiento de nuestra mente lo es para la Verdad (1) que no es sino otro nombre de Dios, consentimiento que es absolutamente indispensable para que brille la verdad en nosotros.

    ¿Qué es la verdad si no llegamos a ella? ¿Qué es la verdad si no la dejamos transparentar? Queda como muerta, como inexistente porque no tiene otro modo de proclamarse y de manifestarse sino brillando en nosotros si nos hacemos luz en Ella.

    El monoteísmo cristiano es monoteísmo abierto. Es un monoteísmo en que circulan eternamente la luz del conocimiento divino y el fuego de su amor. Es un concierto de relaciones en una dimisión infinita, en un despojamiento absoluto, en un altruismo insuperable que constituye y asume toda la vida divina. Porque Dios no tiene contacto con su ser y su acción sino comunicándolo.

    Por eso, como ya lo vimos, como ya lo vimos, como lo volvemos a descubrir cada día, la divinidad es la anti-posesión, la anti-posesión, porque Dios es Dios justamente porque no tiene nada, porque no puede tener nada, porque solo puede darse.

    Entonces puede hacer brotar la dimensión de amor, Él es justamente su fuente y su secreto, Él nos introduce en el universo que no existe todavía y que debe nacer mediante el consentimiento y la colaboración de nuestro amor.

    No es necesario retrazar aquí el itinerario de San Francisco. Ustedes saben muy bien que él fue el primero que hizo esta lectura de manera concreta, viva y apasionada, ustedes saben que él se identificó con la pobreza de Dios, ustedes saben que él quiso cantarla en todos los caminos de la tierra, que quiso comunicarla a sus discípulos como única herencia porque sabía que no hay Dios fuera de la pobreza.

    Y esa es la inmensa revolución realizada por el Evangelio, revolución cuya importancia no hemos comenzado a comprender, justamente porque hemos visto en Dios el garante de nuestra biología, la prenda de nuestras posesiones y de nuestra propiedad, el guardián de un orden que nos beneficia, admitiendo que todo va bien cuando todo va bien para nosotros, dejando fuera de consideración a todos los miserables, todos los marginales, todos los que carecen de situación humana, ignorando que en la tierra la mayor parte de los hombres son parias, incapaces de reconocer el universo tal como es, un universo que testimonia de la bondad y la belleza, de la gracia y del amor, de la paternidad de Dios.

    Pero justamente el Verdadero Dios, el Dios del nuevo nacimiento, el Dios del universo que debe brotar de nuestro amor, el Dios que se revela en Jesucristo a través de la pobreza única de su humanidad, el Dios incapaz de poseer nada, el Dios que es la anti-posesión por esencia, el Dios que nos libera también de la peor de todas las tentaciones que es la de ver en la divinidad un rival de lo nuestro". (Continuará)

     

    Nota (1): La esencia de la verdad no está en su intelectualización. Lo que nos interpela está en la esencia misma de la verdad, en un sentido solo existe si nosotros consentimos con ella. (¿Qué significaría para nosotros una verdad no percibida por ningún hombre?) Igualmente, en lo que nos concierne, Dios solo existe en la medida en que le respondemos. Es lo que ya se ha dicho, e inclusive se ha grabado, enunciando que no hay Dios que exista al exterior del hombre… ¡Quizás estamos todavía comenzando apenas a penetrar en la verdad de Zundel! Por mi parte, no he encontrado todavía otros "escritos" que le den tanta especie de resonancia particular a la verdad.

     

  • 28/06/2009 – En la relación alcanza su plenitud la existencia.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} 2ª parte de la 3ª conferencia de Mauricio Zundel en el Cairo, en marzo de 1961, en Santa María de la Paz.

    En la relación es donde alcanza su plenitud la existencia.

    Retoma: " En esos momentos, muy raros y tanto más preciosos, aparece el mundo casi desconocido, el mundo lejanamente presentido, el mundo que añoramos, el mundo al que debe introducirnos el nuevo nacimiento, el mundo que no existe todavía, el mundo que solo hemos entrevisto por fugitivo relámpago. En ese mundo es donde se sitúa el verdadero Dios".

    Continuación: "Porque Él es justamente su fuente, su espacio, su puerta, su clave. Mientras uno permanezca en el mundo de lágrimas y sangre, de violencia y crimen, de injusticia y competición, no ha llegado aun a la verdadera creación, y no puede descubrir en ella el verdadero rostro de Dios, a menos de ver en ella el Rostro Crucificado, el rostro doloroso, el rostro ensangrentado de la víctima, puesto que todo lo que Dios puede ser en ese mundo caricatural que es indigno de Él como de nosotros.

    Tenemos pues que situarnos en el verdadero mundo y para ello tenemos que crearlo, y para crearlo tenemos que crearnos, y para crearnos tenemos que dejar de mirarnos, tenemos que haber encontrado de qué maravillarnos. Porque no se puede dejar de mirarse sino cuando se hace un encuentro que solicita, que imanta todas las fuerzas de la mente y del corazón y que opera en nosotros la liberación en que aprendemos por fin quien que podemos ser y cuál es la Presencia que es la única que puede colmarnos.

    Ustedes recuerdan las palabras deliciosas de la niñita que el día de su primera comunión tradujo precisamente esa experiencia esencial en la frasecita: "Él me eclipsa". "¡Él me eclipsa!": así encontró ella a Dios como alguien que la eclipsa, que la libera de ella misma, que la dispensa de mirarse, que la colma, porque finalmente puede olvidarse por entero en el impulso en que se da.

    Y esa es precisamente la firma de Dios en todos los que hacen el encuentro auténtico: los eclipsa, los hace transparentes y eclipsándolos, eclipsa sus límites, eclipsa sus determinismos, eclipsa todas sus esclavitudes, hace de ellos, en una transparencia que podemos sentir inmediatamente, hace de ellos un espacio ilimitado.

    Y en ese espacio ilimitado es donde descubrimos, donde presentimos, donde encontramos la verdad que brilló súbitamente en la mente de Rimbaud: "Yo es otro", "¡Yo es Otro!" es decir que en la relación es donde alcanza su plenitud la existencia.

    Como para hacer música se necesitan dos notas, y para constituir un mobiliario se necesitan varios muebles, como se necesita un concierto de relaciones para hacer música y para constituir la ciencia, y para engendrar el amor, aprendemos que la cumbre de la existencia está en una relación, en una referencia a otro, que uno llega a ser uno mismo cuando deja de gravitar alrededor de sí mismo, cuando es promovido a otro nivel y llega de repente a la existencia que es puro surgimiento de generosidad.

    Porque así es como la persona se constituye como resonancia eterna, así es como llegamos a ser origen, así llegamos a ser fuente de nuestras acciones, responsables de nuestra conducta, y creándonos a nosotros mismos en ese estado de don, promovemos todo el universo a una nueva dimensión que hace de toda realidad un símbolo, un signo y un sacramento.

    Pero vemos en seguida que aparece Dios, el Dios del universo interior, el Dios al que Jesucristo quiere llevarnos, el Dios cuyo secreto nos comunica, el Dios que justamente él nos enseña a conocer como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y si nos enseña a conocerlo, es porque él lo vive de manera única, es porque Él mismo no puede gravitar alrededor de sí mismo, es porque Su humanidad es puro sacramento, es porque es pura transparencia, es porque ella es pobreza esencial, porque puede testimoniar de lo que hay que llamar la pobreza de Dios.

    Y ahí justamente obtenemos la respuesta definitiva, la respuesta a nuestra espera, la respuesta a nuestra angustia, la respuesta a nuestro llamado, la respuesta a nuestra rebelión, ya que no podíamos aceptar este mundo de lágrimas y sangre, de crímenes y rivalidades, como el mundo creado por un Dios que merezca el nombre. Ahí es donde vamos a obtener la respuesta, en esa revelación, en esa confidencia ardiente, en esta verdad apasionante, incomparable, en que entramos por fin en el corazón de la divinidad porque la descubrimos como eterna comunicación.

    No hay que olvidar jamás que el monoteísmo cristiano es un monoteísmo abierto, abierto, no cerrado, un monoteísmo abierto en que justamente Dios, aunque es único no es solitario. Y no hay que olvidar jamás que único no quiere decir solitario, único quiere decir justamente lo contrario, porque un Dios solitario nos parece impensable.

    ¿Qué haría sino tornar en torno a sí mismo y existir en forma de egocentrismo infinito? Imposible concebirlo bajo esta forma ya que eso sería rehusarle la capacidad de amar, porque un Dios que solo se ama a sí mismo, que torna en torno de sí mismo en una soledad infinita, no podríamos reconocer en Él al que encontramos en todos los místicos, al que pone su firma en todos los genios, en todos los héroes, en todos los santos, la firma de la humildad, del eclipsamiento y del don total. Pues ¿a quién se daría si no hay nadie?

    Si Dios debiera esperar el mundo para amar, el mundo sería necesario a Dios como Dios es necesario al mundo, es decir que estaría exactamente en la misma situación que nosotros, incapaz de bastarse para amar, incapaz de ser el amor-fuente, el amor eterno, el amor que no es sino amor. Y ahí es justamente donde Jesús nos libera de esa pasadilla, porque en esa unidad y unicidad de Dios, va a descubrirnos el secreto del altruismo eterno".

    (Continuará)

    Comienzo del creo de mañana:

    "Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Él no creó el mundo en su estado actual, estropeado por el pecado del hombre y convertido en un mundo de lágrimas y sangre. Creo en Jesucristo, el Hijo único, que se hizo hombre para revelarnos el mundo querido por Dios, un mundo que no existe todavía y que el hombre puede hacer existir. Vino a proclamar la inocencia infinita de un Dios que sufre el mal hasta hacerse su primera víctima".

     

  • 27/06/09 – La Humanidad ha hecho de Dios ordinariamente una explicación del mundo tal como es, suponiendo que es el mundo querido por Dios!...

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} 1ª parte de la 3ª conferencia de M. Zundel en marzo de 1961 en Santa María de la Paz. Miércoles santo.

    ¿Cuál es la verdadera dificultad de tantas mentes para reconocer a Dios? Es que hicimos de Dios una explicación del mundo tal como es, suponiendo que así es como Dios lo quiere y como Dios lo conduce, y que por consiguiente Dios es responsable.

    El mundo tal como es no es lo que Dios quería. El Dios de Jesucristo nos llama a crear un mundo que no existe todavía y en el cual no podemos entrar, para crearlo, sino mediante el segundo nacimiento. En ese mundo es donde se sitúa el verdadero Dios.

    "Como hemos visto, Jesús nos lleva, Jesús nos lleva al hombre. Así nos libera de todos los ídolos que mantenemos en nosotros sin saberlo ni quererlo porque bajo el nombre de Dios ponemos la mayor parte del tiempo la ignorancia, los límites y parcialidades nuestros.

    Entonces, ¿cuál es la verdadera dificultad que se plantea hoy a tantas mentes para el reconocimiento de un Dios? Es que hicimos de Dios generalmente – y la humanidad lo ha hecho siempre – una explicación del mundo tal como es, suponiendo que el mundo tal como es, es el mundo que Dios quiere, conducido por Él, y cuya responsabilidad tiene Él.

    Justamente, Jesús nos conduce al encuentro de un Dios que es la clave de un mundo que no existe todavía. Y quizás es ahí precisamente donde los debates se sitúan con mayor claridad: Si Dios es la explicación de un mundo de lágrimas y sangre, de un mundo de torturas e injusticias, entonces Él participa necesariamente en todos los horrores e injusticias. Pero el Dios que se revela en Jesucristo, es el grito de la inocencia infinita de un Dios que sufre el mal y que es su primera víctima, de un Dios que nos invita a crear otro mundo que este, un mundo que no existe todavía, un mundo cuya dimensión será humana, o por lo menos sería humana si nosotros cumpliéramos con nuestra vocación, un mundo en que el espíritu podría afirmarse, un mundo del que el amor sería la ley, un mundo en que la dignidad de cada uno sería realmente inviolable.

    Y de eso tenemos la prueba, la prueba de que es ese mundo del que Jesucristo quiere hablarnos, de que ese mundo es al que quiere introducirnos, la prueba la tenemos en las palabras dichas a Nicodemo.

    Nicodemo, el Doctor, Nicodemo que se ha inclinado tanto sobre las Escrituras, Nicodemo inquieto, Nicodemo ansioso por obtener el conocimiento de los secretos del Reino, Nicodemo prudente que viene a encontrarlo durante la noche, que Lo trata con respeto, que lo interroga con humildad, que Lo cumplimenta por Su acción en que está de acuerdo con ver en ella una manifestación de la Presencia Divina, se inclina ante Jesús, pero Jesús le corta su reverencia en dos y le dice simplemente, poniendo el debate donde se debe: "Nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo" (Juan, 3,3).

    Hay pues que nacer de nuevo, hay que nacer de arriba. El primer nacimiento no basta, es un nacimiento que debe tanto a la biología, que está enraizado en la especie y que, a través de la especie, está enraizado en el universo animal, y más profundamente todavía, en el universo físico-químico. ¡No es mediante ese nacimiento como llegará el hombre a sí mismo! El hombre tiene que nacer de nuevo, nacer de arriba, y cuando haya nacido de nuevo se conocerá a sí mismo y conocerá a Dios, como sucede que descubramos a través de un rostro, hasta ahora desconocido, el secreto de un alma cercana a la nuestra.

    Y sabemos bien que, fuera del conocimiento por intimidad, fuera del conocimiento por identificación, fuera del conocimiento por intercambio que supera toda palabra, no existe conocimiento del hombre.

    Ustedes saben muy bien, ustedes que son padres, ustedes que son madres sobre todo, ustedes saben qué difícil es llegar al secreto de un hijo, qué inaccesible se vuelve ese secreto a medida que el hijo crece, y que hay que esperar las horas privilegiadas, las horas estrelladas, las horas tan raras como preciosas en que la comunicación se hace de repente por el interior, en que las almas circulan la una en la otra, el alma del hijo y el alma de la madre, porque juntos respiran la misma presencia Divina.

    En esos momentos, muy raros y tanto más preciosos, aparece el mundo casi desconocido, el mundo lejanamente presentido, el mundo del que tenemos nostalgia, el mundo al que debe introducirnos el nuevo nacimiento, el mundo que no existe todavía, el mundo que solo hemos entrevisto por fugitivo relámpago. En ese mundo es donde se sitúa el verdadero Dios".

     

     

  • 26/06/09 - ¡Cuando el mundo es más bello, entonces ahí está Dios!...

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Final de la 2ª conferencia de Santa María de la Paz, en marzo de 1961.

    "OH vida, decía Nietzsche, ¡OH vida! ¡En tus ojos hundí mi mirada y me pareció penetrar en un abismo!

    "Sentimos que aquí, en la admiración, estamos en plena vida, ¡en plena vida! Y ahí es donde Jesús quería llevarnos: "Yo vine para tengan vida y que su vida sea desbordante".

    "Oh vida, decía Nietzsche, ¡Oh vida, en tus ojos hundí la mirada y me pareció penetrar en un abismo!" Eso es justamente lo que quiere el Señor. No se trata de restringir o de limitar la vida, ¡se trata de que tome todas sus dimensiones! Y el verdadero cristiano no es el que se humilla sintiéndose en perpetua mendicidad sino el que no mirándose ya por estar perdido en la eterna belleza, solo piensa, como Francisco, en cantar, en cantar la tierra, en cantar el sol, en cantar la luz, en cantar las estrellas, en cantar los colores, en cantar las flores, porque el mundo se ha hecho infinito, aparece como el don de una ternura incomparable que se intercambia con nosotros, porque en adelante ya no estamos fuera de casa, hemos encontrado por fin el hogar, y en el hogar, el Corazón que late en el nuestro, el Corazón que es el Dios Vivo, el Corazón del primer amor que es también el origen y la fuente, y las prendas y el faro de nuestra grandeza y libertad (1).

    Grabemos pues en la mente el itinerario de San Agustín, conservemos como polos de luz estas dos palabras tan sencillas: afuera, adentro. "¡Tú estabas adentro y yo, afuera! ¡Tú estabas siempre conmigo pero yo no estaba contigo!".

    Y conservemos el criterio de la Presencia Divina, es el único criterio: cuando uno es libre, cuando ya no se mira, cuando no ronda alrededor de sí mismo, cuando uno se desenreda consigo mismo, cuando no desea forzar a nadie ni a sí mismo, cuando uno es un espacio donde respira la vida en sí mismo y alrededor, cuando el mundo es más bello, entonces ahí está Dios, está pasando, todo vuelve a su origen y se pone a cantar.

    Hay una inmensa poesía en el libro que justamente Agustín llamaba – hablando del Verbo – la eterna poesía del Padre, ¡la eterna poesía del Padre! Sí, esa poesía viva y vivificante que transforma, que hace de toda realidad un símbolo y sacramento porque ¡el verdadero mundo no existe todavía! El mundo eterno todavía no existe, a no ser como esperanza, como llamado, como un signo incomparable en la inmensa procesión de las obras de arte.

    Pero finalmente toda esa procesión va hacia un santuario interior en nosotros, hacia el tabernáculo en que debemos convertirnos, pues "¿no sabéis, clama el apóstol, que vuestros cuerpos son templos de Dios y que el Espíritu habita en vosotros? ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Jesucristo?"

    Dejemos un poco de espacio alrededor del inmenso poema de la Creación que vuelve a su origen, dejemos un poco de espacio para que el poema se organice en nosotros y llegue a ser realmente el cántico de nuestra vida.

    ¿Porqué seguir haciendo daño a la vida? ¿Porque jugar el juego de la muerte? ¿Porqué entregarse a la aterosclerosis de la mente y del corazón, que transforma a tantos seres en viejos precoces? ¿Porqué no ir hacia el Dios de la eterna juventud y de la eterna belleza? ¿Porqué no dar a la existencia todas las dimensiones, puesto que el Evangelio nos muestra su inmensidad, puesto que Dios nos está esperando en el corazón de nuestra intimidad, puesto que la gloria de Dios es que nuestra vida sea inmensa, y por fin, puesto que Jesús vino para que tengamos vida, y vida desbordante?

    (Fin de la 2ª conferencia)

     

    (1) Ante todo, ¡no se trata de pensar que solo los "poetas" se salvan! Lo que es cierto es que en la eternidad todos seremos poetas, creadores, aunque aparentemente no lo seamos aquí en esta vida. Nietzsche, el arcángel de la negación, también conoció momentos de admiración fulgurante ante la vida.

     

  • 25/06/09 – Dios es nuestra libertad porque nos desaliena de nosotros mismos.

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    2ª parte de la 2ª conferencia de Santa María de la Pas, el martes santo, en marzo de 1961.

    "Es vano pues preguntarse porqué los muertos no vuelven. Eso no quiere decir nada porque en el mundo del espíritu, el conocimiento es nacimiento, supone intimidad, comunicación, identificación y existe tanta nada en las conversaciones que ocupan la mayor parte de nuestros días, hay tanta nada, tanta ausencia, que es imposible que a través de las palabras, de las palabras que vienen solas, de las palabras pasionales, de las palabras que son solo expresión de todos nuestros límites y por tanto de todas nuestras esclavitudes, hay tanta nada en todo eso que el rostro humano no puede revelarse en ellas.

    Y de hecho hay seres que parecen enmascarados en un grado increíble, parece que lo único que hacen es ocultar su verdadero ser! Parece que solo piensan en camuflarse porque no tienen confianza, no confían en la mirada de los demás.

    Y sucede a veces que de repente uno de esos rostros se manifiesta, la máscara se desgarra y detrás de sus apariencias, detrás de sus artificios, uno descubre por fin la autenticidad desgarradora de un alma, de una vida, de una mente, de un corazón, en fin de una existencia en que la dimensión humana surge por fin en la angustia, en la soledad, en el llamado, en la noche. Por fin uno la siente, ahí está y de repente descubrimos en esa inmensa ausencia la presencia que casi la había colmado y, en ese "de profundis", como en el de Oscar Wilde escrito en prisión, encontramos por fin la Presencia única que es la Vida de nuestra vida.

    Se trata pues de vencer la muerte, de vencerla hoy: el Cielo no está allá arriba, está aquí. El más allá no está detrás de las nubes, sino dentro de nosotros. El más allá está adentro y el Cielo está aquí ahora, porque hoy es cuando la vida debe hacerse eterna, hoy estamos llamados a vencer la muerte, hoy tenemos que devenir fuente y origen, hoy tenemos que recoger toda la historia para que a través de nosotros comience de nuevo, hoy tenemos que dar a toda realidad una dimensión humana para que el mundo sea habitable, para que sea digno de nosotros y digno de Dios.

    Pero el testimonio de Agustín va más lejos. "Tú estabas dentro, y yo estaba afuera. Tú estabas siempre conmigo pero yo no estaba contigo". El testimonio significa, y eso tiene consecuencias infinitas, el testimonio significa que Dios es nuestra libertad (porque nos desaliena de nosotros mismos), justamente porque mientras no lo hayamos encontrado estamos alienados, alienados de nosotros mismos, somos extranjeros para nosotros mismos, estamos fuera de nosotros, somos incapaces de llegar hasta nosotros, esclavos por lo mismo de nuestra biología, porque hay tantas esclavitudes de fuerzas físico-químicas y las corrientes del psiquismo animal que se prolongan en nosotros.

    Pero cuando el hombre llega a su interior, cuando reconoce inmediatamente la Presencia que es clave de su intimidad, comprende en seguida que ese es el sello de Dios. No se puede alcanzar a Dios por el exterior, Dios no puede forzarnos, Dios no puede imponernos nada porque justamente el signo de su paso, la firma de su acción, la prenda infalible de su presencia, es que pasamos de afuera, es que pasamos de afuera a dentro.

    ¿Que es ese adentro sino una autonomía inviolable? ¿Cuál es el gozo del amor de la verdad, de la verdad que es tan rara y tanto más preciosa, cuál es el gozo del verdadero amor, sino justamente el ser encuentro interior, tan delicado, tan respetuoso, tan de rodillas, tan silencioso que ninguna obligación sea imaginable ya que, cuando la obligación entra en el amor, el amor es devastado?

    El amor respira en la libertad. El amor es autonomía inviolable. El amor es un secreto que no puede vivir sino por vía de identificación: hay que hacerse otro para llegar a sí mismo, hay que eclipsarse, salir de sí mismo, ampliarse, hacerse inmenso, hacerse para él espacio ilimitado, por fin, hay que llevarle la presencia infinita en que pueda ser él, en que respire a pleno pulmón, en que pueda quitarse la máscara y revelar su verdadero rostro.

    El interior o la autonomía, el interior o la inviolabilidad, el interior o la espontaneidad, el interior o la libertad absoluta, todo eso es lo mismo. Y justamente Agustín nos lo dice en los términos más formales: Dios está en el interior, nosotros estamos afuera, y cuando cesamos de estar afuera es porque a través de Él, en Él, imantados por Él, liberados por Él, "intensificados" por Él, en ese momento nos hemos hecho intimidad inviolable.

    ¿Cómo podría Dios interferir con nuestra libertad? ¿Cómo podría predestinarnos para algo? ¿Cómo podría decidir de nuestra suerte si el verdadero Dios, el único que sea cognoscible, el único que se nos revela en el corazón de la intimidad, el único que haya decidido de la conversión de Agustín y que le haya dictado esas palabras eternas, el único Dios cognoscible es justamente El que sella nuestra intimidad y consagra su dignidad y la hace eternamente inviolable.

    Es pues todo lo contrario de lo que se podía imaginar. ¿Está alienado el hombre? Sí, está alienado de sí mismo mientras no sea sino biología que se deja llevar por fuerzas ciegas que actúan en el universo. En efecto, está fundamentalmente alienado, es solo candidato a su humanidad, posibilidad de humanidad, todavía no es hombre, lo será solo y en la medida en que bajo la imantación de la Presencia que no cesa de velar dentro de nosotros, solo será hombre en la medida en que, respondiendo a esa imantación, se haga por fin intimidad en que nadie pueda penetrar sin su consentimiento, intimidad que será tan bien defendida que Dios permanecerá arrodillado, arrodillado ante ella en el lavatorio de los pies porque no puede forzarla, solo puede invitarla, sólo puede entablar con ella un diálogo de reciprocidad, el diálogo de generosidad, en fin el diálogo nupcial que han cantado todos los místicos, el diálogo de amor de que habla el Apóstol cuando dice: "Os he desposado con un esposo único para presentaros a Cristo como una virgen pura".

    Es pues perfectamente claro que al encontrar a Dios no encontramos un dueño, un poder despótico, una dominación, una prohibición, un límite sino, al contrario, al encontrarlo nos encontramos, al encontrarlo accedemos a nuestra intimidad, al encontrarlo sellamos nuestra dignidad, al encontrarlo descubrimos nuestra libertad.

    La inmensa mayoría de los hombres no lo saben, la inmensa mayoría de los creyentes no lo saben porque justamente ¡en su inmensa mayoría, los creyentes están aun orientados hacia un falso Dios, un Dios exterior, un Dios en el espacio atmosférico, un Dios que obliga, un Dios que limita, un Dios que amenaza, un Dios que aterroriza, un Dios que mata! Mientras que Agustín lo encontraba como la Vida, la Vida de la vida, ¡la Vida de su vida!

    Tenemos pues que deshacernos de esta idolatría tan frecuente entre nosotros y en la cual recaemos cuando cesamos de escuchar, cuando cesamos de maravillarnos. ¡Dios es cuando uno se maravilla! Dios, podríamos decir, es cuando uno se maravilla. Dios es cuando uno se maravilla. ¡Dios es cuando de repente uno descubre el rostro de la belleza! ¡Dios es cuando uno percibe un valor infinito! ¡Dios es cuando resuena la música de la eternidad! Dios es cuando el hombre ya no se ve porque no es sino mirada hacia la Presencia que lo llama, lo imanta, lo orienta, lo libera al colmarlo.

    Y eso es todo: se trata de recrear todas las ocasiones de maravillarse que han suscitado la inmensa procesión de las obras de arte. En la medida en que estemos centrados sobre la belleza siempre desconocida y siempre reconocida, en la medida en que salgamos de nosotros sin pensarlo y accedamos de nuevo a nosotros mismos pasando de afuera a dentro y respondamos a la espera eterna de Dios que está ahí desde siempre, aunque nosotros estemos tanto tiempo distraídos, ausentes y desatentos". (Continuará).

     

  • 24/06/09 – El itinerario de Agustín: en Dios el hombre se convierte en un centro donde la vida entera vuelve a tener significado.

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    Oración:

    "¡Jesucristo! ¡Humanidad infinitamente santa de Jesucristo, realmente presente en el corazón de todo hombre! ¡Jesucristo, presente siempre, realmente presente en mi corazón desde el primer instante de mi existencia! ¡Enséñanos, enséñame a convertirme en silencio para escuchar tu verdad! ¡Que la deje transparentar! ¡Que lleve y difunda sin cesar su luz y su vida!"

    1ª parte de la 2ª conferencia de Zundel en el Cairo, en Santa María de la Paz, en marzo, 1961.

    Ese es el itinerario de sí mismo a sí mismo, y no hay otro.

    "San Agustín, como ustedes saben, escribió sus Confesiones alrededor del año 399-400 y en ellas, en el Libro 10, hay una revelación particularmente emocionante de su itinerario que ustedes conocen bien: "¡Demasiado tarde, demasiado tarde te amé, Belleza siempre antigua y siempre nueva! Demasiado tarde te amé, y sin embargo tú estabas dentro de mí, pero yo estaba afuera, donde te buscaba corriendo sin belleza hacia las bellezas que sin ti no existirían. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo".

    Es imposible resaltar mejor el evangelio interior que comenzábamos a descubrir anoche. Para Agustín se trata de un itinerario de sí mismo hacia sí mismo: él estaba afuera y de repente se encuentra adentro, estaba afuera de sí mismo, y de repente se encuentra en su interior habiendo encontrado dentro de sí a Alguien, encontró una Presencia que lo hacía presente a sí mismo. La clave de su intimidad es justamente esa Presencia que él no conocía, o que no reconocía, porque estaba afuera de sí mismo como estaba extranjero a esa Presencia.

    Y al mismo tiempo, en el mismo instante, en el mismo relámpago, en la misma liberación, en el mismo gozo, descubre a la vez su propia intimidad y la clave de su intimidad en la Presencia misma. Se da cuenta de esa Presencia inmediatamente reconocida, de la Presencia que siempre estaba presente: Dios estaba siempre ahí, pero él estaba ausente. Y justamente en su simplicidad, las palabras de Agustín: afuera, adentro, estas palabras nos impiden equivocarnos. Sabemos que ése es el itinerario, no hay otro.

    En el fondo, si no encontramos a Dios es porque todavía no nos hemos encontrado a nosotros, es porque estamos alienados de nosotros mismos. Alienados, la palabra que tuvo tanto éxito en el marxismo: estar alienado. ¡Claro, todos lo estamos! Estamos alienados desde el comienzo, lo estamos desde el nacimiento, lo estamos toda la vida mientras no hayamos encontrado lo que Agustín llamaba justamente "Vita vitae", la Vida, la Vida de nuestra vida.

    Es imposible hacer más sensible la alegría del encuentro con Dios que la oposición entre el afuera y el adentro porque así es claro que Dios es verdaderamente la clave de nuestra intimidad. No podemos acceder a nosotros mismos sino a través de Él, Él es el espacio de luz en que toma sentido nuestra dignidad, en que Él aparece como bien común, como centro universal, como fuente, como origen, como valor infinito.

    Pero si el encuentro con Dios es la condición del acceso mismo a nosotros, es imposible conocernos sin conocerlo, si es imposible que lo conozcamos sin acceder hasta Él, que es la Vida de nuestra vida, es que antes estábamos muertos, ¡es lo mismo estar muerto y estar afuera de sí mismo! Por eso no tiene sentido preguntarse si hay otra cosa después de la muerte, si hay vida después de la muerte.

    ¡La cuestión no es de estar vivo después de morir, sino de estar vivo antes de la muerte, antes de la muerte! Pues justamente el sentido de la existencia y la invitación del Evangelio es vencer la muerte, vencer la muerte que hace de nosotros un apéndice de la biología, que hace de nosotros un simple resultado de las fuerzas físico-químicas y orgánicas que se cruzaron en el momento de la concepción.

    En el orden biológico, nuestra existencia no difiere de la de los animales. Estamos puestos en el universo como ellos, como ellos, somos una rama de una misma evolución y mientras seamos ese resultado, o esa resultante, no existimos y, si nos dejamos llevar por la biología ya estamos muertos, porque no hay razón de reivindicar cualquier duración para nuestra biología. ¿Porqué nuestra biología sería más sagrada que la de un insecto o la de un chacal?

    Es claro que la inmortalidad no tiene sentido si no es la eternización de nuestra vida de hoy.  Estar afuera o estar muerto, estar afuera o estar muerto, es lo mismo, es lo mismo dejarse llevar por la biología o estar muerto.

    ¡Por eso, la inmensa mayoría de los hombres ya están muertos! Ya están muertos porque no han vencido la muerte, ya están muertos porque están abandonados a las fuerzas ciegas que actúan en el universo, ya están muertos porque jamás se han encontrado a sí mismos, ya están muertos porque no han tenido acceso a la Vida de su vida, ya están muertos porque no han entrado en comunión con la Presencia que es el corazón y la clave de nuestra intimidad, ya están muertos porque no se han hecho fuente y origen, porque no han creado nada, porque el hombre no es hombre sino en el momento en que se hace creador de sí mismo y del universo, ofreciendo a Dios la cuna viva de un corazón transparente a Su Luz.

    La verdadera nada para el hombre es la ausencia de la dimensión humana que constituye nuestra dignidad. ¡Donde falta la dimensión humana es realmente la nada para el hombre! Y al contrario, donde brota la vida como de su fuente, cuando la vida se convierte en diálogo de amor, cuando la vida triunfa justamente sobre todas las fuerzas ciegas que hacen de nosotros simples pedazos del universo, entonces la vida se hace eterna, se hace centro donde se recoge, se condensa, se recapitula toda la historia, y vuelve a comenzar.

    Porque cada mirada, cada mirada, como observó magníficamente Rilke, cada mirada de un niño que nace, es el nacimiento de un nuevo universo, al menos es la posibilidad de un tal nacimiento, de un universo desconocido todavía que tomará en esa mirada una nueva perspectiva, y se convertirá en ese corazón en ofrenda y oblación nueva, y que será un nuevo comienzo por medio de esa vida convertida en fuente y origen.

    "Tú estabas dentro y yo afuera. ¡Tú estabas siempre conmigo pero yo no estaba contigo!… Y cuando se realiza la unión, cuando se establece la comunicación y Dios se convierte en la respiración de todo el ser, entonces la vida se hace eterna y el hombre transformado en fuente y origen lleva el universo, ¡lleva el universo!, lleva el universo en la única dimensión que lo hace accesible a la inteligencia, lleva el universo justamente bajo el aspecto en que el universo concierne el espíritu, alimenta la búsqueda del sabio, da al artista motivo de contemplación inagotable.

    Y de hecho todas las obras maestras, ya sean las admirables figuras de Abu Simbel, ya las cabezas modeladas hace 3000 años por el arte sumerio, ya los templos indochinos, mejicanos o griegos, ya una aguada o un agua-fuerte japonesa, ya sean las catedrales romanas o góticas, ya las pinturas de ayer o de hoy, todas las obras maestras finalmente nos emocionan porque de una a otra hacemos el mismo encuentro, están centradas en la misma Presencia y delante de todas, plásticas, pictóricas o sonoras, delante de todas las obras maestras tenemos el mismo movimiento de admiración porque reconocemos en ellas la misma Presencia sugerida bajo mil aspectos diferentes, entonces reconocemos el momento en que de repente el artista se extasió, fue colmado, fue liberado de sí mismo, se sintió en contacto con una fuente infinita y pudo imprimir en la materia el recuerdo, y la emoción, y la alegría, y el espacio, y la duración eterna de ese instante.

    Y si la humanidad se preocupa tanto por conservar las obras maestras heredadas del pasado más lejano, si eso es en efecto lo que más la honra, es justamente porque cada obra maestra es, a su manera, sacramento visible, sensible, de ese encuentro único, porque todas las obras de arte van en procesión hacia la misma belleza, porque se organizan todas alrededor del mismo centro, porque respiran en la misma Presencia, y nos comunican el mismo gozo y el mismo amor.

    Y si las obras de arte son tan venerables, si son sagradas porque llevan la huella del momento único en que el artista se superó en la contemplación, en que se perdió de vista en el diálogo que es la Vida de nuestra vida, con mayor razón el hombre mismo, el hombre mismo cuando vive, cuando vive de esa belleza, cuando vive de esa armonía, cuando se hace todo entero música, con mayor razón es un  centro, un centro eterno.

    Justamente en Dios, el hombre, de la circunferencia donde se perdía, donde se agotaba, en Dios el hombre está unido al centro y deviene centro donde se organiza toda la historia, donde la vida recobra significación, donde toda realidad transparenta a través de un rostro. El mundo deviene rostro, el mundo se hace alguien, el mundo deja de ser cosa, deja de ser obstáculo, deja de ser opacidad, deja de ser rechazo y condenación del espíritu. Y se vuelve legible para la mente, se convierte en el inmenso libro en que San Buenaventura quería leer la Trinidad, deja de estar afuera, y se vuelve realidad interior porque justamente en adelante hay apertura, existe un lazo, una comunicación, una relación establecida entre todas las cosas, y toda cosa es referencia a la misma Presencia, toda cosa indica el mismo Rostro y nos reconduce a la misma fuente". (Continuará)

     

     

  • 23/06/09. ¿Quién escucha la verdad haciéndose silencio? Queremos simplemente ser hombre.

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    Final de la 1ª conferencia de semana santa pronunciada en Santa María de la Paz, el Cairo, en marzo de 1961.

    Perspectiva en que deseamos comenzar esta semana… El verdadero Dios está dentro de nosotros 

    "La verdad, es fácil pisotearla, desfigurarla, apropiársela, para hacer de ella un monstruoso monopolio que permita condenar en completa seguridad. ¿Condenar a quién? ¡Justamente al Hijo del hombre e Hijo de Dios!

    Estamos ya en el centro de la Pasión, ahí es donde se realiza justamente, en el desconocimiento del reino interior del hombre. ¡Querían ver un templo inmenso cuya hermosura impresionara las miradas del peregrino! Querían circular en galerías con asientos formidables, querían el esplendor de un culto exterior que finalmente no compromete a nada, querían el monopolio, querían la certeza en papel que permitiera pasar tranquilamente al lado del herido sin verlo. Querían las garantías, las prendas que santifiquen por medio de objetos, sin necesidad de conversión ni de transformación.

    Y ahí tenemos religión, la religión trágica, la religión del Hijo del hombre, la religión de la Cruz, la religión de la derrota, la religión de la fragilidad, la religión de la inocencia condenada, desconocida, pisoteada. ¿Y porqué extrañarse? ¡Era tan cómodo tener un Dios útil para todo, un Dios cuyos hombros pudieran cargar con todas las cargas de la historia, un Dios que interviniera cuando fuere necesario, un Dios que metiera las manos, que metiera los dedos en la mecánica del mundo, un Dios al que le pudiéramos pedir ayuda cuando no supiéramos resolver un problema, y que pudiéamos olvidar cuando la vida es próspera, engordando cuando el animal humano ya no se sintiera herido, obligado a descubrir  y reconocer su dignidad!

    Y ahora sabemos, o al menos comenzamos a sospechar, que el verdadero Dios, está ahí, está dentro de nosotros, que está en nuestras manos como la verdad en las manos de los sabios, como la música en las de los músicos, como el amor en el corazón del hombre.

    ¿Y entonces, qué va a hacer la verdad? ¿Qué les va a hacer a los sabios que la torturan y pierden contacto con la ciencia porque no es la ciencia lo que buscan sino el éxito, el dinero, el prestigio, estar al servicio de una causa impura en cuyos esclavos se han convertido? ¿Qué podrá hacer la verdad? ¡Nada, nada! Está indefensa, ahí queda, siempre ofrecida, ¿pero quién la escucha haciéndose silencio? ¿Quién la escucha? ¿Quién la deja transparentar? ¿Quién la escucha y quién lleva su brillo y su vida?

    Para nosotros no hay otro Dios que ése, el Dios que canta san Juan en el Prólogo de su Evangelio, el Dios que es, que era y que será, que está ahí siempre, el Dios que brilla en las tinieblas, el Dios que nos espera, el Dios que está en el mundo, el Dios desconocido, el Dios ignorado, el Dios que viene, que golpea a la puerta, el Dios que rechazamos, el Dios que no es aceptado, el Dios continuamente rechazado, el Dios en cuyo lugar no cesamos de levantar el ídolo de un falso dios conforme a nosotros, conforme al animal y que nos dispensa de ser, que nos dispensa de escuchar, que nos dispensa de hacer el inmenso itinerario de nosotros a nosotros mismos, que nos dispensa de descubrir la exigencia fundamental, inexorable, la exigencia creadora que quiere hacer de cada uno de nosotros el comienzo y el origen de un mundo que no existe todavía pero que puede existir, que no cesa de surgir y de crecer cada vez que un alma, un alma desconocida, silenciosa, escondida, y que es totalmente "sí", da su consentimiento, se deja atravesar por la luz de la fuente y lleva en su mirada la luz infinita del eterno Amor.

    Comencemos pues esta semana* en esta perspectiva, ubiquémonos en esta perspectiva pensando en todos los hombres, pensando en todos los rebeldes que están con frecuencia más cerca, más cerca del Evangelio del Dios Vivo, pensando en todos los ateos que se creen tales porque rechazaron el ídolo en que con tanta frecuencia transforman a Dios los creyentes! Pensemos en todos, escuchemos los llamados de todos para tratar de ser respuesta para todos.

    ¡Ah! No seamos una secta, no seamos un pueblo escogido, seamos hombres, hombres simplemente, hombres por fin de la humanidad con que Jesús se identifica, de la humanidad herida en el hombre que yace en el camino de la humanidad ignorada en la niñita que hiela en el jardín de Moscú, hombres como lo sintieron de repente todos los que quisieron que Chessman no muriera, que quisieron que se salvara esa posibilidad, que el hombre no dispusiera del hombre porque hay en el hombre más que el hombre, porque el verdadero hombre es más que él mismo, porque en nosotros está el santuario eterno, porque solo podemos acercarnos a nosotros mismos sobre la punta de los pies, porque justamente estamos encargados todos y cada uno del reino de Dios en lo más íntimo nuestro, del reino de la Verdad, del reino de la Belleza, del reino del Amor, del reino del nuevo nacimiento, porque es dentro de nosotros donde todo se va a realizar, porque es ahí donde va a brillar la única esperanza, porque Dios nos está esperando, porque la Verdad necesita de nosotros, porque va a morir si no vivimos de ella.

    Y al comienzo de esta semana santa, aprendemos de nuevo que el proceso de la divinidad está en curso, que nos toca pronunciar el juicio, que nosotros, solo nosotros, pronunciamos la condena y podemos pronunciar ahora su inocencia, que podemos revisar el proceso ahora, que podemos reconocer su inocencia, que podemos descubrir hoy en el silencio nuestro los rasgos del Rostro impreso en nuestros corazones, que podemos escuchar hoy el llamado de la música silenciosa, y que hoy puede comenzar todo.

    Esa es la locura a la que nos invita Jesús, la locura a la que nos invita Jesús, ¡ese es el Dios Vivo! ¡No hay otro!

    Pongámonos pues ante el santuario interior, escuchemos. Sí, pidamos a Dios esta gracia suprema: escondámonos en el silencio, recojámonos en lo más secreto nuestro, y oiremos, oiremos siempre, porque si escuchamos a fondo sabremos que esta historia es una historia eterna, que nos agarra hoy en las entrañas porque justamente eso es lo que decide de todo, del hombre y de lo que él será, de qué Dios, y por lo mismo de cómo se revelará, de lo que es el universo y de lo que quiere significar si lo abordamos no como una veta que podemos explotar sino como un paisaje a contemplar, como una verdad a descubrir, como un pensamiento a meditar, como una Presencia a acoger.

    Así será siempre: todo está en nuestras manos. No busquemos a los responsables en otra parte. Los únicos responsables, finalmente, somos nosotros, porque todo ha sido dado a cada uno de nosotros, y cada uno lleva en el corazón al Dios Vivo, el Dios que jamás se impone pero siempre se propone y que, al comienzo de esta semana santa nos invita a revivir Su eterna peregrinación, a abrir la puerta pues está tocando esta noche: "Estoy tocando a la puerta. Si alguno me abre, entraré y me sentaré con él a la mesa y cenaré con él, y él conmigo" (Fin de la conferencia).

     

    * Esta será la perspectiva del retiro de Timadeuc en septiembre próximo.

     

  • 22/06/09. El Evangelio de Jesucristo somos nosotros...

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    2ª parte de la 1ª conferencia de semana santa predicada en Santa María de la Paz, el Cairo, en marzo de 1961.

    Se trata de arrojarnos hoy en el corazón de la humanidad...

    "Tomemos pues el testimonio, el testimonio más irrecusable, el de la rebelión, tomémoslo primero, si ustedes permiten, bajo la forma que le dio Sartre, del bastardo que rehúsa ser identificado con su carácter de bastardo en "El Diablo y el buen Dios", del bastardo que no quiere que lo confundan con su piel, del bastardo que pone el mundo a sangre y fuego más bien que aceptar el ultraje, porque sabe, siente, que él no es su piel, sabe que no es su carácter de bastardo, sabe que hay en él ¿qué?, una dignidad, una dignidad que él no conoce pero que reconoce tan pronto como los demás la pisotean y la rechazan. Eso es justamente lo irrecusable.

    En la rebelión del hombre o del pueblo que no quiere dejarse pisotear porque siente que hay en él una fuente escondida, que hay en él un valor infinito, en esa rebelión comienza la toma de conciencia irrecusable. El que ha sentido en la ignorancia de parte de los demás, en el desconocimiento, en el desprecio de su dignidad, el que ha sentido despertarse el sentido de su dignidad está ya en el dintel de ese reino misterioso ante el cual se arrodilla Jesús en el lavatorio de los pies.

    Pero para el que no ha sentido ese valor en el hombre, para el que no se ha inclinado ante ese secreto inexpresable del hombre, para el que no ha sentido un día un mundo infinito en la inocencia de un niño, Dios no será para él sino un ídolo. Todas las instituciones, todos los ritos, todas las oraciones, todo eso será solo una impostura formidable o una ilusión inmensa si el hombre no ha sido reconocido, no ha sido reconocido como hombre. Y en eso estamos de acuerdo: esa es una base común en que pueden reunirse todos los hombres, sobre la cual pueden construir todos, y ese es el universo del Evangelio. "Tuve hambre, tuve hambre, tuve sed, estuve prisionero, estuve enfermo, estaba desnudo, ¡y era yo, era yo, era yo en cada uno, era yo con cada uno, era yo a través de cada uno! No existe otro Dios que ese en el pensamiento de Jesucristo, ese Dios interior en el hombre pisoteado, en el hombre ignorado, en el hombre despreciado, en el niño perseguido, martirizado, en el niño sin defensa, en el niño desarmado, en la niñita de que habla Dostoievski, la niñita que golpea en vano a la puerta de los baños en que está encerrada en un jardín de Moscú en invierno por haberse mojado en la cama, y que llama, que implora, y nadie, nadie le responde, nadie! Pero Dios escucha, Dios clama a través de los gemidos de esa niña, Dios nos llama porque pudo nacer justamente en esa dignidad frágil, desarmada, ahí pudo nacer, ahí brilla al máximo, ahí es donde el hombre aparece en sus posibilidades inagotables. Dios es la Vida de ese niño que es solo una esperanza, un haz de posibilidades; ese niño es inviolable justamente porque lleva en sí toda la esperanza, todo el porvenir del Reino de Dios.

    Nos alertaron el año pasado por otra parte, nos alertaron con la ejecución de Chessman en los Estados Unidos, y de repente el rostro de la verdadera vida apareció a innumerables multitudes, de repente esa vida apareció como un test de la vida universal y los hombres se interrogaron: ¿se puede matar una vida? ¿Podemos disponer de ella? Sin que confiese y consienta, ¿podemos hacer desaparecer un hombre? Millones de hombres se interrogaron, millones de hombres respondieron: ¡No! ¡No se puede! ¡No se debe, porque existe en el hombre todo el bien del hombre, en un hombre está el bien único del hombre!

    El verdadero bien común de los hombres es el hombre mismo, un solo hombre, un solo hombre, en su conciencia, en su libertad, en su dignidad, en la posibilidad que tiene de hacer de toda su vida una ofrenda, un don, una fuente que mana hasta la Vida eterna, como dice el Evangelio.

    Chessman murió, y queda la cuestión planteada por su ejecución: en un solo hombre está todo el hombre, en un solo hombre se concentra y se resume toda la condición humana, en un solo hombre está a la vez toda la posibilidad y toda la revelación del único verdadero bien común. ¿Y cuál es ese verdadero bien común sino justamente el tesoro que nos está confiado a todos y cada uno y que tenemos que defender, y proteger, y despertar, y aumentar, y comunicar? ¿Y cuál es ese tesoro sino la perla escondida, la perla escondida del Reino, la divinidad misma? ¿Y qué es la divinidad justamente sino justamente un sentido interior en cada uno, en cada uno, a través de todos nosotros, escondido en lo más íntimo de cada uno donde brilla la luz de verdad, la luz incorruptible, la luz que adivinamos a veces en la mirada de un niño, la luz que es la claridad del corazón, la luz en que se intercambian las almas y se comprenden, la luz viva en que todo conocimiento es un nacimiento.

    Allá justamente quiere llevarnos Jesús, quiere hacernos atentos a ese bien común, y nos urge a convertirnos en ese bien común. Y si es así, es incontestable, si es así, sentimos que nuestra convicción, nuestra fe, toda nuestra certeza, están unidas, para nosotros y para los demás, a la experiencia que somos, al ser que devenimos, o que rehusamos de devenir.

    Y ahí está todo. ¡No habrá profecía, no habrá milagro, no habrá catástrofe que pueda llegar al fondo del alma humana y transformarla! Sólo hay una posibilidad, solo hay un Evangelio, el que deviene un ser que responde y que es fiel al llamado de la Verdad, que la deja transparentar en sí mismo y que, sin mencionarla para no limitarla, lleva a los demás su luz, su esperanza y su gozo.

    El Evangelio de Jesucristo somos nosotros. El Evangelio de Jesucristo está en nosotros y solo ahí podremos leerlo de manera eficaz y fructuosa.

    Al comenzar esta semana santa es esencial que no nos desviemos. No se trata de conmovernos por realidades pasadas, se trata de arrojarnos al corazón de la vida de hoy, al corazón de la humanidad de hoy, al corazón de nuestra propia vida, ahora mismo, para escuchar ahí el llamado de lo eterno, para descubrir ahí la perla del Reino, para retomar conciencia de nuestra dignidad humana, para tratar de liberarla de todo lo que la vela y la desfigura en nosotros mismos, para poner en valor el tesoro que nos está confiado y para llevar a los demás silenciosamente la luz y el amor.

    Ahí es incontestablemente a donde hay que volver. No se trata de disertar sobre el origen del mundo cuando el mundo comienza a cada instante, el mundo es función de la decisión que tomamos de ser o no ser, de ser "sí" o de ser "no", de estar atentos o distraídos, de escuchar el llamado o de fingir no haberlo oído. No hay otra prueba que la experiencia misma que nos pone a prueba y que nos pide a cada instante que decidamos el precio y el sentido de la vida.

    Y en esta dirección vemos bien dibujarse la tragedia, la tragedia divina: si Dios es el yo, el yo universal, el yo silencioso, el yo frágil, el yo inocente, el centro escondido en lo más íntimo de cada uno como un lazo con todos, si esa es la verdadera humanidad, la que no existe todavía pero puede existir, que está llamada a ser, si es ahí donde la verdadera humanidad se va a reunir y a descubrir y a encontrarse, vemos aparecer, vemos aparecer en seguida la tragedia divina, porque sabemos bien, sentimos toda la espesura, toda la opacidad, todo el peso, todo el peso de nuestra vida.

    Por un instante, un instante de atención, por un instante de conciencia, cuántos momentos innumerables de inconciencia, de encierro, de egocentrismo, de complacencia consigo mismo, de defensa de sí mismo, de crispación sobre sí mismo, de sensualidad, de tinieblas, de rechazos, de "no" opuestos al pequeño "sí" frágil que había brotado en un momento privilegiado en que habíamos oído el llamado del silencio.

    Y por eso justamente Dios está amenazado, amenazado como la dignidad humana, amenazado como la grandeza humana, amenazado como todo lo que es humano porque, justamente, Él es la respiración de todo lo que es humano, el es la prenda de todo lo que es humano, Él es el secreto de todo lo que es humano, Él es la esencia, Él es el corazón, Él es la luz de todo lo que es humano. Él es la humanidad misma en su fuente y en su universalidad ya que Él es, y ese es justamente todo el misterio de la Cruz, como Él es en su fragilidad, desarmado, entregado al hombre, entregado al juicio del hombre, entregado a la condenación del hombre como la verdad". (Continuará)

     

     

  • 21/06/09. Llegar a las regiones del silencio donde se escucha y se oye: eso es todo finalmente.

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    El Cairo, Santa María de la Paz, lunes santo, 28 de marzo de 1961.        

    "El evangelio se caracteriza como un realismo, un realismo infinito.

    Jesús, el Hijo del hombre, Jesús nos lleva al hombre, Jesús nos hace conocer al hombre. Jesús se identifica con el hombre: "Tuve hambre, tuve hambre, tuve sed, estaba prisionero, estaba desnudo, y cada vez, cada vez que habéis socorrido al más pequeño de mis hermanos, a mí me socorristeis".

    La identificación de Jesús con el hombre es pues la prenda irrecusable del realismo que caracteriza el Evangelio. El hombre es el centro, en el hombre se realiza todo y, si vas a llevar tu ofrenda ante el altar y ahí recuerdas que uno de tus hermanos tiene algo contra ti, deja tu ofrenda ante el altar y anda primero a reconciliarte con tu hermano; después podrás presentar tu ofrenda.

    Ese realismo brilla de modo todavía más sensible en la parábola del Buen Samaritano. El samaritano, el hereje, el cismático, el hombre rechazado y odiado aun más que un pagano, es el que Jesús propone como ejemplo de la perfección humana y divina, es la misma.

    Y justamente el samaritano es el que no habla mucho, es el que no se aleja del hombre en oración hipócrita, es el que va hacia el hombre, el que se interesa por las necesidades del hombre, el que quiere salvar al hombre porque el Reino de Dios es a ese precio. Si no salvamos al hombre no salvamos a nadie, porque el hombre mismo es el que debe devenir, el que está llamado a convertirse en el Reino de Dios.

    Y eso es lo importante para nosotros hoy. Sólo queremos validar los títulos de la fe en el hombre, en el hombre de hoy, en el hombre de 1961, en todos los hombres de hoy, y queremos que el ateo, el que la Iglesia cree ateo, nos escuche, nos comprenda y escuche dentro de sí la resonancia que percibimos en nosotros.

    En fin, todos los hombres, todos tienen algo en común: en todos ellos está el carácter de humanidad, la posibilidad al menos de humanidad que puede reunirlos, hacer caer los muros de separación, y que además llega todas las culturas y todas las civilizaciones. Hay un elemento común, se trata de descubrirlo hasta en la rebeldía, porque la rebeldía es con frecuencia el comienzo del despertar, el comienzo de entrada en la vida auténtica; hay en la rebeldía como una toma de conciencia de que en el hombre hay más que un animal, más que necesidades físicas, más que esclavitudes materiales, más que simulaciones biológicas.

    Hay todo eso desde luego, el hombre es primero un animal inmenso, pero es algo más, y esa posibilidad es lo que debemos enfocar, hay que tomar conciencia de esa posibilidad. No encontraremos a Dios fuera del hombre y justamente lo que nos emociona tanto en el realismo del Evangelio es que no hay otra prenda que el hombre mismo. En la plenitud del ser humano, en la autenticidad de la vida humana, en la transparencia de la vida humana, es donde quiere manifestarse Dios.

    ¿Pero de qué Dios hablamos, de qué Dios? Jesús, si se puede decir, pagó por saber cuántos equívocos puede encerrar la palabra Dios. Cada día chocó Jesús contra una religión establecida que iba a pronunciar su condenación. Iba a sucumbir ante el juicio del sacerdocio. Iba a ser rechazado en nombre de la tradición. Iba a ser calumniado como enemigo de la religión ¡y un gran sacerdote iba a unir su muerte con la salvación de su pueblo! Tenía que morir porque era un peligro para todo el pueblo. Tenía que morir porque era un blasfemador, tenía que morir porque cuestionaba toda la tradición con que habían vivido los hombres hasta entonces.

    Jesús sabía bien que se puede hablar de Dios todo el día, y hablar de un falso dios, y por eso quiere llevarnos al verdadero Dios, que es interior a nosotros, al que encontramos cada vez que nos encontramos a nosotros mismos.

    Es verdad – y esa es toda la dificultad. ¿Cómo encontrarnos a nosotros? ¿Cuándo encontrarnos? ¿Cómo estar seguros de haber llegado hasta nosotros? ¿Quiénes somos? ¿Quién puede decirnos nuestro nombre? ¿Quién puede dar sentido a la palabra "yo" que tenemos siempre en los labios? ¡La verdad es que no lo sabemos! Ese es el mayor viaje, el más largo, el más difícil, el más sembrado de escollos, el camino hacia nosotros mismos.

    No tenemos tiempo de ir hasta nosotros. Miles de señales nos desvían además del camino hacia nosotros mismos. ¡Hay tanto ruido, tanto ruido alrededor de nosotros! ¿Cómo podríamos llegar a las regiones del silencio donde se escucha y se oye? Y eso es todo finalmente. El Evangelio, el Evangelio al que desea conducirnos Jesús es ese Evangelio interior, esa voz secreta, silenciosa, que es la única que puede instruirnos y reunirnos". (Continuará)

     

  • 20/06/09. Introducción a "Vivir a Dios" (n. 14 y último)

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    Introducción integral, redactada por el P. de Boissière, para el libro  "VIVRE DIEU" editado en las Prensas del Renacimiento en 2007.  (Última parte)

    Para terminar, aquí tienen un texto muy hermoso de un gran filósofo personalista muy poco conocido, Luis Lavelle, fundador, con su amigo René Le Senne, de la colección "Filosofía del espíritu" y nombrado titular de Filosofía en el Colegio de Francia en 1941. Ahí podemos encontrar expresada perfectamente, fuera de toda referencia explícita al Evangelio, la desapropiación radical de Cristo a la cual estamos invitados a cada instante para amar de verdad, en una relación tan perfecta como posible:

    "... Todo hombre que pretenda guardar algo para sí solo se forja su propia soledad. Es necesario desapegarse de todo y por lo mismo vivir el extremo de la pobreza en que uno aleja la mirada de sí mismo para abrirse a la totalidad del mundo con un corazón enteramente puro y con manos perfectamente libres, para conocer la extrema riqueza que nos permite a cada instante, aboliendo en nosotros toda segunda intención, entrar realmente en sociedad con todos los seres que Dios nos pone en el camino.

    El secreto de cada ser le impide convertirse en objeto, pero el universo entero no es sino un secreto inmenso, en el cual nuestro propio secreto nos hace entrar. Así se podría decir que los hombres permanecen separados en la medida en que, replegándose sobre sí mismos, no encuentran contacto sino con la parte individual de su propio ser, es decir, con las emociones de su cuerpo y del amor propio…" ("Soledad y comunión", boletín mensual de la Asociación Fenelón, abril de 1934, p. 36). Ahí está plenamente Zundel, con su desapropiación y con uno de sus temas favoritos, "juntos y solo". Por otra parte, su biblioteca personal comprendía dos libros de Lavelle, con muchas anotaciones: "Del Acto" (1937) y "El error de Narciso" (1939).

    Y San Agustín nos incita a concluir así: "Voy a dejar este libro, voy a partir y cada uno de ustedes va a retornar a casa. Ha sido bueno para nosotros comunicar en la luz, ha sido bueno alegrarnos, ha sido bueno estar alegres. Pero al alejarnos unos de otros, no nos alejemos de Él".

    (Fin de una homilía sobre el Evangelio de San Juan).

    Bernard de Boissière s.j.

     

  • 19/06/09. Introducción a "Vivir a Dios" (n. 13)

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    Introducción integral, redactada por el P. de Boissière, para el libro  "VIVRE DIEU" editado en las Prensas del Renacimiento en 2007.  (Parte 13)

    Y quiere renacer siempre joven no solo en el corazón de los santos, sino también en el nuestro.

    Y si hemos comprendido la condición misma de una relación viva y la necesidad de que se realice siempre a través de un rostro humano, comprenderemos que también nosotros entramos en el circuito de luz y de amor, que nuestra vocación es continuar y concretizar la revelación de Jesús para las personas que nos rodean, para la familia, el barrio, la ciudad… en fin, para el mundo de nuestros contemporáneos. Porque los niños de su hogar, los habitantes de su casa o de su barrio, los conciudadanos de su ciudad o de su departamento, los contemporáneos de esta época, como todo ser humano, no pueden normalmente reconocer el rostro de Dios sino a través de una mirada humana que se ilumina, se abre, está en contacto con su intimidad y les hace de repente sentir la presencia divina que es la vida de nuestra vida.

    Y no podríamos comprender el papel esencial de los profetas, de los genios y de los santos si no concluimos inmediatamente que tenemos que asumir también nosotros una parte en la inmensa sinfonía de luz y de amor, y que nuestra vocación de cristianos es precisamente revelar, cada uno a su manera, el rostro eterno de Cristo Jesús.

    En efecto, después de su ascensión, nuestro Señor no puede aparecer ya con rostro propio en el plano de la historia. Salió del plano visible de la historia aunque permane entre nosotros, dentro de nosotros, continuando como el peregrino de Emaús la peregrinación de nuestra vida, estando continuamente en todos los caminos de la tierra para acogernos en los abismos de su amor. Pero en el orden actual de la historia, Cristo ya no puede ser visto. Y si debe volver a tener un rostro visible, como es necesario para que lo reconozcan los hombres de hoy, finalmente no puede ser sino nuestro rostro.

    ¿Cómo podrían los hijos conocer a Dios, su paternidad y su ternura infinitamente maternal, sino a través del rostro de los padres? Los padres son los primeros sacerdotes del hijo, y lo son más que cualquier sacerdote, porque con ellos, justamente, sin palabras, más allá de las palabras incapaces de expresar lo inefable, la luz, la luz, el brillo de su propia persona tocará en el alma del hijo las profundidades insondables que le darán al hijo el sentido de una presencia amante que no cesará jamás de brillar en su intimidad más profunda…

    Pues hagamos lo que hiciéremos, ya estén ustedes en una oficina, en un taller, en un almacén, en una plaza pública, en una reunión electoral, o en el seno del hogar, estén donde estén, y hagan lo que hicieren, por doquiera, estamos encargados de Dios.

    Y probablemente no tenemos necesidad de predicar ya que mientras menos hablemos, mejor. Hablar es siempre limitarlo, es siempre una caricatura… pero podemos, y estamos llamados a prestar a Dios nuestro rostro, la sonrisa, la acogida, la bondad, la amistad, todas esas cosas vivas que llegan al corazón del hombre, que transfiguran la vida, que le dan todas sus dimensiones. Pues, ¿qué es una vida humana si no está iluminada por el sol de la bondad y la ternura? ¿Qué es una vida humana si no puede contar con una sonrisa? ¿Qué es una vida humana si no puede intercambiarse con otra? Es solo una vida destinada a la desesperación y la rebeldía.

    Y a eso justamente deseamos aplicar esta nuestro pensamiento. ¡Cuánto más interesante, más hermoso, más digno de nosotros, es estar encargados de Dios y no de nosotros! ¡Qué confianza nos hace Dios al entregarnos su Evangelio, es decir al ponerse Él mismo en nuestras manos! ¡Qué exaltante y magnífica es la embajada que debemos realizar, la encarnación que continúa por medio de nosotros, el rostro de Cristo que desea revelarse y manifestarse a través de nosotros!

    Así no tenemos que quejarnos, no tenemos que mostrar nuestros humores, no tenemos que aumentar la desesperación comunicándola a los demás, sino que tenemos una formidable misión que cumplir: ser para nuestros contemporáneos el rostro vivo de Jesucristo…

    Así entraremos también nosotros en el linaje de los grandes testigos que saludamos y veneramos hoy, no solo para conmemorar los héroes de una historia pasada, sino para continuarlos, porque esa es nuestra vocación, porque somos enviados, porque Cristo nos está esperando, porque es hoy, a través de nosotros, como quiere manifestar su eterna juventud y su inagotable amor…" (Continuará)

     

  • 18/06/09 - Introducción a "Vivir a Dios" (n°12)

     

    Introducción integral redactada por el P. de Boissière para el libro "VIVRE DIEU" (Vivir a Dios), editado en las prensas del Renacimiento, 2007.  (Parte n°12)

    Con los santos, nuestra vocación es revelar el rostro de Jesús«Finalmente solo podemos conmovernos con lo que vive. Lo que está muerto no nos conmueve y los más hermosos escritos son con frecuencia inertes y si efecto si no son restituidos por una vida que los actualice.La vida es la que llama a la vida, y las mayores revelaciones nos vienen siempre a través de un rostro humano. Y esto es tanto más verdad cuando se trata de lo divino, porque las cosas de Dios – y finalmente las obras maestras – tocan a lo divino. Son el resplandor de la intimidad misma de Dios. Se puede pronunciar la palabra amor en un vacío, sin amar, y entonces esa palabra es inerte. Pero es evidente que entre dos seres que se aman de verdad la palabra amor tiene un significado muy diferente al del diccionario porque en su vida la palabra amor es una experiencia esencial que llega hasta las raíces de su ser.Y sería locura y blasfemia pretender describir de fuera una intimidad con la que no estamos armonizados. Siendo Dios pura intimidad, es un secreto de amor, es solo corazón, y es absolutamente imposible conocerlo, a menos de estar en relación viva con Él.Podemos leer textos, encadenar razonamientos, proponer sistemas, pero todo eso es inerte y no tiene vida, no puede llegarnos hasta transformarnos. No existe ejemplo de alguien que se haya convertido sino por haber sido conmovido por una vida, por una vida que le hacía sentir de manera concreta la presencia de Dios. Porque aunque recurrimos a textos, los textos no nos conmueven sino en la medida en que sentimos pasar a través de ellos la corriente de una vida que los concilió, y cuyo reflejo llevan…¡Inclusive los textos del Evangelio! Ni siquiera los pasajes más conmovedores de la Biblia nos inmutan sino a través de una palabra, de un ejemplo, a través de una vida que hace circular dentro de nosotros como una noticia que nos llega hoy.En la Escritura y en la Iglesia, toda revelación está condicionada por la transmisión viva a través del corazón de los profetas y de los santos. No son gente que escribió sobre Dios, que hicieron series de razonamientos sobre Él, que construyeron sistemas a su propósito, sino seres que ardían en el fuego de su amor. Y por medio de palabras a veces imperfectas, caóticas, torpes, sentimos surgir una potencia irresistible que conmueve porque esas palabras vienen de la vida y la vida las alimenta. Así en cada siglo, en cada época, los santos nos restituyen el rostro eterno de Jesús, según necesidades siempre nuevas.Sin ellos, el mensaje evangélico se habría perdido en sistemas, se habría convertido en pura escolástica y finalmente en farisaísmo endurecido por la ley y el anatema.Si el Evangelio conserva y perpetúa su novedad, es a través de los místicos. A través de los santos, a través de un San Francisco o de un San Juan de la Cruz, o de una Santa Teresa del Niño Jesús resurge la Fuente infinita que viene a nosotros con rostro humano al que podemos identificarnos. Un rostro fraternal que nos conmueve con todo el poder de una vida que comienza con la biología como la nuestra, con dificultades de temperamento, con inclinaciones pasionales, que ha triunfado y revelado finalmente en el hombre toda la grandeza y toda la belleza de Dios.La Revelación no puede hacerse de otra manera y jamás habríamos conocido el sentido de la pobreza evangélica si San Francisco y San Juan de la Cruz no nos hubieran introducido en esa poesía infinita, si no nos hubieran llevado hasta el despojamiento de la divinidad en la santa Trinidad, si no hubiéramos aprendido de ellos que Dios es una “música callada” dentro de nosotros.El culto de los santos responde justamente a esa necesidad viva, a esa pedagogía humana, a esa imposibilidad de conmovernos a no ser por una voz que conlleva los latidos de un corazón humano.Lo que hay de profundo en nosotros, la intimidad que no conocemos todavía nosotros, la intimidad de luz y de generosidad, solo podemos alcanzarla por medio de una persona consumida por el fuego, que derriba en nosotros los obstáculos y las resistencias, que nos conduce al plano de generosidad en que se sitúa la vida del profeta y del santo, para hacernos comulgar por su medio con la Fuente eterna… (Continuará...)
     
  • 17/06/09. Introducción a "Vivir a Dios" (n°11)

     

    Introducción integral redactada por el P. de Boissière para el libro “Vivre Dieu” (Vivir a Dios) (Prensas del Renacimiento, 2007). (Parte 11) 

    Podemos también evocar el pasaje del credo del “Poema de la Santa Liturgia” (Sam Agustín, y D.D.B. 1954, p.):“El cristianismo reside esencialmente en Cristo. No tanto en su doctrina como en su Persona… Entonces los textos no pueden separarse de él sin perder su sentido y su vida. Toda la sagacidad de las críticas, toda su paciencia, toda su lealtad, pudieron rendir y rindieron efectivamente eminentes servicios en el estudio material de los libros en que la Iglesia primitiva resumió su creencia, pero sin la fe no pudieron iniciarlas a la vida interior de los textos, hacer sentir su continuidad, su movimiento y su misterio, en el brillo de la presencia que es su alma”. Notemos que Mauriac había escogido este hermoso texto como exergo de su Vida de Jesús (Fayard, 1936). Entonces podremos comprender mejor y aceptar el texto muy fuerte confiado por Zundel a sus amigas carmelitas del Cairo en 1967: “Yo no creo en la acción sino en la presencia. Es así como en todas las circunstancias el amor aparecerá como una Persona confiada a nuestro amor, es así como la vida se transfigura, deviene sagrada, y como la religión se convierte en la respiración misma de la existencia. Cuando cesamos de eclipsarnos en la pobreza divina, cuando cesamos de ver en Dios el amor que se da y que no puede sino darse, cuando  cesamos de vivir ese amor dándonos también nosotros, ¡es el fin! La luz se eclipsa, todo el dogma se vuelve fórmulas y se materializa, todos los sacramentos se transforman en ritos exteriores, toda la jerarquía se vuelve tiranía, toda la iglesia se vuelve pérdida de tiempo y absurdidad, toda la Biblia un montón de mitos”.Ahí encontramos todas las exigencias de un amor en que la vida misma de Cristo nos está confiada a cada instante, en particular en la cruz, y en que por lo mismo podemos descrucificarlo. Haciéndose pecado en la cruz (cf. San Pablo), por amor Cristo se identifica con cada uno de nosotros y nos invita a seguirlo en esa desapropiación radical. Comprendemos entonces como Murillo pudo osar pintar a San Francisco apoyado sobre la Cruz y abrazando a Cristo que abraza tiernamente a Francisco con un brazo desclavado… Es difícil imaginar y osar representar semejante prueba de amor recíproco. Poco antes de Murillo, su maestro Ribalta había pintado la misma escena, pero con San Bernardo.¿No son esos ejemplos más eficaces que tantos discursos que no han cambiado nada? Por eso repito cuánto deseo que el lector de este libro pueda haber leído antes la biografía para darse cuenta y restituir en lo posible la vivencia mística que funda el conjunto de todos los bellos textos de Zundel… Marie-France Chauvelot los seleccionó con inteligencia y cuidado entre muchos otros textos posibles. El tema general que escogió es capital: poner en relieve las relaciones constitutivas de nuestra vida, a imagen, muy imperfecta, del misterio trinitario, es decir de las tres relaciones subsistentes, perfectamente unidas en un mismo Amor, entre Padre, Hijo y Espíritu. Ahí todo es dado, en una eterna comunicación de puro Amor. Por su humilde y silenciosa presencia, Zundel se nos ofrece para conducirnos allá:“Si un día nos sentimos conmovidos hasta lo más profundo de nosotros mismos, si cambiamos de dirección, si nos hallamos en el dintel de un nuevo nacimiento, si estamos realmente en camino hacia un yo auténtico, es casi siempre porque alguien nos habrá puesto en movimiento, porque alguien, por el brillo de su vida, habrá sido para nosotros un fermento para nuestra liberación. Y a través del espacio ilimitado, a través de la luz que emanaba de él, a través de la transparencia que nos permitía percibir en él nuestro origen, nos pusimos en camino al contagio con esa claridad, en esa especie de circumincesión de las almas, nos pusimos en camino justamente porque un alma se hizo interior a la nuestra. Así es como la mayor parte del tiempo pasamos de afuera a dentro, por la acción de presencias liberadoras en que la experiencia humana alcanza su cumbre ». (Cf. Actualidad de Cristo en las raíces del hombre, extracto de una conferencia inédita grabada en Lausana, en 1962, y que me comunicó generosamente, con toda confianza un gran amigo, el P. Julio Bulliard, capellán de hospital muerto recientemente, autor de la grabación) (el título es mío). Continuará…  
  • 16/06/09. Introducción a "Vivir a Dios" (n°10)

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    Introducción integral, redactada por el P. de Boissière, para el libro  "VIVRE DIEU" editado en las Prensas del Renacimiento en 2007.  (10a parte)

    "Al principio está la relación" (Bachelard), y toda la vida tiene la calidad de nuestras relaciones con los demás, de las relaciones entre el "yo" y el "tú" Martin Buber), según sean auténticamente ´"místicas" o no. Este es otro hermoso texto de Zundel, muy luminoso, sacado de una conferencia inédita pronunciada en el Cenáculo de Ginebra el 14 de enero de 1962, cuya grabación me confiaron, y que yo intitulé:

    Cambiar el yo por un Dios de amor

    La novedad evangélica es evidentemente el haber introducido en la humanidad un régimen nupcial, un régimen místico.

    La religión de Jesús es esencialmente una religión mística, es decir, una religión de diálogo: es una religión de la reciprocidad.

    Una religión en que Dios no se impone jamás, pero se propone siempre.

    Una religión que es una historia de dos, en que debemos hacernos colaboradores de Dios, en que Dios no puede hacer nada sin nosotros, y nosotros nada sin Él.

    ... Es otro mundo, y mientras no nos situemos en el nivel de la reciprocidad, todo es falso, todo queda radicalmente falseado.

    Que se trate del dogma, de la moral, de la liturgia, de la oración, de la dirección espiritual, de la sociología o de la manera de concebir la verdad, todo es radicalmente falseado si no nos situamos en el plano nupcial, el plano de la reciprocidad, en el plano de la persona.

    Y en esta situación no hay remedio: no es falta de erudición; hay gente que tiene una erudición prodigiosa, y que puede enseñarnos mucho, que es preciosa en este punto, pero que, con toda su sabiduría y conocimientos eruditos no ha entrado todavía en la esencia misma del cristianismo porque no ha visto que en el plano de la persona todo ha cambiado, como cuando pasamos del régimen de la sirvienta al régimen de la esposa… (Cf. la pequeña vaquera)

    San Pablo, en la 1ª epístola a los corintios (en el famoso capítulo 13), nos da la confirmación brillante del realismo: "Aunque hablara la lengua de los ángeles y de los hombres, y tuviera la fe hasta transportar las montañas, aunque diera todos mis bienes a los pobres, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, no soy más que un címbalo que resuena y una campana que retiñe".

    Es pues perfectamente claro que para San Pablo el amor de Dios y el amor del prójimo son un mismo y solo amor y constituyen una realidad mística.

    "Todos los cuerpos juntos y todas las mentes juntas y todas sus producciones no valen el menor movimiento de caridad. Eso es de un orden infinitamente más elevado" (Pascal y los tres órdenes. Br. 793).

    Muchos sabios, entre los mayores, son sensibles a este tipo de experiencia, por ejemplo Einstein:

    "La emoción más bella y profunda que podamos sentir es la emoción mística, es la semilla de toda ciencia verdadera.

    ¡El que no conoce esta emoción, el que ya no tiene posibilidad de admirar y sentir respeto, es como si estuviera muerto!

    Saber que lo impenetrable existe y se manifiesta a través de la más alta sabiduría, la más irradiante belleza, sabiduría y hermosura que puedan comprender nuestras débiles facultades únicamente en su forma más primitiva, ese conocimiento, ese sentimiento, es el corazón de la verdadera religión.

    La experiencia religiosa cósmica es la razón de las más fuertes y nobles investigaciones científicas.

    Mi religión consiste en una humilde admiración hacia la Mente superior y sin límites que se revela en los mínimos detalles que podemos concebir con nuestras mentes débiles y frágiles.

    Esta profunda convicción de la presencia de una razón poderosa y superior que se revela en el universo incomprensible, esa es mi idea de Dios" ("Einstein y el universo", L.Barnett, Gallimard, pp.163-164).

    "El misterio no es lo incomprensible que se levanta como un muro contra la inteligencia, sino lo inexpresable e insondable que jamás agotaremos, lo insondable que hace estallar las palabras y las ideas, pero que colma la mente con su infinidad, y la ilumina maravillosamente, aunque la mirada de la mente no pueda fijarlo a causa del deslumbramiento que resulta de nuestra condición actual" (manuscrito inédito)…

    "Los misterios de Dios no constituyen un discurso. Son confidencias ardientes del Señor y no se pueden escuchar si no se viven" (Lausana, 1974). (Continuará)

     

     

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