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18/06/09 - Introducción a "Vivir a Dios" (n°12)

 

Introducción integral redactada por el P. de Boissière para el libro "VIVRE DIEU" (Vivir a Dios), editado en las prensas del Renacimiento, 2007.  (Parte n°12)

Con los santos, nuestra vocación es revelar el rostro de Jesús«Finalmente solo podemos conmovernos con lo que vive. Lo que está muerto no nos conmueve y los más hermosos escritos son con frecuencia inertes y si efecto si no son restituidos por una vida que los actualice.La vida es la que llama a la vida, y las mayores revelaciones nos vienen siempre a través de un rostro humano. Y esto es tanto más verdad cuando se trata de lo divino, porque las cosas de Dios – y finalmente las obras maestras – tocan a lo divino. Son el resplandor de la intimidad misma de Dios. Se puede pronunciar la palabra amor en un vacío, sin amar, y entonces esa palabra es inerte. Pero es evidente que entre dos seres que se aman de verdad la palabra amor tiene un significado muy diferente al del diccionario porque en su vida la palabra amor es una experiencia esencial que llega hasta las raíces de su ser.Y sería locura y blasfemia pretender describir de fuera una intimidad con la que no estamos armonizados. Siendo Dios pura intimidad, es un secreto de amor, es solo corazón, y es absolutamente imposible conocerlo, a menos de estar en relación viva con Él.Podemos leer textos, encadenar razonamientos, proponer sistemas, pero todo eso es inerte y no tiene vida, no puede llegarnos hasta transformarnos. No existe ejemplo de alguien que se haya convertido sino por haber sido conmovido por una vida, por una vida que le hacía sentir de manera concreta la presencia de Dios. Porque aunque recurrimos a textos, los textos no nos conmueven sino en la medida en que sentimos pasar a través de ellos la corriente de una vida que los concilió, y cuyo reflejo llevan…¡Inclusive los textos del Evangelio! Ni siquiera los pasajes más conmovedores de la Biblia nos inmutan sino a través de una palabra, de un ejemplo, a través de una vida que hace circular dentro de nosotros como una noticia que nos llega hoy.En la Escritura y en la Iglesia, toda revelación está condicionada por la transmisión viva a través del corazón de los profetas y de los santos. No son gente que escribió sobre Dios, que hicieron series de razonamientos sobre Él, que construyeron sistemas a su propósito, sino seres que ardían en el fuego de su amor. Y por medio de palabras a veces imperfectas, caóticas, torpes, sentimos surgir una potencia irresistible que conmueve porque esas palabras vienen de la vida y la vida las alimenta. Así en cada siglo, en cada época, los santos nos restituyen el rostro eterno de Jesús, según necesidades siempre nuevas.Sin ellos, el mensaje evangélico se habría perdido en sistemas, se habría convertido en pura escolástica y finalmente en farisaísmo endurecido por la ley y el anatema.Si el Evangelio conserva y perpetúa su novedad, es a través de los místicos. A través de los santos, a través de un San Francisco o de un San Juan de la Cruz, o de una Santa Teresa del Niño Jesús resurge la Fuente infinita que viene a nosotros con rostro humano al que podemos identificarnos. Un rostro fraternal que nos conmueve con todo el poder de una vida que comienza con la biología como la nuestra, con dificultades de temperamento, con inclinaciones pasionales, que ha triunfado y revelado finalmente en el hombre toda la grandeza y toda la belleza de Dios.La Revelación no puede hacerse de otra manera y jamás habríamos conocido el sentido de la pobreza evangélica si San Francisco y San Juan de la Cruz no nos hubieran introducido en esa poesía infinita, si no nos hubieran llevado hasta el despojamiento de la divinidad en la santa Trinidad, si no hubiéramos aprendido de ellos que Dios es una “música callada” dentro de nosotros.El culto de los santos responde justamente a esa necesidad viva, a esa pedagogía humana, a esa imposibilidad de conmovernos a no ser por una voz que conlleva los latidos de un corazón humano.Lo que hay de profundo en nosotros, la intimidad que no conocemos todavía nosotros, la intimidad de luz y de generosidad, solo podemos alcanzarla por medio de una persona consumida por el fuego, que derriba en nosotros los obstáculos y las resistencias, que nos conduce al plano de generosidad en que se sitúa la vida del profeta y del santo, para hacernos comulgar por su medio con la Fuente eterna… (Continuará...)
 

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