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19/06/09. Introducción a "Vivir a Dios" (n. 13)

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Introducción integral, redactada por el P. de Boissière, para el libro  "VIVRE DIEU" editado en las Prensas del Renacimiento en 2007.  (Parte 13)

Y quiere renacer siempre joven no solo en el corazón de los santos, sino también en el nuestro.

Y si hemos comprendido la condición misma de una relación viva y la necesidad de que se realice siempre a través de un rostro humano, comprenderemos que también nosotros entramos en el circuito de luz y de amor, que nuestra vocación es continuar y concretizar la revelación de Jesús para las personas que nos rodean, para la familia, el barrio, la ciudad… en fin, para el mundo de nuestros contemporáneos. Porque los niños de su hogar, los habitantes de su casa o de su barrio, los conciudadanos de su ciudad o de su departamento, los contemporáneos de esta época, como todo ser humano, no pueden normalmente reconocer el rostro de Dios sino a través de una mirada humana que se ilumina, se abre, está en contacto con su intimidad y les hace de repente sentir la presencia divina que es la vida de nuestra vida.

Y no podríamos comprender el papel esencial de los profetas, de los genios y de los santos si no concluimos inmediatamente que tenemos que asumir también nosotros una parte en la inmensa sinfonía de luz y de amor, y que nuestra vocación de cristianos es precisamente revelar, cada uno a su manera, el rostro eterno de Cristo Jesús.

En efecto, después de su ascensión, nuestro Señor no puede aparecer ya con rostro propio en el plano de la historia. Salió del plano visible de la historia aunque permane entre nosotros, dentro de nosotros, continuando como el peregrino de Emaús la peregrinación de nuestra vida, estando continuamente en todos los caminos de la tierra para acogernos en los abismos de su amor. Pero en el orden actual de la historia, Cristo ya no puede ser visto. Y si debe volver a tener un rostro visible, como es necesario para que lo reconozcan los hombres de hoy, finalmente no puede ser sino nuestro rostro.

¿Cómo podrían los hijos conocer a Dios, su paternidad y su ternura infinitamente maternal, sino a través del rostro de los padres? Los padres son los primeros sacerdotes del hijo, y lo son más que cualquier sacerdote, porque con ellos, justamente, sin palabras, más allá de las palabras incapaces de expresar lo inefable, la luz, la luz, el brillo de su propia persona tocará en el alma del hijo las profundidades insondables que le darán al hijo el sentido de una presencia amante que no cesará jamás de brillar en su intimidad más profunda…

Pues hagamos lo que hiciéremos, ya estén ustedes en una oficina, en un taller, en un almacén, en una plaza pública, en una reunión electoral, o en el seno del hogar, estén donde estén, y hagan lo que hicieren, por doquiera, estamos encargados de Dios.

Y probablemente no tenemos necesidad de predicar ya que mientras menos hablemos, mejor. Hablar es siempre limitarlo, es siempre una caricatura… pero podemos, y estamos llamados a prestar a Dios nuestro rostro, la sonrisa, la acogida, la bondad, la amistad, todas esas cosas vivas que llegan al corazón del hombre, que transfiguran la vida, que le dan todas sus dimensiones. Pues, ¿qué es una vida humana si no está iluminada por el sol de la bondad y la ternura? ¿Qué es una vida humana si no puede contar con una sonrisa? ¿Qué es una vida humana si no puede intercambiarse con otra? Es solo una vida destinada a la desesperación y la rebeldía.

Y a eso justamente deseamos aplicar esta nuestro pensamiento. ¡Cuánto más interesante, más hermoso, más digno de nosotros, es estar encargados de Dios y no de nosotros! ¡Qué confianza nos hace Dios al entregarnos su Evangelio, es decir al ponerse Él mismo en nuestras manos! ¡Qué exaltante y magnífica es la embajada que debemos realizar, la encarnación que continúa por medio de nosotros, el rostro de Cristo que desea revelarse y manifestarse a través de nosotros!

Así no tenemos que quejarnos, no tenemos que mostrar nuestros humores, no tenemos que aumentar la desesperación comunicándola a los demás, sino que tenemos una formidable misión que cumplir: ser para nuestros contemporáneos el rostro vivo de Jesucristo…

Así entraremos también nosotros en el linaje de los grandes testigos que saludamos y veneramos hoy, no solo para conmemorar los héroes de una historia pasada, sino para continuarlos, porque esa es nuestra vocación, porque somos enviados, porque Cristo nos está esperando, porque es hoy, a través de nosotros, como quiere manifestar su eterna juventud y su inagotable amor…" (Continuará)

 

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