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Introducción integral, redactada
por el P. de Boissière, para el libro "VIVRE DIEU" editado en
las Prensas del Renacimiento en 2007. (Parte 13)
Y quiere renacer siempre
joven no solo en el corazón de los santos, sino también en el nuestro.
Y si hemos comprendido la condición
misma de una relación viva y la necesidad de que se realice siempre a través de
un rostro humano, comprenderemos que también nosotros entramos en el circuito
de luz y de amor, que nuestra vocación es continuar y concretizar la revelación
de Jesús para las personas que nos rodean, para la familia, el barrio, la
ciudad… en fin, para el mundo de nuestros contemporáneos. Porque los niños de
su hogar, los habitantes de su casa o de su barrio, los conciudadanos de su
ciudad o de su departamento, los contemporáneos de esta época, como todo ser
humano, no pueden normalmente reconocer el rostro de Dios sino a través de una
mirada humana que se ilumina, se abre, está en contacto con su intimidad y les
hace de repente sentir la presencia divina que es la vida de nuestra vida.
Y no podríamos comprender el
papel esencial de los profetas, de los genios y de los santos si no concluimos
inmediatamente que tenemos que asumir también nosotros una parte en la inmensa
sinfonía de luz y de amor, y que nuestra vocación de cristianos es precisamente
revelar, cada uno a su manera, el rostro eterno de Cristo Jesús.
En efecto, después de su
ascensión, nuestro Señor no puede aparecer ya con rostro propio en el plano de
la historia. Salió del plano visible de la historia aunque permane entre
nosotros, dentro de nosotros, continuando como el peregrino de Emaús la
peregrinación de nuestra vida, estando continuamente en todos los caminos de la
tierra para acogernos en los abismos de su amor. Pero en el orden actual de la
historia, Cristo ya no puede ser visto. Y si debe volver a tener un rostro
visible, como es necesario para que lo reconozcan los hombres de hoy, finalmente
no puede ser sino nuestro rostro.
¿Cómo podrían los hijos
conocer a Dios, su paternidad y su ternura infinitamente maternal, sino a
través del rostro de los padres? Los padres son los primeros sacerdotes del
hijo, y lo son más que cualquier sacerdote, porque con ellos, justamente, sin
palabras, más allá de las palabras incapaces de expresar lo inefable, la luz,
la luz, el brillo de su propia persona tocará en el alma del hijo las
profundidades insondables que le darán al hijo el sentido de una presencia
amante que no cesará jamás de brillar en su intimidad más profunda…
Pues hagamos lo que
hiciéremos, ya estén ustedes en una oficina, en un taller, en un almacén, en
una plaza pública, en una reunión electoral, o en el seno del hogar, estén donde
estén, y hagan lo que hicieren, por doquiera, estamos encargados de Dios.
Y probablemente no tenemos
necesidad de predicar ya que mientras menos hablemos, mejor. Hablar es siempre
limitarlo, es siempre una caricatura… pero podemos, y estamos llamados a
prestar a Dios nuestro rostro, la sonrisa, la acogida, la bondad, la amistad,
todas esas cosas vivas que llegan al corazón del hombre, que transfiguran la
vida, que le dan todas sus dimensiones. Pues, ¿qué es una vida humana si no
está iluminada por el sol de la bondad y la ternura? ¿Qué es una vida humana si
no puede contar con una sonrisa? ¿Qué es una vida humana si no puede
intercambiarse con otra? Es solo una vida destinada a la desesperación y la
rebeldía.
Y a eso justamente deseamos
aplicar esta nuestro pensamiento. ¡Cuánto más interesante, más hermoso, más
digno de nosotros, es estar encargados de Dios y no de nosotros! ¡Qué confianza
nos hace Dios al entregarnos su Evangelio, es decir al ponerse Él mismo en
nuestras manos! ¡Qué exaltante y magnífica es la embajada que debemos realizar,
la encarnación que continúa por medio de nosotros, el rostro de Cristo que
desea revelarse y manifestarse a través de nosotros!
Así no tenemos que quejarnos,
no tenemos que mostrar nuestros humores, no tenemos que aumentar la
desesperación comunicándola a los demás, sino que tenemos una formidable misión
que cumplir: ser para nuestros contemporáneos el rostro vivo de Jesucristo…
Así entraremos también
nosotros en el linaje de los grandes testigos que saludamos y veneramos hoy, no
solo para conmemorar los héroes de una historia pasada, sino para continuarlos,
porque esa es nuestra vocación, porque somos enviados, porque Cristo nos está
esperando, porque es hoy, a través de nosotros, como quiere manifestar su eterna juventud y su inagotable
amor…" (Continuará)