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21/06/09. Llegar a las regiones del silencio donde se escucha y se oye: eso es todo finalmente.

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El Cairo, Santa María de la Paz, lunes santo, 28 de marzo de 1961.        

"El evangelio se caracteriza como un realismo, un realismo infinito.

Jesús, el Hijo del hombre, Jesús nos lleva al hombre, Jesús nos hace conocer al hombre. Jesús se identifica con el hombre: "Tuve hambre, tuve hambre, tuve sed, estaba prisionero, estaba desnudo, y cada vez, cada vez que habéis socorrido al más pequeño de mis hermanos, a mí me socorristeis".

La identificación de Jesús con el hombre es pues la prenda irrecusable del realismo que caracteriza el Evangelio. El hombre es el centro, en el hombre se realiza todo y, si vas a llevar tu ofrenda ante el altar y ahí recuerdas que uno de tus hermanos tiene algo contra ti, deja tu ofrenda ante el altar y anda primero a reconciliarte con tu hermano; después podrás presentar tu ofrenda.

Ese realismo brilla de modo todavía más sensible en la parábola del Buen Samaritano. El samaritano, el hereje, el cismático, el hombre rechazado y odiado aun más que un pagano, es el que Jesús propone como ejemplo de la perfección humana y divina, es la misma.

Y justamente el samaritano es el que no habla mucho, es el que no se aleja del hombre en oración hipócrita, es el que va hacia el hombre, el que se interesa por las necesidades del hombre, el que quiere salvar al hombre porque el Reino de Dios es a ese precio. Si no salvamos al hombre no salvamos a nadie, porque el hombre mismo es el que debe devenir, el que está llamado a convertirse en el Reino de Dios.

Y eso es lo importante para nosotros hoy. Sólo queremos validar los títulos de la fe en el hombre, en el hombre de hoy, en el hombre de 1961, en todos los hombres de hoy, y queremos que el ateo, el que la Iglesia cree ateo, nos escuche, nos comprenda y escuche dentro de sí la resonancia que percibimos en nosotros.

En fin, todos los hombres, todos tienen algo en común: en todos ellos está el carácter de humanidad, la posibilidad al menos de humanidad que puede reunirlos, hacer caer los muros de separación, y que además llega todas las culturas y todas las civilizaciones. Hay un elemento común, se trata de descubrirlo hasta en la rebeldía, porque la rebeldía es con frecuencia el comienzo del despertar, el comienzo de entrada en la vida auténtica; hay en la rebeldía como una toma de conciencia de que en el hombre hay más que un animal, más que necesidades físicas, más que esclavitudes materiales, más que simulaciones biológicas.

Hay todo eso desde luego, el hombre es primero un animal inmenso, pero es algo más, y esa posibilidad es lo que debemos enfocar, hay que tomar conciencia de esa posibilidad. No encontraremos a Dios fuera del hombre y justamente lo que nos emociona tanto en el realismo del Evangelio es que no hay otra prenda que el hombre mismo. En la plenitud del ser humano, en la autenticidad de la vida humana, en la transparencia de la vida humana, es donde quiere manifestarse Dios.

¿Pero de qué Dios hablamos, de qué Dios? Jesús, si se puede decir, pagó por saber cuántos equívocos puede encerrar la palabra Dios. Cada día chocó Jesús contra una religión establecida que iba a pronunciar su condenación. Iba a sucumbir ante el juicio del sacerdocio. Iba a ser rechazado en nombre de la tradición. Iba a ser calumniado como enemigo de la religión ¡y un gran sacerdote iba a unir su muerte con la salvación de su pueblo! Tenía que morir porque era un peligro para todo el pueblo. Tenía que morir porque era un blasfemador, tenía que morir porque cuestionaba toda la tradición con que habían vivido los hombres hasta entonces.

Jesús sabía bien que se puede hablar de Dios todo el día, y hablar de un falso dios, y por eso quiere llevarnos al verdadero Dios, que es interior a nosotros, al que encontramos cada vez que nos encontramos a nosotros mismos.

Es verdad – y esa es toda la dificultad. ¿Cómo encontrarnos a nosotros? ¿Cuándo encontrarnos? ¿Cómo estar seguros de haber llegado hasta nosotros? ¿Quiénes somos? ¿Quién puede decirnos nuestro nombre? ¿Quién puede dar sentido a la palabra "yo" que tenemos siempre en los labios? ¡La verdad es que no lo sabemos! Ese es el mayor viaje, el más largo, el más difícil, el más sembrado de escollos, el camino hacia nosotros mismos.

No tenemos tiempo de ir hasta nosotros. Miles de señales nos desvían además del camino hacia nosotros mismos. ¡Hay tanto ruido, tanto ruido alrededor de nosotros! ¿Cómo podríamos llegar a las regiones del silencio donde se escucha y se oye? Y eso es todo finalmente. El Evangelio, el Evangelio al que desea conducirnos Jesús es ese Evangelio interior, esa voz secreta, silenciosa, que es la única que puede instruirnos y reunirnos". (Continuará)

 

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