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22/06/09. El Evangelio de Jesucristo somos nosotros...

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2ª parte de la 1ª conferencia de semana santa predicada en Santa María de la Paz, el Cairo, en marzo de 1961.

Se trata de arrojarnos hoy en el corazón de la humanidad...

"Tomemos pues el testimonio, el testimonio más irrecusable, el de la rebelión, tomémoslo primero, si ustedes permiten, bajo la forma que le dio Sartre, del bastardo que rehúsa ser identificado con su carácter de bastardo en "El Diablo y el buen Dios", del bastardo que no quiere que lo confundan con su piel, del bastardo que pone el mundo a sangre y fuego más bien que aceptar el ultraje, porque sabe, siente, que él no es su piel, sabe que no es su carácter de bastardo, sabe que hay en él ¿qué?, una dignidad, una dignidad que él no conoce pero que reconoce tan pronto como los demás la pisotean y la rechazan. Eso es justamente lo irrecusable.

En la rebelión del hombre o del pueblo que no quiere dejarse pisotear porque siente que hay en él una fuente escondida, que hay en él un valor infinito, en esa rebelión comienza la toma de conciencia irrecusable. El que ha sentido en la ignorancia de parte de los demás, en el desconocimiento, en el desprecio de su dignidad, el que ha sentido despertarse el sentido de su dignidad está ya en el dintel de ese reino misterioso ante el cual se arrodilla Jesús en el lavatorio de los pies.

Pero para el que no ha sentido ese valor en el hombre, para el que no se ha inclinado ante ese secreto inexpresable del hombre, para el que no ha sentido un día un mundo infinito en la inocencia de un niño, Dios no será para él sino un ídolo. Todas las instituciones, todos los ritos, todas las oraciones, todo eso será solo una impostura formidable o una ilusión inmensa si el hombre no ha sido reconocido, no ha sido reconocido como hombre. Y en eso estamos de acuerdo: esa es una base común en que pueden reunirse todos los hombres, sobre la cual pueden construir todos, y ese es el universo del Evangelio. "Tuve hambre, tuve hambre, tuve sed, estuve prisionero, estuve enfermo, estaba desnudo, ¡y era yo, era yo, era yo en cada uno, era yo con cada uno, era yo a través de cada uno! No existe otro Dios que ese en el pensamiento de Jesucristo, ese Dios interior en el hombre pisoteado, en el hombre ignorado, en el hombre despreciado, en el niño perseguido, martirizado, en el niño sin defensa, en el niño desarmado, en la niñita de que habla Dostoievski, la niñita que golpea en vano a la puerta de los baños en que está encerrada en un jardín de Moscú en invierno por haberse mojado en la cama, y que llama, que implora, y nadie, nadie le responde, nadie! Pero Dios escucha, Dios clama a través de los gemidos de esa niña, Dios nos llama porque pudo nacer justamente en esa dignidad frágil, desarmada, ahí pudo nacer, ahí brilla al máximo, ahí es donde el hombre aparece en sus posibilidades inagotables. Dios es la Vida de ese niño que es solo una esperanza, un haz de posibilidades; ese niño es inviolable justamente porque lleva en sí toda la esperanza, todo el porvenir del Reino de Dios.

Nos alertaron el año pasado por otra parte, nos alertaron con la ejecución de Chessman en los Estados Unidos, y de repente el rostro de la verdadera vida apareció a innumerables multitudes, de repente esa vida apareció como un test de la vida universal y los hombres se interrogaron: ¿se puede matar una vida? ¿Podemos disponer de ella? Sin que confiese y consienta, ¿podemos hacer desaparecer un hombre? Millones de hombres se interrogaron, millones de hombres respondieron: ¡No! ¡No se puede! ¡No se debe, porque existe en el hombre todo el bien del hombre, en un hombre está el bien único del hombre!

El verdadero bien común de los hombres es el hombre mismo, un solo hombre, un solo hombre, en su conciencia, en su libertad, en su dignidad, en la posibilidad que tiene de hacer de toda su vida una ofrenda, un don, una fuente que mana hasta la Vida eterna, como dice el Evangelio.

Chessman murió, y queda la cuestión planteada por su ejecución: en un solo hombre está todo el hombre, en un solo hombre se concentra y se resume toda la condición humana, en un solo hombre está a la vez toda la posibilidad y toda la revelación del único verdadero bien común. ¿Y cuál es ese verdadero bien común sino justamente el tesoro que nos está confiado a todos y cada uno y que tenemos que defender, y proteger, y despertar, y aumentar, y comunicar? ¿Y cuál es ese tesoro sino la perla escondida, la perla escondida del Reino, la divinidad misma? ¿Y qué es la divinidad justamente sino justamente un sentido interior en cada uno, en cada uno, a través de todos nosotros, escondido en lo más íntimo de cada uno donde brilla la luz de verdad, la luz incorruptible, la luz que adivinamos a veces en la mirada de un niño, la luz que es la claridad del corazón, la luz en que se intercambian las almas y se comprenden, la luz viva en que todo conocimiento es un nacimiento.

Allá justamente quiere llevarnos Jesús, quiere hacernos atentos a ese bien común, y nos urge a convertirnos en ese bien común. Y si es así, es incontestable, si es así, sentimos que nuestra convicción, nuestra fe, toda nuestra certeza, están unidas, para nosotros y para los demás, a la experiencia que somos, al ser que devenimos, o que rehusamos de devenir.

Y ahí está todo. ¡No habrá profecía, no habrá milagro, no habrá catástrofe que pueda llegar al fondo del alma humana y transformarla! Sólo hay una posibilidad, solo hay un Evangelio, el que deviene un ser que responde y que es fiel al llamado de la Verdad, que la deja transparentar en sí mismo y que, sin mencionarla para no limitarla, lleva a los demás su luz, su esperanza y su gozo.

El Evangelio de Jesucristo somos nosotros. El Evangelio de Jesucristo está en nosotros y solo ahí podremos leerlo de manera eficaz y fructuosa.

Al comenzar esta semana santa es esencial que no nos desviemos. No se trata de conmovernos por realidades pasadas, se trata de arrojarnos al corazón de la vida de hoy, al corazón de la humanidad de hoy, al corazón de nuestra propia vida, ahora mismo, para escuchar ahí el llamado de lo eterno, para descubrir ahí la perla del Reino, para retomar conciencia de nuestra dignidad humana, para tratar de liberarla de todo lo que la vela y la desfigura en nosotros mismos, para poner en valor el tesoro que nos está confiado y para llevar a los demás silenciosamente la luz y el amor.

Ahí es incontestablemente a donde hay que volver. No se trata de disertar sobre el origen del mundo cuando el mundo comienza a cada instante, el mundo es función de la decisión que tomamos de ser o no ser, de ser "sí" o de ser "no", de estar atentos o distraídos, de escuchar el llamado o de fingir no haberlo oído. No hay otra prueba que la experiencia misma que nos pone a prueba y que nos pide a cada instante que decidamos el precio y el sentido de la vida.

Y en esta dirección vemos bien dibujarse la tragedia, la tragedia divina: si Dios es el yo, el yo universal, el yo silencioso, el yo frágil, el yo inocente, el centro escondido en lo más íntimo de cada uno como un lazo con todos, si esa es la verdadera humanidad, la que no existe todavía pero puede existir, que está llamada a ser, si es ahí donde la verdadera humanidad se va a reunir y a descubrir y a encontrarse, vemos aparecer, vemos aparecer en seguida la tragedia divina, porque sabemos bien, sentimos toda la espesura, toda la opacidad, todo el peso, todo el peso de nuestra vida.

Por un instante, un instante de atención, por un instante de conciencia, cuántos momentos innumerables de inconciencia, de encierro, de egocentrismo, de complacencia consigo mismo, de defensa de sí mismo, de crispación sobre sí mismo, de sensualidad, de tinieblas, de rechazos, de "no" opuestos al pequeño "sí" frágil que había brotado en un momento privilegiado en que habíamos oído el llamado del silencio.

Y por eso justamente Dios está amenazado, amenazado como la dignidad humana, amenazado como la grandeza humana, amenazado como todo lo que es humano porque, justamente, Él es la respiración de todo lo que es humano, el es la prenda de todo lo que es humano, Él es el secreto de todo lo que es humano, Él es la esencia, Él es el corazón, Él es la luz de todo lo que es humano. Él es la humanidad misma en su fuente y en su universalidad ya que Él es, y ese es justamente todo el misterio de la Cruz, como Él es en su fragilidad, desarmado, entregado al hombre, entregado al juicio del hombre, entregado a la condenación del hombre como la verdad". (Continuará)

 

 

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