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2ª parte de la 1ª conferencia
de semana santa predicada en Santa María de la Paz, el Cairo, en marzo de 1961.
Se trata de arrojarnos hoy en el corazón de la humanidad...
"Tomemos pues el
testimonio, el testimonio más irrecusable, el de la rebelión, tomémoslo
primero, si ustedes permiten, bajo la forma que le dio Sartre, del bastardo que
rehúsa ser identificado con su carácter de bastardo en "El Diablo y el
buen Dios", del bastardo que no quiere que lo confundan con su piel, del
bastardo que pone el mundo a sangre y fuego más bien que aceptar el ultraje,
porque sabe, siente, que él no es su piel, sabe que no es su carácter de
bastardo, sabe que hay en él ¿qué?, una dignidad, una dignidad que él no conoce
pero que reconoce tan pronto como los demás la pisotean y la rechazan. Eso es
justamente lo irrecusable.
En la rebelión del hombre o
del pueblo que no quiere dejarse pisotear porque siente que hay en él una
fuente escondida, que hay en él un valor infinito, en esa rebelión comienza la
toma de conciencia irrecusable. El que
ha sentido en la ignorancia de parte de los demás, en el desconocimiento,
en el desprecio de su dignidad, el que
ha sentido despertarse el sentido de su dignidad está ya en el dintel de ese
reino misterioso ante el cual se arrodilla Jesús en el lavatorio de los pies.
Pero para el que no ha sentido ese valor en el hombre, para el que no se ha
inclinado ante ese secreto inexpresable del hombre, para el que no ha sentido
un día un mundo infinito en la inocencia de un niño, Dios no será para él sino un ídolo. Todas las instituciones, todos los ritos, todas las oraciones, todo eso
será solo una impostura formidable o una ilusión inmensa si el hombre no ha
sido reconocido, no ha sido reconocido como hombre. Y en eso estamos de
acuerdo: esa es una base común en que pueden reunirse todos los hombres, sobre la
cual pueden construir todos, y ese es el universo del Evangelio. "Tuve hambre, tuve hambre, tuve sed, estuve prisionero, estuve
enfermo, estaba desnudo, ¡y era yo, era yo, era yo en cada uno, era yo con cada
uno, era yo a través de cada uno! No existe otro Dios que ese en el pensamiento
de Jesucristo, ese Dios interior en el hombre pisoteado, en el hombre ignorado,
en el hombre despreciado,
en el niño perseguido, martirizado, en el niño sin defensa, en el niño
desarmado, en la niñita de que habla Dostoievski, la niñita que golpea en vano
a la puerta de los baños en que está encerrada en un jardín de Moscú en
invierno por haberse mojado en la cama, y que llama, que implora, y nadie,
nadie le responde, nadie! Pero Dios escucha, Dios clama a través de los gemidos
de esa niña, Dios nos llama porque pudo nacer justamente en esa dignidad
frágil, desarmada, ahí pudo nacer, ahí brilla al máximo, ahí es donde el hombre
aparece en sus posibilidades inagotables. Dios es la Vida de ese niño que es
solo una esperanza, un haz de posibilidades; ese niño es inviolable justamente
porque lleva en sí toda la esperanza, todo el porvenir del Reino de Dios.
Nos alertaron el año pasado
por otra parte, nos alertaron con la ejecución de Chessman en los Estados
Unidos, y de repente el rostro de la verdadera vida apareció a innumerables
multitudes, de repente esa vida apareció como un test de la vida universal y
los hombres se interrogaron: ¿se puede matar una vida? ¿Podemos disponer de
ella? Sin que confiese y consienta, ¿podemos hacer desaparecer un hombre?
Millones de hombres se interrogaron, millones de hombres respondieron: ¡No! ¡No
se puede! ¡No se debe, porque existe en el hombre todo el bien del hombre, en
un hombre está el bien único del hombre!
El verdadero bien común de
los hombres es el hombre mismo, un solo hombre, un solo hombre, en su
conciencia, en su libertad, en su dignidad, en la posibilidad que tiene de hacer
de toda su vida una ofrenda, un don, una fuente que mana hasta la Vida eterna,
como dice el Evangelio.
Chessman murió, y queda la
cuestión planteada por su ejecución: en un solo hombre está todo el hombre, en
un solo hombre se concentra y se resume toda la condición humana, en un solo
hombre está a la vez toda la posibilidad y toda la revelación del único verdadero
bien común. ¿Y cuál es ese verdadero bien común sino justamente el tesoro que
nos está confiado a todos y cada uno y que tenemos que defender, y proteger, y
despertar, y aumentar, y comunicar? ¿Y cuál es ese tesoro sino la perla
escondida, la perla escondida del Reino, la divinidad misma? ¿Y qué es la divinidad justamente sino
justamente un sentido interior en cada uno, en cada uno, a través de todos
nosotros, escondido en lo más íntimo de cada uno donde brilla la luz de
verdad, la luz incorruptible, la luz que adivinamos a veces en la mirada de un
niño, la luz que es la claridad del corazón, la luz en que se intercambian las
almas y se comprenden, la luz viva en que todo conocimiento es un nacimiento.
Allá justamente quiere
llevarnos Jesús, quiere hacernos atentos a ese bien común, y nos urge a
convertirnos en ese bien común. Y si es así, es incontestable, si es así,
sentimos que nuestra convicción, nuestra fe, toda nuestra certeza, están
unidas, para nosotros y para los demás, a la experiencia que somos, al ser que
devenimos, o que rehusamos de devenir.
Y ahí está todo. ¡No habrá
profecía, no habrá milagro, no habrá catástrofe que pueda llegar al fondo del
alma humana y transformarla! Sólo hay
una posibilidad, solo hay un Evangelio, el que deviene un ser que responde y
que es fiel al llamado de la Verdad, que la deja transparentar en sí mismo
y que, sin mencionarla para no limitarla, lleva a los demás su luz, su
esperanza y su gozo.
El Evangelio de
Jesucristo somos nosotros. El Evangelio de Jesucristo está en nosotros y solo ahí podremos leerlo
de manera eficaz y fructuosa.
Al comenzar esta semana
santa es esencial que no nos desviemos. No se trata de conmovernos por
realidades pasadas, se trata de
arrojarnos al corazón de la vida de hoy, al corazón de la humanidad de hoy, al
corazón de nuestra propia vida, ahora mismo, para escuchar ahí el llamado de lo
eterno, para descubrir ahí la perla del Reino, para retomar conciencia de
nuestra dignidad humana, para tratar de liberarla de todo lo que la vela y la
desfigura en nosotros mismos, para poner en valor el tesoro que nos está
confiado y para llevar a los demás silenciosamente la luz y el amor.
Ahí es incontestablemente a
donde hay que volver. No se trata de disertar sobre el origen del mundo cuando
el mundo comienza a cada instante, el
mundo es función de la decisión que tomamos de ser o no ser, de ser
"sí" o de ser "no", de estar atentos o distraídos, de
escuchar el llamado o de fingir no haberlo oído. No hay otra prueba que la
experiencia misma que nos pone a prueba y que nos pide a cada instante que
decidamos el precio y el sentido de la vida.
Y en esta dirección vemos
bien dibujarse la tragedia, la tragedia divina: si Dios es el yo, el yo
universal, el yo silencioso, el yo frágil, el yo inocente, el centro escondido
en lo más íntimo de cada uno como un lazo con todos, si esa es la verdadera
humanidad, la que no existe todavía pero puede existir, que está llamada a ser,
si es ahí donde la verdadera humanidad se va a reunir y a descubrir y a
encontrarse, vemos aparecer, vemos
aparecer en seguida la tragedia divina, porque sabemos bien, sentimos toda
la espesura, toda la opacidad, todo el peso, todo el peso de nuestra vida.
Por un instante, un instante
de atención, por un instante de conciencia, cuántos momentos innumerables de
inconciencia, de encierro, de egocentrismo, de complacencia consigo mismo, de
defensa de sí mismo, de crispación sobre sí mismo, de sensualidad, de
tinieblas, de rechazos, de "no" opuestos al pequeño "sí" frágil
que había brotado en un momento privilegiado en que habíamos oído el llamado
del silencio.
Y por eso justamente Dios está amenazado, amenazado como la
dignidad humana, amenazado como la grandeza humana, amenazado como todo lo que
es humano porque, justamente, Él es la respiración de todo lo que es
humano, el es la prenda de todo lo que es humano, Él es el secreto de todo lo
que es humano, Él es la esencia, Él es el corazón, Él es la luz de todo lo que
es humano. Él es la humanidad misma en su fuente y en su universalidad ya que Él es,
y ese es justamente todo el misterio de la Cruz, como Él es en su fragilidad,
desarmado, entregado al hombre, entregado al juicio del hombre, entregado a la
condenación del hombre como la verdad". (Continuará)