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Zundel

24/06/09 – El itinerario de Agustín: en Dios el hombre se convierte en un centro donde la vida entera vuelve a tener significado.

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Oración:

"¡Jesucristo! ¡Humanidad infinitamente santa de Jesucristo, realmente presente en el corazón de todo hombre! ¡Jesucristo, presente siempre, realmente presente en mi corazón desde el primer instante de mi existencia! ¡Enséñanos, enséñame a convertirme en silencio para escuchar tu verdad! ¡Que la deje transparentar! ¡Que lleve y difunda sin cesar su luz y su vida!"

1ª parte de la 2ª conferencia de Zundel en el Cairo, en Santa María de la Paz, en marzo, 1961.

Ese es el itinerario de sí mismo a sí mismo, y no hay otro.

"San Agustín, como ustedes saben, escribió sus Confesiones alrededor del año 399-400 y en ellas, en el Libro 10, hay una revelación particularmente emocionante de su itinerario que ustedes conocen bien: "¡Demasiado tarde, demasiado tarde te amé, Belleza siempre antigua y siempre nueva! Demasiado tarde te amé, y sin embargo tú estabas dentro de mí, pero yo estaba afuera, donde te buscaba corriendo sin belleza hacia las bellezas que sin ti no existirían. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo".

Es imposible resaltar mejor el evangelio interior que comenzábamos a descubrir anoche. Para Agustín se trata de un itinerario de sí mismo hacia sí mismo: él estaba afuera y de repente se encuentra adentro, estaba afuera de sí mismo, y de repente se encuentra en su interior habiendo encontrado dentro de sí a Alguien, encontró una Presencia que lo hacía presente a sí mismo. La clave de su intimidad es justamente esa Presencia que él no conocía, o que no reconocía, porque estaba afuera de sí mismo como estaba extranjero a esa Presencia.

Y al mismo tiempo, en el mismo instante, en el mismo relámpago, en la misma liberación, en el mismo gozo, descubre a la vez su propia intimidad y la clave de su intimidad en la Presencia misma. Se da cuenta de esa Presencia inmediatamente reconocida, de la Presencia que siempre estaba presente: Dios estaba siempre ahí, pero él estaba ausente. Y justamente en su simplicidad, las palabras de Agustín: afuera, adentro, estas palabras nos impiden equivocarnos. Sabemos que ése es el itinerario, no hay otro.

En el fondo, si no encontramos a Dios es porque todavía no nos hemos encontrado a nosotros, es porque estamos alienados de nosotros mismos. Alienados, la palabra que tuvo tanto éxito en el marxismo: estar alienado. ¡Claro, todos lo estamos! Estamos alienados desde el comienzo, lo estamos desde el nacimiento, lo estamos toda la vida mientras no hayamos encontrado lo que Agustín llamaba justamente "Vita vitae", la Vida, la Vida de nuestra vida.

Es imposible hacer más sensible la alegría del encuentro con Dios que la oposición entre el afuera y el adentro porque así es claro que Dios es verdaderamente la clave de nuestra intimidad. No podemos acceder a nosotros mismos sino a través de Él, Él es el espacio de luz en que toma sentido nuestra dignidad, en que Él aparece como bien común, como centro universal, como fuente, como origen, como valor infinito.

Pero si el encuentro con Dios es la condición del acceso mismo a nosotros, es imposible conocernos sin conocerlo, si es imposible que lo conozcamos sin acceder hasta Él, que es la Vida de nuestra vida, es que antes estábamos muertos, ¡es lo mismo estar muerto y estar afuera de sí mismo! Por eso no tiene sentido preguntarse si hay otra cosa después de la muerte, si hay vida después de la muerte.

¡La cuestión no es de estar vivo después de morir, sino de estar vivo antes de la muerte, antes de la muerte! Pues justamente el sentido de la existencia y la invitación del Evangelio es vencer la muerte, vencer la muerte que hace de nosotros un apéndice de la biología, que hace de nosotros un simple resultado de las fuerzas físico-químicas y orgánicas que se cruzaron en el momento de la concepción.

En el orden biológico, nuestra existencia no difiere de la de los animales. Estamos puestos en el universo como ellos, como ellos, somos una rama de una misma evolución y mientras seamos ese resultado, o esa resultante, no existimos y, si nos dejamos llevar por la biología ya estamos muertos, porque no hay razón de reivindicar cualquier duración para nuestra biología. ¿Porqué nuestra biología sería más sagrada que la de un insecto o la de un chacal?

Es claro que la inmortalidad no tiene sentido si no es la eternización de nuestra vida de hoy.  Estar afuera o estar muerto, estar afuera o estar muerto, es lo mismo, es lo mismo dejarse llevar por la biología o estar muerto.

¡Por eso, la inmensa mayoría de los hombres ya están muertos! Ya están muertos porque no han vencido la muerte, ya están muertos porque están abandonados a las fuerzas ciegas que actúan en el universo, ya están muertos porque jamás se han encontrado a sí mismos, ya están muertos porque no han tenido acceso a la Vida de su vida, ya están muertos porque no han entrado en comunión con la Presencia que es el corazón y la clave de nuestra intimidad, ya están muertos porque no se han hecho fuente y origen, porque no han creado nada, porque el hombre no es hombre sino en el momento en que se hace creador de sí mismo y del universo, ofreciendo a Dios la cuna viva de un corazón transparente a Su Luz.

La verdadera nada para el hombre es la ausencia de la dimensión humana que constituye nuestra dignidad. ¡Donde falta la dimensión humana es realmente la nada para el hombre! Y al contrario, donde brota la vida como de su fuente, cuando la vida se convierte en diálogo de amor, cuando la vida triunfa justamente sobre todas las fuerzas ciegas que hacen de nosotros simples pedazos del universo, entonces la vida se hace eterna, se hace centro donde se recoge, se condensa, se recapitula toda la historia, y vuelve a comenzar.

Porque cada mirada, cada mirada, como observó magníficamente Rilke, cada mirada de un niño que nace, es el nacimiento de un nuevo universo, al menos es la posibilidad de un tal nacimiento, de un universo desconocido todavía que tomará en esa mirada una nueva perspectiva, y se convertirá en ese corazón en ofrenda y oblación nueva, y que será un nuevo comienzo por medio de esa vida convertida en fuente y origen.

"Tú estabas dentro y yo afuera. ¡Tú estabas siempre conmigo pero yo no estaba contigo!… Y cuando se realiza la unión, cuando se establece la comunicación y Dios se convierte en la respiración de todo el ser, entonces la vida se hace eterna y el hombre transformado en fuente y origen lleva el universo, ¡lleva el universo!, lleva el universo en la única dimensión que lo hace accesible a la inteligencia, lleva el universo justamente bajo el aspecto en que el universo concierne el espíritu, alimenta la búsqueda del sabio, da al artista motivo de contemplación inagotable.

Y de hecho todas las obras maestras, ya sean las admirables figuras de Abu Simbel, ya las cabezas modeladas hace 3000 años por el arte sumerio, ya los templos indochinos, mejicanos o griegos, ya una aguada o un agua-fuerte japonesa, ya sean las catedrales romanas o góticas, ya las pinturas de ayer o de hoy, todas las obras maestras finalmente nos emocionan porque de una a otra hacemos el mismo encuentro, están centradas en la misma Presencia y delante de todas, plásticas, pictóricas o sonoras, delante de todas las obras maestras tenemos el mismo movimiento de admiración porque reconocemos en ellas la misma Presencia sugerida bajo mil aspectos diferentes, entonces reconocemos el momento en que de repente el artista se extasió, fue colmado, fue liberado de sí mismo, se sintió en contacto con una fuente infinita y pudo imprimir en la materia el recuerdo, y la emoción, y la alegría, y el espacio, y la duración eterna de ese instante.

Y si la humanidad se preocupa tanto por conservar las obras maestras heredadas del pasado más lejano, si eso es en efecto lo que más la honra, es justamente porque cada obra maestra es, a su manera, sacramento visible, sensible, de ese encuentro único, porque todas las obras de arte van en procesión hacia la misma belleza, porque se organizan todas alrededor del mismo centro, porque respiran en la misma Presencia, y nos comunican el mismo gozo y el mismo amor.

Y si las obras de arte son tan venerables, si son sagradas porque llevan la huella del momento único en que el artista se superó en la contemplación, en que se perdió de vista en el diálogo que es la Vida de nuestra vida, con mayor razón el hombre mismo, el hombre mismo cuando vive, cuando vive de esa belleza, cuando vive de esa armonía, cuando se hace todo entero música, con mayor razón es un  centro, un centro eterno.

Justamente en Dios, el hombre, de la circunferencia donde se perdía, donde se agotaba, en Dios el hombre está unido al centro y deviene centro donde se organiza toda la historia, donde la vida recobra significación, donde toda realidad transparenta a través de un rostro. El mundo deviene rostro, el mundo se hace alguien, el mundo deja de ser cosa, deja de ser obstáculo, deja de ser opacidad, deja de ser rechazo y condenación del espíritu. Y se vuelve legible para la mente, se convierte en el inmenso libro en que San Buenaventura quería leer la Trinidad, deja de estar afuera, y se vuelve realidad interior porque justamente en adelante hay apertura, existe un lazo, una comunicación, una relación establecida entre todas las cosas, y toda cosa es referencia a la misma Presencia, toda cosa indica el mismo Rostro y nos reconduce a la misma fuente". (Continuará)

 

 

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